Ya
se tiró el gatillo. Con listones de humo que danzan alrededor de su cuerpo, la
bala avanza ganosa de perforar mi cráneo. A la velocidad del sonido, sesea
aproximándose a mi oreja, como una serpiente de colmillos húmedos, hambrienta
de oído, como tijerilla. Fragmenta en astillas la superficie, la alta
temperatura del plomo hace más fácil el trabajo. Sonido taladrante. Penetra.
Nos vemos en la esquina de mi cantón, mi
Pepe,
mi nombre falso. Esperé un par de horas en este jodido barrio, desconocido para
mí, lapso en el que anduve sumamente erizo. Me sometí porque el Rocky, rostro
de roedor, era mi único paro, el único dealer que me sacaba del hoyo. No había
de otra. Llegó y en el momento cambié mi dinero por su cristal en un movimiento
invisible, como de ilusionista. No nos despedimos. Intercambios después, me
invitó a su madriguera, propuesta que acepté solo por la potencia estelar de su
producto. Con la trampa más simple, me emboscó: me recibió un batazo en las
rodillas; azoté, me ató y, después de un diálogo carente de sentido, me acaba
de disparar.
La bala evoca un hilo carmesí que
desciende por la cesura de entrada. El plomo dialoga poco, porque va a prisa.
Se desliza, nada ejerce la resistencia suficiente, quizá por su persuasión, y
quién no accede, es avasallado. El cerebro, noble, la recibe con su blandura,
la acoge y la cobija. Descortésmente, la bala rechaza la invitación al instante
y huye del seso apurada. Las neuronas se organizan y forman paredes, pero,
microscópicas, aunque millones, no frenan la furia. Destroza todo a su paso.
Duele como una supernova. Estoy sentado en
una silla de madera que se tambalea, rodeado de cuatro paredes de ladrillo de
tierra carcomido y a mi derecha hay un tambo repleto de alguna sustancia que
refleja el cielo negro cósmico estrellado, porque aquí es la orilla de la
ciudad y la contaminación permite la estética celeste; también hay un cilindro
de gas, envases de caguamas sobre la pila del agua y un pitbull que para las
orejas y pone cara de asustado.
La bala, ansiosa de oxígeno, se despide. La
carne cierra el túnel que la bala dejó, como el derrumbe de una cueva. La
ráfaga del proyectil se blande sobre el interior de la calavera y la hace
vibrar con un estrépito imperceptible a los sentidos por su rapidez, inmedible
por dimensiones humanas. El sonido taladrante de nuevo. La bala se aproxima a
la luz al final de la brecha. Llegó a la luz.
Nazco, veo, sonrío. Nalguean, lloro y
ríen. Estoy. Como. Defeco. Regañan… Observo. Hablo. Camino. Coloreo. Estudio,
aprendo, conozco. Creo. Convivo. Divierten. Imito. Lloro. Rechazan. Destruyen.
Odian. Imito. Amo, beso, disfruto: hacemos el amor. Paseamos, corremos, creamos,
destruimos, huimos. Escucho, desentiendo. Castigan, desentiendo: grito. Huyo.
Conozco e ignoro. Cojo, consumo, disfruto, odio ataco sufro robo gasto disfruto
y sufro, confío: muero.
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