miércoles, 12 de noviembre de 2025
El despertar de los caminantes del vicio
viernes, 11 de julio de 2025
¿POR QUÉ DIOS NO PUEDE HABLAR?
Dios,
eres un puñado de versículos rotos en mi lengua de poeta,
líneas confundidas por luz torcida en la óptica de la
soledad.
Eres esperanza nocturna llena de violencia,
humo que fue aspirado por los profetas hebreos.
Si tuvieras alma, serías una botella vacía olvidada en un
patio soleado.
Si tuvieras carne, serías las costillas rotas que nunca
sanan.
Tu boca es un abismo en el cielo inmóvil
tragando las dudas con polvo cósmico,
y cuando intento arrancarte de la garganta el verbo,
escupes estrellas muertas envueltas en plegarias viejas.
Tú no tienes voz, Adonay,
porque si tuvieras voz,
hubiera escuchado susurros de amor y no golpes negros en la
tierra seca,
hubiera escuchado el colapso del mar y no el salmo en un
domingo caluroso.
El señor te hubiera oído desde su gran corazón.
Por mi culpa no, por tú culpa,
aquí yace tu bendición:
desenterrando en el desierto,
desesperado,
con mis uñas ensangrentadas,
palabras, palabras,
palabras audibles, que logren saciar a mi espíritu
contaminado.
oh, Padre, ¿Por qué me has abandonado?
miércoles, 21 de mayo de 2025
Metatrón
Dios muta en presente,
su latido atraviesa el mármol del tiempo.
Dos mil años de civilización inclinan nuestros espíritus
hacia la herida de estas palabras.
¿De qué hablamos cuando la noche acumula alas rotas?
¿Quién no habla del paraíso perdido?
¡Oh! Metatrón desata tu canto oculto,
tu invención celestial en la mente de los poetas,
mientras el presente arde en todas partes
y todos llevamos cicatrices de su llama.
El infinito no es dios ni demonio,
sólo se desborda en la palma abierta,
allí crecen las líneas:
raíces de estrellas caídas,
nudos de muerte y comezón,
geometría del dolor.
¿Cuándo descubrimos que el ángel y el demonio
son dos ascuas del mismo fuego?
Cabemos en un puño
y en él, necesitamos dibujar círculos sagrados,
protección cabalística
porque el paraíso convertido en instante,
tiene el tamaño exacto de nuestra mano
y no sabemos abrirla.
miércoles, 4 de diciembre de 2024
El último viaje
Ya se los dije cien veces, yo no trabajo para la maña. ¿No ven que ni armas traigo? En cambio pueden ver mis redes, los anzuelos y la carnada; sentir este maldito olor que no me puedo sacar con nada de debajo de las uñas y por el cual desde siempre tuve problemas con mi vieja, que no quería que la acariciara con las manos así de apestosas, que porque le iba a pegar una bacteria. Mírenme bien, sólo soy un pobre hombre con suerte de estar vivo. O quién sabe si sea suerte. Tal vez mala suerte, porque la verdad es que estaría mejor muerto. De lo que sea, pero bien muerto. Déjenme explicarles. No, nadie me está buscando para matarme. Quisiera estar muerto para ya no acordarme de mis errores. Ahora ya no tengo nada y el tiempo que me queda sólo es una forma más de tortura. Con lo que hice mi vida se ha ido a la mierda. Denme un traguito de agua, primero, y en verdad que les cuento lo que quieran. Sin mentiras. Pero no me interrumpan a madrazos, por favor, ¿no ven que ya estoy muy viejo? Si tienen preguntas se las puedo responder con todo gusto. No me voy a ir a ningún lado, soy un hombre a la deriva.
Gracias, en verdad, gracias por todo, pero no era necesario que me pusieran hasta un suero en la mera vena. La verdad siempre me han dado culo las agujas pero esta vez ni sentí nada. Nah, ¿apoco sí me veía más pallá que pacá? ¿Estaba alucinando? Chale, lo siento, han sido días muy difíciles para su servidor. Miren, ahí les va la historia tal como pasó para que ya todos nos vayamos a descansar. No tiene sentido desvelarnos, yo no sé quiénes son los hombres que ustedes buscan: en mi vida había escuchado sus nombres y nunca los he visto en persona. No los conozco ni me conocen, pueden estar seguros de ello. Todo fue mera coincidencia.
Miren, si les parece, ahí les va completa y sin albur. Pero neta ya dígales que no me peguen. Ya ve que hasta me rompieron un hueso. ¿Puedo hablar? Arre. Miren así estuvo el bisne: me levanté bien temprano como suelo hacerlo cuando no pisteo y prepararé mis cosas antes de salir de la casa de todos ustedes. Presentí un día soleado en la costa, así que antes de agarrar la brecha pasé por unas chelas y una botella de agua. El cajero, bien mala onda, me dijo que no vendían alcohol antes de las ocho de la mañana. Que se lo prohibía la ley. Así que saqué un cincuentón, el último billete que me quedaba. Al principio no quería, pero ya conozco al morro porque siempre le compro, y él me conoce a mí cómo soy de alcohólico. Me hizo el paro. Digamos que fue un pequeño apoyo para sus estudios y un boleto para que me dejaran ejercer mi libertad de tomarme unas chelas en altamar a las horas que yo quisiera. Sé que esto no es tan importante, pero lo digo para tengan en cuanta la hora, porque después el tiempo se estiró como el agua de la superficie que forma las olas, y también para que vean ustedes que no tengo ni en qué caerme muerto.
Cuando llegué al final de la brecha donde los pudientes estacionan sus carros —sí ahí al lado del ejido— encadené mi motito a una palmera, y me puse a caminar con mi hielera en la mano. Todo estaba tranquilo, más de lo normal. Hasta me sorprendió no ver a nadie en espera del amanecer. Luego me topo con hippies ahí recibiendo las energías, o parejitas que se van de cachondos y los sorprende la mañana, o el típico cabrón que ni de vacaciones puede dejar de hacer ejercicio y se va a correr a la playa. En fin, creo que fui el primero en llegar a la playa, le gané hasta a los pinches pájaros. Digo pinches porque luego me quieren robar mis pescados. No crean que odio a los animales. Yo los respeto lo más que puedo, pero la vida me ha hecho pescador. Bueno, ya, creo que no es necesaria la violencia, no lleva a nada positivo. Prosigo: mi lancha estaba parqueada junto con otras como a cien metros o más, y caminé bien rana hacia ella, mirándome los pies descalzos que se enterraban en la arena. Algunas veces, las preocupaciones lo hacen a uno agachar la cabeza y perderse el panorama. Recuerdo que mi abuelo decía que lo peor que podías hacer cuando tenías problemas era convertirte en topo. Pero así iba yo, pensando en mi vieja, en que ojalá las redes estuvieran llenas. Aunque fuera a la mitad, para poder sacar los gastos del mes, para tener qué comer, para no tener que vender la moto o empeñar la tele. Chale.
No sé cuántos pasos di, pero fue luego luego; casi me tropiezo con ella. Me llamó la atención porque a primera vista me pareció un bolso de mujer, de esos grandes que se cuelgan aquí en el hombro; creí que estaba enterrado casi por completo: sólo se veía una esquina. La verdad sí se me hizo muy raro que alguien olvidara una bolsa en la playa, así que volteé a todos lados antes de acercarme: nadie en ninguna parte. En verdad no había nadie, se los juro. No sé qué hora era, jefe, pero todavía no salía el sol, por eso les digo que fue pura coincidencia. Cuando la saqué de la arena me di cuenta que no era una bolsa de cuero sino un paquete envuelto en cinta color café. No pensé que fuera algo malo. Si acaso basura. De cualquier forma, tenía algo de prisa y quería hacer un viaje rápido antes de que el sol pegara con toda su fuerza. No pensé en nada antes de hacerlo, la verdad, pero me decepcioné un poco: mi instinto me hizo pensar en una cartera llena de efectivo, o en unos lentes o una cadena, algo que pudiera vender, pero resultó una caja de galletas envuelta en un montón de cinta adhesiva para que no se le metiera la humedad, o yo qué sé. Como quiera, me iba a servir de algo, así que metí el paquete a la mochila y caminé hasta mi lancha para preparar todo antes de zarpar. No, yo no sabía nada hasta ese momento. ¿Ustedes creen que hubiera hecho semejantes estupideces si hubiera estado al tanto? Yo solo iba a recoger las redes para saber cuál iba a ser mi futuro. Nunca imaginé que todo acabaría así.
El sol acababa de mostrar su forma entera cuando me encontraba ya bien adentro y apenas alcanzaba a ver la costa. Como de costumbre, se me antojó tirar un anzuelo por pura diversión, pa’ ver si picaba algo de camino a las redes. A veces saco ejemplares que me impresionan por su belleza o su tamaño; la neta que pescar es bien chingón porque uno nunca sabe con qué se va a topar. Bueno, ya, no me desvío: bajé la velocidad del motor, abrí la mochila pa’ sacar la cuerda y me topé con esa madre. Me había olvidado de ella por completo por la adrenalina que siempre causa entrar en el mar y pasar el oleaje que rompe en la costa sin ser revolcado. Cuando lo observé con más calma y con luz me dio curiosidad lo gastado que se veía el paquete, como si hubiera estado mucho tiempo al sol durante varios días, o como si el mar lo hubiera escupido una y otra vez. Saqué un cuchillo y le hice un corte por un borde. Debajo de la cinta estaba envuelto con plástico, y luego creo que traía papel y luego otra vez plástico. No sé bien, pero hasta adentro estaba lo que nos tiene a todos aquí: el polvo hecho ladrillo. Yo por supuesto que no me la creí, y pensé: esto no puede ser, estas cosas no pasan en la vida real. Así que acerqué mi nariz para checar, y sí esa madre olía a químicos, a gasolina. Yo andaba casi en ayunas y hasta sentí como que el estómago me dio vueltas. Le rasqué con el cuchillo y después lamí la hoja. Me supo horrible, amargo, y me durmió la lengua. Sentí unas sensaciones muy extrañas que me recorrieron toda la espalda. No podía ser. Tuve mil visiones y me dieron ganas hasta de cantarle un corrido a mi suerte. La neta es que me acordé del pasado y me dio miedo, pero no por lo que ustedes piensan. Algo dentro de mí me dijo que lo mejor era aventar esa madre al mar, pero al final me ganó la duda y la loquera. Tenía que darme un pase para estar seguro.
Hijo de su madre. Ay, qué rico, qué delicioso sentí. Me di otro, y otro. Mi mente se puso a volar mientras la lancha avanzaba mar adentro. Es del chido, pensé, pura melcocha. Yo tenía treinta años otra vez y capitaneaba la nave que me conducía a mi glorioso destino. Hasta me olvidé de tirar el anzuelo: estaba para mejores cosas. Tenía un kilo de coca en las manos y en ese momento no sabía qué hacer con él más que aspirarlo pa’ ponerme como dios manda. Estaba un poco húmedo pero ése era el menor de los problemas. Pensé que era un idiota por no haber comprado cigarros pero me acordé que tuve que pagar un permiso para alcoholizarme desde temprano y no me alcanzó para acompletar mis vicios. Maldita sea, cómo me habría caído bien un tabaquito. Igual hasta me hubiera ayudado a estabilizar la nave. De cualquier manera, antes de llegar a las boyas ya me había chingado tres frías y me sentía listo para sacar cien kilos de lo que fuera yo solo, y filetearlo en el camino de regreso.
Pero nada. Nada. En las pinches redes no había nada. Cuatro parguitos. Cuatro nomás; así estaban, de treinta centímetros a lo mucho. Treinta y cinco el más grande. Sí, yo sé que cuando ustedes llegaron vieron otra cosa pero aquí no hay nada inventado. Aguanten, por favor. Yo sí pesqué cuatro pargos. Los saqué de pura suerte, porque si no, no me creerían la que me tocó vivir. Eran cuatro nomás. Y yo qué iba a hacer con eso, díganme: morirme de hambre, seguir a dieta de puro pinche pescado frito y tener que pedir prestado para comprar diesel para el próximo viaje. Nah, son mamadas. Como se podrán imaginar, me chivié, me puse mal. Ya hacía más de un mes que ni pa’ la torta de cochinita, sin chesco. No sabía qué estaba pasando, pero de una cosa sí estaba seguro: regresar seis semanas seguidas con la pura frustración de haber tirado mal las redes, no saber si vas a poder comer en tres días, y estar a un paso de vivir de prestado es muy dañino para el alma de un pescador; se puede convertir en un animal o un fantasma, un monstruo. Era mi peor racha desde que me animé a dejar el jale de capitán con el Chúntaro para comprar mi lancha y empezar a pescar lo mío. No, señores, el Chúntaro tampoco es mañoso, sólo de repente se atrasaba con los pagos de la tripulación, pero él siempre ha pescado, y nada más. O eso dice, la verdad es que yo he perdido contacto con él. Pero siempre fue buena gente conmigo y nunca noté nada extraño. Lo que pasa es que siento que ahora me considera su competencia desleal, el perro que mordió la mano que le puso el traste lleno de croquetas. Porque él me enseñó casi todo. Pero bueno, yo también tenía derecho a tener mi propia embarcación. Qué le vamos a hacer, así somos los humanos, queremos lo nuestro. Y está bien, ¿apoco no? Bueno, les decía, a mí me iba bien: cuando estaba con mi vieja me iba rebien; el año pasado yo solo llegué a surtir hasta tres pescaderías el mismo día, y ahora, chale… por lo menos tenía para no morir de hambre unos días. Neta nunca me había ido tan mal en esta chamba; en la vida, quién sabe, pero sin duda estaba haciendo algo mal, o nomás era la pinche mala suerte que había atraído a mi vida por haberme separado de mi ruca así tan a la brava. Nomás no he dado una por ningún lado desde entonces. No sé, pero ya estaba harto de perder. Me senté enojado, pero también preocupado y me puse a ver los pescados sobre la cubierta: daban tremendos coletazos de desesperación, y se doblaban tanto, que creía que ellos mismos iban a romper su esqueleto; se oía clac clac clac clac clac cada vez que chocaban contra la lancha; luchaban por su vida contra algo que no conocían, y me dije, así nos pasa a todos. Abrimos la boca como locos, sin saber; sentimos que nos ahogamos porque no nos podemos adaptar a lo que ya no es. Pasado un rato, también pensé, para qué les digo que no, que después de todo no me había ido tan mal, ya que con cuatro pargos y un kilo de coca uno puede sobrevivir una semana sin problemas, siempre y cuando esté bien hidratado y le dé pelea a sus demonios internos. Y esto lo digo para que vean que tampoco planeaba hacer todo lo que ustedes dicen. Yo soy un loco, no un criminal.
Si alguna vez han periqueado, ustedes saben que después de uno se te antoja otro, y luego otro, y otro, y no puedes parar hasta que se acaba la bolsita, o te acuerdas de la chamba al día siguiente, o de plano ya no contesta el diler. Así pasa, la neta. Pero imagínense, yo tenía un kilate para mí solito, así que le rasguñé otra vez al ladrillo y me hice dos líneas bien chonchas, así, de este vuelo, para motivarme. Bien puesto, me puse a doblar las redes mientras veía el recorrido de una nube que pronto taparía el sol por completo. Cuando terminé, agarré mi cuchillo favorito y me senté cerca del motor para terminar con el sufrimiento de lo que iba a ser mi alimento por los próximos días. Después, puse los pescados ya destripados dentro de la hielera, y las redes a un lado, acomodadas una sobre otra. Terminado mi jale, tiré las vísceras por las borda, me enjuagué las manos en el mar, y por supuesto que abrí una chela y me hice otras líneas.
Por unos momentos me sentí a todo dar en mi lanchita, como en los viejos tiempos, con el motor apagado, sintiendo el oleaje y los efectos de la droga. Se me olvidaron mis problemas, y hasta me dije, quién necesita un montón de pescados cuando se tiene un buen perico. Los pericos tienen alas y repiten las frases que les enseñes; los pescados tienen un olor bien fuerte que te deja todo apestoso y luego ninguna ruca se te quiere acercar. Con este perico yo cruzo el océano volando y dondequiera soy verde. Y así me la anduve curando yo solito, pero ustedes ya saben cómo es esto: las drogas no se llevan con la depresión o con los pensamientos negativos. Corres el riesgo de enfrentarte a lo peor de ti mismo. Y al cabo de un rato yo me sentía otra vez bajoneado, impotente, pero quería más. Así que mejor me senté un rato a disfrutar de la vista tan más chingona que tenía, con mi bebida refrescante en la mano, y cuando me la acabé, abrí otra lata. A pesar de todo lo que amenazaba con venírseme encima, luchaba por tratar de sentirme afortunado: sólo pocos tenemos la capacidad de adentrarnos en altamar y regresar justo a la orilla de donde zarpamos, sólo unos cuantos, como yo, han podido experimentar lo que es estar solo en altamar. No cualquiera se atrevería a perder de vista la costa. Uno tras otro, varios pensamientos optimistas de ese tipo recorrieron mi cabeza, pero terminé por acordarme de mi ruca y de mi pobreza, de todas las veces que la cajetié bien sabroso. A la chingada con esta vida injusta, dije, y le volví a rascar al ladrillo. Y pa’dentro, por izquierda y derecha. Empecé a toser tan fuerte que casi me guacareo. Cuando me pude calmar, sentí que la cabeza se me calentaba y me dieron ganas de pelear con alguien. Estaba muy enojado con todo el mundo. Por más que me esforzaba no podía llenar las redes. Por más que intentara, mi vieja no iba a regresar. Pinche mala suerte, cuándo te vas a acabar, grité, y sin pensar en nada tomé el cuchillo más grande y lo aventé al mar con todo mi odio, como si apuntara al mero pecho de mi yo del pasado; luego me di vuelta, agarré el compás con mi mano izquierda y ¡sobres!, lo mandé a volar lo más lejos que pude para perder a mi yo del presente. Me volví loco. Quería renacer, convertirme en otra persona, o que todo valiera madre de una buena vez, así que por puro impulso salté al mar con todo y ropa.
Estuve tres, cuatro segundos sintiendo cómo las burbujas recorrían mi cuerpo apresuradas por salir mientras yo me hundía en el mar, después empecé a mover los brazos y logré regresar a la superficie; escupí el agua salada y jalé todo el aire que pude. Después, me soné las narices y salió todo lo que traía atorado. Me sentí bien, ya ven que dicen que el agua de mar limpia. Quise gastar un poco de la energía que la droga me había dado así que le di dos vueltas a la lancha para calmar mi mente. Ideas de drogadicto, ya saben. Al terminar me sentía muy agitado, me costaba respirar; empecé a toser por al agua que había tragado. Cuando volví a estar sereno, mi cabeza empezó a llenarse de imágenes de bestias marinas que venían a comerme de dos mordidas, o de pulpos enormes que me jalaban de los pies para llevarme a las profundidades y hacerme pedazos entre varios. No me pude volver a relajar y entré en pánico, pensé que había sido un idiota por saltar así. Cada segundo que pasaba en las aguas yo arriesgaba mi vida. No había nadie que me salvara. Estaba yo solo con el mar. Qué tal si había tiburones hambrientos cerca. Como era de esperarse, no pude más con la incertidumbre, con el color impenetrable de las aguas y empecé a nadar lo más rápido que podía para rodear la lancha una vez más y subir por la escalera. Estaba a salvo una vez más, a pesar de mis pendejadas.
Después de tomar aire y escupir varias veces, me paré en medio de la lancha. No veía nada a mi alrededor más que agua, el sol y las nubes. Tomé otra cerveza de la hielera y le di un trago para quitarme el sabor a sal, luego me sequé las manos lo mejor que pude, abrí la mochila, tomé una bolsa de plástico del rollo pequeño y usé el cuchillo que me quedaba para arrancar otro pedazo al ladrillo. Aplasté la roca lo mejor que pude, ahora usando el mango, y me recosté al centro de la lancha a relajarme un poco y ver el cielo con mi cabeza apoyada en la madera que servía de asiento. Me dejé llevar hacia donde la corriente quisiera.
Con el sol apenas escondido entre unas nubes que parecían tener prisa por convertirse en lluvia antes de desaparecer, intenté recapacitar: pensé un chingo de cosas mientras me daba unos buenos llavazos. Dejé que la droga entrara en mi cerebro y me iluminara. Me atasqué, pues, como bien pueden darse cuenta. Intenté disfrutar al máximo el momento que la vida me regalaba, hasta saqué mi marciano y puse música. El marciano que usamos para hacer llamadas y perder el tiempo. Así le digo yo. Mientras escuchaba unas rolitas me llegó el pensamiento de que uno no puede evadir su realidad ni siquiera con las drogas. Todo es un engaño para hacernos más miserables. En algún momento volví a acordarme de todo lo malo que me había pasado estos últimos cinco meses antes de llegar hasta ese punto: solo, a la deriva en medio del mar, sin un compás que me guiara, con cuatro pescados para vender o intercambiar si es que volvía a tocar tierra, donde, por cierto, nadie me esperaba para compartir la loquera.
Tenía ganas de que pasara algo que me hiciera olvidar, así que abrí otra chela y me periquié hasta que no pude más. Llegó un momento que estaba tan trabado que las manos se me empezaron a torcer bien acá, como de artrítico, me cae, y sólo mediante todo mi esfuerzo logré acostarme por completo, y puse mi cabeza debajo de la madera para que la sombra me tapara el rostro. Me empecé a sentir bien culero. Mi corazón latía muy rápido, sudaba por todos lados. Traté de tranquilizarme, de dejar de pensar en tonterías pero andaba loquísimo, jefe. Ya no había vuelta atrás. Esa madre me pegó con tubo y cuando quise reaccionar ya estaba noqueado. Me enojé conmigo mismo por haberme metido ese polvo del diablo por la nariz, por no saberme poner un límite. Al principio yo creí que era coca pura, pero no sé, ustedes juzguen. No me podía mover bien, me sentía pesado, casi engarrotado hasta del cuello. Y luego lo que vi. Fue demasiado. Nunca me había pasado así, y vaya que me metí buenas fiestas en mi juventud.
Pasaron varios minutos que se me hicieron eternos; yo estaba mal, pero mal en serio: pensé que ahora sí me iba a morir. Desde ese momento todo fue muy extraño. Uno puede andar con la idea, volando como mosca en busca de mierda dentro de su cabeza, de que se quiere morir por cualquier motivo, pero cuando ve a la huesuda de frente todo cambia, le brota a uno el instinto de supervivencia. Yo me asusté un chingo, y hasta lloré, pedí perdón, le hablé a dios padre, juré que estaba arrepentido por las dagas que había hecho y, totalmente devastado, prometí que si tuviera otra oportunidad haría las cosas de diferente manera. Pero nel, a quién quería engañar; ya saben cómo pensamos los mexicanos de a de veras ante una posible tragedia: si va a valer madre, que valga de una vez. La solución a mis angustias estaba delante de mis narices. Algo que me salvaría de seguir sufriendo, sólo tenía que llegar al punto donde mi cuerpo no pudiera procesar más sustancias. Desesperado como nunca, traté de quitarme un poco de culpa: chingue su madre, si no vuelvo me voy a ahorrar muchas penas y una vejez angustiosa en completa soledad. Convencido de que era lo mejor, me dejé caer sobre la bolsa para darme unos últimos jalones de greñas que me libraran de todo mal y me enviaran de una vez por todas a ver a mis padres y a mi hermanita.
Estaba acostado de lado, con la cabeza bien metida en la bolsa que tenía el perico hecho polvo, esperando mi muerte. Pero pasó un buen rato y nada. Me sentía fatal, pero no podía llegar a la sobredosis para apagarme por completo. Mi cuerpo estaba cada vez más engarrotado pero yo no perdía el conocimiento por completo. Me sentía como en piloto automático. Me dolía el cuello y la espalda; tenía la boca seca y no podía mover mis piernas para nada. Pasaron unos minutos en los que estuve tirado, todo tieso, sintiendo cómo la lancha era mecida por el mar mientras esperaba el golpe fulminante, pero al parecer, como dijeron los doctores, tengo un corazón muy fuerte que no dejó de hacer su chamba. Es algo que no logro entender, no tiene lógica, la verdad, pero bueno, ellos son los que estudiaron y en cambio yo, ahí estaba por voluntad propia con la cabeza metida en una bolsa de plástico transparente cuando, de un momento a otro, que todo me empieza a dar vueltas bien machín y me dan ganas de cantar guajaca. Noooo, ni madres, dije, nel, esto no va a pasar, yo no me voy a morir ahogado en mi vasca, y ¡sa-saz!, con dos movimientos bruscos del cuello saqué la cabeza de la bolsa sin usar las manos. Voltée a ver el cielo y las nubes me daban vueltas; no había nada que hacer al respecto, tuve que volver el estómago. Estaba a sude y sude todo desorientado. Me quedé recargado al borde de la lacha y después de un rato usé mi mano derecha, que parecía una pata de pollo congelada, para agarrar la botella de agua e intenté abrirla, pero no la armé; me acomodé en una mejor posición y lo volví a intentar, pero mis dedos tampoco respondían y me era muy difícil, me sentía muy torpe, así que con ayuda de mis codos la lleve a mi boca y apreté los dientes sobre la tapa para hacer palanca con los brazos a la hora de girar. Cuando la abrí, la botella se me resbaló y cayó abierta a un costado mío. Chingada madre, dije, y sin perder el tiempo, me dejé caer a un lado del pequeño charco que se estaba formando y esperé a que el líquido llegara a mi boca seca. Como perro herido, bebí toda el agua que pude en semejantes condiciones, luego jalé aire por las narices con todas mis fuerzas y parte de la droga que estaba atorada escurrió hasta mi estómago, lo que ocasionó que me dieran unos espasmos horribles que reavivaron las ganas de guacarear. Me volteé y alcancé a dejar ir todo por la borda antes de hacer un atascadero. A los pocos minutos, otra vez recostado, empecé a sentir una presión en el pecho que me impedía respirar bien. Sí. Ahí viene, pensé. Cerré los ojos y respiré lo mejor que pude, tratando de controlar mi miedo, pero me dolía un montón. Apreté los puños con todas mis fuerzas y empecé a ver borroso. Neta no sé por qué no me morí ahí mismo, nunca me había metido tanto polvo en tan poco tiempo, ni nunca me había sentido tan mal. Vaya que tengo mala suerte, ahorita ya estuviera bien concha, sentadote y relajado, sin ninguna herida o golpe en el cuerpo, igual y hasta con una caguama en la mano, a la espera de mi turno para pasar con san Pedrito y tirarle un tremendo verbo, que ni en la biblia, me cae, con tal de que me dejara pasar a ver, aunque fuera un ratito, ese mundo donde nadie sufre porque nadie es malo ni es pobre o ignorante, ese paraíso donde todos andan encuerados cotorreando como si nada. Abrazar a mis jefes y ya, fuga pa’ otro lado. Porque yo sé dónde pertenezco, ustedes van a ver. Y también sé que no me la van a creer, pero prometí contarles toda la verdad de los hechos, así que ahí les va todita: en eso que llega una gaviota y se para en la proa de la mulita. Así le digo, pero se llama como dice el letrero que yo mismo le pinté, ahí casi a la altura de donde se paró el pájaro. Al principio supuse que estaba perdido o cansado porque no es tan común. Tenía las alas muy grises, como cuando ya casi es de noche, y las patas naranjas, como si fueran dos zanahorias sucias. Y que abre las alas y empieza a mover su cabeza en todas direcciones, intentando descifrarme o volverme loco con su mirada. Parecía que quería decirme algo, pero ahora que lo pienso, estoy seguro que nomás me estaba calando para ver si yo podía ser una amenaza o algo así. No mames, ahora sí ya me cargó el payaso, pensé. Ésta es la señal que había esperado. Y cerré los ojos para dar por concluido el viaje, pero creo que no me alcancé a ir por completo. Seguía sintiendo la realidad a través de mis sentidos alterados, así que aproveché mis últimos momentos para rezar en mi mente antes de que mis signos vitales se extinguieran, pero más que nada intenté hacer las paces conmigo mismo, calmar mi dolor, hacerme el ánimo que todo iba a estar bien porque ya se iba a acabar y no iba a quedar más que un cuerpo a la deriva cuando, de repente, empecé a sentir un brillo intenso a través de los párpados, como si el sol hubiera salido de entre las nubes con todo su esplendor, y luego unos ruidos demasiado raros, como de cientos de gusanos que se arrastran por la tierra, llamaron toda mi atención y tuve que interrumpir mis plegarias. Si yo hubiera podido mover todo mi cuerpo habría saltado al mar del puro espanto al ver lo que vi, neta, pero solo pude usar el brazo derecho para empujar mi cuerpo hacia atrás y alejarme de esa cosa. Abrí los ojos grande grande, porque no creía. Tragué saliva. Levanté la vista y no le pude sostener la mirada. Me encontraba ante el mismísimo demonio. Neta que sí. Se los juro por ésta. Déjenme hablar, déjenme terminar. Tenía seis ojos y el pico torcido a la izquierda. También les puedo asegurar que olía más culero que yo y llevaba un collar como de tripas de res alrededor del cuello. Estaba parado sobre la cubierta, a metro y medio de mí, y me veía fijamente. Lo único que se movía de mi cuerpo en esos momentos era mi corazón, lo demás estaba paralizado por su presencia. Pasamos unos segundos en completo silencio y, de pronto, abrió sus alas y me mostró la carne podrida que escondía; luego sus ojos cambiaron de color, se pusieron todos blancos, y dijo con una voz muy rasposa: lo peor está por venir. Así dijo, nunca lo voy a olvidar. Luego dio unos pasos para rodearme y abrió la hielera sin siquiera tocarla. Yo no creía que fuera cierto lo que estaba presenciando; una parte de mí quiso pensar que era mi última pesadilla antes de morirme, pero no había manera, los detalles eran finos. Es más, hasta quise convencerme de que todo era efecto de la droga adulterada o del alcohol. Pero no, porque luego se burló de mí y dejó evidencia: gastaste tus últimas monedas, arriesgaste tu vida para navegar hasta donde no hay más que agua a la vista sólo para capturar algo que habrías podido superar en peso desde la orilla misma, me dijo, y se soltó a reír, y toda la lancha se movió. ¿Te das cuenta?, prosiguió, no te importa nada, y este mundo está lleno de oportunidades. Sin embargo, tú buscas un escape; no quieres hacerte responsable de seguir tu destino. Porque tú mismo lo sabes, claro que lo sabes. Así que déjate de mamadas, que no vas a lograr descansar hasta que lo cumplas. Fue como si me clavara una flecha ardiendo en el pecho. La manera en que lo expresó me hizo saber que no era broma y que no había escapatoria. Esas palabras van a retumbar en mi cabeza sin descanso quizá hasta después que me petatié. Si es que existe otra vida seguro las voy a seguir escuchando.
Fue algo breve y muy serio, se había tomado la molestia de venir a hablar conmigo, a avisarme más que nada, porque la neta es que yo todo el tiempo la hice bien seria y no le reclamé por mis desgracias, estaba petrificado viendo de reojo, acá bien derretido y todo cagado, cómo se inclinaba para sacar los pescados de la hielera. En una garra le cabían los cuatro; los observó un momento y se lamentó por mi mala suerte, pero era lo que había, luego se los llevó a la boca y se los tragó de dos mordidas. Es por eso que ustedes no encontraron nada en la hielera. Yo sí pesqué, pero él se lo comió todo. Y luego saltó al mar y desapareció.
Me quedé un momento recostado reflexionando lo que acababa de presenciar y poco a poco las cosas volvieron a la normalidad. Otra vez podía mover mis piernas, abrir y cerrar las manos, pero me sentía demasiado cansado. Me quité la camisa, agarré la última chela que quedaba y me la saborié mientras sentía cómo el sol me quemaba la piel. Un trago tras otro y cada segundo me sentía más relajado. Ahora sólo iba a tener que regresar a tierra sin la ayuda del compás. Después de tantos años en las aguas, no iba a ser tan difícil, bastaba observar el movimiento del sol, pero tampoco podía fallar porque no me quedaba mucho diesel. Por el momento la había librado y no terminaba de creérmela que hasta hacía pocos minutos había estado tan cerca de la muerte. Yo solo iba a recoger las redes y me encontré conmigo mismo y con el diablo. Qué locura. Me dije que era un cobarde por haber tratado de escapar al castigo de vivir, por no haber dicho nada cuando lo tenía de frente, por no tratar de regresar al pueblo y enfrentar mis problemas, por subir otra vez a la lancha, por preferir morir de una sobredosis que por haber luchado contra un tiburón. También pensé en mi esposa. A pesar de todo, yo la amo. Tengo que regresar y pedirle perdón, pensé. Pero, ¿y si eso es lo que quiere el diablo, para complicar más las cosas y hacernos más daño? No sé, pero lo tengo que intentar de cualquier forma. Tengo que hacer algo bien en la vida. Tengo que hacerle ver que no soy tan malo como ella dice. Y así seguía, dándole vueltas al asunto mientras empezaba a sentirme adormilado por todo el alcohol que había consumido. Me acomodé en una mejor posición para echarme una pestañita y, mientras me quedaba dormido, una parte de mí que nunca he podido controlar deseó una tormenta, un naufragio, una inundación, una catástrofe.
Y así me quedé: bien anestesiado hasta que ustedes llegaron a despertarme a patadas. ¿Qué horas eran?
Me arrepiento en verdad de haber sido tan estúpido. Estuve tan cerca de lograrlo. Ahora me he quedado hasta sin lancha porque resulta que forma parte de las evidencias. La pobre Catarina, que tanto esfuerzo me costó comprar. Cinco años ahorrando, así de pobre soy. Todo pudo haber sido diferente, pero nunca me he sabido controlar. No me malinterpreten, señores oficiales de la Marina, ya les dije que yo no soy narco, pero la ocasión y sobre todo la pobreza me hubieran orillado a hacer cosas que nunca he hecho en mi vida con tal de salir adelante. Con suficiente discreción e inteligencia ese kilo me podría haber salvado de la miseria: le hubiera podido regalar a mi vieja, para que me perdonara, cien rosas rojas, un perfume para ella y otro para mí, para que ya no se quejara nunca más de mi olor a mar, a pescado, y también le hubiera comprado dos pedacitos de porcelana para que un dentista se los pusiera en la boca, justo donde tenía los dientes que le tumbé cuando la corrí el otro día de la casa. Estoy seguro que ella estaría muy feliz con sus regalos y que me perdonaría. Al final todos cometemos errores.
Ya no me acuerdo de nada más. Eso fue todo lo que pasó antes de que llegaran ustedes a rescatarme en altamar. Pero si me permiten el atrevimiento: ¿por qué lo hicieron, señores?, en verdad, ¿por qué?, ¿sólo para encerrarme en este cuarto y golpearme y juzgarme por cosas que no hice? Ahí sí me perdonan, pero qué poca madre. Yo ya estaba muerto. Yo ya iba a descansar. Estuve a punto de engañar al mismísimo diablo y ustedes sólo van a alargar mi tormento. Me tratan de sacar información que yo no tengo; no conozco a nadie de las fotos. Yo soy un pescador, sólo eso. Y tal vez una mala persona, pero les tendría que contar otra historia que no tiene nada que ver con lo que me pasó hoy para que pudieran entenderme. Soy un pescador y nada más. Huélanme las manos. Huélanme las pinches manos para que vean que no estoy mintiendo. Mi vieja tenía razón, apesto a pescado y a muerte.
sábado, 30 de noviembre de 2024
ultimatum
Ofrenda invocación
Cierto
desánimo aturdido, monosilábico y apático
despojado
de soles templados, acercado al fino (aperreo)
de
1 espíritu arrimado a los ojos, antiguos descuidos
incesantes
como crecida yerba mala entre un baldío.
Asegún
el cuerpo (sol 1-xolo) del templo,
la
limosna consciente del saber de un enfermo,
concierto
de abulia sonrisa o energía gris y fría,
rompe
la muela dentro de una mueca mestiza
y
la telaraña entre la comisura de labios y
saliva.
(un
leve ruidito quebrado de flor triste con alegría)
Donde
quedas al parejo, en modo alguno derrotado
los
resortes del colchón no hunden al condenado
en
silencio, sino son recias palabras muertas
de
esperanza fugaz contra el fuego de ciertas estrellas.
(ojos
al efecto íntimo de un infierno trazado con acuarelas)
El
desánimo elevado es perpetuar el motivo de una corazonada
que
nace de amor mal hecho bajo un suspiro
helado
frente
a una ventana rota y la mirada estancada
de
un piloto automático, que no hace tierra derrotado.
Arden
las vocales de ciertos perros, cuando ese cholo vuela
y se
despega el aroma a gardenia, desde esta azotea
se
le ve flotadita la vibra, cuando una palabra desbalancea
esa
mera que entre suspiros, le contaba su abuela.
Nacimos
galaxias sobre los labios de un dragón
inferior,
el desquicio estremecido quemante, respiración
de
memorias profundas, arrimadas bajo efectos de Resistol.
(Ese
nahual que respiro, recuerda en la sangre un rocío del deseo o xolo sol 1
destino).
Bajo
este diablo nácar
Cargo
un gesto fiel
y
algodón de azúcar
pegado a la piel
donde
me hablo de usted,
Y
por los poros
Recaen
cenizas
de un desarraigo
qué
arrolla el canto
De
ciertas mujeres.
El
soldado y sus colibrís
Avenidos
del este
Anuncian
enredaderas
En
los muros qué protegen
Al
mar de la mente
Y
de su jugo la menta
À la
mirada de ala oeste.
Hasta
que pega en la ingle
Una
sensación dorada
el requesón añejado
De
un amor olvidado.
O
ya mejor mira
que te regalo un rayo
Perdido
en el océano.
Una
ventanita al sol entre tu tiempo,
un
ranchito de durazno colorado
desde
tus pómulos alumbrado
para
despertar al becerro que te planto
bajo nubes nunca tibias pero leves
así
medirnos la distancia
como
cuerpos celestes
Arrastados
por el escepticismo universal
De
necios arraigos
Hincados
en el templo desertado
de
una religión rupestre
Extinta
en pedacitos de luz
y
nados en la playa
Hasta
alucinar tu estrella
Favorita
en medio
de este basurero
agregarle
anillos de fuego
Por
donde brincan leones
Para
sobrevivir al dinero.
Embarra
estas
Palabras
con letras de cuarzo
Y
mantengamos en secreto un tiempo
Pegadito
al corazón de la flor y el canto.
Mientras
por entre la sangre
haremos
del polvo
Un
estallar con cada ruido
en
cada eco
Una
esquina
cercada a
Esa
manía repentina de
Ahogarme
bajo el color
De tus ojos y un Dios
Sintonía,
enmascarado
Conjunto
a las plumas
De
un corazón volado.
Son
síntomas de tu reflejo
Entre
las uñas enterradas
À
mi centro.
El
magma de un cerebro real
Atemazcalado
con piedras de una oscuridad
Quemante
quemente quemane
Un
chorrito de tu figura
Frente
a las fogatas de todas las constelaciones
qué
prometo encontrar alunizando en tus lunares.
una
reverencia a este planeta tan tuyo, tan
Azulado
de atardecer bajo una palma, morada mía
En
lo que amanece y te des-apareces.
estos
líquidos de un río allegado a un temple
cenote
nahual sin infierno imaginario,
un
dios xolo sin planeta ni rito
anda
en una carreta solo siendo
un
tono de tu silueta que lo sujeta
Promesa
al fuego tisnado, amigo del aguante mearedo, compa del viento bien humeado,
espejo flotadito y un alucín ave de la onda asimétrica que se viaja magnética
de este a oeste despegue galáctico
sin finito.


