Robar un libro es el único y legítimo acto de anarquía. En contraposición
a la fugaz impotencia de las bombas molotov el libro hurtado es una llaga
abierta en el lomo de la bestia capitalista y una semilla en la mente del audaz.
Gabriel Zaid mencionó que la lectura es doblemente cara por el costo del libro
y el tiempo invertido en leerlo. Bueno, nosotros no tenemos ni tiempo ni dinero
pero no nos importa y no por eso seremos despojados de las herramientas
necesarias para el cultivo de nuestra invención. Robar un libro constituye un
acto de liberación ante un sistema jerárquico que nos ha colocado en la parte
más baja de la pirámide. Porque no se supone que si eres joven y tercermundista
puedas perder el tiempo leyendo. Pero
leer es una enfermedad. Es también un acto absurdo que obedece a la misma
absurda lógica que ha valuado en setenta pesos un día de trabajo. Y bajo este
criterio defenderemos el sagrado derecho a la biblioteca personal. Porque si
invertimos tanto tiempo y tanto futuro en un ideal ignorado a propósito por el
estado tenemos el mínimo derecho a la materialización de nuestro objeto de
estudio como herramienta indispensable. Muchos nos juzgan y sin embargo no
tendrían el menor reparo en recibir un libro robado. La verdad es que pocos
tienen el valor, tantos menos la habilidad y casi nadie la certeza ideológica.
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