Aquel día estuvo lleno de cruentas batallas. Doce horas para
ser exactos, de nueve a nueve. Entonces llegó Jesucristo. De gorro rojo y con
cigarro en mano. Lucia relajado. Concentrado. Tranquilo y ansioso a la vez. No recuerdo
que en algún momento me haya mirado a los ojos. Llegó como llegan los
vencedores. Certero. Con objetividad y cierta carrilla que hace que uno quiera
reventarlo a putazos. Porque sabes que ha ganado. Pero claro uno en el fondo
quiere ganar realmente o quiere perder. Por eso se disputaron siete batallas en
las que incluso el Dragón-híper-acelerado fue sometido ante la agresividad y
elegancia del estilo británico. El Jesucristo inglés. Pero hoy en día amigo mío.
Tras cientos de desvelos y desangres ha surgido la estrategia que rescata lo
más podrido del otro lado de Londres. El día que Jesucristo me humilló siete
veces. Lo recuerdo a menudo y creo que nunca olvidaré la escena en la que me
venció por primera vez. “Me habéis liberado” dijo con acento extranjero y
efectivamente. Un sacrificio y después la impotencia y la humillación. Como ser
golpeado en la nariz y que te sangre hasta cegarte o una patada en los huevos. Pero –Rata- le dicen a lo que he
aprendido. Es preciso estudiar al enemigo. Reservarse en un principio. Estudiar
todos los puntos débiles. Lo mejor del ajedrez siempre es el contraataque.
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