martes, 16 de junio de 2015

A Vidal

Hace tiempo que llueve. Y como los opuestos son siempre partes de la misma cosa, de la mierda ha brotado la Carne de Dios. La anciana que todo lo sabe y todo lo ve (porque los niños santos le cuentan) aconseja pares y viajar de noche: "la oscuridad sirve de fondo para lo que se presentará ante nosotros". La plataforma de despegue: milenaria pirámide circular; carrusel de luciérnagas donde basta estirar el brazo para tomar a Dios de las barbas y obligarlo a pronunciar esa palabra que es todas las palabras. Así llegaremos a la orilla del abismo; el lugar donde nacen las formas. Balanceamos los pies en el borde y escupimos incoherencias  a sus profundidades que se nos son devueltas como leyes universales. Porque en estos tiempos donde los ídolos son marca registrada, lo poco sagrado que aun nos quede debe ser profanado. Así, saltamos al vacío y en la caída libramos la eterna dicótoma humana: angustia y goce. Entonces dejamos de caer. Pero no hay suelo. Ni luz ni oscuridad ni silencio ni ruido ni conciencia. Lo vedado. Lo incognoscible. Más allá de la dualidad y de la progresión numérica. Aquí, simplemente lo sabes: la ilusión siempre fuiste tú. Y luego el retorno. Primero las formas, después el orden ¿me sigues? aun no llegamos al lenguaje pero ya recuerdas la pirámide y tú también eres pirámide y tú también tormenta y luciérnagas y cerro. Últimos instantes de plenitud. Respira hondo. Siente. Sien... El retorno a la discontinuidad. Debo advertirte de no caer en solipsismos. No confundas esto con un anhelo infantil de volver al pensamiento mítico. Y si mencionas la palabra superación te daré un puñetazo en la boca. Eso sí, tenemos todo el derecho de sentirnos orgullosos de nuestra condición paria. Porque ellos, los que se preocupan por el futuro, no acostumbran comer cosas que crecen en el excremento.

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