Una mujer
humilde, sencilla
Que antes de
terminar la primaria (máximo nivel de estudios)
Tenía ya que
desvelarse y desmañanarse en el trabajo
Una mujer
lacerada por seres metafísicos e hipertensión arterial
Una mujer en la
que, como dijo Efrén Hernández,
cada hijo es una
raíz de espinas que se revuelve en el pecho
Simple, débil y
fortísima al mismo tiempo
Devota, ora a un
dios indiferente y remoto
Sola, rodeada de
odio y doloroso amor
Ha leído más que
el presidente municipal de mi pueblo
Sin pretensiones,
respirando apenas aquella atmósfera
de los Clásicos
Griegos, de Márquez, de Rulfo y también
de basura
comercializable
Ha entendido que
la corriente del amor verdadero sólo puede
desembocar en
dos océanos: el de la angustia y el del olvido
Y eligió, a
conciencia, el primero de ellos
Una mujer
humana, real, llena de culpas y de errores
Pero también
capaz de sembrar la semilla de la poesía
en el corazón
del que ahora canta
Yo quisiera
darle, a usted, viva albacea de indecibles miedos
algo que no
estuviese relacionado con la muerte y sí
con los árboles
grandes y con las palomas
Yo quisiera
darle, a usted, rumor de trigo, cascada de peces vivos
algo que no
estuviese relacionado con la desesperación y el espanto y sí
con
el chocolate y con las cabañas quietas y el agua
Pero no me
alcanzan ni la voluntad ni el dinero
Ni las fuerzas
ni esta voz con que le canto
ni la
imaginación ni la violencia ni el llanto
Deme mi raíz de
espinas para guardarla en el pecho
Y que a los dos,
a usted, brisa fresca de la infancia, y a mí
Nos llueva la
misma lluvia agónica
y el destino de
flores negras nos florezca juntos.
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