Nosotros, perros, hambrientos de conocimiento, tan
rabiosos por la violencia que cuando mordemos a otra forma de vida, la
violencia se transmite; perros de casa pero callejeros, que gustan de andar con
la lengua de fuera entre la mierda que dejan otros perros.
Comemos lo que otros
desechan; hurgamos en la basura y mientras los hacemos sabemos que en ese lugar
estará nuestro cuerpo cuando estemos muertos y no nos importa porque estamos
hambrientos, la desesperación se presenta y el dolor en el estómago es
permanente, por más que buscamos no encontramos en alimento que nos sacie esta
maldita hambre, algo que controle esta rabia.
Sumergidos en la incomprensión de nuestra existencia y su
continuidad, así nos encontramos. Sin saber que era lo que buscábamos para
comer o beber, así nos conocimos. Oliendo la basura y bebiendo del agua en el
suelo notamos que había más como nosotros, que buscaban, que estaban más
inquietos, al principio nos asustamos, pero después de oler nuestros traseros e
identificar nuestro tipo de excremento corrimos juntos y nos revolcamos en la
hierba, formamos un grupo una jauría de perros y de repente vimos que eso que
buscábamos en la basura ya no interesaba, el dolor en el estómago desapareció.
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