Dichoso aquel que entre los dedos de la cara puede salir en la mañana y no cerrar los ojos del deslumbramiento ni el cansancio (de un día más) esperando el periódico para poder limpiar los orines del perro en trámite de adopción, de una patada y haciendo cola para chingar a su puta madre.
Dichoso aquel que no tiene cemento ni bolas para torturar creaturitas hermosas, que no tiene la paciencia de mezclar materia de construcción y que no tiene la valentía de contar un acto tan perverso y tan gracioso a la vez como para mostrar en exhibición semejante deformidad.
Dichoso aquel que no cobra por ver los trucos de una piedra que ladra como chihuahua y aquel que se niega a vivir de ello, que no firma autógrafos por vergüenza a ser descubierto por los ecos verdes, virus que se esparcen y reproducen como embriones floráceos, que no continúa atropellando las gotas del perro que corren por las avenidas de Beverly Hills, de Broadway y de Hollywood apestando a tierra mojada el piso de la mansión inundada de olas de asco y ahí no y ahí no, que no es posible que el concurso es en unos días y el puto perro parece garrafón agujereado y los muebles fuentes de sabiduría, húmedos y la sonrisa sigue ahí, junto a la culpa católica de la tortura ancestral.
Dichoso en fin aquel que avienta a la terraza la primera piedra, para que el perro vaya por ella, para dejarlo afuera y que no se orine en la casa, que no marque mi territorio.
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