Nuestra manada errante,
lamenta la muerte de un perro,
el viento grita zumbidos de culpas,
y crecen penas con pecados que siempre
estuvieron ahí, escondidos, alimentándose, míralos,
cómo se mueven dentro de mí.
Cuando no hay más que dolor, los recuerdos
que invaden nuestros cuerpos, perro, se convierten en un líquido negro,
espeso y pegajoso. Y nos ahogamos ahí. Ahí.
Cuando no hay más que dolor, me elevo y llego a pasillos de mi mente,
donde me muestran su sangre y su sonrisa, y no hay Dios.
Y lloramos, lloramos.
Y lloramos, perro, pero nuestro llanto es mudo, y las aves guardan silencio
los espíritus guardan silencio,
Y esperan un grito,
pero carecemos de sonido,
Y temblamos de miedo.
Los perros no ladran ni muerden.
Los perros aguardan,
Y tenemos que volver aprender a articular,
a mover la boca, la garganta y el corazón,
para decir:
la palabra madre,
la palabra padre,
la palabra amigo,
la palabra perro,
Para repetir de nuevo su nombre, para gritar su nombre,
para que las aves y los espíritus,
el vacío,
y la oscuridad,
conozcan su nombre,
y si sólo hay dolor,
aúlla, perro.
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