1
Ahora creo, que mi padre y Hemingway, se parecían en todo, y en nada a
la vez. Eran dos reflejos destellantes, nadando juntos en una esencia
inventada, esencia que se aferraba a lo que no se eleva, donde el naufragio
está en todas partes, y las estrellas en ningún lugar.
2
Los guiaban: Rostros y fantasmas familiares, conocidos, entes, que al
parecer se encontraban en sus mismos recuerdos. Dos reflejos, bocetados quién
sabe si por el mismo creador, el mismo creador. Dos hombres con diferentes guerras, pero al parecer,
con idénticas luchas internas, prolongadas en diferentes épocas, países,
ficciones subversivas, que ninguno de los dos, logró entender el significado de
las entrañas del misterio, ni de ellos mismos.
3
Sin que ninguno de los dos supiera, se acariciaron en un calor
fraternal, en su búsqueda por la redención, sin conocer la sangre del otro,
pero sí las lágrimas, el líquido salado derramado por el mismo dolor, se
encontrarían en el mismo destino de todos los hombres, el mar.
4
Y si no hay Dios a quien rezarle, entonces al mar, al mar. Donde ellos
dos, se unieron, se conocieron, se vistieron, y en esa inquietud, apareció,
lento, torpe, el símbolo de la supervivencia, y los halló desordenados,
revueltos en ceniza cósmica, y se volvieron dos comienzos de brisa y papel, y
leyeron juntos, “El viejo y el mar” y tal vez, de verdad quiero imaginar, que
fueron pescadores, y que alguna vez, y sólo en el mar, fuimos Hemingway, fuimos
mi padre, fuimos todos nosotros.
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