viernes, 29 de diciembre de 2023

El ciego


Imagina que eres la única persona en la parada del camión que está esperando el transporte público un martes cualquiera y no pasa desde hace un buen rato. Una ruta que por lo regular pasa cada cuatro, cinco minutos. Los carros avanzan por la avenida cuando el semáforo se pone en verde. De alguna manera todo está en orden, piensas; crees que sólo es cuestión de tiempo para llegar a tu destino: nomás hay que aguantar y ser pacientes. Algo que puede ser muy estresante si tienes el tiempo encima, pero ¿qué ser humano no es esclavo y víctima del tiempo que le toca vivir? Con la mirada fija en un punto borroso y lejano sientes en los brazos y la cara que esta mañana amaneció más fría que las anteriores pero tampoco tanto como para haberse puesto un suéter. Estás seguro que al rato va a hacer un calorón y esperas estar de vuelta antes de que anochezca. No has desayunado nada, ni un café, porque preferiste salir sin hacer ruido para que ella no se despertara; hasta te pusiste las botas después de cerrar la puerta por fuera. 

Unos minutos antes de llegar a la esquina donde estás parado recordaste lo que te dijo López Velarde cuando salieron cargando las cajas de la bodega el día anterior y encontraron las luces de la gerencia apagadas. Vuelves a acordarte de la escena y pateas una pequeña piedra que tienes al alcance; observas cómo sale disparada y rueda entre las llantas de los carros hasta que pasa una camioneta y la hace polvo otra vez.

Del lado de allá, hacia donde tienes fija la mirada perdida en un destello incierto que podría ser cualquier cosa menos lo que tú esperas ver para calmarte un poco, está por salir el sol y el viento frío se combina con el smog de los carros que pasan tan lento como para que un ciclista los rebase sin esfuerzo y todavía caiga en la tentación de pararse a comprar un atole caliente sin verse alcanzado por quienes no pueden competir con él porque no son todoterreno. Tú agachas la cabeza y volteas a ver el reloj en tu celular, luego haces una mueca. Empiezas a pensar en una posible huelga de transportistas y en sus implicaciones, o en una llanta ponchada, o quizá un choque o hasta una pelea entre choferes porque alguno trataba de agandallarse el pasaje y por lo tanto las comisiones de las ventas de los boletos. De cualquier forma hoy hay más tráfico de lo normal. ¿Estará cerrada alguna otra avenida? La incipiente desesperación empieza a manifestarse en tu cuerpo con un movimiento continuo de tu pierna derecha. No hay algo que te ponga tan de malas como llegar tarde a trabajar porque eso significa regalarle dinero a la empresa trabajando de a gratis. Además de perder el bono de puntualidad. 

Sobre la avenida los carros pasan uno tras otro pero no hay ningún camión a la vista. De pronto, oyes un sonido como de algo metálico que se arrastra a tus espaldas y cuando volteas aparece un joven ciego con su perro de servicio y su bastón. Camina lento, sin ninguna expresión en su rostro; pasa a tu lado y se detiene a tres metros de distancia de donde tú estás recargado en un poste de luz al pendiente del tráfico. El perro es un labrador negro y él lleva puestos unos lentes amarillos con los cristales oscuros, una gorra negra, y carga una mochila muy grande sobre sus hombros. Como te siente o te adivina cerca, quizá hasta sin saber que estás ahí en alguna parte, pregunta:

—¿Dónde estoy? 

Tú, con un retraso de doce minutos, un posible divorcio en puerta y, por ende, una demanda que te podría quitar la mitad de lo que alcanzaste a ahorrar en nueve años de trabajo duro y aburrido en una fábrica que te enferma los pulmones y te hace odiar tu existencia cada vez con más regularidad, piensas contestarle: en el infierno. Pero eso es una respuesta obvia, recapacitas: él seguro está enterado de eso.

—Avenida Lázaro Cárdenas cruce con Colón.

—¡Viva el general Cárdenas, y que mueran los pinches colonizadores culeros! —dice con mucho entusiasmo, y enseguida su perro lanza dos ladridos. Luego sonríe, se pone la mano derecha en el pecho y se disculpa con los posibles presentes en caso de ya haber escuchado el chiste con anterioridad, pero es que la verdad es algo que le gusta mucho hacer siempre que viene a esperar el camión aquí.

Fijas la mirada en él y piensas: yo tomo el camión en esta parada de lunes a sábado, a la misma hora, y nunca lo he visto: ¿será que ya voy muy tarde, o él llegó más temprano de lo habitual? Vuelves a ver el reloj: maldita sea, ¿ahora qué le vas a decir a tu supervisor? 

—Quiero tomar el 646 que va a la central, si alguien me puede ayudar, por favor —dice con una voz muy clara y luego se agacha un poco a acariciar la cabeza de su perro.

Por unos segundos piensas no responder nada y simplemente hacerle el favor cuando el camión se aproxime, pero luego te das cuenta del escozor de la incertidumbre que significa hablarle a alguien que no sabes ni siquiera si está ahí, como cuando rezas por las noches con la luz apagada, así que le respondes:

—Sí. Yo te aviso cuando pase, no te preocupes.

—Muchas gracias —responde, y luego pregunta de manera muy jovial—: ¿Por qué no se rió de mi chiste? 

—No sé —le dices alzando los hombros. Luego echas un vistazo a la avenida: nada.

—¿Está esperando taxi o algo así?

—No.

—¿Entonces? —insiste—: ¿Sí sabe quién fue Lázaro Cárdenas?

Cierras los ojos unos segundos y tratas de hacer memoria.

—Tengo entendido que fue un presidente de México después de la revolución —le respondes sin mucho interés, casi deseando no haber abierto la boca y haberte apegado al primer plan de permanecer callado hasta que pasara su camión.

—Ándele. Usted sí sabe —y muestra una gran sonrisa antes de continuar con el rostro fijo en un mismo punto—: Fue de los pocos priistas que hicieron algo bueno por el pueblo de México. Los demás son unas cínicas ratas vendepatrias.

No tienes el más mínimo deseo de hablar de política, mucho menos con un ciego, así que decides no responder para ver si él también se calla. Ves el reloj otra vez: dieciocho minutos tarde y contando. Como era de esperarse, empiezas a sentir hambre, y por lo tanto te pones de mal humor porque sabes que ya no te va a dar tiempo para llegar al oxxo a comprar aunque sea unas galletas para aguantar hasta las dos que te toca tu hora de comida. Piensas que estás a punto de concretar tu segundo retardo del mes y ni siquiera ha pasado la primera quincena. La primera quincena, que siempre se te va completa en los gastos del hogar. Piensas en lo ridículo que es trabajar ocho horas en una fábrica ubicada en los suburbios para pagar la renta de un lugar donde poco a poco has ido perdiendo la paz y los deseos de construir una familia con ella. Se te viene a la mente la primera navidad que pasaron juntos, cuando tomaste tu vaso de whisky para luego observar su expresión por varios segundos, los ojos sobre todo, mientras abría emocionada el primer regalo que le habías comprado, y entonces pensaste que pronto le tenías que proponer matrimonio: esa mujer era tuya. ¿Era? Agachas la mirada y observas tus botas cafés: están desgastadas, pronto necesitarás comprar un par nuevo. Con lo caras que ya están las cosas. La empresa debería proporcionármelas, reflexionas. La empresa por la cual arriesgas la vida a diario. Pero, ¿en serio la arriesgas o ya te la sa, para qué la pla? Como sea, llegas a la conclusión de que después de tantos años y con todas las tareas de riesgo que haces lo menos que podrían darte sería un par de botas nuevo, de buena calidad, cada vez que lo necesites. Por tu seguridad y en agradecimiento al tiempo bien trabajado. Con este ya van a ser diez años ahí metido y sólo has conseguido un ascenso que significó más responsabilidades, salir más tarde en ocasiones, y mil novecientos pesos más al total de tu sueldo mensual. “Una puta estafa”. Levantas la cabeza y observas cruzar la calle a un hombre alto que lleva de la mano a dos niños vestidos con el uniforme de alguna primaria pública. Te rascas el cuello y luego haces tap tap en el poste con el tacón de la bota derecha. Vuelves a fijar tu mirada al frente y te concentras en el tráfico como si de eso dependiera que tu camión pasara más rápido.

—Oiga —dice de pronto el ciego—, ahora se están tardando mucho los camiones, ¿no cree? No he oído ninguno.

—Sí —le contestas después de unos segundos—, yo ya llevo más de media hora aquí.

—Chale. Espero no haya pasado nada extraño. Tengo que estar en la central antes de las ocho con veinte que sale mi camión.

—¿Adónde vas? —le preguntas casi por reflejo, por educación, para matar el tiempo, porque es evidente que careces de interés.

—Voy a la playa a acampar unos días. 

—Qué bien, ¿de vacaciones entonces? —le dices sin fingir alegría y enseguida se te viene a la cabeza lo difícil que debe ser para alguien como él viajar solo a un lugar lejano, al cual no sabes si en verdad llegaste más que por la información que te pueda dar o no algún otro pasajero o el chofer en turno, para luego bajar del camión con todo y perro y tratar de encontrar a alguien más que te pueda y quiera llevar, sin aprovecharse de la situación, a ese otro lugar donde pretendes armar una casa de campaña sin ver y durante unas noches correr los riesgos de dormir solo a la intemperie en este país donde se siguen cortando cabezas con machete casi por cualquier cosa que no le guste al portador del arma asesina. Qué locura. Y tú que ves las cosas, ¿hace cuánto que no viajas a un lugar nuevo? 

Volteas a ver otra vez la avenida: muy a lo lejos viene un camión pero no alcanzas a distinguir los números que trae pegados en el parabrisas.

—Sí —dice después de unos largos segundos—, trato de ir por lo menos dos veces al año. A Roco le encanta ir a la playa y ponerse a correr como loco por la arena mientras yo me echo unas heladas y escribo —se inclina un poco y le da unas palmadas a su perro en el lomo antes de continuar—: En realidad lo hago más por él, que siempre me cuida, que por mí. Aunque también debo de aceptar que me fascina el sonido de las olas al reventar y sentir la humedad en mi cuerpo. El mar debe ser algo inmenso. Es una de mis cosas favoritas en este mundo, y para qué le cuento de la pureza del aire que se respira allí donde voy.

—Creo que ahí viene tu camión —le dices y sueltas un suspiro.

—Perfecto. Muchas gracias, jefe —se entusiasma y luego vuelve a ponerse los tirantes de la mochila sobre los hombros —. ¿Me ayuda?

Cuando el camión se para el ciego voltea hacia donde cree que estás tú y te tiende una mano que estrechas con gusto antes de guiarlo hacia la puerta de abordaje. 

—Que tenga buen día —se despide antes de subir.

—Igualmente. Disfruta tus vacaciones.

El camión cierra sus puertas y se pone en marcha. Otra vez te quedas solo, esperando.

Unos minutos más tarde pasa por fin la ruta que te lleva a la fábrica y como era de esperarse, el camión va más que lleno. A pesar de eso el chofer se detiene y abre las puertas de la unidad. Logras subirte con mucho esfuerzo, empujando a las personas que están paradas sobre los escalones mientras oyes que el chofer grita:

—¡Váyanse recorriendo, por favor! ¡Recórranse lo más que puedan hacia atrás!

Vas tan apretado junto a los demás pasajeros que no es necesario agarrarte de ningún tubo para no caerte cuando el camión frena de golpe en el próximo semáforo. Por si las dudas, sacas tu cartera del bolsillo de atrás de tus pantalones y la metes al bolsillo delantero donde van tus llaves. Empiezas a pensar en la valentía del joven ciego, en su entusiasmo por la vida en general, en su amor por el animal que le sirve de guía y en sus lentes amarillos que parecían de estrella de rock en decadencia. Luego, es inevitable, reflexionas sobre tu vida. Te acuerdas de las veces que has querido renunciar al trabajo durante los últimos años para tratar de encontrar algo más cercano al lugar donde vives, aunque fuera con un salario menor, con el sólo propósito de pasar más tiempo de calidad al lado de tu esposa; sientes como si un cuchillo frío atravesara tus pulmones cuando recuerdas las veces que has sentido que tu máximo esfuerzo no es suficiente para hacer feliz a tu familia porque siempre terminan comparándote con tu cuñado, que es gerente general de la empresa donde trabaja y dueño de una casa y dos carros último modelo. Para ti, sin embargo, él es un empleado más, endeudado de por vida, que supo trepar algunos peldaños de las escaleras llenas de mierda de las corporaciones sin mancharse tanto el traje. También se te viene a la mente la vez más reciente que no supiste quedarte callado ante las provocaciones y te atreviste a comparar, grave error, a tu esposa con tu hermana, que se preocupa por el bienestar de su esposo, que siempre lo ha apoyado desde que eran novios y él era practicante en la empresa que ahora dirige. Exigir sin ofrecer nada a cambio, hacerla de pedo por cualquier cosa, y creerse la reina merecedora de tokio no era apoyar, concluiste enojado, no con ella, sino contigo, por no haberte dado cuenta antes de cómo iba a estar la movida después de firmar con bienes mancomunados. Resultado: esa noche dormiste en la sala, igual que ayer y que antier. Suspiras: todavía si me echara mi sanduichito para el trabajo, pero nel, me tengo que levantar más temprano para hacer yo para los dos. Y todavía lavar los platos porque a la reina de mis corajes resulta que se le parte la piel de las manos y el dermatólogo le dijo que no hiciera esto y l’otro, que se untara sabe qué, que pagué yo y que salió carísimo, tres veces al día, y que evitara asolearse y su puta madre. Mentiras, puras pinches mentiras. No había ido al dermatólogo porque no apareció ningún cargo en la tarjeta que ella usa para todo sin excepción. Tampoco aparecieron cargos por medicamentos o cosas por el estilo en alguna farmacia, pero sí varios compras de pinches cremas para las arrugas en liverpool; un pantalón y unas blusas. Ella no estaba enferma de la piel o de las manos, ella estaba enferma de otra parte del cuerpo y a él le dolía más que a ella ver los síntomas de esa enfermedad que a él también lo había ido devorando. Era tanta la incongruencia que terminó por creer que ella tenía problemas graves de comunicación y esa era su manera de pedirle una empleada doméstica de planta, pagada, claro, por el único personaje que aportaba a la noble causa.

A la espera de que el semáforo cambie de color se diluyen tus pensamientos pasados y la imagen del joven ciego vuelve a tu mente: de alguna forma sientes envidia; quisieras ser igual de valiente y alegre ante la adversidad, pero la vida te ha ido doblando: cada día te sientes más desesperado y sin energía. ¿Acaso en algún momento tu esfuerzo será recompensado, o por lo menos valorado?

Mientras el camión avanza por la avenida congestionada una cumbia brinca de la bocina que trae el chofer a su lado y se clava directo en tu oído; respiras el sudor agrio de un señor de cabello blanco y rostro arrugado que tienes justo a tu derecha mientras tu cerebro te bombardea de preguntas: ¿Por qué el ciego puso esa cara cuando dije vacaciones? ¿Por qué no me fijé antes de subir si venía más atrás otro camión menos lleno que éste? ¿Por qué no me siento bien con la idea de querer renunciar a algo que me está matando? ¿Por qué estoy con alguien que siento que no me apoya? ¿Cuántas malas decisiones he tomado a lo largo de mi vida? ¿Tendrá razón López Velarde? ¿Cuánto más podré aguantar así a este ritmo? ¿Por qué quiero correr a todas partes ahorita que no me puedo ni mover? ¿Ésta es la vida que yo quería vivir?, ¿neta ésta es la vida que soñé? ¿Para qué me casé?, ¿para qué me casé?, ¿para qué chingados me casé?


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