La nota tenía
escrito algo con pluma azul, estaba tirada sobre el suelo afuerita de su habitación.
Existes
y entonces un momento celebra el auténtico y fugaz dedo. Nadie merece un sonido
una meta, la letra indicada cercada un segundo. Después aprende, nada a luz y
anda sin ahogo ¿Me ubicas? me drogas me dicta: un mundo, el mar con iguanas
entre el pasto que se decora con riegos, rocíos entre unas villas privadas a la
orilla de algún color precioso, lo nuestro aquello que nos toca cuidar, son el
azar maníaco de los manglares, guardarlos como jardines frente a ventanas
indelebles. Tomamos en las rocas un instante, tragamos luces desempleadas que
nadie parece cobrar solo me re producen ahora, ahorita si quiero. Se imagina es
gratis. Nadie se atreve a detenerse nadie es capaz de determinar un acabose, el
silencio preferido del infierno es detallado en sus esquinas dónde cada cuál,
cada ser se deje caer sin embargo, sin nada que no sean unos lodos, unas tetas
mojadas bajo concurso, un plomazo bien dirigido a la pantalla donde una cobra,
recobra los sentidos, levanta tus perras lágrimas, hazte el favor frente a los
ojos de cada perro de la calle, que se quede un testigo cualquiera guarda
silencio mientras puedas, pierdes el tiempo: (se nos va a acabar) agua dulce: nada
sal hada hija del despegue.
Me dicen loco y tenemos hijos
ya que dios nos junta, los nietos despegan, se hacen pipypopo encima pero
aplauden bien lindo, pero esperan sentados y sentadas con la pipa de frente,
vamos con ellas pintadas nos vamos a desquitar bien recio y se gritan. No se
entienden. Vamos a quitar el quicio de sus puertas aliadas nos vemos mientras no
nos venimos nos vamos y la luna sufre brillando sobre una isla desolada de
naturaleza, el agua tiene caca y se la toman, se enferman de vacaciones mientras
la puerta nunca termina por arder duro, por acabar con algo que no sea el
tiempo. Lo que era debería llamarse escribir a mano.
Se despertó fingiendo seguir dormido, su madre había leído en voz alta aquellas palabras, terminó de abrir la puerta, guardó un instante para
suspirar y no hacer un caso alarmante de semejante situación, el otro pálido, fingió demencia cruda girando la cabeza contra la ventana para retirar la cortina. Su madre con la vista severa, callada, la escoba en
mano; el pedazo escrito temblaba a contra luz y de sus orillas se marcaba el polvo levantado con una energía tensa. Apretaron los labios dándose las espaldas. Empuñó el papel firmemente y lo llevó al frente de su paso para ofrecerlo al retrete justo antes de sentarse a orinar. Al secarse los dedos dio gracias
al cielo, se dijo pensando que despertó a su hijo a tiempo, era hora de trabajar.
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