“Caí topé, caí topé
Rece al señor, rompí la ley
Chingué machín y desquité
Les va a llover, les va a caer
Caí topé, caí topé
Rece al patrón, cobré cabrón
Me la jugué, me la saqué
Les va a llover, les va a
caer”
Y todo acabó mal, rapidito ese día fue el último que
los vieron.
Dime si sí se oyen allá, hasta juárez
los perros. Se detuvo un motor afuera. Lo que es ladrar recio de verdad, digo,
si ubicas cuando el eco estalla macizo y rebota como con fierro de una a otra
ranura. En la pared hay una puerta y ventanas cubiertas de barrotes. Sí así es,
llevamos años casi siglos protegiéndonos del mal con barrotes. Simón, quizá
alcanzó a ser un ciego o hace varios, pero casi fueron cien años, pues, fueron
el producto de un desencuentro ejemplar. El diablo llegó y se subió de la nada
a la pieza, con la pieza afilada en una mano y el cohete lleno de plomos en la
otra. Y llega ese día que te toca y ni aunque te muevas, te toca a la puerta y bailaste
aunque no le abras, se da el pase. Aguas ya ni pegan el oído a la puerta para
asegurarse de tu presencia, esa decencia ha desaparecido. Mejor de una vez,
arde llamas fuego y ni la vas librar, en serio.
Aunque uno no quiera de todos modos se
viene adentro, bien rico, con el desmadre entre todos para que seamos más y así,
llegan las crías salen de la panza chillando porque se escucha chido cuando
gime la ruca, lo admiras, te sorprendes, se la compras a la gente que pasea feliz
unos momentos en la plaza, te le unes, chingue su madre, serán solo unos
cuantos días hasta que cumpla 6570 y ya sean huevudos y trabajar legalmente. Como
el diablo también, el tiempo se pasa y se pasaron aquí de veras, se embarraron
hasta la cocina del cantón. Mejor fuma que al cabo si ya la vida es más llevada
que el mandado, estás tosiendo muy feo, ya no quiero darle. Sí. Te va a doler pero
¿Me va a gustar?
Claro, pon
el ejemplo inhala: si polvo eres en algo te convertirás. Al final es humo contra humo, gris contra
oscuro, llama ladra quema. Repito si oíste al ése allá afuera, con los animales
persiguiéndolo, la pierna quebrada, la jauría hambreada, unos aúllan pero no era
al revés la historia. Parecía que las cejas le arden atorando la sangre en partículas,
encabronadas son las palabras correctas. No recogieron los cuerpos hasta que se
hizo azul madrugada el cielo. Cuando pasó la feria le silbaron algunas aves al
despedirse, el tener que emigrar a la ciudad. Allá adentro hasta las palomas
cobran piso todas deformes.
Unos cholos pasaron caminando, una jauría
les ladra de lejitos y corre tras unos niños que les lanzan naranjas, esos
cholos iban bien enfuscados, se suben a la troca, parecen escuincles todos
nerviosos porque es la primera vez que el patrón se mocha con la nave; para
entonces tienen que cagar antes de salirse por la tangente, de sacar el
calibre, cantarse unas líneas bien entrados, en la misión se trata como siempre
de acelerar recio, persignarse tumbados y darse la fuga (de oruga) disparar y
darle de nuevo. Escape, polvo, plomo corrido por fumar blanco, ya me sé reír
sin hacer tanta placa, repite, se da. Chingado, el puto calor, chingado, el diablo
nuevamente abrió la puerta antes de cobrar con la sangre, habían puesto
protecciones, como si no fueran a salir nunca, como si se fueran a ir sin despedirse,
sin escapar después de cobrarles. Escaparon a darse algo de cenar tranquilos.
Al final es como alucinar, admirar algo del
más allá afuera, pensar que Ignacio llegó y la luz era fuego, se bajó de la
espalda de la nave con líneas de oro, se bajó del apellido, que al cabo no era
de él, era de un hombre que se lo encendió primero, que bajó del agua a ver
bien aquello, esa piel de la que se podía incensar, la recordó con odio, cambió
el significado del fuego al hacerlo con el gatillo callar para siempre, recordó
el copal en misa, como ardió el metal en la esquina de la pipa, tose, lo regaña
el bosque, el cristal se le enterró en la uñas. Entonces fue cuando se pararon
a comprar el jarabe para los mocos y unos cerillos. Decimos decidió proclamar
herencia, decimos decidió oler a petateado, decimos decidió traer el ojo rojo, hinchado sin dormir parecía
sobreviviendo a costa de las fosas que se salvó. Predijo de nuevo, digamos que
a veces despierta tranquilo, decimos decide fiarse a ver si él durante algunas
noches, como cuando está ya va allá arriba con la sombra trepada a las piedras,
sin querer, sin olvidar que lo salvaron cargando, dime, le dijeron, dime tu que
traes la cabeza allá arriba con las orejas de fuera, pinche perro, dime a ver
si no se oye ladrar a tu raza. Sal hijo de perro (xolo).Oído… olió crujir,
hasta me tembló el alma de los huesos, un momento es un respiro solo un
instante recio y ya no sabes nada, no me queda ni la voz sino en tus recuerdos.
Lástima.
Mataron al perrito de la carnicería, le
pasaron por encima ¿verdad? sí le tronó el cráneo gacho ¿Lo viste? Yo también
lo escuché. Lloramos como si él estuviera con los plomos clavados, esos que
tronaron por el calor dentro de la nave, iban cantando antes de disparar, puras
pendejadas étnicas, la rola seguía tocando ahora dentro del cantón que estalló,
según reportó el policía corrupto del rancho.
Aunque
ya, ya estamos acostumbrados -por eso matan bien fácil hoy en diablo- me dicen,
así empezó todo este juego, como un alucín, como cuando te sientas y esperas no
nos toquen a la puerta sin contestar quién es. Es el mismísimo pinche diablo,
cabrón. En silencio se los llevan, los que compran o los que venden, esperamos
nomás se asomen y no vean a nadie ya que las ventanas, por fin, tienen barrotes
gracias a dios.
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