Sentado con la cabeza volando entre las manos tensas, cansadas, me fui en espiral a ese lugar muy personal adonde siempre regresa uno cuando está solo y se siente derrotado. Prendí un cigarro, el último. Empecé a recordar aquellos días cuando sentía una dicha inmensa de estar vivo, de compartir con alguien, de dormir tranquilo, de despertar entusiasta, con hambre. Conforme las imágenes se iban sucediendo unas a otras como en una película en mi mente, un sentimiento de melancólico aburrimiento y hastío me invadió por completo hasta el punto de llevarme a pensar que no quería más esta vida. No había necesidad, ni el más mínimo sentido en seguir. Me prometí no volver a caer en la trampa y concentrarme en mi trabajo solitario, en mi persona soñadora. Juré, por mi bien, nunca más volverme a enamorar. Quería un cambio tremendo para lograr trascender; necesitaba abrazar mi soledad y darme cuenta que era lo único que tenía para seguir adelante a través del valle del silencio. Porque ellas siempre terminaban por irse a otro lugar para no volver nunca más a lastimarnos ni siquiera con la mirada. Porque yo era un niño que soñaba con montar aves gigantes con colas de delfín y viajar a escuchar las voces del mar más profundo y negro de mi ser para luego, al salir, escupir toda el agua salada, que mis pulmones habían almacenado, sobre la arena y tratar de formar palabras que nadie más que yo leería. Porque a nadie le importaba, porque eran ininteligibles a veces hasta para mí. Porque yo no era lo que ellas creían o querían que yo fuera. Porque siempre pude haber sido más, haber hecho más, haber dormido menos. Porque tenía mucho potencial. Pero no. Siempre no. Por eso, quienes se atrevieron a seguirme por un determinado trayecto, en cierto punto decidieron tomar mejor un camino de piedra. Porque conmigo no se veía nada claro y chocábamos contra los árboles que no eran puertas que se abrían, gigantes que querían ser destrozados, y la gente no soporta vivir mucho tiempo en la incertidumbre, los zapatos llenos de lodo, en la alucinación constante.
Cuando toqué fondo las primeras voces que escuché fueron femeninas. Lo recuerdo muy bien. Como si las pudiera tocar con la mirada y el recuerdo, como si pudiera sentir sus vibraciones. Unas intentaron arrullarme, hipnotizarme para que olvidara mis heridas y continuara anestesiado con mi vida hasta que llegara la hora. De qué. Otras me preguntaron qué hacía aquí para luego perderse en la corriente entre un banco de peces al verme inerte, y hubo otras tantas que me retaron a salir a la superficie y cantar juntos con una cerveza en la mano mientras el sol se ahogaba en el horizonte, porque no había nada más que hacer y los colores eran bellísimos. Hubo algunas voces que ni siquiera se enteraron de que moría más rápido debido al exceso de plástico que a la falta de oxígeno. Estaba perdido, era cuestión de tiempo para convertirme en una estatua. Un esqueleto rígido, sin carne ni cartílagos ni cerebro. Sin embargo, el día menos pensado hubo una voz parecida a una ola que revienta en la orilla, al sonido que hace la lluvia cuando deja de caer, que solo venía a decirme hola, buenos días, y de vez en cuando volvía y me preguntaba con verdadero interés: cómo te sientes hoy. Luego se iba, porque ella también vagaba sola en este ir y venir que es la vida. Yo, encerrado, esperaba. Y ella siempre volvía a aparecer como un pez que viene de la profundidad para hacerse escuchar. Esa voz inasible, desinteresada acaso, me vistió para salir y caminar el mundo, pero también me desnudó con sus palabras y me invitó a conocer mis propios laberintos. No tuve mucho tiempo de reflexionar. Abrí los brazos, cerré los ojos y sentí esa voz subir desde mi espalda hasta mi cuello para acariciarme, antes que viniera a toda velocidad el máximo depredador de los mares, el amor, con sus dientes a hacerme pedazos y comerme vivo una vez más sin que yo pudiera hacer absolutamente nada para evitar mi nueva vida, mi próxima muerte, ahogado, feliz, envuelto en tu voz de seda.
Texto que acompaña al set de Librero en soundcloud: https://soundcloud.com/librerovr/voz-de-se-da
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