Abrí un baúl sobre el que suelo poner el cesto con ropa sucia y me encontré unos juguetes de cuando era más morro, pero quizá más maduro, no sé, en el arte de divertirme. Me había reportado enfermo. Era uno de esos días en los que me sentía vacío, sin propósito, sin esperanza, sin motivación para llegar a ser alguien y con toda la resignación de ser nadie, o nada. Era de noche en mi cabeza pero el sol calentaba la parte del mundo que decía era mi tierra saqueada. Alcé la tapa con mis dos manos hasta donde me lo permitieron las bisagras de esa caja misteriosa que había estado por años en una esquina de mi cuarto sin ser movida ni siquiera para barrer, y observé su interior por unos segundos que me parecieron tan largos y confusos como un río que divide fronteras. Allí dentro había unas figuras de acción con las que solía pasarme las tardes después de la escuela imaginando situaciones inverosímiles sin que me importara nada más que el presente. Había también una pelota desinflada y un coche azul que funcionaba a control remoto. De repente me llegó una gran nostalgia que provocó que se me escapara un suspiro: encontrar todo eso lleno de polvo entre carpetas con trabajos de la universidad: cuántos recuerdos arrumbados, cuántas horas de mi vida acaba de destapar, cuánta alegría, cuánta convicción dejada en esas páginas, cuánta ilusión evaporada por las noches sin dormir tratando de perseguir lo que yo creía era un sueño creado por otro, sin llegar a ningún lado, mas que a la noche de mi mente.
Saqué todos mis juguetes, los limpié con un trapo húmedo y los acerqué, uno a uno, a mi rostro para observarlos mejor. Unos estaban en muy buenas condiciones, inclusive para poder venderlos a algún coleccionista que no le importara la ausencia del respectivo empaque, pero otros mostraban el desgaste ocasionado por la energía de un niño solo que quería ser todo menos viejo: astronauta, futbolista, presidente, piloto de aviones, marinero, buzo… Un niño, que como sus superhéroes, creía no se iba a cansar nunca de luchar, fueran cuales fueran sus batallas, hasta triunfar, hasta saciar el deseo, hasta cumplir sus ideales, y poder decir: a huevo, lo hice. Por dónde diablos se había metido tanto polvo, me pregunté, si el baúl llevaba unos seis o siete años sin ser abierto. Una vez limpios, tomé los juguetes y los acomodé acostados en una hilera sobre la cama. De igual manera saqué todas las carpetas y las sacudí. El polvo que flotaba me hizo estornudar un par de veces. Abrí las cortinas lo más que podía, y después la ventana que daba a la calle. Afuera hacía un sol tremendo, que solo ayudó a que mis ganas de salir de casa se esfumaran por completo. Vi al perro labrador del vecino de enfrente jugar con el agua que salía de su sistema de riego, que consistía básicamente en un par de mangueras con un rehilete giratorio en el extremo. El animal corría de un lado a otro tratando de atrapar el chorro con su hocico. Sentí un poco de envidia por su capacidad de ser feliz con tan algo tan sencillo como un chorro de agua. Algo tan vital, si lo pensaba bien, la felicidad y el agua. Di media vuelta y arrastré los pies hasta el baño.
Abrí la llave izquierda y me puse a enjuagar el trapo. Con el agua sucia corriendo entre mis dedos me vi en el espejo y dije: este soy yo? La respuesta era obvia, pues no estaba loco ni bajo el influjo de ninguna sustancia más que de los químicos que producía o no mi cerebro a causa del pasado recién desempolvado y del presente estático, casi petrificado, como un árbol seco sin hojas.
Este soy yo?, me volví a preguntar, ahora en voz alta, mientras exprimía el trapo con todas mis fuerzas. Era uno de esos días, pensé. Tenía que dejarlo por la paz o iba a terminar sudando, temblando, haciendo llamadas que no quería. Tranquilo, me dije, tranquilo: respira, todo pasa, y todo está en mi mente.
Regresé al cuarto, acomodé los juguetes en posición para una aventura y al último tomé mi favorito, el vengador de la noche: lo puse en guardia, lejos de los otros y me dije: este soy yo?
De la manera más natural, como si no hubiera pasado el tiempo, como si no me sintiera derrotado a las once de la mañana sin siquiera haber salido de casa que rentaba, como si no tuviera además un montón de cosas que hacer para poder ser la mitad de lo que quería llegar a ser, empecé a imaginarme situaciones peligrosas: una calle larga sin alumbrado y sin salida en la que había decidido estacionar el vehículo todoterreno en un extremo para caminar y no hacer tanto ruido, sin embargo unos perros flacos, hambrientos, lo sintieron y habían empezado a ladrar, amenazadores, hasta que llegó a la base enemiga, donde desde hacía tiempo sospechaba que se fabricaba una bomba que acabaría con todo lo que él conocía. Lo imaginé tirar la primera puerta de una patada; pelear contra los dos primero guardias y sortear trampas y acertijos. Lo imaginé esquivar balas, y llegar hasta un recinto donde no había nadie. De repente una alarma había empezado a sonar, y entendió que tenía que moverse rápido. Lo imaginé siendo emboscado en el patio del edificio; tirado en el pavimento con la sangre escurriendo de su nariz y de su boca; jadeando de cansancio, de dolor y de rabia. Después de unos instantes en los que creía estar a un paso de la muerte, imaginé que la adrenalina lo llenaba de fuerza y de coraje, y se levantaba dispuesto a matar o morir, porque eso es lo que se supone hacen los héroes. Y peleaba como nunca, sin miedo, sin esperanzas, disfrutando al máximo cada segundo que le restaba a la vida que le había tocado vivir debido a sus elecciones y a sus circunstancias, a sus emociones desbordadas y horadadas. Uno, dos, tres golpes y caía de nuevo. En el suelo sentía dos patadas en las costillas y alcanzaba a rodar justo antes de que alguien le pisara la cabeza. Lo imaginé de pie otra vez, tambaleante, con el único pensamiento o instinto de no morir hoy. Lo imaginé tirando golpes y patadas voladoras, piquetes de ojos, codazos a la nariz y mordidas por perro manchado; rodillazos y combos de street fighter.
Reía o lloraba? O lloraba de la risa, no sé. Sus palabras me dieron como una ola en el pecho. En la calle desolada los perros aullaban y de a poco se iban acercando. Habían escuchado la pelea y tenían hambre y sed. Algunos se apresuraron a cruzar el umbral de la puerta cuando los gritos y el sonido de la alarma se apagaron; unos pocos se quedaron afuera merodeando, como si esperaran su turno, o como si cuidaran del resto de la jauría entregada a sus instintos más primarios. Todos estaban heridos. Algunos muertos. O inconscientes. La bomba estaba desmantelada. La mayor parte del laboratorio había sido destruido. Los cuerpos estaban sobre el asfalto, en el patio de un edificio de tres pisos en una calle donde la única luz venía de un foco colgado arriba de la puerta principal. Se revisó rápido las heridas: una bala le había rozado el hombro izquierdo y la sangre corría en un hilo hasta su dedo meñique para después caer a gotas lentas sobre el suelo. Con la mano derecha se sacudió la ropa para después salir cojeando del edificio. Afuera sintió el viento frío en su cuerpo y su rostro. Le dolía todo pero seguía vivo, o eso creía. Se curaría, saldría adelante. Si el dolor significaba vida, él estaba más vivo que nunca. Alzó la mirada para ver el cielo: tenía ese color gris claroscuro de cuando está tapizado de nubes. El vengador de la noche caminó de vuelta hasta el coche azul, lo abordó y se quedó unos segundos con los ojos cerrados. Le costaba respirar así como estaba sentado: seguro le habían roto una costilla. Sacó la llave de su bolsillo y encendió el motor. Alzó una mano y ajustó el espejo retrovisor para verse el rostro. Su pómulo y su oreja izquierda estaban hinchados por los golpes. Su labio inferior estaba reventado y se había puesto un poco morado. Apretó los dientes y le dolió la quijada.Vio su reflejo a los ojos y dijo: este soy yo.
No sé lo que piense la gente de jugar con juguetes viejos, de cuando eras niño, pero a mí me parece demasiado divertido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario