A quienes viven en mansiones
y gastan los fines de semana familiares
bajo las bóvedas de los centros comerciales.
A quienes vacacionan cada año por el mundo,
yendo de París a Roma; de Playa del Carmen
a Barbados; de Machu-Picchu a Hawái
y dicen que este es un buen sistema
porque les permite ir a donde les dé la gana.
A los que, siendo pobres, van de empresarios
por el simple hecho de, tras generaciones de esfuerzo,
haberse comprado un carrito de tacos que
les permite embolsarse unas pocas monedas
cada día; y ahora defienden tercos la propiedad
privada, como si la cosa fuera contra ellos.
A los que trabajan (para otros) doce horas al día
creyéndose los tipos más inteligentes.
A quienes admiran a multimillonarios y desprecian
a los albañiles, a los lavacarros, a los que cargan
costales,
por no tener los modos refinados que dicta
la educación burguesa.
A los que se alegran del linchamiento a un ladrón
pobre y cada seis años van y votan a ladrones
trajeados.
A los liberales
y sus naciones modelo,
que no son ricas por su modelo económico,
sino por la guerra, por los paraísos fiscales,
por el saqueo y explotación a países pobres.
A los que, pudiendo hacerse oír, callan:
maestros, sacerdotes, artistas laureados,
periodistas, publicistas, caras conocidas
por distintas clases sociales.
A todos ustedes llegarán también
los días de sangre y fuego.
Los días de hija desaparecida,
los días de hambre,
los días de sed,
los días de niño agonizando entre los brazos,
los días de bombas y ráfagas,
los días de enfermedad sin medicina,
los días de trabajo servil e indigno.
A todos ustedes también llegarán los días de sangre y
fuego,
estos son tan solo los días previos.
Pero si aguzan el oído se darán cuenta:
esos días ya se aproximan.
Esos días que hace ya tiempo alcanzaron a muchos
otros.
Y cuando lleguen los días de sangre y fuego,
ni siquiera el recuerdo de los buenos tiempos,
de los días previos, les servirá de consuelo.
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