Seré honesto:
la noche de ayer me drogué.
Consumí un pequeño cuadro
de papel de no más de un centímetro
por lado y además fumé marihuana
en una pequeña pipa de ónix.
Luego, y no sé bien a bien por qué,
busqué en internet videos de bombas
atómicas y estuve viéndolos por horas.
Eran algo maravilloso de ver, y todos
me producían aquel sentimiento de
lo sublime que habita las tragedias griegas.
Me di cuenta de que aquellas caricaturas
que veía en mi infancia, en la que sujetos
peleaban y destruían ciudades a cada golpe,
no resultaban, después de todo, demenciales.
Aquella dulce y remota infancia, en la que soñaba
con cosas que no habría de realizar jamás.
Y esas bombas han caído sobre ciudades.
Y las han destruido y han matado a sus habitantes.
Estuve viendo esos videos durante horas:
había algo hermoso y poético y analógico en ellos.
Aquellos hongos gigantescos, de faldas
de humo y fuego, poseían algo de la sonrisa de Dios.
Pero lo que más estrujó mi alma fue el sonido
de sus explosiones que, gracias a las drogas,
salía real a través de mis bocinas.
Las bombas que estallaban en el desierto
sonaban a lo más profundo del mar;
las bombas que estallaban en el mar,
sonaban al estallido del cielo bajo el océano.
Sentí deseos de escribir una canción al
uranio y al hidrógeno, pero las voces y
la música de la calle no me dejaron
escucharla con claridad.
Quise llorar por la belleza y la muerte
tomadas de la mano, por la belleza que
aprieta el corazón con fuerza y desde dentro.
Pero en lugar de ello me reí, pensando
que las bombas nucleares son ángeles
que han venido a salvar la tierra.
Ángeles parecidos a la sonrisa de Dios.
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