viernes, 23 de marzo de 2018

Teoreticismo




Todo lo que es diferente es ilusorio…

El infierno es el otro…

El uno

Nacemos uno con la realidad, indiferenciados. Recién nacidos, ignoramos los límites de nuestro propio cuerpo. El mundo aparece como una prolongación de nosotros mismos. Octavio Paz escribía: “La piel que se ajusta al movimiento, no es prisión sino piel del pensamiento”. Algo así ocurre, pero solo de manera aproximada, aún no hay un pensamiento. El lenguaje, como una proyección del ser en el exterior, como un doble que se lanza hacia fuera; aún no existe. Con el lenguaje nacerá la inteligencia, y con esta, la destrucción, la disgregación, el pensamiento analítico, la división del mundo en pequeñas unidades de sentido. Y, con todo esto, nuestro propio desgarramiento de La Realidad. Pero aún pasarán años antes de que el lenguaje invada, irreversiblemente, nuestros cerebros.

El reconocimiento del cuerpo y el afuera

Los primeros indicios de nuestros límites espaciales deben ocurrir a los pocos días de abandonar el vientre de la madre. A saber: el hambre, la sed, el sueño, el frío. El hambre y la sed, como aspectos ineludibles de la realidad, han de hacer consciente al cuerpo (y solo al cuerpo) de una realidad extrínseca, de unas necesidades que es incapaz de satisfacer por sí mismo. Por su parte, el sueño demandará del cuerpo la habilidad de dormir, algo que el recién nacido desconoce. El frío se presenta como un afuera hostil, como un más allá de acciones independientes. Es en este punto en el que el cuerpo (y solo el cuerpo) comienza a intuir la dualidad: un afuera y un adentro; un allá y un aquí, con la piel como frontera entre él y el mundo. Pero bastará un grito, un llanto, para que la unidad sea restaurada.

Una anécdota

En mi pueblo, cerca de casa, se construyó hace pocos años un andador: un camino rosa que avanza en medio de parcelas de caña y de maíz, y que más adelante se interna por entre las faldas de los cerros. Una tarde, cuando el sol ya no lastimaba, recorrí una parte del camino junto a mi sobrino, que entonces no tendría más de dos años. Al cabo de un rato, nos detuvimos cerca de una casa cuya familia criaba distintos animales. Chivos y cerdos ocupaban un corral y un chiquero. Un caballo, atado a un árbol, miraba algo indefinido. Gallinas y pollos corrían libres sobre la tierra y, en el centro de todo y bajo la sombra más fresca, descansaba una perra que había dado a luz hacía poco tiempo: sus crías retozaban cerca de ella. Mi sobrino rió al ver a los cachorros, y estos, a su vez, se acercaron a nosotros dando pequeños saltos. Mientras jugaban, no pude dejar de darme cuenta de que la mirada de mi sobrino y la de los cachorros era la misma. El niño y los cachorros se hallan “pegados” al mundo, ¿en qué momento ocurre el desgarramiento entre el niño y la naturaleza?

La sociedad y sus leyes: los límites de la libertad

Siendo todavía niños, pero ya contaminados por el lenguaje, existe un momento en el que lloramos por no poder tomar el juguete que pertenece a otro niño. A pesar de nuestras lágrimas el objeto se nos niega. Si insistimos o llegamos a transgredir la prohibición, seremos castigados. Es aquí cuando nace el “no”, la negación primaria. Nacemos y pronto somos insertados en una sociedad y una cultura que cuentan ya con sus leyes y sus obligaciones. Nuestra libertad se lanza insaciable (porque posee en el centro un vacío) al mundo, pero a medada que crecemos, y en su lucha con otras libertades, hemos de ver a la nuestra ser mutilada, envilecida, desprovista de su dignidad. Y es que no todas las libertades son iguales. Hay libertades más ricas, más bellas, más inteligentes, más fuertes. Aquel “no” de nuestra infancia se extiende en todas direcciones. Por otro lado, nuestro mundo y nuestra libertad se encogen en proporción inversa.

El horror de la vida o el infierno es el otro

Paradójicamente, el ser de nuestra sociedad, y tal vez el de cualquier sociedad, se halla solo. Nuestra realidad más íntima resulta intransferible, a su vez, el mundo de los otros nos es inaccesible. Nos encontramos solos, pero es nuestra soledad una soledad deficiente; plagada de presencias ilusorias: los otros. ¿Cómo amar al otro si es su riqueza la que nos empobrece; si es su libertad la que mutila a la nuestra; si es el otro el que posee la llave de nuestra felicidad y nos la niega; si es la belleza de su vida la que nos enseña lo repugnante de la nuestra? ¿Cómo, entonces, amar al otro? ¿Cómo no sufrir por la superabundancia de voluntades ajenas a la nuestra? Nos hallamos solos, ensimismados, en medio de presencias que nos atormentan. Sin una voz lo suficientemente fuerte para ser escuchada; sin un oído lo suficientemente agudo para escuchar fuera.

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