Todo lo que es
diferente es ilusorio…
El infierno es el otro…
El
uno
Nacemos uno con
la realidad, indiferenciados. Recién nacidos, ignoramos los límites de nuestro
propio cuerpo. El mundo aparece como una prolongación de nosotros mismos.
Octavio Paz escribía: “La piel que se ajusta al movimiento, no es prisión sino
piel del pensamiento”. Algo así ocurre, pero solo de manera aproximada, aún no
hay un pensamiento. El lenguaje, como una proyección del ser en el exterior,
como un doble que se lanza hacia fuera; aún no existe. Con el lenguaje nacerá
la inteligencia, y con esta, la destrucción, la disgregación, el pensamiento
analítico, la división del mundo en pequeñas unidades de sentido. Y, con todo
esto, nuestro propio desgarramiento de La Realidad. Pero aún pasarán años antes
de que el lenguaje invada, irreversiblemente, nuestros cerebros.
El
reconocimiento del cuerpo y el afuera
Los primeros
indicios de nuestros límites espaciales deben ocurrir a los pocos días de
abandonar el vientre de la madre. A saber: el hambre, la sed, el sueño, el
frío. El hambre y la sed, como aspectos ineludibles de la realidad, han de
hacer consciente al cuerpo (y solo al cuerpo) de una realidad extrínseca, de
unas necesidades que es incapaz de satisfacer por sí mismo. Por su parte, el
sueño demandará del cuerpo la habilidad de dormir, algo que el recién nacido
desconoce. El frío se presenta como un afuera hostil, como un más allá de
acciones independientes. Es en este punto en el que el cuerpo (y solo el
cuerpo) comienza a intuir la dualidad: un afuera y un adentro; un allá y un
aquí, con la piel como frontera entre él y el mundo. Pero bastará un grito, un
llanto, para que la unidad sea restaurada.
Una
anécdota
En mi pueblo,
cerca de casa, se construyó hace pocos años un andador: un camino rosa que
avanza en medio de parcelas de caña y de maíz, y que más adelante se interna
por entre las faldas de los cerros. Una tarde, cuando el sol ya no lastimaba,
recorrí una parte del camino junto a mi sobrino, que entonces no tendría más de
dos años. Al cabo de un rato, nos detuvimos cerca de una casa cuya familia
criaba distintos animales. Chivos y cerdos ocupaban un corral y un chiquero. Un
caballo, atado a un árbol, miraba algo indefinido. Gallinas y pollos corrían
libres sobre la tierra y, en el centro de todo y bajo la sombra más fresca,
descansaba una perra que había dado a luz hacía poco tiempo: sus crías
retozaban cerca de ella. Mi sobrino rió al ver a los cachorros, y estos, a su
vez, se acercaron a nosotros dando pequeños saltos. Mientras jugaban, no pude
dejar de darme cuenta de que la mirada de mi sobrino y la de los cachorros era
la misma. El niño y los cachorros se hallan “pegados” al mundo, ¿en qué momento
ocurre el desgarramiento entre el niño y la naturaleza?
La
sociedad y sus leyes: los límites de la libertad
Siendo todavía
niños, pero ya contaminados por el lenguaje, existe un momento en el que
lloramos por no poder tomar el juguete que pertenece a otro niño. A pesar de
nuestras lágrimas el objeto se nos niega. Si insistimos o llegamos a
transgredir la prohibición, seremos castigados. Es aquí cuando nace el “no”, la
negación primaria. Nacemos y pronto somos insertados en una sociedad y una
cultura que cuentan ya con sus leyes y sus obligaciones. Nuestra libertad se
lanza insaciable (porque posee en el centro un vacío) al mundo, pero a medada
que crecemos, y en su lucha con otras libertades, hemos de ver a la nuestra ser
mutilada, envilecida, desprovista de su dignidad. Y es que no todas las
libertades son iguales. Hay libertades más ricas, más bellas, más inteligentes,
más fuertes. Aquel “no” de nuestra infancia se extiende en todas direcciones.
Por otro lado, nuestro mundo y nuestra libertad se encogen en proporción
inversa.
El
horror de la vida o el infierno es el otro
Paradójicamente,
el ser de nuestra sociedad, y tal vez el de cualquier sociedad, se halla solo. Nuestra
realidad más íntima resulta intransferible, a su vez, el mundo de los otros nos
es inaccesible. Nos encontramos solos, pero es nuestra soledad una soledad
deficiente; plagada de presencias ilusorias: los otros. ¿Cómo amar al otro si es su riqueza la que nos
empobrece; si es su libertad la que mutila a la nuestra; si es el otro el que
posee la llave de nuestra felicidad y nos la niega; si es la belleza de su vida
la que nos enseña lo repugnante de la nuestra? ¿Cómo, entonces, amar al otro?
¿Cómo no sufrir por la superabundancia de voluntades ajenas a la nuestra? Nos
hallamos solos, ensimismados, en medio de presencias que nos atormentan. Sin
una voz lo suficientemente fuerte para ser escuchada; sin un oído lo
suficientemente agudo para escuchar fuera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario