jueves, 1 de febrero de 2018

Regresiones

Todos los videojuegos y las mujeres tienen algo en comun: el tremendo vacío que dejan tras terminarlos. Es por ello que son mas adictivos que cualquier droga. Y es por esa misma sensación de vacuedad que estos textos nacen como un intento inútil de prolongar esa maravillosa sensacion de vivir en el presente. Dentro de sí, en un momento efímero. Y tal vez esa fugacidad es lo que los vuelve tan especiales. Y para que toda su grandioza estupidez de luces y movimientos, de tramas dignas de los grandes literatos rusos y otras tantas banales y aparatosas historias, no se consuman poco a poco en el fuego oscuro del olvido, se escriben estos textos, que a nadie han de importar y por nadie deben ser leidos mas que por el autor. Como una especie de masturbación mental. Como mirar fotos de exnovias.  Como ordenar el closet y tardar horas curioseando entre antiguos tesoros. De ese mismo asqueroso impulso de autosatisfaccion surgen estos pensamientos. Derramando sesos por las paredes del Drogoratorio.
Secundaria pública 27
Impulsado por los comentarios de cuán genial era aquel juego, comenzé a jugarlo en el ciber de enfrente de la escuela. Por alguna u otra razon nunca pude avanzar mucho. Recuerdo que una compañera testigo de jeohva miraba fascinada y a la vez atemorizada mi monitor. Y su admiración me hacia sentir protagonista de una épica. Yo era Leon, quien peleaba contra zombis en una ciudad pixeleada de sangre cuadrada. Y yo era el héroe que Jetzemani (así se llamaba la compañera testigo) admiraba. Fue un periodo de dos semanas. Al salir de la secundaria disponía de media hora para jugar en el ciber y Jetzemani rentaba la computadora a mi lado. Solo para observarme jugar. La segunda semana ya nisiquiera rentaba la computadora. Se limitaba a poner una silla y mirar descaradamente. Nunca antes le habia dirigido la palabra. El uniforme de chicas de mi secundaria era la típica falda roja y una blusa blanca con el sello de la escuela bordado. Justo encima de su seno izquierdo de niña desarrollada de 13 años. Su presencia tenía días inquietandome. Era blanca, con cabello muy negro y largo y unos ojos grandes y brillantes. Sus muslos blancos asomaban de su faldita como queriendo ver tambien el monitor. Nunca vi que me observara a mí. Ni jamás mostró ninguna señal. Pero mientras el control vibraba en una escena con metralleta puse mi mano sobre su pierna. Ella no dijo nada. Ni tampoco se movió. Parecía no importarle y seguía mirando el monitor. Entonces comencé a acariciar su piel. Y a explorar lentamente debajo de su falda. Nunca habia sentido la pierna de una mujer. Era extremadamente suave. Ese sello de lo gloriosamente bien hecho que tienen los juegos japoneses se transmitía en sensaciones a mi cerebro a travez de mis dedos y de su suave entrepierna. Intente tocar más allá pero tomó mi mano y la puso sobre el control. Siempre sin mirarme. Había algo que me fascinaba al ver su rostro de reojo. Algo que me trasladaba a una dimensión fuera de mí. Como espectador de una obra en un torbellino de sentidos. Poco después le pedí que fuera mi novia y recibí mi segundo beso. El primero me lo había dado Perla. Una catorceañera corriente y poco aseada. Recuerdo que varios compañeros reían mienteas le declamaba.
A la mayoría de mis mentores en la secundaria pública:
Una fijacion a fuerza de su presencia. Maestros de la mediocridad. Porquería tienen en la cabeza y su energía vital se nutre de la charlatanería. Ese engaño de brujería terminará desgastándolos más que la apatía. Pensábamos,  al dejar chupetones en los cuellitos de las vírgenes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario