viernes, 17 de noviembre de 2017

Muerto

Qué extraña manera de estar muerto. Envejecer, mirar crecer el pasto, y estar muerto, irremediablemente muerto para siempre. Quienes me hablan me suponen vivo, muchos  no se dan cuenta que conversan con un ataúd que lleva un muerto en su interior; mi cuerpo es un ataúd moviente. Ya nada tengo que ver con la vida, el mismo eco me desconoce. Entro a enormes naves vacías. Y si digo infancia, el eco me responde: “parvada en la memoria”, y si digo madre, el eco me responde: “cruz de astillas”, y si pronuncio mi nombre, el eco no responde nada, se queda callado, pero un niño vestido de marinero se sienta sobre una piedra y me mira. Veo a las parejas bailar. Veo a los amigos de antaño yendo de un lado a otro con la premura de los vivos. Cruzo puertas y al hacerlo una voz remota me jala los ojos, me pide irme completamente, dejar de soñar con la vida. Veo a mi abuela y a mi padre volando fuera de mi ventana, me piden irme completamente, dejar de soñar con la vida. Voy a correr por las tardes, veo al sol ocultarse detrás de las montañas, veo a las mujeres desnudas, y tiemblo porque los muertos tenemos un frío vivo en la mitad de los huesos, y ninguna cosa cálida puede con él. Cuando estoy drogado mi muerte personal se pone una máscara de vida y viene a conversar conmigo, pretendiendo. Nos ponemos algo como alas en los ojos y nos dejamos caer por cascadas hacia el cielo; nos disfrazamos de árboles donde cuelgan niños y columpios, nos disfrazamos de alfabetos y de espadas; de cortinas y de barcos. Mi muerte es buena y triste. No entiende por qué sigo soñando con la vida. No entiende por qué, muerto, me empeño en arrastrar mi cuerpo por el mundo. Guardo sombras en mi cuarto y estoy triste porque en mi condición de muerto no tengo substancia activa. Mis palabras carecen de peso y ningún efecto se deriva de mis actos. Porque los muertos, incluso los que soñamos con la vida, no podemos intervenir en el mundo. Lo más sensato es mirar y no dejar que nada se mueva dentro. Yo morí cuando dejé de ser niño, no me di cuenta y nadie me lo dijo. La muerte tenía que llevarme, tomado de la mano, a su país. Se distrajo un segundo y me abandonó de este lado. Ahora me pide cruzar solo, pero tengo un gran aprecio por este sueño doloroso. Seré paciente. Esperaré a que regrese y cruzaremos juntos los umbrales. Mirar, ahora es mirar a los vivos que también son cadáveres: fornican, sufren, se creen distintos unos de otros; mejores o peores. Se embriagan y ríen. Luchan por obtener más dinero mientras se pudren. Y son lo mismo, todos y cada uno de ellos: ojos verdes o de otro color, brazos, culos, senos; sólo veo alimento de larvas y de moscas. No me río porque no sienta bien la risa a un muerto; pero todo esto es gracioso. Yo miro a la luz descansar sobre las hojas afiladas. Yo me doblo un poco cuando los gusanos me muerden la carne desde dentro. Yo amo el sueño de la vida porque es sólo un sueño. Estoy de pie al lado de un río que arrastra caballos muertos, y siento miedo del sol que se mueve por detrás de las cortinas rojas de un grosor considerable.

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