Qué
extraña manera de estar muerto. Envejecer, mirar crecer el pasto, y estar
muerto, irremediablemente muerto para siempre. Quienes me hablan me suponen
vivo, muchos no se dan cuenta que
conversan con un ataúd que lleva un muerto en su interior; mi cuerpo es un
ataúd moviente. Ya nada tengo que ver con la vida, el mismo eco me desconoce.
Entro a enormes naves vacías. Y si digo infancia, el eco me responde: “parvada
en la memoria”, y si digo madre, el eco me responde: “cruz de astillas”, y si
pronuncio mi nombre, el eco no responde nada, se queda callado, pero un niño
vestido de marinero se sienta sobre una piedra y me mira. Veo a las parejas
bailar. Veo a los amigos de antaño yendo de un lado a otro con la premura de
los vivos. Cruzo puertas y al hacerlo una voz remota me jala los ojos, me pide
irme completamente, dejar de soñar con la vida. Veo a mi abuela y a mi padre
volando fuera de mi ventana, me piden irme completamente, dejar de soñar con la
vida. Voy a correr por las tardes, veo al sol ocultarse detrás de las montañas,
veo a las mujeres desnudas, y tiemblo porque los muertos tenemos un frío vivo
en la mitad de los huesos, y ninguna cosa cálida puede con él. Cuando estoy
drogado mi muerte personal se pone una máscara de vida y
viene a conversar conmigo, pretendiendo. Nos ponemos algo como alas en los ojos
y nos dejamos caer por cascadas hacia el cielo; nos disfrazamos de árboles
donde cuelgan niños y columpios, nos disfrazamos de alfabetos y de espadas; de
cortinas y de barcos. Mi muerte es buena y triste. No entiende por qué sigo
soñando con la vida. No entiende por qué, muerto, me empeño en arrastrar mi
cuerpo por el mundo. Guardo sombras en mi cuarto y estoy triste porque en mi
condición de muerto no tengo substancia activa. Mis palabras carecen de peso y
ningún efecto se deriva de mis actos. Porque los muertos, incluso los que
soñamos con la vida, no podemos intervenir en el mundo. Lo más sensato es mirar
y no dejar que nada se mueva dentro. Yo morí cuando dejé de ser niño, no me di
cuenta y nadie me lo dijo. La muerte tenía que llevarme, tomado de la mano, a
su país. Se distrajo un segundo y me abandonó de este lado. Ahora me pide
cruzar solo, pero tengo un gran aprecio por este sueño doloroso. Seré paciente.
Esperaré a que regrese y cruzaremos juntos los umbrales. Mirar, ahora es mirar
a los vivos que también son cadáveres: fornican, sufren, se creen distintos
unos de otros; mejores o peores. Se embriagan y ríen. Luchan por obtener más
dinero mientras se pudren. Y son lo mismo, todos y cada uno de ellos: ojos
verdes o de otro color, brazos, culos, senos; sólo veo alimento de larvas y de
moscas. No me río porque no sienta bien la risa a un muerto; pero todo esto es
gracioso. Yo miro a la luz descansar sobre las hojas afiladas. Yo me doblo un
poco cuando los gusanos me muerden la carne desde dentro. Yo amo el sueño de la
vida porque es sólo un sueño. Estoy de pie al lado de un río que arrastra
caballos muertos, y siento miedo del sol que se mueve por detrás de las
cortinas rojas de un grosor considerable.
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