viernes, 17 de noviembre de 2017

Padre e hija

Toda esta bella historia comenzó cuando recibí la carta: “Mamá ha muerto, ven por mí. Estoy sola”. La divisa estaba firmada por el tierno nombre de mi hija. Hacía unos diez años que no la veía, su madre y yo concluimos nuestra relación en muy malos términos.
 En ese entonces yo era aún muy joven y mi carrera como actor comenzaba a despegar, acababa de obtener papeles importantes en filmes extranjeros; así que le permití quedarse con nuestra hija, que en aquel entonces tendría unos nueve años, con la única condición de que no me buscara jamás. A los dos días me había olvidado de ambas. Con el tiempo llegaron la fama y el dinero; y el olvido –si acaso es posible- se hizo cada vez mayor. No obstante, al recibir la carta, sentí que algo en mi interior despertaba, algo que había permanecido en estado latente por mucho tiempo. Puse la carta sobre la mesa y me vestí con mis mejores atavíos: un traje de un verde parecido al pistache de las neverías; luego, tomé el primer vuelo con destino a la ciudad  innombrable de mi amor.
Ella, maleta en mano, me esperaba en un parque cercano al aeropuerto: estaba hermosa, más hermosa que cualquier ser humano, animal o cosa que haya visto en mi vida. Vestida completamente de blanco y el cabello rubio cubriéndole los hombros. Los ojos azules de cielos inalcanzables. Los labios llenos, rojos de manzana del conocimiento. Sentí que algo en mí se erguía. Sentí vergüenza, me detuve y cerré los ojos por espacio de un minuto. Cuando los abrí, ella seguía de pie frente a mí, pero más bella aún, parecía tan intranquila como yo. Me acerqué despacio, rodeé sus hombros con mis brazos que luego fui bajando hasta su breve cintura; miles de descargas eléctricas y reptiles plateados se movieron dentro de mí. Se puso de puntillas y balbuceó unas palabras de color triste que no alcancé a comprender, quizá decían algo de la reciente muerte de su madre. Con gran esfuerzo me separé un poco de ella. Seguía estando bellísima. La invité a comer.
Mientras caminábamos entre los enormes rascacielos que había a uno y otro lado en las calles de la ciudad innombrable de mi amor, guardábamos silencio. Era de tarde y pensé en lo difícil que era recibir la luz del sol en ciudades así. Quizá esa era la razón de que la piel de mi hija fuese tan blanca y sus ojos tan claros.
En medio de dos rascacielos de varios kilómetros de altura encontramos un puesto de periódicos como los de antaño –con esto me refiero a mi infancia-. Era muy extraño verlo, parecía un pequeño montón de mierda entre un páramo de rosas, o más bien lo contrario. El puesto era atendido por una vieja que parecía tener unos ciento ochenta años: sus propias arrugas estaban arrugadas. Uno de sus ojos parecía muy joven, con este ojo miraba a mi hija; su otro ojo -¡maldita mujer camaleón!- me miraba a mí, parecía descubrir mis ignominiosas intenciones, era un ojo blanco y turbio, como el de un pez no tan fresco exhibido en los mercados, o más bien como el ojo que aparece en uno de los cuentos de Poe; y, al igual que en el cuento de Poe, tuve unos enormes deseos de abrir la cabeza de la vieja con un hacha.
Mientras resolvía en mi interior si reventar la cara de la vieja a golpes o no, mi hija miraba embelesada los yoyos exhibidos en el mostrador, luego me miró con ternura, levantado sus ojos y su rostro para verme, y con voz dulce me pidió que le comprara uno-¿Cómo habría podido decirle no a esos ojos como cielos, a ese dulce rostro? ¿Cómo podría haber dicho que no, amor mío?-. Mi hija tomó el yoyo color verde que tenía un delgado pez gelatinizado en su interior y pagué a la maldita vieja el precio escandalosamente alto del juguete. Mientras nos alejábamos, la vieja dijo en voz alta: “Dios, Dios, cuida a todas tus pequeñas criaturas de los demonios que andan sobre el mundo”.
La luz comenzaba a tomar tonos rosáceos cuando arribamos a un restaurant de fachada fluorescente: Instituto de Novedades Culinarias; Eclecticismo en Sabores y Tés. Juro por el espíritu de mi madre que así de ridículo era el nombre del lugar. A pesar de esto no carecía de un gusto exquisito: Era una nave esférica con mesas triangulares por todas partes. Se podrá creer que los triángulos, forzosamente, son incapaces de cubrir ciertos espacios dentro de un círculo, pero esto no era así en aquel lugar, mas no resulta fácil hacer una descripción de este aspecto del INCEST, así que no la haré. Las meseras vestían de una manera deliciosa: usaban un vestido hecho de pequeños globos dorados. Algunas de ellas me reconocieron y me pidieron en voz baja –ya que de otra manera podían ser reprendidas por sus superiores- un autógrafo; también alabaron mi traje de color verde pistache. Eran unas camareras muy entendidas en moda y también muy agradables.
Después de comer algunos platillos deliciosos y de colores fantásticos, mi hija comenzó a hablarme de la muerte de su madre; una extraña enfermedad que antes de asesinarla la volvió loca: “a veces se creía pollo y comenzaba a besar el piso como si recogiese semillas, pero no sólo eso, en verdad se sentía pollo, tenía la mirada que tienen los pollos que salen en la televisión”, me decía mi hija con su voz de ángel; luego los dos nos reíamos hasta las lágrimas de esta divertida tragedia.
Pedí una botella de un vino color negro. Mi hija recién había cumplido los diecinueve años, por lo que podía beber de manera completamente legal –aunque la legalidad es algo que nos importa muy poco-. Me preguntó sobre mi carrera de actor, los países que había visitado, la industria cinematográfica, los efectos especiales; pero, conforme el vino  iba tiñendo de un color purpúreo sus mejillas, sus preguntas fueron tomando un cariz más erótico; que actriz me parecía más guapa, qué sentía al besarlas, qué al pasar mis manos por sus cuerpos divinos (no tan divinos como el tuyo, dulce amor mío), qué al verlas desnudas; y, por último –y debo confesar que esta pregunta me ruborizó un poco-, si alguna vez mi cuerpo había delatado mi excitación y qué había hecho para ocultarla. Durante la segunda botella de vino me habló de sus ex novios: un intelectual de pacotilla, delgado como cable eléctrico; y un joven hermoso pero estúpido que comenzaba a tomarse fotografías para distintas revistas. Me habló de los amantes fantásticos de su madre: un francotirador francés; un hombre que trabajó en el servicio secreto durante la guerra sucia, un anciano ruso que entrenó gimnastas ucranianas durante la URSS, un hombre muy triste que decía ser poeta, al tiempo que le contaba historias y le acariciaba las piernas mientras su madre estaba fuera de casa; estuvo enamorada de este último por un tiempo, se encerraba en su habitación a odiar a su madre y, muchas noches después de que este hombre salió de su vida, seguía pensando en sus historias y en sus manos que acariciaban sus piernas.
Me parece que mi hija bebió mucho de la segunda botella de vino. Después de agotar la tercera botella, salimos en busca de un hotel donde pasar la noche.
Entramos a la recepción tomados de la mano. Solicité dos habitaciones, a las cuales tan sólo separaba un estrecho pasillo. “Es mi hija”, dije sin saber por qué al solicitar los cuartos; la empleada tras el mostrador me sonrió por un tiempo que me pareció innecesario. Mientras subíamos por el elevador noté que la mano de mi hija temblaba de manera considerable, le pregunté si tenía frió, “tengo miedo”, me contestó. Subimos los treinta y siete pisos restantes en silencio y apretando con fuerza las manos.
Estuvimos abrazados mucho tiempo bajo el neón dorado que iluminaba el corredor, luego, con un esfuerzo aun mayor que el acaecido horas antes, me separé de ella, la miré unos segundos, le dije buenas noches y me giré para entrar a mi habitación. Apenas iba a introducir la llave cuando escuché mi nombre en su voz líquida. Se acercó de prisa, se puso de puntillas y, sonrojada me ofreció sus labios, abiertos para el ósculo lascivo no carente de amor. ¡Oh! aun ahora que escribo estas líneas no puedo evitar que mi rostro se encienda como si hubiese hecho algo vergonzoso, ¡y no lo es! ¡Quién así lo crea es un ignorante que desconoce todos los derroteros por los que el amor discurre! ¡Un ignorante!
Luego, entramos a mi habitación.
El decoro y la censura me impiden narrar lo que sucedió en ella. ¡Qué jardín de las delicias! ¡Qué comprensión del mundo y de la vida! ¡Qué maravilloso el flujo de la existencia! Mis labios sonríen y mis manos tiemblan al recordar los placeres de aquella noche. Nos conocíamos de muchas vidas antes. Fuimos separados en algún punto del tiempo. Su alma era más vieja que la mía. Fue una broma macabra del destino el encontrarnos al fin como padre e hija, pero nosotros le escupimos la cara al destino. Cuando la luz iluminó la estancia, ya éramos amantes, y no nos separaríamos nunca más.
Tomamos el almuerzo en silencio, pero no había duda, temor o vergüenza, era tan sólo que no necesitábamos palabras. Abandonamos el hotel y nos dirigimos al aeropuerto.
Al onceavo día de vuelo aterrizamos en mi ciudad. Estuvimos encerrados en mi apartamento durante los treinta y un días del mes; amándonos y contándonos nuestras vidas, pero al día treinta y dos hubimos de detenernos para reflexionar sobre un tema que retardábamos a conciencia: cómo hacer pública nuestra relación. Aun ahora, en estos días sin dios (platillos preparados con fetos, experimentación siniestra en animales y niños de la calle, idiotización general del mundo a través de las pantallas y los alimentos), resulta impensable que un padre mantenga relaciones carnales con su hija, y no conozco un solo país donde esta clase de matrimonio sea legal. Descartamos de inmediato, por su imposibilidad, la idea del matrimonio, y decidimos descubrir al mundo nuestro amor en dos pasos; primero, confesarlo a mis amigos más íntimos: un grupo de artistas y magos de una sensibilidad inmensa que seguramente entendería; luego, anunciarlo a través de una entrevista en algún medio.
Comencé a llamar uno por uno a todos mis amigos para invitarlos a una reunión, so pretexto de celebrar –claro que mentía- el papel por mí obtenido para la nueva película de algún director de culto. En dicha reunión habría mariscos y whisky tornasol en finas copas de madera blanca. Ni uno solo rechazó mi invitación. Estaba convencido de que gente como ellos entendería la naturaleza elevada de mi amor, como todas las personas de alto nivel económico, cultural y espiritual. Esta reunión sería llevada a cabo sobre las aguas de un río profundo y lento. Tenía una pequeña y bella embarcación de los tiempos de Mark Twain que serviría para llevar a cabo dicho propósito.
Llegado el día de la cita esperé a mis invitados en el muelle que se encuentra a un par de kilómetros de mi residencia en Decidí borrar el nombre de la ciudad cuyo domicilio exacto omitiré. La primera en llegar, como siempre, fue la bellísima Johanna Torré, excelente pintora surrealista que gustaba de usar vestidos hechos con serpientes sedadas. Le siguió el mago Omar Yepes, hombre rosado y excesivamente gordo; su truco de desaparecer memorias lo había hecho famoso entre las clases pudientes. Luego apareció Guillermo Solórzano, ex militar y guarura en turno de un político mexicano, a este lo conocí en los quince años de la hija de dicho político; me habían contratado para tomarme fotos con la quinceañera (una vulgar mezcla de mamut y manatí). Guillermo y yo nos hicimos buenos amigos de inmediato; me ha ayudado a mantener a raya admiradoras molestas; sé también que Guillermo gusta de escribir alejandrinos en las noches sin luna. Un silencio de admiración acompañó la llegada de Cindy Harrington, joven actriz consagrada al nuevo movimiento cinematográfico denominado “porno-filosófico”, para muchos, el rostro más bello en activo del séptimo arte. En su último film interpreta a la joven esposa de un fanático religioso esquizofrénico. El argumento es sencillo: la joven pareja llega a su nuevo hogar tras oficiarse el matrimonio religioso. Los primeros días las cosas marchan viento en popa y podemos contemplar la belleza de Harrington en todo su esplendor y desde todos los ángulos. Sin embargo, una vez transcurrido el primer mes, el marido comienza a ver la imagen de la virgen María dentro del sexo de su amada. Lo cual lo lleva, por un lado, a tener los orgasmos más fuertes de su vida. Por el otro, a sentirse lleno de culpa, sacrílego. Comienza a tener visiones de las llamas eternas del infierno. Al final decide no volver a tocar a su mujer. La película termina con un cuadro bellísimo: al fondo de un corredor lleno de velas y cirios se levanta un altar, sobre el que descansan, muy abiertas, en medio de grandes telas color púrpura, las hermosas piernas de Cindy Harrington. La película fue aclamada en distintos festivales alrededor del mundo.
Todavía llegaron tres o cuatro amigos antes de que zarpara la embarcación. A todos los había conocido más de siete meses antes, el tiempo que yo creía necesario para conocer, de manera profunda, a cada persona de este mundo o del otro. Qué equivocado estaba.
Las primeras horas del recorrido fueron todas risa y deleite. Las ostras y medusas que mi chef preparó en las copas de madera fueron aderezadas con una pequeñísima pizca de opio y, por momentos, parecía que navegábamos sobre el río del tiempo. En algún momento mi hija se envolvió en unas telas negras y ejecutó con maestría, acompañada de un par de músicos que solicitó previamente, una danza que representaba la angustia de una madre que había perdido a su único hijo de meses de nacido: cada uno de sus gestos, sus cabellos que por instantes se adherían a la saliva de sus labios, el brillo de sus ojos que parecía una lágrima en el umbral de la caída, la elasticidad y fuerza de cada parte de su cuerpo; las notas de la guitarra que se hundían en el río eternamente. Todo esto, digo, hizo que los allí presentes cayéramos en una especie de sueño inefable. El rostro de Cindy Harrington estaba anegado. Guillermo Solórzano miraba en lontananza; y yo, señores, yo sentía que mi corazón nadaba bajo las aguas del río, junto a los manatíes que en ese momento me sonreían.
No pude contenerme más. Me abrí paso entre los aplausos de la tripulación y, tomándola por la cintura, acerqué a mi hija y la besé en los labios suaves como la seda de gusanos espaciales. Fue un beso profundo, una batalla de peces apretados. Miles de pétalos color morado subían a los cielos. Y mi corazón nadaba entre los manatíes y comenzaba a aprender su lenguaje. Luego vino el silencio. Me separé de mi hija y abrí los ojos: todos los allí presentes nos miraban con una mezcla de sorpresa e ingente desprecio. “Ella es la mujer que amo”, les grité, “puede parecer extraño, pero ustedes, queridos amigos de elevadas ideas, entenderán que la sangre es efímera y las almas inmarcesibles”. Pero ninguno de ellos entendió. Cindy Harrington corrió a vomitar por la borda. Johanna Torré exigió el regreso inmediato al muelle, no podía soportar semejante “abominación”. Omar Yepes nos maldijo, luego arrojó su capa al piso y se hundió en ella como en una arena movediza, desapareciendo por completo un instante después. Pero lo verdadera tragedia fue provocada por Guillermo Solórzano; quien, extrayendo de su saco un revólver de calibre inmenso comenzó a disparar al piso de cubierta. Mientras comenzábamos a hundirnos, Solórzano gritó que el castigo por nuestro pecado era la muerte por agua. Abracé con fuerza a mi hija. Se escucharon muchos gritos y, un segundo después, el zumbido de los oídos bajo el agua y las maderas bajando por el color azul. Todavía alcancé a sonreír ante la ironía de que la prostituta, el estafador, la drogadicta y el asesino, nos condenaran por nuestro amor; luego, dejé de pensar y fue sólo el zumbido del agua en los oídos.

Cuando regresé en mí me hallaba en tierra, cerca del puerto del que habíamos partido. A través de la humedad de mis ojos observé la silueta de mi hija: de pie, junto al agua, le sonreía a los manatíes que nos habían llevado a tierra salvándonos la vida, luego vino a mi lado, me tomó de la mano, me ayudo a ponerme en pie y me besó; ambos dijimos adiós, agitando fuertemente las manos, a los hermosos mamíferos que se alejaron sonriendo.
En el hundimiento de la embarcación murieron los dos músicos, Cindy Harrington y Guillermo Solórzano. En un comienzo se creyó que Johanna Torré había corrido la misma suerte, pero fue encontrada viva en un islote en la parte más remota del río. Las serpientes con las que Johanna confeccionaba sus vestidos y que, por lo común, permanecían dormidas durante todo un mes, habían sido arrancadas de su letargo por la frialdad del agua y nadaron, llevando con ellas a su dueña, hasta aquel islote donde finalmente murieron tras un último acto de lealtad; en realidad, para un par de ellas fue el penúltimo acto de lealtad: en su desesperación y, creyendo que tenía más tiempo perdida del que había transcurrido en realidad, Johanna devoró los cadáveres de dos serpientes. Jamás volvió a ser la misma; dejó de hablar casi por completo y, cuando pintaba, pintaba niños muertos con cabeza de serpiente y ríos de escamas.
Demás está decir el escándalo que provocó el posterior relato que Omar Yepes vendió a la prensa, relato aderezado con un sinfín de obscenas mentiras. Esto, aunado a la conmoción generada por la muerte de Cindy Harrington, conmoción nunca antes vista por la muerte de una actriz porno, muerte por la que, de manera indirecta, la opinión pública me culpaba, significó la ruina de mi carrera. Todos mis contratos comerciales y cinematográficos fueron de inmediato cancelados. En muchos de ellos tuve que regresar grandes sumas que había recibido a manera de adelanto. Jamás volvería a actuar en ninguna producción importante. De un día a otro me había quedado sin dinero o, al menos, sin el dinero suficiente para seguir con el estilo de vida al que estaba acostumbrado.
Por un tiempo seguimos viviendo en la casa que, para mi fortuna, casi nadie conocía. Mi hija lucía triste, en momentos parecía culparse de mi desgracia económica. Pero yo, despacio, me acercaba por su espalda, la abrazaba y le decía (y entre palabra y palabra besaba su pequeña oreja) que nunca antes había sido tan feliz, entonces ella sonreía y volvíamos a sumergirnos en nuestro amor, y hojas cenicientas golpeaban rítmicamente la ventana, y hormigas negras las recogían del suelo y las llevaban de un lado para otro sobre el pasto.
Las semanas se sucedían veloces y yo comenzaba a creer que aquella cabaña estaba bendita; cada día iba a pescar un poco al muelle y apenas recordaba aquella embarcación maldita que, tiempo atrás, había partido de él. Muchos árboles frutales rodeaban nuestro hogar. Cada semana me ocultaba tras unas gafas oscuras, subía al auto e iba a un pueblo cercano a comprar cualquier cosa que nos hiciera falta.
No obstante, mi hija no podía evitar, a pesar suyo, lucir taciturna, por lo que decidí llevarla de viaje a la casa que habité, muchos años antes, junto a mis padres. Ella aceptó de muy buena gana.
Mis padres apreciaban la soledad más que a ninguna otra cosa en este mundo, razón por la que decidieron construir su casa en medio de un terreno liso situado en el centro de un bosque de espesos pinos. Nunca nadie nos visitaba. Cada día mi padre abandonaba el hogar para regresar más tarde con alimentos y herramientas traídas desde la civilización. Mi madre fue mi escuela; ella me enseñó el uso de las letras, de los números y de las figuras. Después de abandonar la casa para ir a la universidad, sólo regresé a ella en dos fechas: una, la muerte de mi padre, dos, la muerte de mi madre.
Llegamos a la casa muy temprano y gastamos el día entero en remover el polvo que se había acumulado en ella a lo largo de tantos años. Al anochecer, nuestra estancia se hallaba limpia y nosotros fatigados. Hicimos el amor, breve y apasionadamente, y nos quedamos dormidos. Soñé con un hotel de Miami, en el que alguna vez me hospedé para charlar con los productores de una película que jamás llegó a realizarse. Desde la parte más alta del edificio, una mano gigantesca arrojaba delfines al mar, lo hacía con mucha furia. No todos los delfines llegaban con bien al océano, algunos golpeaban contra el concreto que rodeaba las albercas y se destripaban. Cuando desperté, mi hija no se hallaba a mi lado. No me tomó mucho encontrarla: desde el umbral de nuestra nueva estancia, contemplaba el muro de pinos que nos separaba del mundo. “Vi una manada de sombras adentrarse al bosque”, me dijo al escuchar mis pasos, sin voltear a verme. Recordé que, durante mi niñez, mi madre salía de la casa por las tardes; según ella, para contemplar las manadas de sombras adentrarse al bosque. Me sentí feliz de que mi hija no se pareciera, ni física ni espiritualmente, a mi madre. “Tu abuela también podía ver las manadas de sombras. Yo, por más que lo intenté, jamás pude hacerlo. Creía que mamá estaba loca, ahora me doy cuenta de que no mentía, porque nada que tus ojos vean puede no ser verdad”. Mi amada se giró, descubriéndome su rostro anegado en llanto. Me acerqué preocupado. Entonces ella tomó mis manos y las llevó, despacio y con ternura, hasta su vientre. Levantó su mirada (la mirada más bonita del mundo) y, sin dejar de llorar, me dio la noticia. La besé como la primera vez, como el primer beso de amor de mi vida. Escuché que tres aviones publicitarios atravesaban el cielo. Escuché el sonido que hace al girar la tierra. Escuché el recorrido de la luz. Escuché el pensamiento de los árboles. Escuché el llanto del amor. Escuché el deseo de los peces. Escuché un corazón pequeño. Cuando abrí los ojos, pude ver la manada de sombras que caminaba por entre los pinos. Tomados de la mano, mi hija y yo estuvimos mirándolas hasta que la luna nos tocó los rostros.
Nunca pensé que tanta dicha fuera permitida a los hombres. Con el dinero que tengo en los bancos, no tendremos que preocuparnos por comida en varias décadas. Cada tarde caminamos con las sombras –que ahora son nuestras amigas– hasta una laguna de aguas transparentes y peces de colores (dorados, verdes, rojos, azules). Nadamos desnudos durante horas y no necesitamos hablar para escucharnos. El vientre de mi amada se inflama como un corazón al que el amor ha invadido. Las sombras son como mascotas gigantescas y huelen a menta. Nos secamos al viento y mi amada coloca su oído contra mi pecho: ¿por qué tu corazón late tan aprisa?, es por ti, le respondo. Y nuestras almas se ponen a retozar entre el pasto, se ponen a jugar entre las sombras, como si de dos niñas pequeñas se tratara. Nuestro hijo nacerá en el mejor de los mundos posibles.

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