Toda
esta bella historia comenzó cuando recibí la carta: “Mamá ha muerto, ven por
mí. Estoy sola”. La divisa estaba firmada por el tierno nombre de mi hija. Hacía
unos diez años que no la veía, su madre y yo concluimos nuestra relación en muy
malos términos.
En ese entonces yo era aún muy joven y mi
carrera como actor comenzaba a despegar, acababa de obtener papeles importantes
en filmes extranjeros; así que le permití quedarse con nuestra hija, que en
aquel entonces tendría unos nueve años, con la única condición de que no me
buscara jamás. A los dos días me había olvidado de ambas. Con el tiempo
llegaron la fama y el dinero; y el olvido –si acaso es posible- se hizo cada
vez mayor. No obstante, al recibir la carta, sentí que algo en mi interior
despertaba, algo que había permanecido en estado latente por mucho tiempo. Puse
la carta sobre la mesa y me vestí con mis mejores atavíos: un traje de un verde
parecido al pistache de las neverías; luego, tomé el primer vuelo con destino a
la ciudad innombrable de mi amor.
Ella,
maleta en mano, me esperaba en un parque cercano al aeropuerto: estaba hermosa,
más hermosa que cualquier ser humano, animal o cosa que haya visto en mi vida.
Vestida completamente de blanco y el cabello rubio cubriéndole los hombros. Los
ojos azules de cielos inalcanzables. Los labios llenos, rojos de manzana del
conocimiento. Sentí que algo en mí se erguía. Sentí vergüenza, me detuve y
cerré los ojos por espacio de un minuto. Cuando los abrí, ella seguía de pie
frente a mí, pero más bella aún, parecía tan intranquila como yo. Me acerqué
despacio, rodeé sus hombros con mis brazos que luego fui bajando hasta su breve
cintura; miles de descargas eléctricas y reptiles plateados se movieron dentro
de mí. Se puso de puntillas y balbuceó unas palabras de color triste que no
alcancé a comprender, quizá decían algo de la reciente muerte de su madre. Con
gran esfuerzo me separé un poco de ella. Seguía estando bellísima. La invité a
comer.
Mientras
caminábamos entre los enormes rascacielos que había a uno y otro lado en las
calles de la ciudad innombrable de mi amor, guardábamos silencio. Era de tarde
y pensé en lo difícil que era recibir la luz del sol en ciudades así. Quizá esa
era la razón de que la piel de mi hija fuese tan blanca y sus ojos tan claros.
En
medio de dos rascacielos de varios kilómetros de altura encontramos un puesto
de periódicos como los de antaño –con esto me refiero a mi infancia-. Era muy
extraño verlo, parecía un pequeño montón de mierda entre un páramo de rosas, o
más bien lo contrario. El puesto era atendido por una vieja que parecía tener
unos ciento ochenta años: sus propias arrugas estaban arrugadas. Uno de sus
ojos parecía muy joven, con este ojo miraba a mi hija; su otro ojo -¡maldita
mujer camaleón!- me miraba a mí, parecía descubrir mis ignominiosas
intenciones, era un ojo blanco y turbio, como el de un pez no tan fresco
exhibido en los mercados, o más bien como el ojo que aparece en uno de los
cuentos de Poe; y, al igual que en el cuento de Poe, tuve unos enormes deseos
de abrir la cabeza de la vieja con un hacha.
Mientras
resolvía en mi interior si reventar la cara de la vieja a golpes o no, mi hija
miraba embelesada los yoyos exhibidos en el mostrador, luego me miró con
ternura, levantado sus ojos y su rostro para verme, y con voz dulce me pidió
que le comprara uno-¿Cómo habría podido decirle no a esos ojos como cielos, a
ese dulce rostro? ¿Cómo podría haber dicho que no, amor mío?-. Mi hija tomó el
yoyo color verde que tenía un delgado pez gelatinizado en su interior y pagué a
la maldita vieja el precio escandalosamente alto del juguete. Mientras nos
alejábamos, la vieja dijo en voz alta: “Dios, Dios, cuida a todas tus pequeñas
criaturas de los demonios que andan sobre el mundo”.
La
luz comenzaba a tomar tonos rosáceos cuando arribamos a un restaurant de
fachada fluorescente: Instituto de
Novedades Culinarias; Eclecticismo en Sabores y Tés. Juro por el espíritu
de mi madre que así de ridículo era el nombre del lugar. A pesar de esto no
carecía de un gusto exquisito: Era una nave esférica con mesas triangulares por
todas partes. Se podrá creer que los triángulos, forzosamente, son incapaces de
cubrir ciertos espacios dentro de un círculo, pero esto no era así en aquel lugar,
mas no resulta fácil hacer una descripción de este aspecto del INCEST, así que
no la haré. Las meseras vestían de una manera deliciosa: usaban un vestido
hecho de pequeños globos dorados. Algunas de ellas me reconocieron y me
pidieron en voz baja –ya que de otra manera podían ser reprendidas por sus
superiores- un autógrafo; también alabaron mi traje de color verde pistache.
Eran unas camareras muy entendidas en moda y también muy agradables.
Después
de comer algunos platillos deliciosos y de colores fantásticos, mi hija comenzó
a hablarme de la muerte de su madre; una extraña enfermedad que antes de
asesinarla la volvió loca: “a veces se creía pollo y comenzaba a besar el piso
como si recogiese semillas, pero no sólo eso, en verdad se sentía pollo, tenía
la mirada que tienen los pollos que salen en la televisión”, me decía mi hija
con su voz de ángel; luego los dos nos reíamos hasta las lágrimas de esta
divertida tragedia.
Pedí
una botella de un vino color negro. Mi hija recién había cumplido los diecinueve
años, por lo que podía beber de manera completamente legal –aunque la legalidad
es algo que nos importa muy poco-. Me preguntó sobre mi carrera de actor, los
países que había visitado, la industria cinematográfica, los efectos
especiales; pero, conforme el vino iba
tiñendo de un color purpúreo sus mejillas, sus preguntas fueron tomando un
cariz más erótico; que actriz me parecía más guapa, qué sentía al besarlas, qué
al pasar mis manos por sus cuerpos divinos (no tan divinos como el tuyo, dulce
amor mío), qué al verlas desnudas; y, por último –y debo confesar que esta
pregunta me ruborizó un poco-, si alguna vez mi cuerpo había delatado mi
excitación y qué había hecho para ocultarla. Durante la segunda botella de vino
me habló de sus ex novios: un intelectual de pacotilla, delgado como cable
eléctrico; y un joven hermoso pero estúpido que comenzaba a tomarse fotografías
para distintas revistas. Me habló de los amantes fantásticos de su madre: un
francotirador francés; un hombre que trabajó en el servicio secreto durante la
guerra sucia, un anciano ruso que entrenó gimnastas ucranianas durante la URSS,
un hombre muy triste que decía ser poeta, al tiempo que le contaba historias y
le acariciaba las piernas mientras su madre estaba fuera de casa; estuvo
enamorada de este último por un tiempo, se encerraba en su habitación a odiar a
su madre y, muchas noches después de que este hombre salió de su vida, seguía
pensando en sus historias y en sus manos que acariciaban sus piernas.
Me
parece que mi hija bebió mucho de la segunda botella de vino. Después de agotar
la tercera botella, salimos en busca de un hotel donde pasar la noche.
Entramos
a la recepción tomados de la mano. Solicité dos habitaciones, a las cuales tan
sólo separaba un estrecho pasillo. “Es mi hija”, dije sin saber por qué al
solicitar los cuartos; la empleada tras el mostrador me sonrió por un tiempo
que me pareció innecesario. Mientras subíamos por el elevador noté que la mano
de mi hija temblaba de manera considerable, le pregunté si tenía frió, “tengo
miedo”, me contestó. Subimos los treinta y siete pisos restantes en silencio y
apretando con fuerza las manos.
Estuvimos
abrazados mucho tiempo bajo el neón dorado que iluminaba el corredor, luego,
con un esfuerzo aun mayor que el acaecido horas antes, me separé de ella, la
miré unos segundos, le dije buenas noches y me giré para entrar a mi
habitación. Apenas iba a introducir la llave cuando escuché mi nombre en su voz
líquida. Se acercó de prisa, se puso de puntillas y, sonrojada me ofreció sus
labios, abiertos para el ósculo lascivo no carente de amor. ¡Oh! aun ahora que
escribo estas líneas no puedo evitar que mi rostro se encienda como si hubiese
hecho algo vergonzoso, ¡y no lo es! ¡Quién así lo crea es un ignorante que
desconoce todos los derroteros por los que el amor discurre! ¡Un ignorante!
Luego,
entramos a mi habitación.
El
decoro y la censura me impiden narrar lo que sucedió en ella. ¡Qué jardín de
las delicias! ¡Qué comprensión del mundo y de la vida! ¡Qué maravilloso el
flujo de la existencia! Mis labios sonríen y mis manos tiemblan al recordar los
placeres de aquella noche. Nos conocíamos de muchas vidas antes. Fuimos
separados en algún punto del tiempo. Su alma era más vieja que la mía. Fue una
broma macabra del destino el encontrarnos al fin como padre e hija, pero
nosotros le escupimos la cara al destino. Cuando la luz iluminó la estancia, ya
éramos amantes, y no nos separaríamos nunca más.
Tomamos
el almuerzo en silencio, pero no había duda, temor o vergüenza, era tan sólo
que no necesitábamos palabras. Abandonamos el hotel y nos dirigimos al
aeropuerto.
Al
onceavo día de vuelo aterrizamos en mi ciudad. Estuvimos encerrados en mi
apartamento durante los treinta y un días del mes; amándonos y contándonos
nuestras vidas, pero al día treinta y dos hubimos de detenernos para
reflexionar sobre un tema que retardábamos a conciencia: cómo hacer pública
nuestra relación. Aun ahora, en estos días sin dios (platillos preparados con
fetos, experimentación siniestra en animales y niños de la calle, idiotización
general del mundo a través de las pantallas y los alimentos), resulta
impensable que un padre mantenga relaciones carnales con su hija, y no conozco
un solo país donde esta clase de matrimonio sea legal. Descartamos de
inmediato, por su imposibilidad, la idea del matrimonio, y decidimos descubrir
al mundo nuestro amor en dos pasos; primero, confesarlo a mis amigos más
íntimos: un grupo de artistas y magos de una sensibilidad inmensa que seguramente
entendería; luego, anunciarlo a través de una entrevista en algún medio.
Comencé
a llamar uno por uno a todos mis amigos para invitarlos a una reunión, so
pretexto de celebrar –claro que mentía- el papel por mí obtenido para la nueva
película de algún director de culto. En dicha reunión habría mariscos y whisky
tornasol en finas copas de madera blanca. Ni uno solo rechazó mi invitación. Estaba
convencido de que gente como ellos entendería la naturaleza elevada de mi amor,
como todas las personas de alto nivel económico, cultural y espiritual. Esta
reunión sería llevada a cabo sobre las aguas de un río profundo y lento. Tenía
una pequeña y bella embarcación de los tiempos de Mark Twain que serviría para
llevar a cabo dicho propósito.
Llegado
el día de la cita esperé a mis invitados en el muelle que se encuentra a un par
de kilómetros de mi residencia en Decidí borrar
el nombre de la ciudad cuyo domicilio exacto
omitiré. La primera en llegar, como siempre, fue la bellísima Johanna Torré,
excelente pintora surrealista que gustaba de usar vestidos hechos con
serpientes sedadas. Le siguió el mago Omar Yepes, hombre rosado y excesivamente
gordo; su truco de desaparecer memorias lo había hecho famoso entre las clases
pudientes. Luego apareció Guillermo Solórzano, ex militar y guarura en turno de
un político mexicano, a este lo conocí en los quince años de la hija de dicho
político; me habían contratado para tomarme fotos con la quinceañera (una
vulgar mezcla de mamut y manatí). Guillermo y yo nos hicimos buenos amigos de
inmediato; me ha ayudado a mantener a raya admiradoras molestas; sé también que
Guillermo gusta de escribir alejandrinos en las noches sin luna. Un silencio de
admiración acompañó la llegada de Cindy Harrington, joven actriz consagrada al
nuevo movimiento cinematográfico denominado “porno-filosófico”, para muchos, el
rostro más bello en activo del séptimo arte. En su último film interpreta a la
joven esposa de un fanático religioso esquizofrénico. El argumento es sencillo:
la joven pareja llega a su nuevo hogar tras oficiarse el matrimonio religioso.
Los primeros días las cosas marchan viento en popa y podemos contemplar la
belleza de Harrington en todo su esplendor y desde todos los ángulos. Sin
embargo, una vez transcurrido el primer mes, el marido comienza a ver la imagen
de la virgen María dentro del sexo de su amada. Lo cual lo lleva, por un lado,
a tener los orgasmos más fuertes de su vida. Por el otro, a sentirse lleno de
culpa, sacrílego. Comienza a tener visiones de las llamas eternas del infierno.
Al final decide no volver a tocar a su mujer. La película termina con un cuadro
bellísimo: al fondo de un corredor lleno de velas y cirios se levanta un altar,
sobre el que descansan, muy abiertas, en medio de grandes telas color púrpura, las
hermosas piernas de Cindy Harrington. La película fue aclamada en distintos
festivales alrededor del mundo.
Todavía
llegaron tres o cuatro amigos antes de que zarpara la embarcación. A todos los
había conocido más de siete meses antes, el tiempo que yo creía necesario para
conocer, de manera profunda, a cada persona de este mundo o del otro. Qué
equivocado estaba.
Las
primeras horas del recorrido fueron todas risa y deleite. Las ostras y medusas
que mi chef preparó en las copas de madera fueron aderezadas con una
pequeñísima pizca de opio y, por momentos, parecía que navegábamos sobre el río
del tiempo. En algún momento mi hija se envolvió en unas telas negras y ejecutó
con maestría, acompañada de un par de músicos que solicitó previamente, una
danza que representaba la angustia de una madre que había perdido a su único
hijo de meses de nacido: cada uno de sus gestos, sus cabellos que por instantes
se adherían a la saliva de sus labios, el brillo de sus ojos que parecía una
lágrima en el umbral de la caída, la elasticidad y fuerza de cada parte de su
cuerpo; las notas de la guitarra que se hundían en el río eternamente. Todo
esto, digo, hizo que los allí presentes cayéramos en una especie de sueño
inefable. El rostro de Cindy Harrington estaba anegado. Guillermo Solórzano
miraba en lontananza; y yo, señores, yo sentía que mi corazón nadaba bajo las
aguas del río, junto a los manatíes que en ese momento me sonreían.
No
pude contenerme más. Me abrí paso entre los aplausos de la tripulación y,
tomándola por la cintura, acerqué a mi hija y la besé en los labios suaves como
la seda de gusanos espaciales. Fue un beso profundo, una batalla de peces
apretados. Miles de pétalos color morado subían a los cielos. Y mi corazón
nadaba entre los manatíes y comenzaba a aprender su lenguaje. Luego vino el
silencio. Me separé de mi hija y abrí los ojos: todos los allí presentes nos
miraban con una mezcla de sorpresa e ingente desprecio. “Ella es la mujer que
amo”, les grité, “puede parecer extraño, pero ustedes, queridos amigos de
elevadas ideas, entenderán que la sangre es efímera y las almas inmarcesibles”.
Pero ninguno de ellos entendió. Cindy Harrington corrió a vomitar por la borda.
Johanna Torré exigió el regreso inmediato al muelle, no podía soportar
semejante “abominación”. Omar Yepes nos maldijo, luego arrojó su capa al piso y
se hundió en ella como en una arena movediza, desapareciendo por completo un
instante después. Pero lo verdadera tragedia fue provocada por Guillermo
Solórzano; quien, extrayendo de su saco un revólver de calibre inmenso comenzó
a disparar al piso de cubierta. Mientras comenzábamos a hundirnos, Solórzano
gritó que el castigo por nuestro pecado era la muerte por agua. Abracé con
fuerza a mi hija. Se escucharon muchos gritos y, un segundo después, el zumbido
de los oídos bajo el agua y las maderas bajando por el color azul. Todavía
alcancé a sonreír ante la ironía de que la prostituta, el estafador, la
drogadicta y el asesino, nos condenaran por nuestro amor; luego, dejé de pensar
y fue sólo el zumbido del agua en los oídos.
Cuando
regresé en mí me hallaba en tierra, cerca del puerto del que habíamos partido. A
través de la humedad de mis ojos observé la silueta de mi hija: de pie, junto
al agua, le sonreía a los manatíes que nos habían llevado a tierra salvándonos
la vida, luego vino a mi lado, me tomó de la mano, me ayudo a ponerme en pie y
me besó; ambos dijimos adiós, agitando fuertemente las manos, a los hermosos
mamíferos que se alejaron sonriendo.
En
el hundimiento de la embarcación murieron los dos músicos, Cindy Harrington y
Guillermo Solórzano. En un comienzo se creyó que Johanna Torré había corrido la
misma suerte, pero fue encontrada viva en un islote en la parte más remota del
río. Las serpientes con las que Johanna confeccionaba sus vestidos y que, por
lo común, permanecían dormidas durante todo un mes, habían sido arrancadas de
su letargo por la frialdad del agua y nadaron, llevando con ellas a su dueña,
hasta aquel islote donde finalmente murieron tras un último acto de lealtad; en
realidad, para un par de ellas fue el penúltimo acto de lealtad: en su
desesperación y, creyendo que tenía más tiempo perdida del que había
transcurrido en realidad, Johanna devoró los cadáveres de dos serpientes. Jamás
volvió a ser la misma; dejó de hablar casi por completo y, cuando pintaba,
pintaba niños muertos con cabeza de serpiente y ríos de escamas.
Demás
está decir el escándalo que provocó el posterior relato que Omar Yepes vendió a
la prensa, relato aderezado con un sinfín de obscenas mentiras. Esto, aunado a
la conmoción generada por la muerte de Cindy Harrington, conmoción nunca antes
vista por la muerte de una actriz porno, muerte por la que, de manera
indirecta, la opinión pública me culpaba, significó la ruina de mi carrera.
Todos mis contratos comerciales y cinematográficos fueron de inmediato
cancelados. En muchos de ellos tuve que regresar grandes sumas que había
recibido a manera de adelanto. Jamás volvería a actuar en ninguna producción
importante. De un día a otro me había quedado sin dinero o, al menos, sin el
dinero suficiente para seguir con el estilo de vida al que estaba acostumbrado.
Por
un tiempo seguimos viviendo en la casa que, para mi fortuna, casi nadie
conocía. Mi hija lucía triste, en momentos parecía culparse de mi desgracia
económica. Pero yo, despacio, me acercaba por su espalda, la abrazaba y le
decía (y entre palabra y palabra besaba su pequeña oreja) que nunca antes había
sido tan feliz, entonces ella sonreía y volvíamos a sumergirnos en nuestro
amor, y hojas cenicientas golpeaban rítmicamente la ventana, y hormigas negras
las recogían del suelo y las llevaban de un lado para otro sobre el pasto.
Las
semanas se sucedían veloces y yo comenzaba a creer que aquella cabaña estaba
bendita; cada día iba a pescar un poco al muelle y apenas recordaba aquella
embarcación maldita que, tiempo atrás, había partido de él. Muchos árboles
frutales rodeaban nuestro hogar. Cada semana me ocultaba tras unas gafas
oscuras, subía al auto e iba a un pueblo cercano a comprar cualquier cosa que
nos hiciera falta.
No
obstante, mi hija no podía evitar, a pesar suyo, lucir taciturna, por lo que
decidí llevarla de viaje a la casa que habité, muchos años antes, junto a mis
padres. Ella aceptó de muy buena gana.
Mis
padres apreciaban la soledad más que a ninguna otra cosa en este mundo, razón
por la que decidieron construir su casa en medio de un terreno liso situado en
el centro de un bosque de espesos pinos. Nunca nadie nos visitaba. Cada día mi
padre abandonaba el hogar para regresar más tarde con alimentos y herramientas
traídas desde la civilización. Mi madre fue mi escuela; ella me enseñó el uso
de las letras, de los números y de las figuras. Después de abandonar la casa
para ir a la universidad, sólo regresé a ella en dos fechas: una, la muerte de
mi padre, dos, la muerte de mi madre.
Llegamos
a la casa muy temprano y gastamos el día entero en remover el polvo que se
había acumulado en ella a lo largo de tantos años. Al anochecer, nuestra
estancia se hallaba limpia y nosotros fatigados. Hicimos el amor, breve y
apasionadamente, y nos quedamos dormidos. Soñé con un hotel de Miami, en el que
alguna vez me hospedé para charlar con los productores de una película que
jamás llegó a realizarse. Desde la parte más alta del edificio, una mano
gigantesca arrojaba delfines al mar, lo hacía con mucha furia. No todos los
delfines llegaban con bien al océano, algunos golpeaban contra el concreto que
rodeaba las albercas y se destripaban. Cuando desperté, mi hija no se hallaba a
mi lado. No me tomó mucho encontrarla: desde el umbral de nuestra nueva
estancia, contemplaba el muro de pinos que nos separaba del mundo. “Vi una
manada de sombras adentrarse al bosque”, me dijo al escuchar mis pasos, sin
voltear a verme. Recordé que, durante mi niñez, mi madre salía de la casa por
las tardes; según ella, para contemplar las manadas de sombras adentrarse al
bosque. Me sentí feliz de que mi hija no se pareciera, ni física ni
espiritualmente, a mi madre. “Tu abuela también podía ver las manadas de
sombras. Yo, por más que lo intenté, jamás pude hacerlo. Creía que mamá estaba
loca, ahora me doy cuenta de que no mentía, porque nada que tus ojos vean puede
no ser verdad”. Mi amada se giró, descubriéndome su rostro anegado en llanto.
Me acerqué preocupado. Entonces ella tomó mis manos y las llevó, despacio y con
ternura, hasta su vientre. Levantó su mirada (la mirada más bonita del mundo)
y, sin dejar de llorar, me dio la noticia. La besé como la primera vez, como el
primer beso de amor de mi vida. Escuché que tres aviones publicitarios
atravesaban el cielo. Escuché el sonido que hace al girar la tierra. Escuché el
recorrido de la luz. Escuché el pensamiento de los árboles. Escuché el llanto
del amor. Escuché el deseo de los peces. Escuché un corazón pequeño. Cuando
abrí los ojos, pude ver la manada de sombras que caminaba por entre los pinos.
Tomados de la mano, mi hija y yo estuvimos mirándolas hasta que la luna nos
tocó los rostros.
Nunca
pensé que tanta dicha fuera permitida a los hombres. Con el dinero que tengo en
los bancos, no tendremos que preocuparnos por comida en varias décadas. Cada
tarde caminamos con las sombras –que ahora son nuestras amigas– hasta una
laguna de aguas transparentes y peces de colores (dorados, verdes, rojos,
azules). Nadamos desnudos durante horas y no necesitamos hablar para
escucharnos. El vientre de mi amada se inflama como un corazón al que el amor
ha invadido. Las sombras son como mascotas gigantescas y huelen a menta. Nos
secamos al viento y mi amada coloca su oído contra mi pecho: ¿por qué tu
corazón late tan aprisa?, es por ti, le respondo. Y nuestras almas se ponen a
retozar entre el pasto, se ponen a jugar entre las sombras, como si de dos niñas
pequeñas se tratara. Nuestro hijo nacerá en el mejor de los mundos posibles.
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