Los
enemigos de la corona han sitiado el palacio. El equipo de futbol de casa juega
hoy quizá su último partido. Detrás de él, seis muros nos separan del odio de
los rebeldes. Escuchamos nuestras defensas caer una a una y vemos sus escombros
saltar al cielo. La familia real ha escapado en su helicóptero llevando con
ella las riquezas de la ciudad. Desde las alturas, la pequeña y rubia princesa
nos dice adiós con su delicada mano de tonos rosas y nos pide morir en su
honor; habrá una oración para nosotros en sus plegarias nocturnas.
Me
he ocultado en el salón de las cortinas, y el miedo, como una criatura ingente,
me ha tomado en sus manos. En un rincón, una mujer simple, delgada y pequeña,
me mira con grandes ojos de mamífero diminuto. Me acerco para hablarle de mi
miedo y de mis frágiles esperanzas y ella me responde, sin reírse, sin el menor
gesto irónico en el rostro, que yo ya estoy muerto. Sobrevivirán algunas
mujeres, me dice, serán violadas acaso, pero sobrevivirán, al igual que algunos
niños. Pero tú, hombre de veintiocho años, con el uniforme de los defensores de
la corona pegado a la piel y la nacionalidad pegada a la lengua; morirás. Los
rebeldes han pasado a hierro y fuego a todos los hombres.
Le
doy las gracias y salgo al patio central del palacio. Apoyado en uno de sus
pilares medito mi fúnebre fortuna. En qué momento me olvidé de la muerte, me
pregunto; en qué momento dejé de sentir su frío y obsesivo ojo sobre mi
espalda. Yo quería escribir un poema que contuviera todas las palabras del
mundo y que diese a luz a muchas nuevas, ese fue mi primer anhelo, el único
genuino. Ocupado en agradar a la familia real, en obtener a las mujeres de la
corte, en la adquisición del oro y el poder que conlleva; me olvidé de mi
sentido primario. Y ahora que lo recuerdo es demasiado tarde. Ya la muerte me
acaricia y el cielo comienza a desplegarse. El tiempo se ha ido y me ha llevado
con él.
Corro
a mi habitación y extraigo de mi cofre de madera negra las mil hojas que contienen
mis historias incompletas, mis palabras que no guardan perfección alguna. Subo
a grandes zancadas, con las páginas temblando en mi mano y la pluma temblando
de una tinta parecida a la noche, las escaleras de caracol que conducen a lo
más alto del castillo. Una vez arriba, veo serpentear la bandera de la
monarquía, cuando no hay otra reina que la muerte, pidiéndonos hacer estallar
la vida; la bandera de las mujeres en plural, cuando sólo existe una mujer
capaz de transparentar el mundo, poseedora de todas las voces y todos los
rostros de la belleza; la bandera del poder y el oro, cuando es nuestro
espíritu el que guarda la opulencia y la voluntad. Escupo a cada una de ellas y
me siento a escribir. Dispongo de poco
tiempo para hacer muchas preguntas.
Una
gran explosión tiñe por un segundo de naranja el azul. Sobre un mar de polvo y
fuego alimentado por ríos de bombas, veo flotar las cabezas de mis hermanos y
amigos, sostenidas sobre las puntas de las lanzas rebeldes. Mi mano escribe por
sí sola, febrilmente. Pienso en los númenes de los griegos. Entre llantos y
gritos oigo el correr de las botas y disparos. Alguien sube. Escribo el punto final: su nombre nunca me había
parecido más cierto. Levanto los ojos y descubro a la muerte en la forma de un
joven miliciano de débil sonrisa. Arrebata con violencia las hojas de mi serena
mano. Las mira un momento y les prende fuego. Con las flamas que mis textos
alimentan enciende un cigarrillo. Cuando mis palabras se han vuelto cenizas,
como pequeñas e inciertas embarcaciones navegando el mar del viento, el
miliciano me dice, no te preocupes, ya todo estaba concluido; sí, le respondo.
Alarga su hermoso brazo, rematado por un revólver brillante como una luna. Mueve
de arriba abajo su oscura boca metálica. Elige: el corazón o el cerebro. Echo
la cabeza atrás y, sonriendo, digo: preferiría el rigor del sable en la
fragilidad de mi cuello. Si los dioses lo permiten, veré el chorro de mi sangre
elevarse al cielo.
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