Al borde de la
provecta edad de catorce años, Basura conservaba intactas sus aficiones de
perro callejero y cada noche salía a recorrer el barrio en busca de aire puro,
pulgas peregrinas y hembras en celo. Desde que el Conde lo llevara a vivir a su
casa, una noche ciclónica de 1989, aquel maltés apócrifo y pendenciero
estableció las reglas de su libertad inclaudicable y el Conde las aceptó,
complacido por el temple del animal que, ahora, advertido por su olfato, ladró
un par de veces reclamando su comida.[1]
Observando cómo el animal bostezaba, mientras con la pata
trasera trataba de sacarse una pulga especialmente molesta, Conde sintió cierta
envidia hacia el perro que, a pesar de su edad, parecía dispuesto a reemprender
la vida cada mañana.[2]
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