miércoles, 11 de octubre de 2017

El Quijote de Cervantes: una crítica al idealismo

Ni Feuerbach ni Kant, ni tampoco Demócrito o los pensadores ionianos de la antigua Hélade, han sido más que materialistas ingenuos. El materialismo contemporáneo fue introducido a los estudios filosóficos a mediados del siglo XIX por Marx y Engels. La concepción filosófica del mundo desarrollada por estos dos pensadores, basada en la dialéctica idealista de Hegel, fue, hasta hace poco, el punto más alto de la filosofía materialista moderna. Digo hasta hace poco porque el filósofo español Gustavo Bueno puso de manifiesto la moral cristiana impregnada, de manera casi homogénea, al comunismo de Marx. Si se estudia de manera más o menos cercana la historia del comunismo, cuesta no darse cuenta de que, al igual que el cristianismo, tiene sus mártires, sus santos, su paraíso, etc. Por esta razón, y tomando el método dialéctico de sus predecesores, Bueno desarrolló el sistema de pensamiento que hoy en día conocemos como materialismo filosófico. Uno de sus alumnos más avanzados: Jesús G. Maestro, transportó los métodos de análisis del materialismo filosófico al campo de la literatura, dicho desplazamiento conceptual se vio materializado en su obra: Crítica de la Razón Literaria.
La obra más ambiciosa sobre la que Maestro ha aplicado su método no puede ser otra que El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Su tesis es la siguiente: El Quijote es, entre muchas otras cosas, una severa crítica al idealismo. Esto es: al pensamiento religioso, la fe en una utopía, en la bondad natural del hombre, y también a todos aquellos individuos, hombres y mujeres, que son tan ingenuos que se creen capaces de cambiar el mundo.
Todo esto pensaba el día de ayer  en el auditorio Silvano Barba, mientras escuchaba a estudiantes de sociología hablar sobre lo acontecido en Ayotzinapa tres años atrás. Pensaba en eso y también en la tarea que había dejado Ocampo y en lo jodidamente cerca que estaba la fecha de entrega. Formulé, en mi imaginación, tres posibles textos: 1) escribir un poema al modo de la canción desesperada de Grisóstomo, pero lo descarté de inmediato en razón de mi mal oído musical que siempre pone una sílaba de más o una de menos a los versos. Pensé que contar con los dedos tomaría más tiempo del que disponía. 2) escribir una biografía apócrifa de Cide Hamete Benengeli que incluiría su infancia en algún país árabe, su introducción al mundo de las letras, la manera en que, siendo joven, liberó por accidente a un Efrit, el cual le otorgó una imaginación fuera de los alcances humanos que le permitió escribir la historia de Alonso Quijada. Dicha biografía concluiría con el asesinato de Benegeli por parte de unos ladrones, que a su vez serían asesinados por el Efrit, para entonces ya fiel amigo del autor. El texto sostendría la hipótesis de que el verdadero autor del Quijote no fue Cervantes, sino un moro, y, al mismo tiempo, supondría que Cervantes no hizo otra cosa que decir la verdad cuando escribe de los pergaminos en árabe y todo lo que ya conocen ustedes. Descarté este segundo texto porque la verdad no estoy seguro de la diferencia entre un moro y un árabe, ni me dio por investigarlo dada la escases de tiempo. 3) este relato transcurriría en un mundo improbable en el que Raúl Padilla, cacique de la universidad de Guadalajara, se encontraría, por razones que no vale la pena exponer pero, créanme, habrían existido de existir el cuento, con el Quijote y Sancho. El Quijote, tras escuchar la historia de la vida de Padilla, procedería a ejecutarlo atravesándole la cabeza con su lanza. Don hijo de la puta, gritaría el caballero de la triste figura antes de arremeterlo, y sabe dios que no habría desfecho mayor entuerto ni antes ni después. No realicé este proyecto porque me parecía un honor excesivo para Padilla el ser asesinado por Don Quijote, ya escribiré este cuento en otra ocasión, sustituyendo al caballero por ratas o cerdos hambrientos.
¿Qué mierda puedo escribir? Seguía preguntándome dentro del auditorio, mientras  hablaba, con voz que apenas podía contener el llanto, uno de los padres de los normalistas. A mi izquierda, una especie de chica suicida, ya saben, esas que llevaron los tatuajes a la industria del porno, tomaba fotografías; tenía el cabello rosa y era muy bella. Unas filas más adelante, un grupo de estudiantes españolas escribía por celular y hacía comentarios inaudibles. Frente al ponente, en la primera fila, un comunista viejo tenía un gesto severo. ¿Por qué, exactamente, es el Quijote una crítica al idealismo? Luego me sorprendía a mí mismo preguntándome: ¿Qué tiene que ver todo esto con el Quijote? ¿Qué tienen que ver los estudiantes de Guerrero con la obra de Cervantes? ¿Quiénes son los gigantes y quiénes los caballeros? ¿Quiénes son los molinos de viento y quiénes los locos?
Salimos a la explanada del auditorio Salvador Allende. Hubo micrófono abierto y distintas personas se acercaron a hablar; unas más sensatas que otras. Yo me preguntaba ¿Acaso la intención de Cervantes en su novela fue ridiculizar a los idealistas? ¿Por eso la patética figura del Quijote, sus encías desprovistas de muelas, la tristeza de su semblante, Sancho manteado, Sancho cagándose abrazado a la pierna de su amo, las palizas a cada rato, los deliquios amorosos con Maritornes? De vuelta en la explanada, quien habló con mayor lucidez fue un estudiante de derecho, dijo, aunque con otras palabras, lo siguiente: qué eso de las marchas servía para un mierda, que los políticos, los grandes poderes económicos, se retorcían de risa en sus mansiones. Que una marcha, incapaz de reunir siquiera quinientas personas, no serviría para nada. Había que pasar a la acción, oponer resistencia, agrietar la estructura estatal a través del paro general. Para finalizar dijo que, pese a no estar de acuerdo con las marchas por su falta de resultados visibles, admiraba la solidaridad de los allí reunidos.
Alguien colocó su mano en mi hombro, se trataba de Aretsi, una estudiante de antropología a la que conozco de hace poco tiempo, uno o dos meses. Aretsi tiene grandes ojos, de un café profundo, piel morena, una espesa cabellera negra, un cuerpo delgado y ágil. Recién salía de la biblioteca y me preguntó de qué iba la congregación. Le expliqué. Sonrió y me dijo que ya no tenía clases, que me acompañaría. Inmediatamente después me alcanzó una botella de agua, dentro de esta flotaba una pequeña rama llena de hojas verdes. Qué es, le pregunté, romero, me respondió una voz encantadora que en seguida agregó: tiene también un ingrediente secreto; la miré a los ojos y entendí de que ingrediente se trataba. Bebí de la botella. Los dos sonreímos.
Salimos de la escuela y comenzamos a caminar por Avenida Alcalde con dirección a Plaza Universidad. Marchábamos en silencio en señal de duelo por las personas que habían muerto bajo los escombros en la Ciudad de México. Tras de nosotros, a unos cinco metros, un grupo de unos diez jóvenes, hombres y mujeres, ondeaba una bandera roja con una hoz y un martillo en el centro. Decir que el comunismo es una idea anticuada es hablar sin antes meditar lo que se dice. Los textos de Adam Smith son aun más antiguos y jamás escucho a nadie decir que el capitalismo sea anticuado. Es lo que hay y punto. Si bien me sentía contento porque una mujer hermosa caminaba a mi lado, no podía dejar de pensar, viendo a toda aquella gente a mi alrededor, en la tesis de Maestro. Spinoza escribió que la libertad tiene más que ver con la razón que con la voluntad, esto es, más con nuestro conocimiento real del mundo que con lo que queremos para el mundo. A mi pesar y cada vez con más fuerza, comenzaba a creer que la intención de Cervantes, al escribir el Quijote, fue advertir a los necios de que el idealismo conduce, invariablemente, a la desgracia, y muchas veces, a la tragedia. Vi, en mi mente, al Quijote, como un tipo prematuramente viejo, ridículo y desaliñado, soñando con los ojos abiertos (quien sueña despierto vuelve su realidad una pesadilla). Lo vi siendo revolcado por los caminos de tierra, lo vi sangrando, patético. Imaginé a Grisóstomo abriéndose las venas, ajustándose la soga al cuello, todo por amor a un ideal. El miedo de Sancho al ver las antorchas flotando en medio de la noche. Y vi los retratos de todos aquellos jóvenes de Guerrero, a los que se les arrancó el rostro y se les asesinó a consciencia. Porque están tan muertos como el que más, no importa cuánto se grite: “vivos los queremos”. Están muertos, bien muertos. Ellos también perseguían un ideal. Me pareció que las nubes goteaban sangre.
La voz de Aretsi me arrebató de mi ensueño. Hablaba del despertar simultáneo de las conciencias, de la madre naturaleza, del yoga, de plantas de poder, de la espiritualidad. Qué fácil es hablar del espíritu cuando se es joven, bella, y se tienen unos padres que nos paguen las clases de yoga, las lecciones de francés, la ropa del fin de semana, los viajes por el mundo. Pero todo esto lo pienso ahora, mientras escribo esta aburrida tarea, en aquel momento no me sentí molesto; todo lo contrario, la voz de mi amiga me pareció preciosa, compuesta por alegres eufonías; y sentí también que mi corazón y mis pupilas se ampliaban a cada paso.  Aquel ingrediente secreto del agua de mi amiga comenzaba a surtir efecto. Escuchaba su voz como en flashazos: la conciencia alcanzará los límites del universo, y veía volar sobre mí helicópteros de la policía, recordaremos el lenguaje de la tierra, y veía el elegante cuello de Aretsi, hay que ser flexible y puro como el recién nacido, algunos conductores hacían sonar el claxon al pasar junto a la marcha, y frágil como los tallos de la hierba joven, las nubes cobraban tonos naranjas, deberías hacer un viaje de peyote, qué hermosos lucían lo labios de Aretsi, lo recuerdo bien, ir al desierto, caerte a la luna y escuchar a los coyotes, qué hermosas sus manos y su risa, somos seres de luz, seres inmortales; deberías abrazar un árbol, qué pendejadas decía mi amiga. Así que dije cualquier cosa y me alejé de ella. Y fue allí, me parece, cuando algo, no sé bien qué, se desbordó en mi cerebro.
Las nubes y el cielo se volvieron definitivamente naranjas, y en medio de los pasos de aquellos dos o tres centenares de personas que marchaban en silencio, escuché con claridad, un poco detrás de mí, el golpeteo de unas herraduras, me giré para ver aquello que producía tan inesperado sonido, y vi un rocín que sin duda era el primero de todos los rocines del mundo. Sobre él venía montado un hombre que frisaba la edad de cincuenta años, de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro. Daba la impresión de madrugar a menudo y, al mismo tiempo, de pasar noches en vela debido al ejercicio de la caza. Llevaba una lanza que parecía robada de una convención de comics y un ridículo conato de casco. Supe de inmediato de quien se trataba. Despacio me acerqué al caballero y, una vez que estuve seguro de que podía escucharme, le pregunté en voz alta, faltando al acuerdo de silencio concertado horas antes, si acaso era él el famoso hidalgo Alonso Quijada. Soy el más valeroso caballero que jamás se ciñó espada, me respondió, mira lo que haces y habla más comedidamente, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento. Me incliné un poco en señal de respeto y ofrecí sinceras disculpas. Luego, en tono humilde, le pregunté si acaso conocía a una tal Marcela, que le había dado por el oficio de cuidar cabras en los cerros. El caballero soltó un discurso apologético de minutos, valiéndose para ello de una jerigonza tan extraña que mucho me costó entenderla y no poco contener la risa. Todo para terminar asintiendo, para decir que sí, que la conocía. Vaya y dígale a esa pastorcita, dije alzando la voz, que regrese a casa de sus padres y se deje de mamadas. Que, como dijo Kant, se es más libre en una ciudad, en una sociedad políticamente organizada, que en el puto cerro. Dígale que en las montañas no hay libertad, porque no hay comida lista y a la mano, y dudo mucho que la perra adinerada sepa cazar una liebre o un ave cualquiera; y si fuera el caso de que sus sirvientes le llevaran el alimento hasta su casita de ramitas y hojas, si ese fuera el caso, que deje sus estúpidos discursos de yo soy libre y hablo con los arroyos y con los jodidos árboles, porque no es más que una explotadora que obliga a sus sirvientes a caminar horas, cuesta arriba, para alimentarla. Y, principalmente, dígale que este es México. Que aquí las mujeres no hacen esas cosas, que si andan con sus tonterías de ser libres terminan violadas, degolladas, descuartizadas y tiradas en cualquier baldío junto a bolsas con pañales cagados y cadáveres de perros y gatos. Cómo me desahogó decir esas palabras. Para ese momento ya estaba convencido de la tesis de Maestro. No valen los ideales, no valen los sueños, no valen las utopías; solo vale esta realidad sobre la que nos hallamos de pie.
Luego de escucharme, al triste caballero le temblaban las barbas por el enojo. Me insultó con palabras que reconocí, con mucho gusto, como una bellísima jerga mexicana, y levantando su lanza, se aprestó para encajarla justo a la mitad de mis ojos. Pero antes de que lograra hacerlo, un granadero, jalándolo de la pierna, lo tiró al suelo y emprendió a darle de garrotazos como si de una piñata maltrecha se tratara. El pobre Rocinante no corrió con mejor suerte; vi como lo apaleaban en el piso, como su sangre manchaba el concreto de Avenida Vallarta. Decenas de granaderos repartían palos a diestra y siniestra en aquella pequeña multitud. Abrían brechas en las cabezas de aquellos manifestantes; pero a mí no me hacían nada, sonreían al pasar a mi lado, porque yo ya no era un soñador. De un minuto a otro había madurado, había comprendido los mecanismos que hacen girar el mundo. Veía cómo abrían la cabeza de aquellos comunistas, anarquistas, de aquellos putos jipis; y no sentía lástima, todo lo contrario, experimentaba un placer hasta entonces desconocido. Hice sonar las pocas monedas en mi bolsillo derecho, y les juro que me pareció escuchar la voz de un dios real y todopoderoso. Ahora soy pobre, me dije, pero un día tendré dinero. Tendré una piscina y un montón de mujeres operadas y sin cerebro. Veranearé en París o en Hawái según mi estado de ánimo y las condiciones climáticas. Tendré mucho dinero. Haré lo necesario para que así sea. Y los granaderos pasaban y me daban palmaditas en la espalda, mientras yo disfrutaba viendo como abrían la cabeza a aquellos desgraciados.
Adelante, en una serie de filas, caminaban los idealistas con algún renombre: al frente de todos iba el Quijote, sin la mano derecha y sin ningún diente. Detrás de él caminaba Ricardo Flores Magón, rapado y con la ropa de reo ensangrentada. Vi a Rosa Luxemburgo, el cabello de la nuca tieso por culpa de la sangre seca. Vi a Ernesto Guevara, morado por el asma y con orificios en el pecho de los que salían sangre y pájaros alternativamente. Vi a Buenaventura Durruti que caminaba mirando su pecho desgarrado. Vi a Malcolm X, tenía el mismo rostro que cuando escuchó las detonaciones, minutos antes de salir a hablar a las multitudes. Vi a Hipatia de Alejandría, el rostro arrogante y la carne del cuerpo hecha jirones. Vi a Miguel Hernández, solo piel sobre hueso. Vi a decenas de normalistas sin rostro que caminaban con mucha dificultad. Vi a Ulrike Meinhof y a Gudrun Ensslin, ambas hermosas, con las sogas atadas alrededor de sus pálidos cuellos. Todos eran fustigados por hombres vestidos de gris que montaban caballos negros y esqueléticos. Entonces me quebré, ya no pude más, porque yo amaba a Gudrun Ensslin, amaba su inteligencia y su valor, amaba sus cabellos rubios, amaba sus genes profundamente dialécticos, amaba la feroz sexualidad que se adivinaba en cada uno de sus gestos. No me fue posible contener el llanto, y aquellos perros llamados granaderos, olieron mis lágrimas como si de una peligrosa droga se tratara. Ellos, que minutos antes me sonrieran, se abalanzaron sobre mí con toda la intención de abrirme la cabeza a porrazos. Traté de ocultarme dentro de un templo, pero detrás de cada santo aparecía un tipo armado con balas de goma y macana. Me escondí en una librería llamada “el desván de Don Quijote”, pero de cada estantería de libros saltaban las fuerzas represivas del sistema. Entré a un bufete de comida china, pero los oficiales asomaban sus armas, como reliquias de la muerte, por en medio del pescado frito y el cerdo agridulce. Fatigado, desprovisto de todas mis fuerzas, me tiré a la mitad de la calle, esperando la golpiza y el posterior arresto. Sabiendo que en comisaría me esperaba una larga tortura de la que sería mejor no hablar. Repetí muchas veces el nombre de Gudrun Ensslin, porque la amaba y su nombre era como un refugio contra el mal, como lo sería el salmo 22 para algún creyente. Y lloré de nuevo, porque amaba a Gudrun, y también amaba a Ulrike, y las dos fueron asesinadas por su amor a Palestina, pero el polvo de Palestina seguía teñido de rojo por la sangre de muchos niños. Me pareció que bajo el suelo mexicano se hallaban los cuerpos desmembrados de miles y miles de Quijotes. Los granaderos me rodearon, me escupieron, me insultaron, levantaron sus armas y, un segundo después, el mundo desapareció…

Cuando abrí los ojos vi a Aretsi muy cerca de mí. Me sacudía por los hombros y me pedía que dejara de hacer el payaso, que dejara de gritar o la policía podía acercarse y ella llevaba encima varios porros. Que nunca volvería a ser tan estúpida para compartirme de su ácido. Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que pasaba. Habíamos llegado ya a Plaza Universidad y uno de los normalistas sobrevivientes hablaba a la gente allí congregada. Mi rostro estaba empapado por el reciente llanto. Todo había sido una pesadilla. Al notar que recuperaba mi cordura, Aretsi dejó de estar molesta, retomó su carácter afable. Sonriendo, sacó un pañuelo de su mochila y secó las lágrimas de mi rostro. Tomó mi mano y, abriéndose paso entre toda esa gente, me alejó de aquel lugar. Caminamos quizá por media hora. Ella un poco delante de mí, sin soltar mi mano; yo detrás, bebiendo agua (esta vez sin ningún ingrediente sorpresa) como un puto dromedario. Me hizo tomar asiento en la banca de un parque y me dijo que no me moviera, que en seguida regresaba. Luego de un par de minutos volvió con dos vasos de café. Se sentó a mi lado. Sacó de su mochila un incienso que encendió para luego ponerlo en el piso, apoyado en una pequeña roca. El humo ascendía justo por en medio de los dos. Permanecimos en silencio por varios minutos, no podría precisar cuántos exactamente. Cuando estos minutos pasaron Aretsi pronunció mi nombre, y me pareció que su voz era un piedra muy pequeña cayendo en el centro de un lago inmenso y tranquilo; el lago era el silencio. Como si hubiera visto mi pesadilla me dijo que en una montaña se podía ser muy libre. Puedes aprender muchas cosas, puedes, por ejemplo, aprender a cultivar la tierra, a hacer una fogata. Puedes diseñar trampas para cazar algún animal silvestre que te sirva de alimento, aunque esto sería triste. Pueden crear un mundo nuevo, desde cero, tú y la tierra, enmendado viejos errores y olvidando las antiguas ofensas. Quise decir algo, pero Aretsi, con un solo gesto, me ordenó seguir callado. Levantó su mano derecha y apuntó al cielo, que tenía un triste tono naranja producido por las luces de la ciudad. Allá arriba, comenzó a decir mi amiga, se encuentra lleno de estrellas, que no podamos verlas no significa  que no existan. Lo mismo pasa con el mundo, lo que vemos no es todo, se trata tan solo de una máscara. Me bastaba verla para saber que no mentía; mi corazón se agitó de ternura. Aretsi se levantó de la banca y camino dos, quizá tres pasos, luego levanto ambas manos al cielo. Vi sus dedos alargarse como diez raíces que, ansiosas, se enterraran en el cielo. Después de muchos años la noche era negra nuevamente. Mi amiga era la raíz y la savia; el tronco y las ramas; las hojas y el fruto y la semilla; y también el corazón y la rítmica pulsión del universo. 

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