Ni
Feuerbach ni Kant, ni tampoco Demócrito o los pensadores ionianos de la antigua
Hélade, han sido más que materialistas ingenuos. El materialismo contemporáneo
fue introducido a los estudios filosóficos a mediados del siglo XIX por Marx y
Engels. La concepción filosófica del mundo desarrollada por estos dos
pensadores, basada en la dialéctica idealista de Hegel, fue, hasta hace poco,
el punto más alto de la filosofía materialista moderna. Digo hasta hace poco
porque el filósofo español Gustavo Bueno puso de manifiesto la moral cristiana
impregnada, de manera casi homogénea, al comunismo de Marx. Si se estudia de
manera más o menos cercana la historia del comunismo, cuesta no darse cuenta de
que, al igual que el cristianismo, tiene sus mártires, sus santos, su paraíso,
etc. Por esta razón, y tomando el método dialéctico de sus predecesores, Bueno
desarrolló el sistema de pensamiento que hoy en día conocemos como materialismo
filosófico. Uno de sus alumnos más avanzados: Jesús G. Maestro, transportó los
métodos de análisis del materialismo filosófico al campo de la literatura,
dicho desplazamiento conceptual se vio materializado en su obra: Crítica de la Razón Literaria.
La
obra más ambiciosa sobre la que Maestro ha aplicado su método no puede ser otra
que El ingenioso hidalgo Don Quijote de
la Mancha. Su tesis es la siguiente: El Quijote es, entre muchas otras
cosas, una severa crítica al idealismo. Esto es: al pensamiento religioso, la
fe en una utopía, en la bondad natural del hombre, y también a todos aquellos
individuos, hombres y mujeres, que son tan ingenuos que se creen capaces de
cambiar el mundo.
Todo
esto pensaba el día de ayer en el
auditorio Silvano Barba, mientras escuchaba a estudiantes de sociología hablar
sobre lo acontecido en Ayotzinapa tres años atrás. Pensaba en eso y también en
la tarea que había dejado Ocampo y en lo jodidamente cerca que estaba la fecha
de entrega. Formulé, en mi imaginación, tres posibles textos: 1) escribir un
poema al modo de la canción desesperada de Grisóstomo, pero lo descarté de
inmediato en razón de mi mal oído musical que siempre pone una sílaba de más o
una de menos a los versos. Pensé que contar con los dedos tomaría más tiempo
del que disponía. 2) escribir una biografía apócrifa de Cide Hamete Benengeli
que incluiría su infancia en algún país árabe, su introducción al mundo de las
letras, la manera en que, siendo joven, liberó por accidente a un Efrit, el
cual le otorgó una imaginación fuera de los alcances humanos que le permitió
escribir la historia de Alonso Quijada. Dicha biografía concluiría con el
asesinato de Benegeli por parte de unos ladrones, que a su vez serían
asesinados por el Efrit, para entonces ya fiel amigo del autor. El texto sostendría la hipótesis de que el verdadero autor del Quijote no fue Cervantes,
sino un moro, y, al mismo tiempo, supondría que Cervantes no hizo otra cosa que
decir la verdad cuando escribe de los pergaminos en árabe y todo lo que ya
conocen ustedes. Descarté este segundo texto porque la verdad no estoy seguro
de la diferencia entre un moro y un árabe, ni me dio por investigarlo dada la
escases de tiempo. 3) este relato transcurriría en un mundo improbable en el
que Raúl Padilla, cacique de la universidad de Guadalajara, se encontraría, por
razones que no vale la pena exponer pero, créanme, habrían existido de existir
el cuento, con el Quijote y Sancho. El Quijote, tras escuchar la historia de la
vida de Padilla, procedería a ejecutarlo atravesándole la cabeza con su lanza.
Don hijo de la puta, gritaría el caballero de la triste figura antes de
arremeterlo, y sabe dios que no habría desfecho mayor entuerto ni antes ni
después. No realicé este proyecto porque me parecía un honor excesivo para
Padilla el ser asesinado por Don Quijote, ya escribiré este cuento en otra
ocasión, sustituyendo al caballero por ratas o cerdos hambrientos.
¿Qué
mierda puedo escribir? Seguía preguntándome dentro del auditorio, mientras hablaba, con voz que apenas podía contener el
llanto, uno de los padres de los normalistas. A mi izquierda, una especie de
chica suicida, ya saben, esas que llevaron los tatuajes a la industria del
porno, tomaba fotografías; tenía el cabello rosa y era muy bella. Unas filas
más adelante, un grupo de estudiantes españolas escribía por celular y hacía
comentarios inaudibles. Frente al ponente, en la primera fila, un comunista
viejo tenía un gesto severo. ¿Por qué, exactamente, es el Quijote una crítica
al idealismo? Luego me sorprendía a mí mismo preguntándome: ¿Qué tiene que ver
todo esto con el Quijote? ¿Qué tienen que ver los estudiantes de Guerrero con
la obra de Cervantes? ¿Quiénes son los gigantes y quiénes los caballeros?
¿Quiénes son los molinos de viento y quiénes los locos?
Salimos
a la explanada del auditorio Salvador Allende. Hubo micrófono abierto y
distintas personas se acercaron a hablar; unas más sensatas que otras. Yo me
preguntaba ¿Acaso la intención de Cervantes en su novela fue ridiculizar a los
idealistas? ¿Por eso la patética figura del Quijote, sus encías desprovistas de
muelas, la tristeza de su semblante, Sancho manteado, Sancho cagándose abrazado
a la pierna de su amo, las palizas a cada rato, los deliquios amorosos con
Maritornes? De vuelta en la explanada, quien habló con mayor lucidez fue un
estudiante de derecho, dijo, aunque con otras palabras, lo siguiente: qué eso
de las marchas servía para un mierda, que los políticos, los grandes poderes
económicos, se retorcían de risa en sus mansiones. Que una marcha, incapaz de
reunir siquiera quinientas personas, no serviría para nada. Había que pasar a
la acción, oponer resistencia, agrietar la estructura estatal a través del paro
general. Para finalizar dijo que, pese a no estar de acuerdo con las marchas por
su falta de resultados visibles, admiraba la solidaridad de los allí reunidos.
Alguien
colocó su mano en mi hombro, se trataba de Aretsi, una estudiante de
antropología a la que conozco de hace poco tiempo, uno o dos meses. Aretsi
tiene grandes ojos, de un café profundo, piel morena, una espesa cabellera
negra, un cuerpo delgado y ágil. Recién salía de la biblioteca y me preguntó de
qué iba la congregación. Le expliqué. Sonrió y me dijo que ya no tenía clases,
que me acompañaría. Inmediatamente después me alcanzó una botella de agua,
dentro de esta flotaba una pequeña rama llena de hojas verdes. Qué es, le
pregunté, romero, me respondió una voz encantadora que en seguida agregó: tiene
también un ingrediente secreto; la miré a los ojos y entendí de que ingrediente
se trataba. Bebí de la botella. Los dos sonreímos.
Salimos
de la escuela y comenzamos a caminar por Avenida Alcalde con dirección a Plaza
Universidad. Marchábamos en silencio en señal de duelo
por las personas que habían muerto bajo los escombros en la Ciudad de México.
Tras de nosotros, a unos cinco metros, un grupo de unos diez jóvenes, hombres y
mujeres, ondeaba una bandera roja con una hoz y un martillo en el centro. Decir
que el comunismo es una idea anticuada es hablar sin antes meditar lo que se
dice. Los textos de Adam Smith son aun más antiguos y jamás escucho a nadie
decir que el capitalismo sea anticuado. Es lo que hay y punto. Si bien me
sentía contento porque una mujer hermosa caminaba a mi lado, no podía dejar de
pensar, viendo a toda aquella gente a mi alrededor, en la tesis de Maestro.
Spinoza escribió que la libertad tiene más que ver con la razón que con la
voluntad, esto es, más con nuestro conocimiento real del mundo que con lo que
queremos para el mundo. A mi pesar y cada vez con más fuerza, comenzaba a creer
que la intención de Cervantes, al escribir el Quijote, fue advertir a los
necios de que el idealismo conduce, invariablemente, a la desgracia, y muchas
veces, a la tragedia. Vi, en mi mente, al Quijote, como un tipo prematuramente
viejo, ridículo y desaliñado, soñando con los ojos abiertos (quien sueña
despierto vuelve su realidad una pesadilla). Lo vi siendo revolcado por los
caminos de tierra, lo vi sangrando, patético. Imaginé a Grisóstomo abriéndose
las venas, ajustándose la soga al cuello, todo por amor a un ideal. El miedo de
Sancho al ver las antorchas flotando en medio de la noche. Y vi los retratos de
todos aquellos jóvenes de Guerrero, a los que se les arrancó el rostro y se les
asesinó a consciencia. Porque están tan muertos como el que más, no importa
cuánto se grite: “vivos los queremos”. Están muertos, bien muertos. Ellos
también perseguían un ideal. Me pareció que las nubes goteaban sangre.
La
voz de Aretsi me arrebató de mi ensueño. Hablaba del despertar simultáneo de
las conciencias, de la madre naturaleza, del yoga, de plantas de poder, de la
espiritualidad. Qué fácil es hablar del espíritu cuando se es joven, bella, y
se tienen unos padres que nos paguen las clases de yoga, las lecciones de
francés, la ropa del fin de semana, los viajes por el mundo. Pero todo esto lo
pienso ahora, mientras escribo esta aburrida tarea, en aquel momento no me
sentí molesto; todo lo contrario, la voz de mi amiga me pareció preciosa,
compuesta por alegres eufonías; y sentí también que mi corazón y mis pupilas se
ampliaban a cada paso. Aquel ingrediente
secreto del agua de mi amiga comenzaba a surtir efecto. Escuchaba su voz como
en flashazos: la conciencia alcanzará los
límites del universo, y veía volar sobre mí helicópteros de la policía, recordaremos el lenguaje de la tierra, y
veía el elegante cuello de Aretsi, hay
que ser flexible y puro como el recién nacido, algunos conductores hacían
sonar el claxon al pasar junto a la marcha, y
frágil como los tallos de la hierba joven, las nubes cobraban tonos
naranjas, deberías hacer un viaje de
peyote, qué hermosos lucían lo labios de Aretsi, lo recuerdo bien, ir al desierto, caerte a la luna y
escuchar a los coyotes, qué hermosas sus manos y su risa, somos seres de luz, seres inmortales;
deberías abrazar un árbol, qué pendejadas decía mi amiga. Así que dije
cualquier cosa y me alejé de ella. Y fue allí, me parece, cuando algo, no sé
bien qué, se desbordó en mi cerebro.
Las
nubes y el cielo se volvieron definitivamente naranjas, y en medio de los pasos
de aquellos dos o tres centenares de personas que marchaban en silencio,
escuché con claridad, un poco detrás de mí, el golpeteo de unas herraduras, me
giré para ver aquello que producía tan inesperado sonido, y vi un rocín que sin
duda era el primero de todos los rocines del mundo. Sobre él venía montado un
hombre que frisaba la edad de cincuenta años, de complexión recia, seco de
carnes, enjuto de rostro. Daba la impresión de madrugar a menudo y, al mismo
tiempo, de pasar noches en vela debido al ejercicio de la caza. Llevaba una lanza
que parecía robada de una convención de comics y un ridículo conato de casco.
Supe de inmediato de quien se trataba. Despacio me acerqué al caballero y, una vez
que estuve seguro de que podía escucharme, le pregunté en voz alta, faltando al
acuerdo de silencio concertado horas antes, si acaso era él el famoso hidalgo
Alonso Quijada. Soy el más valeroso caballero que jamás se ciñó espada, me
respondió, mira lo que haces y habla más comedidamente, si no quieres dejar la
vida en pago de tu atrevimiento. Me incliné un poco en señal de respeto y
ofrecí sinceras disculpas. Luego, en tono humilde, le pregunté si acaso conocía
a una tal Marcela, que le había dado por el oficio de cuidar cabras en los
cerros. El caballero soltó un discurso apologético de minutos, valiéndose para
ello de una jerigonza tan extraña que mucho me costó entenderla y no poco
contener la risa. Todo para terminar asintiendo, para decir que sí, que la
conocía. Vaya y dígale a esa pastorcita, dije alzando la voz, que regrese a
casa de sus padres y se deje de mamadas. Que, como dijo Kant, se es más libre
en una ciudad, en una sociedad políticamente organizada, que en el puto cerro.
Dígale que en las montañas no hay libertad, porque no hay comida lista y a la
mano, y dudo mucho que la perra adinerada sepa cazar una liebre o un ave
cualquiera; y si fuera el caso de que sus sirvientes le llevaran el alimento
hasta su casita de ramitas y hojas, si ese fuera el caso, que deje sus
estúpidos discursos de yo soy libre y hablo con los arroyos y con los jodidos
árboles, porque no es más que una explotadora que obliga a sus sirvientes a
caminar horas, cuesta arriba, para alimentarla. Y, principalmente, dígale que
este es México. Que aquí las mujeres no hacen esas cosas, que si andan con sus
tonterías de ser libres terminan violadas, degolladas, descuartizadas y tiradas
en cualquier baldío junto a bolsas con pañales cagados y cadáveres de perros y
gatos. Cómo me desahogó decir esas palabras. Para ese momento ya estaba
convencido de la tesis de Maestro. No valen los ideales, no valen los sueños,
no valen las utopías; solo vale esta realidad sobre la que nos hallamos de pie.
Luego
de escucharme, al triste caballero le temblaban las barbas por el enojo. Me
insultó con palabras que reconocí, con mucho gusto, como una bellísima jerga
mexicana, y levantando su lanza, se aprestó para encajarla justo a la mitad de
mis ojos. Pero antes de que lograra hacerlo, un granadero, jalándolo de la
pierna, lo tiró al suelo y emprendió a darle de garrotazos como si de una
piñata maltrecha se tratara. El pobre Rocinante no corrió con mejor suerte; vi
como lo apaleaban en el piso, como su sangre manchaba el concreto de Avenida
Vallarta. Decenas de granaderos repartían palos a diestra y siniestra en
aquella pequeña multitud. Abrían brechas en las cabezas de aquellos
manifestantes; pero a mí no me hacían nada, sonreían al pasar a mi lado, porque
yo ya no era un soñador. De un minuto a otro había madurado, había comprendido
los mecanismos que hacen girar el mundo. Veía cómo abrían la cabeza de aquellos
comunistas, anarquistas, de aquellos putos jipis; y no sentía lástima, todo lo
contrario, experimentaba un placer hasta entonces desconocido. Hice sonar las
pocas monedas en mi bolsillo derecho, y les juro que me pareció escuchar la voz
de un dios real y todopoderoso. Ahora soy pobre, me dije, pero un día tendré
dinero. Tendré una piscina y un montón de mujeres operadas y sin cerebro.
Veranearé en París o en Hawái según mi estado de ánimo y las condiciones
climáticas. Tendré mucho dinero. Haré lo necesario para que así sea. Y los
granaderos pasaban y me daban palmaditas en la espalda, mientras yo disfrutaba
viendo como abrían la cabeza a aquellos desgraciados.
Adelante,
en una serie de filas, caminaban los idealistas con algún renombre: al frente
de todos iba el Quijote, sin la mano derecha y sin ningún diente. Detrás de él
caminaba Ricardo Flores Magón, rapado y con la ropa de reo ensangrentada. Vi a
Rosa Luxemburgo, el cabello de la nuca tieso por culpa de la sangre seca. Vi a
Ernesto Guevara, morado por el asma y con orificios en el pecho de los que
salían sangre y pájaros alternativamente. Vi a Buenaventura Durruti que
caminaba mirando su pecho desgarrado. Vi a Malcolm X, tenía el mismo rostro que
cuando escuchó las detonaciones, minutos antes de salir a hablar a las
multitudes. Vi a Hipatia de Alejandría, el rostro arrogante y la carne del
cuerpo hecha jirones. Vi a Miguel Hernández, solo piel sobre hueso. Vi a
decenas de normalistas sin rostro que caminaban con mucha dificultad. Vi a
Ulrike Meinhof y a Gudrun Ensslin, ambas hermosas, con las sogas atadas alrededor
de sus pálidos cuellos. Todos eran fustigados por hombres vestidos de gris que
montaban caballos negros y esqueléticos. Entonces me quebré, ya no pude más,
porque yo amaba a Gudrun Ensslin, amaba su inteligencia y su valor, amaba sus
cabellos rubios, amaba sus genes profundamente dialécticos, amaba la feroz
sexualidad que se adivinaba en cada uno de sus gestos. No me fue posible
contener el llanto, y aquellos perros llamados granaderos, olieron mis lágrimas
como si de una peligrosa droga se tratara. Ellos, que minutos antes me
sonrieran, se abalanzaron sobre mí con toda la intención de abrirme la cabeza a
porrazos. Traté de ocultarme dentro de un templo, pero detrás de cada santo
aparecía un tipo armado con balas de goma y macana. Me escondí en una librería
llamada “el desván de Don Quijote”, pero de cada estantería de libros saltaban
las fuerzas represivas del sistema. Entré a un bufete de comida china, pero los
oficiales asomaban sus armas, como reliquias de la muerte, por en medio del
pescado frito y el cerdo agridulce. Fatigado, desprovisto de todas mis fuerzas,
me tiré a la mitad de la calle, esperando la golpiza y el posterior arresto.
Sabiendo que en comisaría me esperaba una larga tortura de la que sería mejor
no hablar. Repetí muchas veces el nombre de Gudrun Ensslin, porque la amaba y
su nombre era como un refugio contra el mal, como lo sería el salmo 22 para
algún creyente. Y lloré de nuevo, porque amaba a Gudrun, y también amaba a
Ulrike, y las dos fueron asesinadas por su amor a Palestina, pero el polvo de
Palestina seguía teñido de rojo por la sangre de muchos niños. Me pareció que
bajo el suelo mexicano se hallaban los cuerpos desmembrados de miles y miles de
Quijotes. Los granaderos me rodearon, me escupieron, me insultaron, levantaron sus
armas y, un segundo después, el mundo desapareció…
Cuando
abrí los ojos vi a Aretsi muy cerca de mí. Me sacudía por los hombros y me
pedía que dejara de hacer el payaso, que dejara de gritar o la policía podía
acercarse y ella llevaba encima varios porros. Que nunca volvería a ser tan
estúpida para compartirme de su ácido. Tardé unos segundos en darme cuenta de
lo que pasaba. Habíamos llegado ya a Plaza Universidad y uno de los normalistas
sobrevivientes hablaba a la gente allí congregada. Mi rostro estaba empapado
por el reciente llanto. Todo había sido una pesadilla. Al notar que recuperaba
mi cordura, Aretsi dejó de estar molesta, retomó su carácter afable. Sonriendo,
sacó un pañuelo de su mochila y secó las lágrimas de mi rostro. Tomó mi mano y,
abriéndose paso entre toda esa gente, me alejó de aquel lugar. Caminamos quizá
por media hora. Ella un poco delante de mí, sin soltar mi mano; yo detrás,
bebiendo agua (esta vez sin ningún ingrediente sorpresa) como un puto
dromedario. Me hizo tomar asiento en la banca de un parque y me dijo que no me
moviera, que en seguida regresaba. Luego de un par de minutos volvió con dos
vasos de café. Se sentó a mi lado. Sacó de su mochila un incienso que encendió
para luego ponerlo en el piso, apoyado en una pequeña roca. El humo ascendía
justo por en medio de los dos. Permanecimos en silencio por varios minutos, no
podría precisar cuántos exactamente. Cuando estos minutos pasaron Aretsi
pronunció mi nombre, y me pareció que su voz era un piedra muy pequeña cayendo
en el centro de un lago inmenso y tranquilo; el lago era el silencio. Como si
hubiera visto mi pesadilla me dijo que en una montaña se podía ser muy libre.
Puedes aprender muchas cosas, puedes, por ejemplo, aprender a cultivar la
tierra, a hacer una fogata. Puedes diseñar trampas para cazar algún animal
silvestre que te sirva de alimento, aunque esto sería triste. Pueden crear un
mundo nuevo, desde cero, tú y la tierra, enmendado viejos errores y olvidando
las antiguas ofensas. Quise decir algo, pero Aretsi, con un solo gesto, me
ordenó seguir callado. Levantó su mano derecha y apuntó al cielo, que tenía un
triste tono naranja producido por las luces de la ciudad. Allá arriba, comenzó
a decir mi amiga, se encuentra lleno de estrellas, que no podamos verlas no significa que no existan. Lo mismo pasa con el mundo,
lo que vemos no es todo, se trata tan solo de una máscara. Me bastaba verla
para saber que no mentía; mi corazón se agitó de ternura. Aretsi se levantó de
la banca y camino dos, quizá tres pasos, luego levanto ambas manos al cielo. Vi
sus dedos alargarse como diez raíces que, ansiosas, se enterraran en el cielo.
Después de muchos años la noche era negra nuevamente. Mi amiga era la raíz y la
savia; el tronco y las ramas; las hojas y el fruto y la semilla; y también el
corazón y la rítmica pulsión del universo.
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