martes, 12 de septiembre de 2017

De qué cosas se entera uno



Algunos de los antiguos comunistas y anarquistas
(los que marchaban, jóvenes, por las
grandes avenidas de las ciudades grandes.
Ellas: quemando los sostenes, proclamando
las virtudes de la píldora anticonceptiva
-aún no se sabía del sida-, ensalzando
el amor libre; la igualdad de los géneros.
Ellos, acompañados también de ellas, exigiendo
el fin de la guerra de Vietnam, defendiendo
también el amor libre –aun si podía
resultarles un mal negocio-. A veces, en
los días más límpidos, de cielos claros,
de sol alegre, de viento sano, cantaban, ambos,
La Internacional. Como buenos humanos
jóvenes de sus tiempos, pocos escaparon
al encanto del LSD. Querían La Revolución,
o, al menos, esto era lo que decían querer.
Hasta que les llegaron los sonidos de los fusiles
de la policía y del ejército, y tras los sonidos,
las primeras balas de los fusiles.
Entonces, dicen ellos, maduraron, se dieron
cuenta de que ya no eran unos adolescentes,
que pronto tendrían treinta años y no habrían
aprendido nada. Tiraron a un lado las banderas
rojas y volvieron a las universidades, a estudiar
con mayor ahínco, decididos a ser hombres
y mujeres útiles para la sociedad. Se trataba
solo de un juego, decían a los policías, mientras
miraban el piso. Había sido una lástima lo
de sus amigos muertos, pero qué se le podía
hacer ¿Sus amigos desaparecidos? ya aparecerían
en algún momento. No había de qué
preocuparse, todo había sido un juego y nada más)
ya no protestan. En reuniones de viejos
camaradas aún dicen detestar el capitalismo,
pero solo lo mencionan de pasada,  para que nadie vaya a
creer que son tipos sin convicciones.
Ya nunca se menciona a La Revolución.
En vacaciones viajan a un bonito departamento,
con alberca comunitaria, que han logrado
comprar en California. Sus hijos actúan
como pequeños burgueses, pero ellos los aman
demasiado como para molestarse por eso.
Les compran ropa de marca para que
asistan confiados a sus lecciones de universidad.
Les compran un automóvil para que no pasen
por las incomodidades del transporte público.
A veces les compran también un chofer privado.
Hay tardes, todavía, aunque cada vez menos frecuentes,
en que suben a las azoteas de sus casas y fuman
marihuana. Se emocionan, internamente, pensando
en Guevara o en Durruti. Se emocionan pero
se cuidan de no pensar en esa emoción.
Ya han nacido sus nietos. Y ellos, los abuelos,
saben que sus nietos heredarán algo muy parecido
al infierno, un infierno hecho de todos los infiernos
que han imaginado todas las religiones; pero
se cuidan bien de fingir que no lo saben, y dan
a sus hijos muchas luces. Luces por aquí y por allá.
Que los encandilen, se dicen, para que no puedan
ver el mundo. Salen sonriendo (aunque están
tristes) en todas las fotografías.

Otros de los antiguos comunistas y anarquistas
(los de armas tomar, los que eran como el centro
de la lumbre, los puros, la sábila que corría bajo
los árboles, los que, puestos en disyuntiva, no
habrían dudado en entregar su vida por la causa.
Los que llevaban La Praxis grabada en la conciencia)
se volvieron locos: apóstoles de un dios que no
existió nunca. Se pudrieron en las cárceles, y nadie
los visitó, nadie les llevó un pedazo de pan o un libro.
Y otros muchos –quizá los más afortunados-
fueron tirados en baldíos, ocultados bajo la basura,
bajo los meados y las risas de los militares.
Otros se fueron hasta el fondo de los pantanos,
por el peso de las piedras atadas a sus cadáveres,
a alimentar animales tan horrendos como fantásticos.
Quién sabe qué paisajes verán ahora sus ojos devorados.

De qué cosas viene uno a enterarse.
Qué insensato resulta, a estas alturas, el estudio de
cualquier teoría revolucionaria.
En la actualidad, en este mundo moderno, hay
mil mierdas más para distraernos.
Las palabras se desconocen a sí mismas,
y ya no es posible decir ninguna verdad.
La estupidez se extiende como lirio o guía
por el mundo, ahogando la inteligencia.
Ni empatía, ni amor real, ni nada.
Me dicen que todavía hay alas bajo el cielo.
Me dicen que todavía hay hombres y mujeres
dispuestos a entregar su sangre.
Pero yo no veo nada, ni con los ojos abiertos
o soñando, ni con la razón o el espíritu.
Ni en el lugar más alto del amor o la droga.
Quizá todo esto termine pronto.
De qué cosas viene uno a enterarse.
Por favor, aparten este velo de mis ojos.

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