Algunos de los
antiguos comunistas y anarquistas
(los que
marchaban, jóvenes, por las
grandes avenidas
de las ciudades grandes.
Ellas: quemando
los sostenes, proclamando
las virtudes de
la píldora anticonceptiva
-aún no se sabía
del sida-, ensalzando
el amor libre;
la igualdad de los géneros.
Ellos,
acompañados también de ellas, exigiendo
el fin de la
guerra de Vietnam, defendiendo
también el amor
libre –aun si podía
resultarles un mal
negocio-. A veces, en
los días más
límpidos, de cielos claros,
de sol alegre,
de viento sano, cantaban, ambos,
La
Internacional. Como buenos humanos
jóvenes de sus
tiempos, pocos escaparon
al encanto del
LSD. Querían La Revolución,
o, al menos,
esto era lo que decían querer.
Hasta que les
llegaron los sonidos de los fusiles
de la policía y
del ejército, y tras los sonidos,
las primeras
balas de los fusiles.
Entonces, dicen
ellos, maduraron, se dieron
cuenta de que ya
no eran unos adolescentes,
que pronto
tendrían treinta años y no habrían
aprendido nada.
Tiraron a un lado las banderas
rojas y
volvieron a las universidades, a estudiar
con mayor
ahínco, decididos a ser hombres
y mujeres útiles
para la sociedad. Se trataba
solo de un
juego, decían a los policías, mientras
miraban el piso.
Había sido una lástima lo
de sus amigos
muertos, pero qué se le podía
hacer ¿Sus
amigos desaparecidos? ya aparecerían
en algún
momento. No había de qué
preocuparse,
todo había sido un juego y nada más)
ya no protestan.
En reuniones de viejos
camaradas aún
dicen detestar el capitalismo,
pero solo lo
mencionan de pasada, para que nadie vaya
a
creer que son
tipos sin convicciones.
Ya nunca se
menciona a La Revolución.
En vacaciones
viajan a un bonito departamento,
con alberca
comunitaria, que han logrado
comprar en
California. Sus hijos actúan
como pequeños burgueses,
pero ellos los aman
demasiado como
para molestarse por eso.
Les compran ropa
de marca para que
asistan
confiados a sus lecciones de universidad.
Les compran un
automóvil para que no pasen
por las
incomodidades del transporte público.
A veces les
compran también un chofer privado.
Hay tardes,
todavía, aunque cada vez menos frecuentes,
en que suben a
las azoteas de sus casas y fuman
marihuana. Se
emocionan, internamente, pensando
en Guevara o en
Durruti. Se emocionan pero
se cuidan de no pensar en esa emoción.
Ya han nacido
sus nietos. Y ellos, los abuelos,
saben que sus
nietos heredarán algo muy parecido
al infierno, un
infierno hecho de todos los infiernos
que han
imaginado todas las religiones; pero
se cuidan bien
de fingir que no lo saben, y dan
a sus hijos
muchas luces. Luces por aquí y por allá.
Que los
encandilen, se dicen, para que no puedan
ver el mundo.
Salen sonriendo (aunque están
tristes) en
todas las fotografías.
Otros de los
antiguos comunistas y anarquistas
(los de armas
tomar, los que eran como el centro
de la lumbre,
los puros, la sábila que corría bajo
los árboles, los
que, puestos en disyuntiva, no
habrían dudado
en entregar su vida por la causa.
Los que llevaban
La Praxis grabada en la conciencia)
se volvieron
locos: apóstoles de un dios que no
existió nunca.
Se pudrieron en las cárceles, y nadie
los visitó,
nadie les llevó un pedazo de pan o un libro.
Y otros muchos –quizá
los más afortunados-
fueron tirados
en baldíos, ocultados bajo la basura,
bajo los meados
y las risas de los militares.
Otros se fueron
hasta el fondo de los pantanos,
por el peso de
las piedras atadas a sus cadáveres,
a alimentar
animales tan horrendos como fantásticos.
Quién sabe qué
paisajes verán ahora sus ojos devorados.
De qué cosas
viene uno a enterarse.
Qué insensato resulta, a estas alturas, el estudio de
cualquier teoría
revolucionaria.
En la
actualidad, en este mundo moderno, hay
mil mierdas más
para distraernos.
Las palabras se
desconocen a sí mismas,
y ya no es
posible decir ninguna verdad.
La estupidez se
extiende como lirio o guía
por el mundo,
ahogando la inteligencia.
Ni empatía, ni
amor real, ni nada.
Me dicen que
todavía hay alas bajo el cielo.
Me dicen que
todavía hay hombres y mujeres
dispuestos a
entregar su sangre.
Pero yo no veo
nada, ni con los ojos abiertos
o soñando, ni
con la razón o el espíritu.
Ni en el lugar
más alto del amor o la droga.
Quizá todo esto
termine pronto.
De qué cosas
viene uno a enterarse.
Por favor,
aparten este velo de mis ojos.
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