sábado, 16 de septiembre de 2017

V




Siento esa adrenalina que invade el cuerpo cuando se regresa al lugar del crimen. Siento una risa contenida en mi mirada hacia los tiempos pasados. Siento también eso que se siente cuando la incertidumbre llena de humo el ático. Siento los pies mojados. Perra madre. Me van a salir ampollas. Tendré que hacerme de humo.
      Sus manos van dentro de la sudadera pues hace un frío que lo tienta a continuar más rápido si es que en verdad va a llegar a algún lugar. Mientras camina se pregunta si Paola seguirá viviendo en esa casa rentada del centro. La lluvia no ha dejado de caer desde que llegó. El cielo está cubierto por una sola nube gigantesca color gris claro. Así son los inviernos más fríos aquí, recuerda el señor, y sigue caminando, casi corriendo, y pisa otro charco para alcanzar a cruzar la calle por donde se aproximan dos carros con las luces prendidas. El agua que corre sobre las calles de la ciudad se ve sucia; toda la mugre de sus habitantes va deslizándose sobre el suelo y llega a las alcantarillas y se mezcla con la suciedad llevada hasta por debajo de los suelos por las lluvias pasadas. El señor aspira todo el aire que puede para calmar el ansia pero por estos lares ya sabe desdendenantes que la paranoia es de rigor y hay que voltear la cabeza y ver sobre el hombro. Vienen dos en la misma dirección.
      En mis tiempos las ratas no salían a chambear cuando llovía; me acuerdo que hasta me regresaba del jale caminando y cantando el gallo en la siniestra porque la tira también se esfumaba con el agua. Las calles silenciosas y frescas, con una luz diferente que hacía que me valiera madre el tiempo que durara en llegar. El olor era de maría en tierra mojada. Tantos gobernantes, tantas leyes reformadas, tanto sufrimiento, todas las guerras sucedidas incluso antes de que los tlahcuilos empezaran a registrar los hechos en códices y murales, todo eso y la solución era el agua y caía del cielo en temporadas. Pero los tiempos cambian. Estos putos de atrás también traen prisa.
     La lluvia parece arreciar y los tres aceleran el paso. Uno de los tres individuos brinca un charco y libra el agua. El señor saca sus manos de la sudadera y las empieza a abrir y cerrar. Por si acaso hay que usarlas que no lo agarren en frío bajo esta lluvia. Unos carros le impiden cruzar al otro lado de la calle y se detiene. Cuando los dos están por llegar los voltea a ver a las caras con los puños listos y solo uno le sostiene la mirada. Una mirada que dice violencia a la menor provocación y antagonismo de antemano por el hecho aleatorio de cruzarse con alguien en la calle, combinada con la estaticidad de un perro antes de tirar una mordida al cuello, y que al final tiene algo de apatía por empezar una pelea con este frío por algo tan normal como una mirada. Los puños cerrados. Los ojos en la nuca. Los dos doblan en la esquina a la derecha y se pierden como en dirección al templo del expiatorio . El señor va para el otro lado.
     Maldita ciudad. Todos estamos enfermos de paranoia. Cualquier persona que esté a mi alrededor es una posibilidad menos para mí y por lo tanto tengo que eliminarlo: yo tengo que ganar, yo tengo que ser mejor, yo tengo que sobrevivir a esta masacre; mi familia y yo. No entiendo ese pensamiento de la banda. Entiendo que quieras cuidar a tu bandera y también que por estas tierras mojadas ya somos de más y eso facilita el caos destructivo; lo que no me cabe es cómo si somos libres para elegir, como raza hemos elegido la estupidez superflua. Las condiciones económicas han pervertido casi todo. La banda prefiere pelearse entre ellos, unos con uniforme y otros sin llorar, y no han entendido bien que si nos juntamos, somos tantos que levantamos el changarro en cortinas. La vida puede estar tan jodida según unos chavos del pensamiento, que lo mejor es mantenerse a flote en la mierda, y no buscar un remedio para semejante cagadero. Otros dicen que hay que sumergirse lo más posible, como Mark Renton en el retrete, para tratar de encontrar el tapón y quitarlo y que todo se vaya, pero a dónde. Yo creía que estos bróders iban a querer que le jugara al juglar y les recitara unas líneas de Bukowski pero se dieron vuelta como para ir a misa, o quien sabe si querían alcanzar al de los elotes antes de que se quitara por la lluvia que ahora no ha alcanzado a disfrazar del todo el olor dejado por el combustible quemado debido a la necesidad de seguir siendo capitalista. Aquí tienes que estar al vergas, como quien dice por experiencia. O si no te agarran por donde no te gustaría ser observado por un grupo de médicos y estudiantes. Por donde a todos nos apesta. Por el lado corrupto. Porque aquí, como en todos lados, con dinero eres y puedes hacer. Y si no tienes, a ver, pásele por acá, a la interminable fila de personas que quieren ser igual o más ricas que el más rico cerdo de la región; una fila en la que no hay orden, y hoy puedes estar allá adelante y mañana ni estar. Los carros desaparecen de mi vista y cruzo la calle pensando en que a muchos de por aquí les queda la sensación de haber sido chamaqueados cuando gastan su dinero en cualquier cosa, pero no había de otra. La competencia y las distancias y los tiempos y los lugares en donde se vende y se compra en la ciudad hacen que los humanos firmen cosas con el dedo bien metido en el culo.
      El señor vuela por las calles que conoció de morro mientras cazaba algún libro que alguien quisiera intercambiar por un retrato de nuestro tlatoani Netzahualcóyotl, mientras pensaba que si le sobraba para unas león iría a leer al parque rojo con el termo de café bien refileado de cerveza. Cero placa y mucha loquera porque ese día traía la pipa llena. Sin embargo tenía que estar trucha, ahí la policía siempre estaba haciendo sus dos trabajos: cuidando que se cumpliera la ley, pero más que nada vigilando que nadie la hiciera de pedo, y generando ingresos para la red de corrupción de la que casi todos han formado parte aunque sea una vez: para no perder el tiempo con estupideces; para llegar temprano a la chamba; para librar la enredosa burocracia; para no estar encerrado por ser torcido en la calle ejerciendo el derecho humano de fumarse un gallo y estar loco; para hacer lo que uno quiera; para que se haga más rápido lo que no se hace si no te mochas; para que unos dejen de hacer donde a otros no les conviene o no quieren que se haga; para escalar uno o varios puestos en la cadena alimenticia, o para agarrar mejor lugar en el coliseo de la calzada independencia y ver mejor el espectáculo del rebaño del señor. Ese diablo a las casi seis de la tarde ya estaba recargado en un árbol bien metido en la historia con dos cervezas convertidas en café por la gracia de nuestro señor, y otra más en la mochila. El señor se dio cuenta que el detective había empezado a avanzar hacia él con pasos sigilosos y decididos; entre los dos se creaba una tensión que solo era percibida por el lector, ya que al detective simplemente parecía valerle madre el hecho de arriesgar su vida siempre y cuando hubiera algo que hacer. Sus aventuras eran buenas y ésta ya era tan extraña que lo motivó a darle un trago a su bebida embriagante: había un maldito soldado romano muerto en el baño, en pleno siglo XX, en la ciudad más grande del país. Esa tarde leyó hasta que la luz natural lo permitió y cuando iba a su cuarto que rentaba en otra parte del centro pensando en qué demonios iba a cenar esa noche si se había gastado casi todo lo que traía, vio el reflejo de una patrulla que hacía su ronda. Maldita sea, pensó. Siguió caminando pero ya sabía lo que iba a pasar. De pronto, cuando estaban cerca, oyó ese sonido como de ronca electricidad. Era obvio.  A los policías les gustaba parar a los transeúntes con mochila: había más lugares dónde excavar. Siguió caminando con la mirada hacia el frente, pero en ese momento la camioneta le cerró el paso. como si estuviera huyendo de ellos. Como si acabara de robar un banco. Como si acabara de matar a alguien. Como si no hubiera otra salida.
     El señor voltea a ver a los dos conductores y sigue su camino por la acera. Mientras rodea la patrulla por delante, el conductor toca el claxon y le grita “hey, hey, hey!!!”, sin quitar la mano del volante. Demasiado huevones, piensa el señor, quieren que yo me acerque para que me chinguen: pues no, así no son las cosas en mi barrio.
―Qué pasa ―les pregunta.
―¿Adónde vas?
―A mí casa.
―¿De dónde vienes?
―De casa de una amiga.
―Te vamos a hacer una revisión preventiva. Quédate ahí.
―Hacer eso está contra la ley, y ustedes lo saben. Que tengan buena noche ―les desea de puro cotorreo. El señor se da la vuelta y sigue su camino a la misma velocidad que iba antes de toparse a la leyenda.
     El cerdo alfa abre la puerta de la camioneta y baja un pie. Es un ejemplar de 1.85, más o menos, gordo y moreno, con un bigote muy tupido, y unas manos anchas, buenas para sacar confesiones.
―Te dije que no te movieras.
     Sigue con la mirada al frente. Se siente listo para reaccionar a las posibles situaciones que se le presenten. No es posible que me vengan a chingar de esa forma, carajo, piensa el señor mientras pasa por debajo de las ramas de un árbol, atento a cualquier sonido extraño. Algo le dice que le van a pegar por detrás y entonces siente deseos de voltear, pero no lo hace y cruza la avenida. Antes de llegar a su casa rodea por la otra cuadra para despistar.
 En la sala, uno de sus roomies tenía un blunt de lemon haze, que acababa de prender en la mano derecha, y el otro buscaba un mix de Solomun en su celular. De lo demás no se acuerda, pues había dos de tinto para cenar.
     Mientras espera a que le abra la puerta revisa su celular. Solo el cholo ha respondido a sus mensajes: está en su barrio jugando a ser el dios de la guerra con mariana, que si le cae, le ladra en la grabación, armageddon un dieciocho de rigor para pasar al otro nivel sin truco porque a pesar de que hace frío no ha nevado en la punta de su pirámide. Tentadora oferta a la destrucción. Sin embargo la cruz de este diablo ha sido difícil de cargar. Si tuviera un poco de nieve, tan solo un poco, se sentiría como un guerrero jaguar dispuesto a entregar su corazón en sacrificio al blanco de la piel que le provocó una taquicardia pasada de lanza cuando la vio en el espejo esa vez: ella viendo lo hermosa y lo peligrosa que podía ser, ahogada en la contemplación de su figura, y él en trance por la grandeza que los dioses mexicas o quizá quechuas habían depositado en esas piernas largas y fuertes, que eran capaces de enredarse en cualquier hombre y llevarlo al olvido de sí mismo por andar respirando el aire tan frío que desprendían. Los demás puro silencio: en estos días fríos y de lluvia es difícil armar la fiesta. Y le salta una risa a la mente mientras observa el árbol de la acera de enfrente. Qué buena noche se acababa de meter en la experiencia de su vida. Estamos locos, piensa el señor, si no ya nos hubiéramos matado unos a otros o a nosotros mismos por aburrimiento, y no tener nada que hacer. Uno sale de fiesta para no estar aburrido y cotorrear y que pasen cosas y no terminar con una muerte de ideas que aterrice en la inacción del ser muerto que respira; lo más cagado es que uno va a las fiestas a consumir sustancias nocivas en exceso también para que pasen cosas, en la vida real, que compartimos con otros seres reales y no tan reales como sus acciones lo demuestran, y dentro de nuestras cabezas, que compartimos y estrellamos con más pocos, también por aburrimiento, ingerimos sustancias que aceleran el brinco al pozo sin fondo por sus efectos y por las cosas que nos suceden debido a la alteración  o la pérdida de la conciencia. Maldita sea, cómo tarda este cabrón, piensa el señor. Vuelve a tocar y escucha la voz del zurdo: “voy, voy”.
―Hijo de perra, pasa rápido, que no ves que se mete el agua ―y trata de jalarlo del cuello de la sudadera a través de la puerta al tiempo que el señor le mete un patín en la espinilla por mamón, le dijo después cuando estaban sentados en la sala y el zurdo se sobaba la pierna.
―Hágase p’allá, perro, o quiere que le enseñe unos pasitos que aprendí en la playa ―dice el señor, y esquiva el derechazo que le tira el zurdo, y empieza a dar unos pequeños brincos con las puntas de sus pies.
―De rigor lo único que se ve que aprendiste es a traer el culo mojado. Ve al baño y agarra una toalla en lo que yo trapeo aquí.
―Se me olvidaba que habías nacido mitad mosco y mitad señora de la limpieza.
―Y yo no sabía que me extrañaras tanto: hiciste más mojadero que el Tláloc cuando me veía abrir la puerta al regresar de cualquier viaje al que no podía llevarlo y se meaba del gusto.
―No, bróder, cuando yo orino es para expropiar territorio. Ese Tláloc era la onda, por cierto ―y sale del baño frotando su cabello con la toalla.
―Igual que su dueño ―dice el zurdo mientras seca las gotas de agua dejadas en el pasillo por el señor.
―Estaba medio pendejo igual ―le tira carrilla el señor y se sienta en el sillón y empieza a quitarse los tenis.
―Eso lo sacó a sus otros dueños.
―Tengo mis dudas y mis pruebas contundentes, carnal.
     El señor observa el interior de lo que alcanzan sus ojos a ver de la casa desde ahí sentado en el sillón negro. Oye cómo se abre y se cierra el refrigerador y aparece el zurdo con dos latones de victoria en la mano y un frasco de vidrio oscuro. Le pasa una al señor pero dice no, muchas gracias, ando crudísimo.
―Sigues igual de culo que cuando éramos morros. Chale. ―Y se sienta en el otro sillón; para verle bien la jeta, piensa el zurdo. Y abre las dos latas―. Te la chingas porque te la chingas. O no hago negocios contigo.
―Yo no dejo que ni las mamacitas me pongan condiciones. Mejor hay que armar un gallo con eso de ahí, ―dice el señor y se estira para agarrar el frasco de vidrio sellado herméticamente.
―Hazme los honores, mi hermano, ―y se para del sillón de un brinco en busca de los aditamentos necesarios para iniciar el ritual de quemar la hierba sagrada.
El señor ha abierto el frasco. Observa eso que llaman caquita de chango, y mete sus narices cual perro en afán curioso por develar eso que tiene ante sí. El olor es tan fresco que se pone romántico y cierra los ojos para recordar un pasado que se hizo humo azul al atardecer. Es la única flor que les regalo a mis mujeres, porque es la única que al ser arrancada no muere, piensa, y luego siente que en ese momento está solo, muy solo, pero bien acompañado.
―Qué tal está mi chiquita, ―le pregunta el zurdo al verlo ensimismado, y le pone a su disposición: grinder, canalas ultra delgadas, filtros de cartón, una línea de cera de abeja, y un encendedor.  Y después toma el control de la tele y pone el primer set que encuentra. Fatboy Slim empieza a dar cátedra en las tornas.
―Tiene buen aspecto y huele bien, pero ya sabes, hay que tratarla con cariño y darle unos besitos para ver cómo reacciona.
―Pues ya, ármate de valor, bróder, que desde las cinco que no me pongo loco por estar esperando a su perra señoría. ―y se inclina como si fuera a hacer una reverencia pero a medio camino se vuelve a enderezar y le muestra el dedo de en medio a su amigo.
―Ven, siéntate, carnal, te veo un poco alterado, ―le dice el señor y da unas palmadas con la izquierda en el sillón―. Ven, te voy a enseñar cómo se hace una cruz. Solo necesitas dos o tres canalas, dependiendo de tu grado de puerquez máxima adquirida.
―El muerto que vengo cargando tenía las piernas largas, entonces...
―De a tres será, ―le completa el señor. Y entonces los dos se miran un instante que es como un cráter con lava bullendo. Ese instante dura y existe en la realidad tangible incluso cuando los dos apartan la mirada y siguen hablando de otras cosas mientras el señor, concentrado y herido de guerras pasadas, arma una cruz en la cual quiere dejar colgada la otra cruz que viene cargando desde la playa. Los chavos de mentes rucas de este gran rancho, piensa el señor, y luego dice lo que acaba de pensar, y continúa―, dirían que es una conducta típica de los drogadictos, hacer un hoyo para tapar otro hoyo.
―No sé a qué te refieres.
―Que este porro me redimirá de mi estado actual de putrefacción.
―Ya pues mucho blablablá, acábate de forjar.
―Güey, tranquilo, ¿tú crees que el yisus hizo su cruz en un diablo? No mames, el bato sabía que iba a pasar a la historia de la humanidad, y lijó la madera que habíanle escogido sin mucho cuidado los romanos, y cuando ya estaba casi terminada pensó en ponerle un barniz que abrillantara su último trabajo, pero los soldados le dijeron que eso ya era putería y que no había tiempo que perder si es que en verdad quería morir a las seis de la tarde para escuchar a los pajaritos cantar.
―No es cierto. Esas son mamadas tuyas.
―Es verdad si lo piensas aunque sea un poco. Lo que dura en caer un rayo al agua.
Y se hizo la luz: un sol de un rojo palpitante en intensidad que aventaba humo azul; una estrella que acababa de nacer; un par de locos que se atreven a hablar como la gente decente en caliente se entiende si enciendes la mente y te prendes en breve. Aparecen otras dos luciérnagas que ayudan a ver al hombre en la noche. La yerba se ha empezado a quemar, piensa el zurdo, y yo no voy a dejar que se apague. Y tiene en sus manos esa cruz toda chueca, le dice al señor, y continúa: ¿tenía un brazo roto el muerto?
―Era por tanta chaqueta elevada en magnitud suprema. Mira, la neta es que el bato pagó para que le hicieran la cruz, porque esos días, que eran sus últimos en los placeres y las desdichas carnales, se la pasó en el burdel más caro de su pueblo, donde podía estar con la mujer o mujeres que él quisiera a cambio de que al dueño le transformara determinada cantidad de agua en vino para venderlo a la clientela del lugar, y luego ya por fuera, porque  como los deseos del hijo de dios incrementaban en rareza e ilegalidad, fue necesario que convirtiera más litros. Y ahí como que iba a haber pedos, porque nuestro señor jesucristo les empezó a gritar al dueño y a su primogénito, que la hacía de mano derecha de su jefe, que el dinero que les trajera el vino extra no les serviría de nada, que fueran felices con lo que tenían. Cómo no podían serlo. Y luego les dijo, “si me disculpan, hermanos”, y volvió a hundir su cabeza en el culo de la negra que le acababan de traer del norte de África.
Se cagan de la risa y el zurdo no puede más y cede ante el ataque de tos. Una tos cargada de mocos. Se ríe mientras tose y se pone colorado. Va al baño y se escucha cómo escupe. Luego se ve en el espejo y se ríe de sus ojos rojos. Antes de sentarse otra vez en la sala empieza:
―Estás equivocado. Yisus Craist pudo haber hecho su cruz en un pestañear con sus poderes pero decidió hacerla como cualquier carpintero mortal para alargar su regreso a la divinidad. El bróder tenía la alacena a reventar en la casa de sus jefes. Acá abajo probó la tierra y la sangre propia mezclada con el sudor frío que le caía de la frente. Y le gustó tanto nuestra jodida realidad que a veces pienso que ya no quería ni regresar. Es la historia del niño rico que por andar en el desmadre su jefe decide bajarlo de huevos y lo mete a la escuela pública y a trabajar como obrero en su empresa. Pa’ que valore, dirían los rancheros clásicos, pa’ que vea lo que cuestan las cosas, y más en secreto: pa’ que vaya viendo cómo se manejan las cosas desde dentro y algún día pueda ocupar mi lugar, que yo ya estoy muy cansado. El pedo es que su retoño le salió hippie, pero también comunista, y creo yo que también ebrio y mujeriego, como cualquier hijo de la chingada. Y tal vez por eso resucitó, porque creyó que después de estar encerrado tres días iba a regresar a su pueblo y armar un orgía para celebrar su resurrección, pero su jefe, papá dios, lo elevó usando un rayo como el que tiran los ovnis cuando secuestran a alguien en las películas.
―Puede ser, carnal, puede ser ―le dice el señor, y le da un tanque al porro. Voltea al techo, le gustan  suelta todo el humo para continuar―: Han pasado tantos años y seres humanos sobre esta tierra que es muy difícil que exista una sola historia verdadera. Cualquier cosa puede ser real si el lenguaje lo construye aunque sea en el pensamiento. El mundo de las ideas.
―El mundo de las chaquetas.
      Los dos se quedan con la mirada fija en la pantalla. Afuera la lluvia promete una madrugada muy fría. El zurdo sube el volumen y deja la cruz en la mesa para después sentarse, casi acostarse en el sillón.
―Cómo se llama esta hermosura que nos fumamos que ya me dieron ganas de bailar.
―Sour Diesel: una sativa.
―Eso se nota en breve. Oye, vamos al bar Américas.
―La semana pasada me dijiste que íbamos a hacer negocios, y ahora me sales con la mamada de que quieres destrucción masiva.
―Vamos o no, pues ―le pregunta el señor y con un brinco se pone de pie y empieza a peinarse con las manos.
―Con esta lluvia no habrá muchas mujeres―le dice mientras toma el control de la mesa y baja el volumen.
―Pero las que estén van a tener frío.
―Y por lo tanto va a ser más difícil desvestirlas ―le dice el zurdo.
―Todo depende de cómo usemos los lenguajes posibles en la fiesta. El frío es la sensación más propicia cuando se cae la ropa para experimentar el verdadero fuego creado por los participantes, que en esta noche nosotros dos podemos ser los perros de la calle con más suerte.
―Puede que tengas un poco de razón, pero hoy no salgo de esta casa aunque tiemble.
―A ti lo que te tiembla es otra cosa, culero.
―Ven, siéntate ―y vuelve a tomar la cruz de la mesa, la prende de los tres extremos posibles y da una larga fumada. Aguanta el humo unos segundos para después soltarlo muy lentamente mientras se reclina hacia atrás y se acomoda en el sillón de una manera que parece que se está embarrando en él―: Vamos a hablar de cosas ilegales. Vamos a hablar de la revolución. Vamos a ver si ya te crecieron esas dos almendritas que te tocaron por huevos. Vamos a hablar de negocios.
Se quedan mirando sus ojos rojos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario