Aquello era un barco de piratas que reían a carcajadas y chocaban sus tarros de cerveza oscura mientras molestaban a las muchachas de la mesa de al lado. El mesero se esmeraba en la incierta esperanza de una propina aceptable o tener él que pagar por habernos traido churritos cada media hora. El ácido había acelerado sus efectos por los litros de cerveza y un masaje como de los pies de una japonesa recorría mi espalda provocando constantes espasmos y escalofríos. Los colores lucían como si hubieran retirado una capa gris que siempre cubría mis ojos. Quienes usamos lentes, de inmediato notamos la mejora en la visión. Mi pierna derecha se movía con voluntad propia siguiendo el ritmo de las viejísimas canciones de rock que ponen en El escarabajo. Olores: lluvia, alcohol, frituras, carne cocinandose a lo lejos y perfume de una mesera. Omar y Xolo brindaban un formidable espectaculo de capoeira verbal. Algo que simulaba ser pelea pero que en realidad era un baile de ideas que en marometas y saltos mortales no tenían otro valor que no fuera la singularidad de su presentación. Las lindas muchachas de al lado reían y uno no podía parar de reír, en parte por tener la quijada trabada con una sensación como de querer orinar justo debajo de las orejas. Bostezos de perder el juicio y acariciarse por ansiedad y placer.
-Oye no hay que dejar tanto tiempo solo a Django -dijo Omar-
¿Por qué?
-Es primerizo wey.
Sergio acariciaba mi cabeza rapada y sentía que una especie de energía rosada se transmitia de su vientre a mi cuerpo a travez de su mano y yo le regresaba la energía pero azul marino con sangre y ese acto contenía un secreto místico que los mayas seguramente conocían muy bien y que todo ese conocimiento había quedado destruido y violado y solo teníamos pequeñas resonancias plásticas de lo que alguna vez fue un universo de sensaciones que terminó siendo una realidad de tetas y nalgas y pantallas, luces y cuerpos de mujeres como en estantes de carnicerías. Habíamos tomado un LSD peculiarmente fuerte llamado amanecer japonés. En un pozo centrífugo, pinceladas de locura se esparcían en circulo alrededor de nosotros. Sergio tenia tentáculos, era un invertebrado. El Chango frotaba ansioso su antebrazo y miraba un punto infinito que se abría en el fondo de su tarro. Ir al baño representaba una odisea de setecientas muertes. En el borde de una inmensa herida. En el interior de un cálido utero. El erotismo que supera las contradicciones que permanecen. La mesera se encontraba en un harem y nuestro mesero trajo la cuenta y un salto abrupto a la realidad. De pronto el Django se levató y dijo:
-Después de todo, terminamos pagando. E hizo un ademán dramático de huida. Lo tomé de la muñeca pero se soltó y se fue a pesar de los ladridos de los perros. Sergió corrió detras de él y nos quedamos absortos. Además del ácido habíamos bebido bastante. Todos nos preguntamos por Chango pero aún había que pagar. Al salir del bar, el frío que nos hizo temblar de golpe trajo una noticia. Mi celular sonaba. Era Sergio: -!Ayudenme por favor! ¡No puedo controlar a Django me acaba de aventar, me quebró mi celular y se esta desnudando!
Estos hijos de su puta madre me estan queriendo paniquear, de seguro ellos no se metieron nada y se quieren cagar de risa de mi todo drogado -pensé-. Y me aferré a la idea incluso cuando tuve frente a mí su celular destrozado y su fajo. Sergio lloraba.
miércoles, 30 de agosto de 2017
¡Feliz cumpleaños señor! Parte I
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