¿Qué voy a saber
con precisión de Latinoamérica, si lo más lejos que me he movido del estado es
a las playas de Nayarit, plagadas de gringos viejos; al D.F. ahora ciudad de
México; y a la ciudad más fría en el estado más frío de los Estados Unidos, que
nada tiene de latinoamericana sino lo robado y los apellidos de los
trabajadores? No obstante, es bien sabido, que las analogías permiten saber de
lo desconocido por sus semejanzas con lo conocido, y que podemos saber de lo
macro a través de lo micro. Entonces, hablaré de México como si hablara de
Latinoamérica, y diré que ésta, Latinoamérica, es un algo fragmentado, incapaz
de cohesión, desgarrado de aquello, lo que sea, que pudiera haberla constituido
en algo homogéneo. Es una ilusión eso del idioma, y también eso de las
delimitaciones geográficas (aunque éstas son siempre una ilusión) que se han
ido moviendo según los intereses de las naciones que sí constituyen una
identidad. Y es que aquí todos somos distintos. Ya desde niño me sorprendía lo
diferentes que éramos unos de otros. Por lo general, los más blancos tenían más
dinero y vivían en las casas del centro del pueblo; los menos blancos vivían en
las calles de tierra o ya de plano en los cerros, al otro lado de la carretera;
no tenían dinero y llegaban a clases con la cara sucia y a veces llena de
mocos. Los que eran de piel oscura y no hablaban el mismo idioma ni siquiera
iban a la escuela, se limitaban a esperarnos a la salida y vendernos pulseras
hechas con piedras de distintos colores. Me sorprendía que los rostros más
bonitos del mundo estuvieran en esta tierra y al mismo tiempo, a la vuelta de
la esquina toparme con un rostro inmoral, antiestético, tremebundo, feo sin
decir más. Y es que en esto que llaman Latinoamérica ha corrido mucha sangre,
no sólo en la tierra sino también dentro de las venas. Sangre americana, sangre
europea, sangre africana, sangre asiática. Y como todas estas sangres se odian
entre sí; aquí nos odiamos todos. Soñamos con ser otra cosa, con cruzar el río
y ser esclavos de inmigrantes; con ser angloparlantes; con cruzar el océano y
empaparnos de la cultura europea; cultura madre de la guerra y la corrupción. Y
los más ricos en verdad lo hacen, vistiéndose con ropa de marcas españolas,
gringas, francesas. Vacacionando en San Francisco o en París cada que les da la
gana, sintiéndose buenas personas porque dicen buenos días y sonríen a su
sirvienta oaxaqueña o chiapaneca. Y los más desfavorecidos niegan su realidad,
trabajan como idiotas para comprar un teléfono de tres meses de salario y tomarse
fotos en un balneario de aguas turbias de tanto cloro suelto como si estuvieran
a la mitad de playa del Carmen, piensan como capitalistas, defienden una clase
a la que no pertenecen, son estúpidos. Entonces ¿Qué nos hace latinoamericanos?
¿La tierra? pero si dejamos que la compren los gringos y los europeos, como
diciendo: “llévensela, háganla suya; y de una vez llévennos a nosotros
también”. Quizá nos una que la riqueza de esta tierra construyó al impero
estadounidense y los castillos de Inglaterra. O quizá las tradiciones, nuestro
folklor, nuestras construcciones sagradas. Pero, qué digo, si todas y cada una
de éstas no son más que espectáculos de exhibición para los turistas; hombres y
mujeres rubios con la cara roja por el tequila, que beben en copas que sus
sirvientes latinoamericanos llenan una y otra vez. Es esto entonces nuestra
identidad: la vil servidumbre, el derrotismo, el odio. Y aquellos que han
sentido algún amor por el lugar que habitan se convierten en burla de las
masas. Pienso en Venezuela, en Cuba, en Honduras, en Bolivia. En fin que hay
mucha mierda regada sobre tierra tan hermosa. Pero eso sí, y debe de quedar muy
claro, siempre menos mierda que en Europa,
siempre menos mierda que en Estados
Unidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario