lunes, 27 de marzo de 2017

sin ti no es soñar

Como cuando el mundo decide cerrar los ojos y mostrarnos la noche. Así, a esas horas la luna parece el sueño permanente de la tierra,  tan  lejos que se encuentra iluminando un solo punto en la inmensa oscuridad salpicada de lucecitas, ahí  fuera de todos. Si se tratara de dormir, diría que es el sueño más cercano de la tierra. Aquel foco blanco de noche para enseñarnos los demás sueños esparcidos en el exterior. Siempre un sueño nos ilumina la oscuridad en la que terminan los días.
    
       Así me fui a dormir, con un parpadeo incompleto, cansado, oscureciendo  toda la realidad que me rodea. Fue entonces,  que derrepente, se iluminó mi todo, me encontré de día, despierto. Al parecer en una orilla de la tierra misma donde se van  uniendo sus dos cielos. Yo, sentado agarrándome las rodillas, mientras al frente, se encontraba el mar que aparecía vestido de azul celeste, con su distinguida voz,  haciendo nubes de espuma,  tan distinguida  al tronar contra la arena que me sostenía sentado. Mis ojos giraron a la derecha, ahí a un lado se encontraba una botella pesada, la tome y me di cuenta que  era una de aquellas tantas nombradas como el objeto preciado que adornaba la cabeza de aquellos ilusionados llamados reyes o reinas. Yo en ese momento no me sentía un rey ni mucho menos, sólo sé,  tenía que tomar de la botella para sentirme realmente mareado, solo,  al nivel del mar, el nivel más bajo de esta tierra, dicen aquellos encargados de medir las altitudes. Mientras disfrutaba de dos grandes sorbos fríos, comencé a notar al mar con mayor intensidad, parecía que acababa de salir de bañarme porque había gotitas escalofriantes bajando por la espalda y la arena que usa al viento como despertador  se pegaba a mis brazos. Decidí dejar la botella recargada en un montoncito,  dirigir la mirada  al frente hasta perderla en  la profundidad infinita del paisaje de las orillas mareadas, ahí en donde solo hasta el final, el mar y el cielo hacen uno.  Esa vista nada la interrumpía, el viento y la música del mar estaban intactos, sí,  en ese momento el yo se sentía soñado. “Hacía mucho que no visitaba una orilla tan tranquila” me decían mis adentros, mis afueras lo sentían.
    
     Como de la nada fue que ahí la note, ahí estabas, como nadando o será flotando serena y nada más. Tu cabeza se veía chiquita en un cielo inmenso,  tranquilo como ella, parecía únicamente romperse en la orilla. Al principio no sabía remotamente quién era, conforme iba saliendo, la noté vestida de blanco, con el cabello empapado, recién salidito del mar, haciéndose de ondas color güero o dorado para que suene más bonito. Ibas saliendo, y te dirigiste a mí, yo sin reconocerte, hasta oír la voz: “Hola… Oye, hace mucho que no te veía, el agua esta fría eh”.  Esa voz tan quedita, hacía tanto no la escuchaba y mucho menos veía a la persona que le pertenece. Mis adentros volvieron a repetirme que era tú, seguido del esfuerzo por recordar la última vez que nos vimos (pero no recuerdo haberte soñado antes). Me volteaste a ver y pediste de la botella,  recuerdo te inclinaste, sentí  las gotitas escalofriantes que caían de tu cuerpo hacía el mío cuando tu brazo cruzaba por delante de mí ya que no fui tan caballero para pasarte la botella. Ahí me encontré con algo como salido de una fantasía.  Una figura pintada en tu piel, en el antebrazo, con un color de todos los azules que el ojo humano ha descubierto; no dije nada, pero mi mirada gritaba intriga. Cuando la notaste, fue cuando volviste a hablar: “Ya viste, esto me lo acabo de poner, y vine a que el agua me lo coloreara…” yo, sin decir nada, solo quise palparlo.  “Está fresco” respondiste. Al mismo tiempo me fije se empezó a mover, que eso era un caballito de mar, se movía como cuando ves las cosas hundidas en el agua, así ondulantes. Te detuve el brazo y con el otro agarraste la cerveza para sentarte, te pasaste la sal del océano y yo toqué tú tatuaje. En ese precioso momento todo el mar nos abrazo, la marea subió diría un experto, pero simplemente nos cubrió y dejó la orilla lejos. Comencé a chapotear como perrito hasta tranquilizarme, ella sosegada, diciendo que escogiera uno como el de ella, ¿escoger un qué?  El mar nos tenía bailando,  subiendo y bajando en su marea mientras no sabía cual escoger, porque había de muchos. Tú te acabaste la botella y decidiste ahí guardar el tuyo, por lógica de la situación la botella se hizo azul.
     
     No pude hacer que ningún caballito de mar se subiera a mi antebrazo, a pesar de que ya había escogido,  y  solamente vi como se alejaban, entonces  tomé nuevamente el tuyo,  antes de eso te volteaste y  nos regresamos a la orilla, me dijiste que el próximo me lo guardabas. Antes de llegar a la orilla este sueño decidió acabarse.
     
     Solo pude decir algo en todo esto y fue al despertar, no quedaba otra cosa más que mi cama y el sonido de alguna ambulancia perdida. Se me antojaba estar en el mar de una manera increíble. Tal vez lo más raro, fue preguntarme si es que mi amiga Ixchel se había puesto un tatuaje, pero me llamó más la atención que lo primero que me dije en voz alta: “¿ qué significa ese nombre?”… volví  disque a dormir, pero soñar no, nunca de la misma forma…


Entonce yo soy aquel punto en el cual estoy totalmente de solo contigo y sin ti al despertar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario