El hombre tuvo
suerte de estar en el baño en aquel momento. Al salir abrochó los botones de su
uniforme de trabajo: una camisa roja con cuatro letras bordadas en el lado
derecho. Antes de entrar a la tienda de autoservicios quiso saludar a los
encargados de las bombas de gasolina, sus amigos, y pedirles un cigarrillo;
quizá fumarlo allí mismo, con ellos. Entonces pudo verlo: el más joven de los
trabajadores estaba tirado, inmóvil, cerca de la máquina despachadora. Un poco
más lejos descubrió los cuerpos de sus dos compañeros –los del joven- y una
manguera de gasolina que, no habiendo sido colocada en su lugar, dejaba escapar
en el piso un turbio combustible que iba a juntarse con los charcos de sangre bajo
los cuerpos de los trabajadores. Se acercó y vio al muchacho: su cara, apoyada
en el piso, estaba de lado. El hombre podía ver uno de sus ojos que, muy
abierto, miraba algún lugar indefinido.
Regresó
sobre sus pasos y luego se dirigió a la tienda. No fue necesario abrir la
puerta para saber que algo extraño había sucedido, parecía que nada se movía
del otro lado. Entró. Doblado sobre el mostrador, como una erre minúscula,
descansaba el cadáver del joven encargado de la segunda caja. Del orificio en
su cabeza goteaba la sangre en cortos intervalos. ¿Dónde estaba la mujer de más
de sesenta años que recién había sido contratada? Se alejó unos pasos del
mostrador, miró entre el pasillo de productos enlatados y, al fondo, la
encontró: dentro del congelador, con los brazos extendidos, la mujer descansaba
encima de las bolsas de hielo. La cabeza le caía sobre el pecho que sangraba
por múltiples heridas de bala. Fue allí, al ver la sangre de aquella mujer
evaporarse al contacto de las frías bolsas, cuando el hombre sintió miedo por
primera vez en la noche. Tuvo la impresión de despertar de un sueño breve. El
asesino debía hallarse cerca, quizá tan sólo a unos metros de él. Era
importante alejarse de aquel lugar y luego llamar a la policía.
Al
salir le sorprendió el fuerte sonido de las olas. El mar se hallaba a unos
quinientos metros de la tienda y, en los días que trabajaba de noche, era
posible escucharlo si se esmeraba un poco el oído. Pero en ese momento parecía
que las olas reventaban en la pared de fondo, justo detrás de ella. Al mirar a
su derecha descubrió un carro que -al menos así le parecía a él- no se
encontraba allí minutos antes. La puerta del vehículo estaba abierta y un
sujeto, con los pies apoyados en la calle, se inclinaba al interior del coche,
como si buscase algo sobre los asientos. El hombre supo de inmediato que se
trataba del asesino. Lo vio erguirse, elevar sus manos a su rostro en el acto
de encender un cigarrillo. Parecía medir más de dos metros, su cabello,
bastante maltratado, llegaba más abajo de los hombros. Había que huir, darse la
vuelta en silencio y correr tan rápido como sus piernas se lo permitieran. Pero
no lo hizo, siguió mirando la enorme espalda de aquel sujeto. La proximidad de
la muerte lo retenía. Vio el humo del cigarrillo subir más allá de la cabeza
del asesino, y luego a éste comenzar a girarse, muy despacio, como si lo
hiciera dentro de un sueño. El hombre pudo ver el perfil de aquel sujeto, y un
ojo blanco y muerto como una perla, sólo entonces fue capaz, gracias a un
terror profundo que nació en su pecho, de liberarse del encantamiento, darse
media vuelta y comenzar a correr. Sintió caer sobre su espalda la mirada del
asesino como un metal helado.
El
hombre quiso internarse en las calles del pueblo, pero el sonido de una bala
rozó su mejilla izquierda, y oyó una voz gritarle con sorna: “por allí no, sube
a la carretera y corre por ella”. Sabiendo que no tenía alternativa, lo hizo.
Vio delante de él, iluminado por la luna creciente, el camino que serpenteaba,
y pensó por un momento que corría sobre el lomo de una culebra gigante. Corrió
como nunca antes lo había hecho: por diez, quizá quince minutos, hasta que la
fatiga se impuso al miedo y le obligó a detenerse. Con las manos apoyadas en
las rodillas miró sus pies. Además del aire que entraba y salía ruidosamente de
su boca, no lograba escuchar otra cosa. Cuando se recuperó volvió a escuchar
las olas del mar que parecían acercarse a él desde un lugar invisible. En el
cielo, llamó su atención el tono rojo que había adquirido la luna, pálida
minutos antes. Se giró y descubrió que, en el lugar que ocupaba la gasolinera,
había ahora inmensas llamas que se estiraban hacia el cielo nocturno. El humo
que se desprendía de ellas era rojo. Le recordó el sueño que había tenido la
noche anterior (Sí, ahora recuerdo. Estaba sumergido en el mar y veía al otro
lado de la superficie la luz del sol, oblicua, distorsionada por el agua. Entonces
un humo rojo, sí, era humo, cambiaba de forma tan rápido como el humo; no se
trataba de una nube, subía del fondo a la superficie del mar. Brillaba con la
luz del sol).
A
la derecha de la carretera, conectada a ésta por un camino de pequeñas piedras,
descubrió una casa. Sobre la puerta de la entrada colgaba un foco pintado de
rojo. Imaginó que se trataba de un burdel; no notó la ausencia de música o de voces
humanas. Convencido de que en aquel lugar encontraría un teléfono o, al menos,
personas a quienes comunicar lo sucedido, se dirigió a él. Golpeó la puerta con
los nudillos de sus dedos índice y medio. Colocó su oído contra la puerta,
buscando algún sonido que le indicara que había sido escuchado. Nada. Volvió a
llamar, esta vez con más fuerza y agregando el nudillo de su anular. De tanto
en tanto echaba una rápida mirada a la carretera. Le parecía haber escuchado el
motor de un automóvil en la distancia. Dentro de la casa se oyeron pasos lentos
y pesados que se dirigían a la puerta. El hombre se apartó un poco. La puerta
se abrió.
Se
asomó la cabeza de una mujer que ya se acercaba a la senectud.
-Hombre,
aún es muy temprano, no han sonado aún las tres de la madrugada, pero pase
usted, adelante, adelante.
Lo
introdujo a una habitación casi en penumbras; la claridad rojiza de la luna
sólo iluminaba el espacio inmediato a la ventana. El hombre dio unos pasos y
chocó con algo que hizo un ruido metálico.
-Disculpe,
disculpe, hombre. Yo ya me había acostumbrado a la sombra y olvidé encender la
luz, disculpe.
El
hombre escuchó a la mujer casi vieja dar unos pasos, luego, un clic,
simultáneamente una luz se encendió en el centro de la habitación. Pudo ver un
cuarto no muy amplio. Distribuidas en él había tres mesas de metal, cada una
con enormes anuncios de cerveza en su centro y rodeada de cuatro sillas también
de metal. La mujer era muy bajita, menos de uno cincuenta sin duda. La luz
eléctrica lo tranquilizó un poco.
-Es
muy temprano todavía, hombre, muy temprano todavía. Bien podía haberme dejado
dormir una hora más. El menudo no estará listo antes de las cinco de la mañana.
Lo he preparado por años y sé que no estará antes de las cinco de la mañana.
Pero, ¿por qué hace usted esto? los clientes del bule de don Lupe nunca llegan
antes de las cuatro y media, nunca llegan antes.
El
hombre sintió que la tierra se movía, como si temblara. Tuvo que apoyarse en
una de las mesas para no caer.
-¿Se
encuentra usted bien? Tome asiento, puedo prepararle un café mientras está el
menudo.
-Señora,
no he venido por comida… necesito un teléfono… han matado a todos mis
compañeros de trabajo, tengo que llamar a la policía.
-¿De
qué habla usted? En este pueblito no tenemos siquiera la emoción del crimen, ni
siquiera esa emoción tenemos –dijo la mujer acercándose al hombre-. ¡Por dios!
–añadió al verlo de cerca- ¿Qué le ha
pasado a usted? Está empapado, ¿es que se ha metido a nadar al mar, con esa
ropa y a estas horas? ¿Quiere usted morir ahogado?
El
hombre miró sus ropas y se dio cuenta de que, en efecto, su ropa estaba
empapada. Un pequeño charco de agua se había formado bajo sus pies. No le
parecía posible que se tratara de sudor.
-Siéntese,
vamos, siéntese. Le traeré un vaso con agua.
-Señora,
en verdad necesito comunicarme con la policía, el asesino debe estar…
-Sí,
sí, en seguida la llamaremos –dijo la mujer obligándolo a sentarse-. Ahora
espere aquí mientras le traigo algo de beber.
La
mujer se dirigió a la habitación contigua, dejándolo solo. Desde la silla el
hombre escuchaba sus movimientos: sus pasos pesados y lentos, una puerta de
refrigerador que se abría, el sonido de algunos trastes, el golpe de la puerta
del refrigerador al cerrarse, otra vez los pasos pesados y lentos de la mujer.
Cuando
volvió llevaba un vaso en su mano derecha.
-Tome,
buen hombre, y tranquilícese. Vamos, beba.
El
hombre miró el interior del recipiente. Se dio cuenta de que estaba lleno de un
líquido color ámbar. La mujer, al ver el gesto de extrañeza en su rostro, le
dijo:
-No
se preocupe, es té de manzanilla helado, le hará bien. No se preocupe y beba,
es tan sólo té de manzanilla helado. Ya llamaremos a la policía cuando lleguen
mis primeros clientes.
-Señora,
es urgente, debemos llamarla ahora…
-Beba,
beba, ellos no tardan en llegar. Ahora beba.
El
primer trago le produjo una sensación muy cercana al placer, no se había dado
cuenta de la resequedad de su garganta. Bebió el resto del líquido con avidez.
Sintió la frialdad del té reposar en su estómago y la encontró agradable.
Inmediatamente después sintió que sus extremidades se aflojaban, como si en
lugar de té hubiese bebido algún tipo de licor. La mujer se movía de un lado a
otro; hablaba sin detenerse con una voz monótona y rítmica. Las palabras
“borrachos”, “resaca”, “golfas” “orégano”, formaban parte de un discurso que el
hombre escuchaba pero no lograba descifrar. Era como si contara números muy
despacio. La mujer le pareció un péndulo moviéndose de un lado a otro, o
cualquier otra cosa con un pulso lento y bien definido. Sus párpados se hicieron
pesados, comenzó a resultarle difícil mantener los ojos abiertos. La voz de la
mujer casi vieja era una extraña canción de cuna ¿No habrá depositado algún
somnífero en la bebida?
-Usted
se está durmiendo, deme la mano por favor, se está durmiendo.
El
hombre se levantó de la silla e hizo lo que la mujer le pedía. Era como si
estuviese hipnotizado. Quiso decir algo sobre la urgencia de llamar a la
policía, quizá lo hizo, pero la mujer no escuchó o fingió no haber escuchado.
Lo
condujo a la habitación contigua. Allí había un refrigerador y, junto a éste,
una cama individual con una cobija negra y una almohada. El lugar estaba casi
oscuro, sólo lo iluminaba la débil claridad que, a través de la puerta, llegaba
de la habitación de las mesas. La mujer lo dejó en el centro del cuarto y luego
se alejó con dirección a una puerta en el fondo del mismo.
-Recuéstese,
por favor. Ya le llamaré cuando la comida esté lista y hayan llegado los demás
clientes. Ponga su camisa sobre la cabecera, si se acuesta con toda esa ropa se
enfermará sin duda.
Salió.
El
hombre la observó por la ventana. En el corral de aquella pequeña casa perdida en
mitad de la carretera, la mujer casi vieja batía, con una gran cuchara, el
contenido de una olla casi de su tamaño. Lo que el hombre veía le llegaba
filtrado por delgadas capas de sueño que comenzaban a instalarse entre sus ojos
y el mundo. Le pareció que se trataba de una bruja preparando una fórmula
diabólica dentro de su caldero. Y, el pequeño árbol de limón que había tras
ella, le pareció una cabra de múltiples brazos y de más de un par de cuernos,
que observaba la labor de aquella mala pécora. Sintió miedo y pensó en salir de
la casa en silencio y sin decir una palabra. Pero en lugar de esto se
tendió lentamente sobre el lecho. De inmediato se quedó dormido.
Soñó
que se hundía despacio en el mar. Al tiempo que un humo color rojo subía a la
superficie, obstruyendo el sumergimiento de la luz del sol en el agua.
El
sonido del motor de un auto lo despertó, o al menos eso pensaba cuando abrió
los ojos en la penumbra de aquel cuarto. Permaneció en la cama, mirando la
oscuridad del techo. Aguzó el oído, esperando cualquier sonido que le diera una
pista de lo que sucedía; fue inútil, pasaron varios minutos y no escuchó nada.
Pensó en llamar a la vieja, pero algo que bien podría llamarse instinto de supervivencia
lo mantuvo callado.
Fueron
momentos extendidos por la angustia los que le tomó bajar de la cama sin hacer
un solo ruido. Gateó por el piso, arrastrándose llegó bajo la ventana que daba
al corral. Se levantó poco a poco, hasta que sus ojos estuvieron por encima de
la cornisa. Lo que vio heló su sangre: la mujer estaba sumergida en la olla que
minutos antes (imposible saber cuántos) agitaba. Sobresalían sus cortas
piernas, dobladas de una manera peculiar, como si estuviesen fracturadas. Cerca
de ella, al lado del pequeño árbol de limón. El asesino la miraba con su ojo de
perla. El hombre se dio la vuelta y comenzó a alejarse muy lentamente. Al
llegar al cuarto de las mesas se puso de
pie y corrió hacia la puerta de salida. Antes de abrirla se percató del fuerte
sonido de las olas, como si el mar reventara justo detrás de ella.
Fuera
no encontró más que el abismo. La carretera había desaparecido. Un poco por
delante de la pequeña casa el terreno se hundía bruscamente. Se acercó con
precaución al borde y descubrió que, muchos metros abajo, el mar reventaba con
furia; se encontraba sobre un acantilado. No tuvo mucho tiempo para pensar que
comenzaba a volverse loco. El fuerte sonido de unos pasos lo puso en alerta. Al
darse la vuelta descubrió al asesino a la entrada de la casa. Su ojo de luna,
de perla, le miraba sin verle, muy abierto. Su boca torcida sostenía un
cigarrillo, y sonreía.
-Desgraciado
–dijo el sujeto escupiendo el cigarrillo al piso-, me has tenido corriendo de
un lado a otro. No hay escapatoria, no hay salvación, yo sólo existo para
matarte. En este momento estoy cumpliendo mi destino.
Había
tanta convicción en su voz que el hombre ni siquiera intentó negociar un
posible indulto. Vio al asesino levantar su diestra, que sujetaba un gran revólver:
plata y empuñadura oscura, y se supo perdido. Ahora que iba a morir, se sentía
un poco defraudado de no ver pasar su vida ante él, como todos contaban. Sus
pies se apoyaban en el límite del acantilado. A sus espaldas el mar le llamaba
como una muerte más piadosa y más digna; al menos no le darás el gusto a ese
bastardo, parecía decirle. Encontró peculiar el hecho de sentir tanto miedo,
una vez que la idea de la muerte ya había sido aceptada. Cerró los ojos y se
dejó caer. Por unos segundos escuchó el viento helado subir muy aprisa. Luego,
el fuerte golpe del agua en la espalda le hizo expulsar todo el aire de sus
pulmones. Mientras se hundía sentía que grandes y filosas piedras rozaban su
cuerpo. Su boca se abrió en un reflejo por conseguir oxígeno. A la primera
bocanada, el hombre despertó.
Lleno
de sudor respiraba agitadamente. No supo de inmediato en qué lugar se
encontraba. Alargó instintivamente su mano derecha a la pared y encontró el
interruptor de la luz. Poco a poco fue reconociendo su cuarto en un
departamento anónimo de la gran ciudad. Qué extraño soñar con el mar cuando
tenía más de treinta años sin verlo. Pensó, por enésima vez, que este año era
una especie de obligación visitar la playa.
Sabía
que si se dormía de inmediato corría el riesgo de volver a la pesadilla. Se
levantó de la cama y salió del cuarto en busca de un vaso de agua. Mientras lo
bebía observaba las cosas a su alrededor, los objetos de su vida cotidiana. Hacía
mucho tiempo que su corazón no latía con tanta fuerza como dentro de aquel
sueño. Pensó –y el pensamiento le pareció poético- que no había una gran
diferencia entre el tipo de vida que llevaba y el estar muerto. Recordó el violento
rostro del asesino. Es posible que este sueño haya sido una señal, comenzó a
decirse, ¿qué es lo que he hecho con mi vida? He abandonado todas las cosas que
amé un día, he renunciado a cada una de ellas. Mañana mismo dejaré mi trabajo,
comenzaré a escribir esa novela que he pensado desde la adolescencia; haré
ejercicio y buscaré una mujer. Casi se reía de los simple que le parecía tomar
el control de su vida ¿Cómo había dejado pasar tanto tiempo? No sabría
explicárselo. Lleno de estos alegres pensamientos regresó a su cuarto y subió a
la cama. Al apagar la luz se le ocurrió que aún era un hombre joven, con un
amplio porvenir lleno de experiencias emocionantes y misteriosas.
Comenzaba
a dormirse cuando escuchó movimiento en la sala, justo fuera de su cuarto. El
sonido cesó. Ya no estaba seguro de haberlo escuchado realmente. Se levantó de
la cama sin encender la luz. Mientras caminaba a la puerta sintió que por su
pierna bajaba algo fresco y de textura agradable. Al mismo tiempo oyó algo
desconocido, como si una multitud de piedras diminutas cayeran al piso, una
enseguida de la otra, casi simultáneas. Se acercó a la ventana, bajo la
eléctrica y anaranjada luz que pasaba a través de ella, pudo ver la arena que,
en gran cantidad, salía de los orificios de su pantalón. Es que debo seguir
soñando, se dijo, y un segundo después escuchó unos fuertes pasos que ya no le
eran desconocidos. Abrió la puerta y permaneció allí, en el umbral; frente a
él, junto a la mesa del comedor, encontró al asesino.
-No
hay salvación, no hay escapatoria. Te dije que yo sólo existo para matarte,
ahora estoy cumpliendo mi destino.
El
hombre quiso entrar de nuevo a su habitación. Dio un paso atrás y su pie se
hundió en la arena, dio otro paso y la frialdad de las olas subió por sus tobillos.
Una gaviota cantó. Parecía amanecer. Escuchó dos fuertes detonaciones y sintió
que su corazón reventaba al ser atravesado por las balas.
Cayó
de espaldas en el mar. La sal se asentó en sus labios. Mientras se hundía, vio
la luz del sol, oblicua, distorsionarse por efecto del agua. La sangre que
salía de su pecho buscaba la superficie. Al ascender se diluía en el agua, de
la misma manera en que el humo se desvanece en la atmósfera. Era un humo rojo,
una pequeña nube roja que se interponía entre el sol y sus ojos. Quiso levantar
la mano para apartarla y ver la luz, pero su brazo permaneció inmóvil. Quiso
pronunciar un nombre, una oración, pero fue imposible con tanta agua llenándole
los pulmones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario