domingo, 12 de febrero de 2017

El humo rojo, el mar

El hombre tuvo suerte de estar en el baño en aquel momento. Al salir abrochó los botones de su uniforme de trabajo: una camisa roja con cuatro letras bordadas en el lado derecho. Antes de entrar a la tienda de autoservicios quiso saludar a los encargados de las bombas de gasolina, sus amigos, y pedirles un cigarrillo; quizá fumarlo allí mismo, con ellos. Entonces pudo verlo: el más joven de los trabajadores estaba tirado, inmóvil, cerca de la máquina despachadora. Un poco más lejos descubrió los cuerpos de sus dos compañeros –los del joven- y una manguera de gasolina que, no habiendo sido colocada en su lugar, dejaba escapar en el piso un turbio combustible que iba a juntarse con los charcos de sangre bajo los cuerpos de los trabajadores. Se acercó y vio al muchacho: su cara, apoyada en el piso, estaba de lado. El hombre podía ver uno de sus ojos que, muy abierto, miraba algún lugar indefinido.
Regresó sobre sus pasos y luego se dirigió a la tienda. No fue necesario abrir la puerta para saber que algo extraño había sucedido, parecía que nada se movía del otro lado. Entró. Doblado sobre el mostrador, como una erre minúscula, descansaba el cadáver del joven encargado de la segunda caja. Del orificio en su cabeza goteaba la sangre en cortos intervalos. ¿Dónde estaba la mujer de más de sesenta años que recién había sido contratada? Se alejó unos pasos del mostrador, miró entre el pasillo de productos enlatados y, al fondo, la encontró: dentro del congelador, con los brazos extendidos, la mujer descansaba encima de las bolsas de hielo. La cabeza le caía sobre el pecho que sangraba por múltiples heridas de bala. Fue allí, al ver la sangre de aquella mujer evaporarse al contacto de las frías bolsas, cuando el hombre sintió miedo por primera vez en la noche. Tuvo la impresión de despertar de un sueño breve. El asesino debía hallarse cerca, quizá tan sólo a unos metros de él. Era importante alejarse de aquel lugar y luego llamar a la policía.
Al salir le sorprendió el fuerte sonido de las olas. El mar se hallaba a unos quinientos metros de la tienda y, en los días que trabajaba de noche, era posible escucharlo si se esmeraba un poco el oído. Pero en ese momento parecía que las olas reventaban en la pared de fondo, justo detrás de ella. Al mirar a su derecha descubrió un carro que -al menos así le parecía a él- no se encontraba allí minutos antes. La puerta del vehículo estaba abierta y un sujeto, con los pies apoyados en la calle, se inclinaba al interior del coche, como si buscase algo sobre los asientos. El hombre supo de inmediato que se trataba del asesino. Lo vio erguirse, elevar sus manos a su rostro en el acto de encender un cigarrillo. Parecía medir más de dos metros, su cabello, bastante maltratado, llegaba más abajo de los hombros. Había que huir, darse la vuelta en silencio y correr tan rápido como sus piernas se lo permitieran. Pero no lo hizo, siguió mirando la enorme espalda de aquel sujeto. La proximidad de la muerte lo retenía. Vio el humo del cigarrillo subir más allá de la cabeza del asesino, y luego a éste comenzar a girarse, muy despacio, como si lo hiciera dentro de un sueño. El hombre pudo ver el perfil de aquel sujeto, y un ojo blanco y muerto como una perla, sólo entonces fue capaz, gracias a un terror profundo que nació en su pecho, de liberarse del encantamiento, darse media vuelta y comenzar a correr. Sintió caer sobre su espalda la mirada del asesino como un metal helado.
El hombre quiso internarse en las calles del pueblo, pero el sonido de una bala rozó su mejilla izquierda, y oyó una voz gritarle con sorna: “por allí no, sube a la carretera y corre por ella”. Sabiendo que no tenía alternativa, lo hizo. Vio delante de él, iluminado por la luna creciente, el camino que serpenteaba, y pensó por un momento que corría sobre el lomo de una culebra gigante. Corrió como nunca antes lo había hecho: por diez, quizá quince minutos, hasta que la fatiga se impuso al miedo y le obligó a detenerse. Con las manos apoyadas en las rodillas miró sus pies. Además del aire que entraba y salía ruidosamente de su boca, no lograba escuchar otra cosa. Cuando se recuperó volvió a escuchar las olas del mar que parecían acercarse a él desde un lugar invisible. En el cielo, llamó su atención el tono rojo que había adquirido la luna, pálida minutos antes. Se giró y descubrió que, en el lugar que ocupaba la gasolinera, había ahora inmensas llamas que se estiraban hacia el cielo nocturno. El humo que se desprendía de ellas era rojo. Le recordó el sueño que había tenido la noche anterior (Sí, ahora recuerdo. Estaba sumergido en el mar y veía al otro lado de la superficie la luz del sol, oblicua, distorsionada por el agua. Entonces un humo rojo, sí, era humo, cambiaba de forma tan rápido como el humo; no se trataba de una nube, subía del fondo a la superficie del mar. Brillaba con la luz del sol).
A la derecha de la carretera, conectada a ésta por un camino de pequeñas piedras, descubrió una casa. Sobre la puerta de la entrada colgaba un foco pintado de rojo. Imaginó que se trataba de un burdel; no notó la ausencia de música o de voces humanas. Convencido de que en aquel lugar encontraría un teléfono o, al menos, personas a quienes comunicar lo sucedido, se dirigió a él. Golpeó la puerta con los nudillos de sus dedos índice y medio. Colocó su oído contra la puerta, buscando algún sonido que le indicara que había sido escuchado. Nada. Volvió a llamar, esta vez con más fuerza y agregando el nudillo de su anular. De tanto en tanto echaba una rápida mirada a la carretera. Le parecía haber escuchado el motor de un automóvil en la distancia. Dentro de la casa se oyeron pasos lentos y pesados que se dirigían a la puerta. El hombre se apartó un poco. La puerta se abrió.
Se asomó la cabeza de una mujer que ya se acercaba a la senectud.
-Hombre, aún es muy temprano, no han sonado aún las tres de la madrugada, pero pase usted, adelante, adelante.
Lo introdujo a una habitación casi en penumbras; la claridad rojiza de la luna sólo iluminaba el espacio inmediato a la ventana. El hombre dio unos pasos y chocó con algo que hizo un ruido metálico.
-Disculpe, disculpe, hombre. Yo ya me había acostumbrado a la sombra y olvidé encender la luz, disculpe.
El hombre escuchó a la mujer casi vieja dar unos pasos, luego, un clic, simultáneamente una luz se encendió en el centro de la habitación. Pudo ver un cuarto no muy amplio. Distribuidas en él había tres mesas de metal, cada una con enormes anuncios de cerveza en su centro y rodeada de cuatro sillas también de metal. La mujer era muy bajita, menos de uno cincuenta sin duda. La luz eléctrica lo tranquilizó un poco.
-Es muy temprano todavía, hombre, muy temprano todavía. Bien podía haberme dejado dormir una hora más. El menudo no estará listo antes de las cinco de la mañana. Lo he preparado por años y sé que no estará antes de las cinco de la mañana. Pero, ¿por qué hace usted esto? los clientes del bule de don Lupe nunca llegan antes de las cuatro y media, nunca llegan antes.
El hombre sintió que la tierra se movía, como si temblara. Tuvo que apoyarse en una de las mesas para no caer.
-¿Se encuentra usted bien? Tome asiento, puedo prepararle un café mientras está el menudo.
-Señora, no he venido por comida… necesito un teléfono… han matado a todos mis compañeros de trabajo, tengo que llamar a la policía.
-¿De qué habla usted? En este pueblito no tenemos siquiera la emoción del crimen, ni siquiera esa emoción tenemos –dijo la mujer acercándose al hombre-. ¡Por dios! –añadió al verlo de cerca-  ¿Qué le ha pasado a usted? Está empapado, ¿es que se ha metido a nadar al mar, con esa ropa y a estas horas? ¿Quiere usted morir ahogado?
El hombre miró sus ropas y se dio cuenta de que, en efecto, su ropa estaba empapada. Un pequeño charco de agua se había formado bajo sus pies. No le parecía posible que se tratara de sudor.
-Siéntese, vamos, siéntese. Le traeré un vaso con agua.
-Señora, en verdad necesito comunicarme con la policía, el asesino debe estar…
-Sí, sí, en seguida la llamaremos –dijo la mujer obligándolo a sentarse-. Ahora espere aquí mientras le traigo algo de beber.
La mujer se dirigió a la habitación contigua, dejándolo solo. Desde la silla el hombre escuchaba sus movimientos: sus pasos pesados y lentos, una puerta de refrigerador que se abría, el sonido de algunos trastes, el golpe de la puerta del refrigerador al cerrarse, otra vez los pasos pesados y lentos de la mujer.
Cuando volvió llevaba un vaso en su mano derecha.
-Tome, buen hombre, y tranquilícese. Vamos, beba.
El hombre miró el interior del recipiente. Se dio cuenta de que estaba lleno de un líquido color ámbar. La mujer, al ver el gesto de extrañeza en su rostro, le dijo:
-No se preocupe, es té de manzanilla helado, le hará bien. No se preocupe y beba, es tan sólo té de manzanilla helado. Ya llamaremos a la policía cuando lleguen mis primeros clientes.
-Señora, es urgente, debemos llamarla ahora…
-Beba, beba, ellos no tardan en llegar. Ahora beba.
El primer trago le produjo una sensación muy cercana al placer, no se había dado cuenta de la resequedad de su garganta. Bebió el resto del líquido con avidez. Sintió la frialdad del té reposar en su estómago y la encontró agradable. Inmediatamente después sintió que sus extremidades se aflojaban, como si en lugar de té hubiese bebido algún tipo de licor. La mujer se movía de un lado a otro; hablaba sin detenerse con una voz monótona y rítmica. Las palabras “borrachos”, “resaca”, “golfas” “orégano”, formaban parte de un discurso que el hombre escuchaba pero no lograba descifrar. Era como si contara números muy despacio. La mujer le pareció un péndulo moviéndose de un lado a otro, o cualquier otra cosa con un pulso lento y bien definido. Sus párpados se hicieron pesados, comenzó a resultarle difícil mantener los ojos abiertos. La voz de la mujer casi vieja era una extraña canción de cuna ¿No habrá depositado algún somnífero en la bebida?
-Usted se está durmiendo, deme la mano por favor, se está durmiendo.
El hombre se levantó de la silla e hizo lo que la mujer le pedía. Era como si estuviese hipnotizado. Quiso decir algo sobre la urgencia de llamar a la policía, quizá lo hizo, pero la mujer no escuchó o fingió no haber escuchado.
Lo condujo a la habitación contigua. Allí había un refrigerador y, junto a éste, una cama individual con una cobija negra y una almohada. El lugar estaba casi oscuro, sólo lo iluminaba la débil claridad que, a través de la puerta, llegaba de la habitación de las mesas. La mujer lo dejó en el centro del cuarto y luego se alejó con dirección a una puerta en el fondo del mismo.
-Recuéstese, por favor. Ya le llamaré cuando la comida esté lista y hayan llegado los demás clientes. Ponga su camisa sobre la cabecera, si se acuesta con toda esa ropa se enfermará sin duda.
Salió.
El hombre la observó por la ventana. En el corral de aquella pequeña casa perdida en mitad de la carretera, la mujer casi vieja batía, con una gran cuchara, el contenido de una olla casi de su tamaño. Lo que el hombre veía le llegaba filtrado por delgadas capas de sueño que comenzaban a instalarse entre sus ojos y el mundo. Le pareció que se trataba de una bruja preparando una fórmula diabólica dentro de su caldero. Y, el pequeño árbol de limón que había tras ella, le pareció una cabra de múltiples brazos y de más de un par de cuernos, que observaba la labor de aquella mala pécora. Sintió miedo y pensó en salir de la casa en silencio y sin decir una palabra. Pero en lugar de esto se tendió lentamente sobre el lecho. De inmediato se quedó dormido.
Soñó que se hundía despacio en el mar. Al tiempo que un humo color rojo subía a la superficie, obstruyendo el sumergimiento de la luz del sol en el agua.
El sonido del motor de un auto lo despertó, o al menos eso pensaba cuando abrió los ojos en la penumbra de aquel cuarto. Permaneció en la cama, mirando la oscuridad del techo. Aguzó el oído, esperando cualquier sonido que le diera una pista de lo que sucedía; fue inútil, pasaron varios minutos y no escuchó nada. Pensó en llamar a la vieja, pero algo que bien podría llamarse instinto de supervivencia lo mantuvo callado.
Fueron momentos extendidos por la angustia los que le tomó bajar de la cama sin hacer un solo ruido. Gateó por el piso, arrastrándose llegó bajo la ventana que daba al corral. Se levantó poco a poco, hasta que sus ojos estuvieron por encima de la cornisa. Lo que vio heló su sangre: la mujer estaba sumergida en la olla que minutos antes (imposible saber cuántos) agitaba. Sobresalían sus cortas piernas, dobladas de una manera peculiar, como si estuviesen fracturadas. Cerca de ella, al lado del pequeño árbol de limón. El asesino la miraba con su ojo de perla. El hombre se dio la vuelta y comenzó a alejarse muy lentamente. Al llegar al  cuarto de las mesas se puso de pie y corrió hacia la puerta de salida. Antes de abrirla se percató del fuerte sonido de las olas, como si el mar reventara justo detrás de ella.
Fuera no encontró más que el abismo. La carretera había desaparecido. Un poco por delante de la pequeña casa el terreno se hundía bruscamente. Se acercó con precaución al borde y descubrió que, muchos metros abajo, el mar reventaba con furia; se encontraba sobre un acantilado. No tuvo mucho tiempo para pensar que comenzaba a volverse loco. El fuerte sonido de unos pasos lo puso en alerta. Al darse la vuelta descubrió al asesino a la entrada de la casa. Su ojo de luna, de perla, le miraba sin verle, muy abierto. Su boca torcida sostenía un cigarrillo, y sonreía.
-Desgraciado –dijo el sujeto escupiendo el cigarrillo al piso-, me has tenido corriendo de un lado a otro. No hay escapatoria, no hay salvación, yo sólo existo para matarte. En este momento estoy cumpliendo mi destino.
Había tanta convicción en su voz que el hombre ni siquiera intentó negociar un posible indulto. Vio al asesino levantar su diestra, que sujetaba un gran revólver: plata y empuñadura oscura, y se supo perdido. Ahora que iba a morir, se sentía un poco defraudado de no ver pasar su vida ante él, como todos contaban. Sus pies se apoyaban en el límite del acantilado. A sus espaldas el mar le llamaba como una muerte más piadosa y más digna; al menos no le darás el gusto a ese bastardo, parecía decirle. Encontró peculiar el hecho de sentir tanto miedo, una vez que la idea de la muerte ya había sido aceptada. Cerró los ojos y se dejó caer. Por unos segundos escuchó el viento helado subir muy aprisa. Luego, el fuerte golpe del agua en la espalda le hizo expulsar todo el aire de sus pulmones. Mientras se hundía sentía que grandes y filosas piedras rozaban su cuerpo. Su boca se abrió en un reflejo por conseguir oxígeno. A la primera bocanada, el hombre despertó.
Lleno de sudor respiraba agitadamente. No supo de inmediato en qué lugar se encontraba. Alargó instintivamente su mano derecha a la pared y encontró el interruptor de la luz. Poco a poco fue reconociendo su cuarto en un departamento anónimo de la gran ciudad. Qué extraño soñar con el mar cuando tenía más de treinta años sin verlo. Pensó, por enésima vez, que este año era una especie de obligación visitar la playa.
Sabía que si se dormía de inmediato corría el riesgo de volver a la pesadilla. Se levantó de la cama y salió del cuarto en busca de un vaso de agua. Mientras lo bebía observaba las cosas a su alrededor, los objetos de su vida cotidiana. Hacía mucho tiempo que su corazón no latía con tanta fuerza como dentro de aquel sueño. Pensó –y el pensamiento le pareció poético- que no había una gran diferencia entre el tipo de vida que llevaba y el estar muerto. Recordó el violento rostro del asesino. Es posible que este sueño haya sido una señal, comenzó a decirse, ¿qué es lo que he hecho con mi vida? He abandonado todas las cosas que amé un día, he renunciado a cada una de ellas. Mañana mismo dejaré mi trabajo, comenzaré a escribir esa novela que he pensado desde la adolescencia; haré ejercicio y buscaré una mujer. Casi se reía de los simple que le parecía tomar el control de su vida ¿Cómo había dejado pasar tanto tiempo? No sabría explicárselo. Lleno de estos alegres pensamientos regresó a su cuarto y subió a la cama. Al apagar la luz se le ocurrió que aún era un hombre joven, con un amplio porvenir lleno de experiencias emocionantes y misteriosas.
Comenzaba a dormirse cuando escuchó movimiento en la sala, justo fuera de su cuarto. El sonido cesó. Ya no estaba seguro de haberlo escuchado realmente. Se levantó de la cama sin encender la luz. Mientras caminaba a la puerta sintió que por su pierna bajaba algo fresco y de textura agradable. Al mismo tiempo oyó algo desconocido, como si una multitud de piedras diminutas cayeran al piso, una enseguida de la otra, casi simultáneas. Se acercó a la ventana, bajo la eléctrica y anaranjada luz que pasaba a través de ella, pudo ver la arena que, en gran cantidad, salía de los orificios de su pantalón. Es que debo seguir soñando, se dijo, y un segundo después escuchó unos fuertes pasos que ya no le eran desconocidos. Abrió la puerta y permaneció allí, en el umbral; frente a él, junto a la mesa del comedor, encontró al asesino.
-No hay salvación, no hay escapatoria. Te dije que yo sólo existo para matarte, ahora estoy cumpliendo mi destino.
El hombre quiso entrar de nuevo a su habitación. Dio un paso atrás y su pie se hundió en la arena, dio otro paso y la frialdad de las olas subió por sus tobillos. Una gaviota cantó. Parecía amanecer. Escuchó dos fuertes detonaciones y sintió que su corazón reventaba al ser atravesado por las balas.  
Cayó de espaldas en el mar. La sal se asentó en sus labios. Mientras se hundía, vio la luz del sol, oblicua, distorsionarse por efecto del agua. La sangre que salía de su pecho buscaba la superficie. Al ascender se diluía en el agua, de la misma manera en que el humo se desvanece en la atmósfera. Era un humo rojo, una pequeña nube roja que se interponía entre el sol y sus ojos. Quiso levantar la mano para apartarla y ver la luz, pero su brazo permaneció inmóvil. Quiso pronunciar un nombre, una oración, pero fue imposible con tanta agua llenándole los pulmones.

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