Guardó un ángel.
Lo vio herido fuera de su ventana y lo guardó. Y ahora su vida es continua
desazón. Ya no quiere sino mirar al ángel que se recupera tendido sobre su
cama. El ángel a veces es rubio y a veces parecido al cobre. Tiene cuerpo de
mujer. No quiere más que estar arrodillado en el piso y ver el plácido rostro
de aquella criatura. El mundo lo reclama, sin embargo. El trabajo, la comida,
las mil y una minuciosidades de la vida práctica. Cada metro que se aleja de
aquel ser alado, cada segundo que no lo ve con sus ojos vivos, es parecido a un
estrangulamiento o a una feroz navaja. Qué no daría por no necesitar el
alimento. Afrontaría sin pena o remordimiento la más honda pobreza. La falta de
luz eléctrica, la falta de agua en las llaves, la inutilidad de los
electrodomésticos, la ausencia de nuevas mujeres en su vida. Todo por observar
sin pausa, estático, aquel rostro parecido a las estrellas de un pueblo
montañoso. Pero maldita sea el hambre; el hambre más poderosa que los ojos de
la mujer amada, más poderosa que el deseo sexual, el hambre que condena a las
masas y al individuo a una servidumbre vergonzosa. Maldito sea el alimento nacido
de la muerte o de la tierra, se repite a cada paso. Malditos todos los
cadáveres que nos mantienen con vida. Y entonces imagina a las mujeres de finos
labios rosados abriéndose y cerrándose, sus muelas triturando la carne muerta
de los cerdos, la saliva uniéndose a la grasa animal, la cebolla y el apio
entre los dientes y las encías. No hay nada poético en alimentarse: animales
humanos lamiendo apasionadamente sus cadenas.
Fuera
de su habitación todo es despreciable. La presencia del ángel ha acentuado los
defectos de la humanidad. Oye, sin entender, hablar a las personas. Debe
evadirse del mundo, abstraerse, evitar la realidad. Sus ojos abiertos miran
dentro: el cielo se abre como una ventana. Su ángel vuela al otro lado, en lo
inmaterial. Donde las ideas, puras, bullen dentro de un vacío que se desborda.
Recobra la consciencia de un niño de dos años: la piedra más común está repleta
de alegres misterios. Le sorprende cada nuevo movimiento de sus manos. Ser
capaz de saltar, de correr en los lugares altos, de girar. Se ve saltando de
riel en riel en una vía abandonada, junto a una estación también abandonada.
Tropieza, quisiera llorar pero la risa es más fuerte. Entonces su ángel
desciende y, maternal, le explica el mundo: éste
es un árbol joven, le llaman acacia; aquello es una mariposa, y su color es el
negro, pero son dos cosas diferentes y debes comprenderlo. Ya el sol se
resguarda en las montañas, aguza tu oído que ya se acerca el canto de los
insectos; su canto de antenas y fricción de patas, su canto de tenazas y de
frágiles alas. Aquellos puntos verdes que se mueven caóticos son luciérnagas.
Escaparon de mi patria y llegaron a la tuya. Qué feliz en su sueño, sumergido
como un buzo en la voz del ángel que ha llegado a su vida. Pero entonces otra
voz, prosaica y cotidiana, hija de la humana rutina, le llama y le pregunta si
las gráficas están listas, si ha ordenado los paquetes solicitados, si ha
revisado los correos y los ha respondido. Entonces sus ojos miran nuevamente
hacia fuera, lo aparente; y sus oídos prestan, sin querer, atención a las
desoladoras palabras.
Vuelve
a su casa, apresurado, febril, como un hombre que, bajo el agua, nadara
desesperado hacia la superficie en busca del oxígeno. Sube los peldaños de tres
en tres, abre la puerta de su habitación… y allí está su ángel, pálida como la
cera; nimbada de luz y muerte. Se arrodilla a su lado y llorando le dice que no
se irá nunca, que ya no quiere hacerlo. Dejará que su piel toque el hueso,
morirá. Pero estará allí, despierto noche y día, sobre un tiempo detenido que
no es noche ni día. Besará, ángel, tu frente, vigilará tus cobijas y a las arañas de los rincones, no se acercarán
a ti el frío ni los venenos mientras viva. Estaré aquí, piensa, hasta que tus
ojos se abran y pueda conocerlos; hasta que con tu voz pronuncies mi verdadero
nombre. No cerraré los ojos, no miraré nada que no seas tú. Extiende tus alas,
desprende esta habitación del mundo, abre las ventanas del cielo. Muéstrame los
planetas y los satélites; muéstrame el
naufragio de los astronautas. Llévame hasta lo que no existe. Despréndeme de mi
memoria y de esta carne que tanto duele.
Y
así, llorando, habitado por la fiebre; se queda dormido cuando el ángel abre
los ojos y lo mira.
No hay comentarios:
Publicar un comentario