domingo, 12 de febrero de 2017

Ángel

Guardó un ángel. Lo vio herido fuera de su ventana y lo guardó. Y ahora su vida es continua desazón. Ya no quiere sino mirar al ángel que se recupera tendido sobre su cama. El ángel a veces es rubio y a veces parecido al cobre. Tiene cuerpo de mujer. No quiere más que estar arrodillado en el piso y ver el plácido rostro de aquella criatura. El mundo lo reclama, sin embargo. El trabajo, la comida, las mil y una minuciosidades de la vida práctica. Cada metro que se aleja de aquel ser alado, cada segundo que no lo ve con sus ojos vivos, es parecido a un estrangulamiento o a una feroz navaja. Qué no daría por no necesitar el alimento. Afrontaría sin pena o remordimiento la más honda pobreza. La falta de luz eléctrica, la falta de agua en las llaves, la inutilidad de los electrodomésticos, la ausencia de nuevas mujeres en su vida. Todo por observar sin pausa, estático, aquel rostro parecido a las estrellas de un pueblo montañoso. Pero maldita sea el hambre; el hambre más poderosa que los ojos de la mujer amada, más poderosa que el deseo sexual, el hambre que condena a las masas y al individuo a una servidumbre vergonzosa. Maldito sea el alimento nacido de la muerte o de la tierra, se repite a cada paso. Malditos todos los cadáveres que nos mantienen con vida. Y entonces imagina a las mujeres de finos labios rosados abriéndose y cerrándose, sus muelas triturando la carne muerta de los cerdos, la saliva uniéndose a la grasa animal, la cebolla y el apio entre los dientes y las encías. No hay nada poético en alimentarse: animales humanos lamiendo apasionadamente sus cadenas.
Fuera de su habitación todo es despreciable. La presencia del ángel ha acentuado los defectos de la humanidad. Oye, sin entender, hablar a las personas. Debe evadirse del mundo, abstraerse, evitar la realidad. Sus ojos abiertos miran dentro: el cielo se abre como una ventana. Su ángel vuela al otro lado, en lo inmaterial. Donde las ideas, puras, bullen dentro de un vacío que se desborda. Recobra la consciencia de un niño de dos años: la piedra más común está repleta de alegres misterios. Le sorprende cada nuevo movimiento de sus manos. Ser capaz de saltar, de correr en los lugares altos, de girar. Se ve saltando de riel en riel en una vía abandonada, junto a una estación también abandonada. Tropieza, quisiera llorar pero la risa es más fuerte. Entonces su ángel desciende y, maternal, le explica el mundo: éste es un árbol joven, le llaman acacia; aquello es una mariposa, y su color es el negro, pero son dos cosas diferentes y debes comprenderlo. Ya el sol se resguarda en las montañas, aguza tu oído que ya se acerca el canto de los insectos; su canto de antenas y fricción de patas, su canto de tenazas y de frágiles alas. Aquellos puntos verdes que se mueven caóticos son luciérnagas. Escaparon de mi patria y llegaron a la tuya. Qué feliz en su sueño, sumergido como un buzo en la voz del ángel que ha llegado a su vida. Pero entonces otra voz, prosaica y cotidiana, hija de la humana rutina, le llama y le pregunta si las gráficas están listas, si ha ordenado los paquetes solicitados, si ha revisado los correos y los ha respondido. Entonces sus ojos miran nuevamente hacia fuera, lo aparente; y sus oídos prestan, sin querer, atención a las desoladoras palabras.
Vuelve a su casa, apresurado, febril, como un hombre que, bajo el agua, nadara desesperado hacia la superficie en busca del oxígeno. Sube los peldaños de tres en tres, abre la puerta de su habitación… y allí está su ángel, pálida como la cera; nimbada de luz y muerte. Se arrodilla a su lado y llorando le dice que no se irá nunca, que ya no quiere hacerlo. Dejará que su piel toque el hueso, morirá. Pero estará allí, despierto noche y día, sobre un tiempo detenido que no es noche ni día. Besará, ángel, tu frente, vigilará tus cobijas y  a las arañas de los rincones, no se acercarán a ti el frío ni los venenos mientras viva. Estaré aquí, piensa, hasta que tus ojos se abran y pueda conocerlos; hasta que con tu voz pronuncies mi verdadero nombre. No cerraré los ojos, no miraré nada que no seas tú. Extiende tus alas, desprende esta habitación del mundo, abre las ventanas del cielo. Muéstrame los planetas y los satélites; muéstrame  el naufragio de los astronautas. Llévame hasta lo que no existe. Despréndeme de mi memoria y de esta carne que tanto duele.
Y así, llorando, habitado por la fiebre; se queda dormido cuando el ángel abre los ojos y lo mira.

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