domingo, 11 de diciembre de 2016

Siniestro Total


Yo ya lo había sospechado desde hacía algún tiempo, quizá más de un mes. Alejandra me visitaba dos y a veces tres días por semana. Teníamos sexo en el piso de la sala o en alguna de las habitaciones. Algunas veces la colocaba sobre la mesa del comedor y su entrepierna quedaba a la misma altura que mi verga. Entonces, y como la ternura nunca se me ha dado, yo la embestía con furia en repetidas ocasiones. Me gustaba ver sus senos moverse de arriba abajo en cada embiste. Sus senos grandes, morenos y redondos, moviéndose como dos bolsas de carne y nervios y grasa y nada más se moverían ante la gravedad y la inercia. Tanto me gustaban sus senos que, cuando sentía que el final era inminente, sacaba mi miembro del sexo de Alejandra y terminaba sobre sus pechos, dejándolos brillantes y viscosos, como si se les hubiese reventado una pequeña bolsa de jabón apenas por encima de ellos. Mientras ella se lavaba, yo destapaba un par de cervezas y forjaba un cigarro de marihuana en la barra de la cocina. Pasábamos horas de la tarde desnudos sobre la alfombra de la sala, escuchando el álbum de alguna banda de los ochenta. Fumando y cayendo en extraños sueños.
No importaba si la penetraba en alguna de las habitaciones, ella montada sobre mí en la cama, o si lo hacíamos en la alfombra de la sala, como perros; yo invariablemente estrujaba sus senos –y ahora, en la distancia temporal, siento algo así como tristeza, y casi salivo al pensar en ellos-, estirándome lo que fuera necesario para alcanzarlos. De tanto hacerlo poseía ya una especie de memoria táctil: podía distinguir con mis manos pequeños relieves en la piel que rodeaba sus pezones; y, debajo de ésta, de la piel, conocía ya las formas de su tejido graso; de sus frágiles y finos ligamentos. Debajo de todo se insinuaba el músculo y, en todo, la calidez de la sangre. No obstante, hacía un par de semanas en que me parecía sentir algo desconocido en aquel lugar tan conocido por mí: su seno izquierdo. No estando seguro de nada, me quedaba pensativo y guardaba silencio. Pero una noche en que lo apreté con tanta fuerza que Alejandra hubo de gritar de dolor, pude sentirlo claramente: algo como una esfera deforme debajo de aquella piel amada. Mientras Alejandra tomaba un baño, yo permanecí tendido sobre la cama; desnudo, olvidándome de las cervezas y la yerba; preocupado. Cuando ella entró de nuevo al cuarto, me miró un par de segundos, quizá extrañada de hallarme en la misma posición.
-Hay algo formándose bajo tu carne –le dije como si lo estuviera diciendo un par de minutos antes.
-¿Qué?
-Que hay algo creciendo bajo tu seno izquierdo, ¿no te has dado cuenta?
Ella tardó unos segundos en comprender, luego fue subiendo su mano derecha hasta alcanzar su seno. Estuvo palpándolo por unos segundos. Cuando me parecía notar alguna señal de inquietud en su rostro, sonrió súbitamente:
-¿Esto? –me preguntó tocando su seno por la parte baja- No es nada, amor. Un golpe quizá, es posible que tú mismo me lo hayas hecho al apretar tan fuerte, maldito. Vamos, trae una cerveza.
Me levanté de la cama sin decir nada y fui por lo que me pedía. Pero más tarde, aquella misma noche, no fui capaz de tocarla de la misma manera. Me parecía que algo malo sucedía en su cuerpo.
Apenas desperté al día siguiente, me sentí intranquilo. Estuve fumando mota y bebiendo café por buena parte de la mañana y casi toda la tarde, sin responder a los mensajes que Alejandra me enviaba (tanta era mi preocupación).
Por la noche y, como era sábado, salí del departamento y me dirigí a la casa de Evaristo, donde cada semana nos reuníamos un grupo de amigos. Bebíamos ron barato y, según nuestro capital, comprábamos entre ochocientos y mil doscientos pesos de cocaína. Debido a mi estado mental de aquel día llegué a con Evaristo un poco más temprano de lo habitual. Además del anfitrión se hallaban en la casa Isaí y su novia, a la que yo no conocía, una chica de unos veinte años llamada Priscila. No había nadie más. Sobre una pequeña mesa, en el centro de los sillones que ocupábamos, descansaban un par de botellas de Ron Castillo rodeadas de vasos desechables. En el piso, muy cerca de la mesa, había una cubeta verde con una bolsa de hielos en su interior.
Isaí no es jalisciense. Por su apariencia uno podría creer que lo es, pero luego uno escucha su estúpido acento y sabe que viene de algún estado del norte; es un buen tipo, sin embargo. Es el único de nosotros que trabaja y no le va nada mal en lo que se trata de dinero. Es él quien aporta la mayor parte de la cocaína. Y esto debe serle agradecido infinitamente. Qué buen polvo nos ha conseguido; lo inhalas y un segundo después estás sonriendo. El punto es que después de algunos rones ya no podía dejar de ver a su novia: usaba una falda corta y vaya que sus piernas eran lindas; lo digo en serio. Pensaba, como sin darme cuenta, como sin querer, en el lugar en que se unían. Su rostro también era bello, qué bello era, lo digo en serio; un rostro puro, tierno, no como el de muchas mujeres de hoy en día que parece el rostro de una prostituta que guarda todavía un poco de fe en el mundo. Pero lo que más me gustaba ver era la piel que el escote de su blusa dejaba descubierta.  Una piel muy blanca, pero de ese blanco que tienen algunas mujeres mexicanas, un blanco alegre, vivo, no como el de esas putas europeas que más bien parece un cadáver o un vaso de leche.
Miraba a Priscila con descaro pero sin darme cuenta. En algún momento tuve esa extraña sensación que nos produce la mirada de otra persona. Moví los ojos de los hermosos senos de Priscila para encontrarme con unos ojos casi negros que me miraban con coraje, eran los ojos de Isaí. Atrévete a decirme algo, hijo de puta, y verás si no te abro la frente con el culo de esta botella, pensé en ese momento. Por fortuna permaneció en silencio, desvió la mirada y siguió platicando como si nada hubiese pasado. Fue algo inteligente de su parte. Isaí es fuerte, pero no me asusta. Una vez vi una película en la que un hombre uniformado desbarataba el rostro de un viejo con una botella rota. Me pareció desde entonces una manera particularmente bella de matar; no sé si bella sea la palabra correcta.
Diez o veinte minutos después, cuando ya era cerca de la medianoche, Isaí se puso de pie y Priscila le imitó en seguida.
-Jóvenes – nos dijo con su estúpido acento-, debo llevar a mi novia a casa. Creo que no agrado lo suficiente a mis suegros como para desobedecer sus horarios.
-Mis papas te quieren, pero no vuelvas a llegar oliendo a alcohol – dijo Priscila riendo de una manera encantadora. Vaya que su risa era bella.
Cuando se despidieron pude besarla en la mejilla, qué tersa era, qué suave, como cálida porcelana. Mientras salían por la puerta vi el movimiento de sus caderas, su culo moviéndose de un lado a otro; qué bella imagen.
Evaristo y yo seguimos bebiendo ron sin apenas hablar. Sonaba una banda de música electrónica siniestra. Sobre un fondo extrañísimo una voz cantaba: Death is centrifugal, solar and logical. Decadent, symmetrical, angles are mathematical. Angels are bestial, man is the animal. Prendimos un cigarro de marihuana. La canción me hizo recordar una película en la que aparecía un hombre viejo explicando a uno más joven el concepto del súper chimpancé. Según el anciano, hay una mayor distancia entre el hombre promedio y un Nietzsche, un Einstein, un Mozart; a la que existe entre este mismo hombre y un chimpancé. Mierda, si en lugar de hombre fuese un mono, pensé, sería increíble. Gobernaría en la manada y tendría a todas las monas inclinando sus culos hacia mí, de la misma manera en que las mujeres inclinan sus culos ante ciertos hombres que poseen alguna especie de súper poder que no logro comprender. Pero en lugar de ser un mono brillante soy un hombre un poco menos estúpido que el resto. Me sentí molesto de repente.
Me puse de pie muy despacio, tanta marihuana potencializaba los efectos del ron en mi cerebro. Entré al baño de Evaristo. A la débil luz de una veladora –muchos de los focos de la casa eran sacrificados para fumar cristal- vi el dorado chorro de mi orina golpear la mierda que quién sabe cuántos días tendría en el escusado, el olor era nauseabundo. La casa de Evaristo no tiene suministro de agua. Hay en el patio una pequeña llave que funciona, pero mi amigo es muy perezoso para llenar una cubeta y traerla al baño; yonqui hijo de puta. Un viento frío proveniente con toda seguridad del infierno entraba al baño y movía la flama de la veladora. Por un momento me pareció que los juegos de sombras eran una multitud de arañas moviéndose como locas en los ángulos de las paredes.
-Carajo, Evaristo, quita ya esa música de mierda –dije apenas hube salido del baño.
Mi amigo se encontraba con dos tipos que sin duda habían llegado durante mi ausencia, parecían cholos. Con un clavo delgado hacían pequeños orificios a una lata de coca cola. Luego colocaron un polvo de un color ámbar pálido: mi amigo sacó su encendedor y luego dio una bocanada profunda, el humo que salió de sus pulmones no era blanco, se parecía más bien al humo que sale de los ingenios azucareros.
-¿Gustas? –me preguntó acercándome la lata.
-Esa cosa me sabe a mierda –le respondí rechazando su oferta.
Evaristo soltó una carcajada. Mientras lo hacía, me pareció que su cara se deformaba, como si en lugar de un hombre fuera un demonio o, en el mejor de los casos, un hombre poseído por un demonio. Luego se dejó caer en su sillón.
-Pon lo que gustes –me dijo señalando la caja de los discos-, ahorita estoy muy bazuco.
La colección de discos de Evaristo es bellísima, además de tener a Kraftwerk, Los Ramones, el Substance de Joy Division, tiene las mejores obras que dio la llamada “movida española” de los ochenta. Yonqui de mierda, parece que sus padres lo consentían mucho.
-¿Les gusta Siniestro Total? –pregunté.
Sólo mi amigo me respondió moviendo la cabeza. Los dos cholos miraban fijamente la bombilla en el centro del techo, parecían retratos en 3D. Habían ocupado todo el sofá, así que me senté en una silla de plástico frente a ellos. Tomé la chora del cenicero y la encendí. Mientras expulsaba de mis pulmones el humo sagrado, la bocina del estéreo expulsaba una voz horrible –una voz maravillosa- que cantaba: Me ponen la soga al cuello, pero me da igual, porque todos los ahorcados mueren empalmados. Me imaginé en el caos de la revolución, asesinando en los caminos reales a pobres y ricos por igual, violando a las hijas de las familias pudientes y a las hijas de las familias pobres frente a sus padres; y luego matándolas con una gran piedra encima de sus cabezas. Luego llegaba el ejército de Villa y me tomaba prisionero. Me subían al cerro por un camino de tierra bordeado de peyote, toloache, malamujer y demás plantas inhibidoras o estimulantes de la voluntad, llegábamos a la sombra de un gran árbol que juro que vi en aquel momento pero no tengo una jodida idea de su nombre. Entonces llegaba Pancho Villa y él mismo se encargaba de ponerme la soga al cuello: “alguna última palabra”, me preguntaba, y yo le respondía, riendo a gritos descontrolados, sí, que te quites ese bigote de mierda de la cara. Una, dos bofetadas que me reventaban el labio superior, luego cortaban la cuerda y el propio peso de mi cuerpo me estrangulaba. Salía mi lengua y mi rostro se iba poniendo morado y mis ojos rojos por las arterias que se reventaban. Mientras todos esos mugrosos revolucionarios se reían de mi expresión de muerto, mi pantalón comenzaba a levantarse por una erección más fuerte que la que cualquiera de esos muertos de hambre llegaría a tener jamás. Una erección tan fuerte que incluso, del alguna manera extraña, duplicaba el tamaño de mi verga erecta, lo que ya es mucho decir, y todos esos hombres de huaraches la miraban y les parecía que un muerto se burlaba de ellos. Y la erección no desaparecía, cortaban mi verga y la erección no desaparecía; era maravillosa, divina, un homenaje al dios Príapo.
Esta ocurrencia hizo que me retorciera de risa sobre la silla.
-¿Qué es tan gracioso? – me preguntó de súbito el cholo que parecía tener más
edad.
-Esa canción, esa canción –le respondí sin poder aún contener la risa.
Entonces caí en cuenta de que no los había saludado.
-Caballeros, disculpen mi falta de cortesía, serían tan amables de decirme cuáles son sus nombres.
-Me llamo Jesús, como el hijo de dios –me respondió el más viejo de ellos-. También he estado en el desierto treinta días y he rechazado los ofrecimientos del diablo.
Puto loco, pensé. Pero soy un tipo prudente así que sonreí y le dije:
-Encantador nombre, pero qué estupidez es esa de rechazar lo que el diablo te ofrece. Mira, si estás en un lugar donde te ofrecen comida, tómala; si una mujer te ofrece el culo, cogétela; si alguien te ofrece droga, acéptala. Porque cuando nada haya nada tendrás, lo quieras o no, no lo tendrás. Así que no rechaces lo que se te da, incluso si proviene del mismísimo diablo.
Algo quiso responderme pero no sé lo permití.
-Y tú –pregunté dirigiéndome al más joven-, ¿cómo te llamas?
-Juan, como el apóstol de nuestro dios. También he escuchado los dos primeros cantos del gallo en la madrugada y lo he negado más de tres veces.
-Disculpa, pero que el que negó a Cristo no fue…
-Quita esa música de mierda y pon alguna cumbia- me interrumpió el más viejo.
No me habría molestado tanto si sólo hubiera llamado música de mierda a Siniestro Total, pero que me pidiera cambiarlos por cumbia era otra cosa. ¡Por cumbia! hijo de puta. Odio ese género de mierda que bailan los putos colombianos oliendo frascos de resistol. Ese género de mierda de ritmo simple y de letras aún más simples. De jipsters adinerados que quieren parecer de pueblo y de universitarios pobres de vidas de mierda que quieren decir: “¡uh! qué alegre es la vida”. Puñado de imbéciles. A eso van a la universidad: a actuar como imbéciles.
Me puse de pie y caminé los tres pasos que me separaban del cholo anciano. Él siguió sentado  y me miraba sonriendo de forma irónica al tiempo que metía su mano derecha en el bolso de su chamarra. Quién sabe qué habría pasado si las cosas hubieran seguido la misma trayectoria, quizá yo habría muerto, no es prudente actuar de esa forma con un cholo mayor de cuarenta. Sin embargo, en ese momento, la puerta de la calle se abrió e ingresaron cuatro sujetos, lo que desvió por completo nuestra atención.
Se trataba de Isaí que volvía de la casa de sus suegros. Con él venían Ñengo, un excelente amigo que conocí gracias a Evaristo; y César, un tipo también del norte pero mucho más agradable que Isaí. Junto a ellos venía Gabo, el taxista que cada semana se encargaba de surtirnos de cocaína. Saludaron a todos entre risas. Yo volví a mi lugar en la silla y me puse a ver las telarañas que colgaban del techo, me parece que mis manos temblaban un poco debido al coraje que me hizo pasar el cholo.
Hablaban y se interrumpían a cada rato. Al parecer debíamos dinero a nuestro dealer. Gabo es un hijo de puta y conoce bien el proceder de un adicto, siempre nos ofrece más mercancía de la que podemos comprar en el momento, nos dice: “no hay fijón, ya me pagarán la siguiente semana”, y a la siguiente semana saldamos la cuenta anterior pero volvemos a endeudarnos, y así cada semana, y así hasta que estemos muertos. Al fin, cuando el taxista vendedor de droga se despidió, Isaí caminó al centro de la habitación con tres pequeñas bolsas repletas de polvo blanco y una expresión de triunfo en la cara.
-Haz los honores- dijo, y ofreció la droga a Evaristo.
El dueño de la casa tomó las pequeñas bolsas y, utilizando su credencial de elector, comenzó a dibujar, sobre un espejo circular acostado en un librero, una raya blanca seguida de otra raya blanca, una línea blanca seguida de otra línea blanca. Y luego fuimos a tomar nuestra parte, como católicos en la eucaristía, uno después de otro, ordenados, como buenos ciudadanos abordando las líneas del tren; sólo que aquí eran las líneas las que nos abordaban a nosotros como el placer mismo, sin importar nada, sin importar si estaba bien o mal, sin importar si alguien habría de sufrir por nuestras acciones, si el narcotráfico mata a miles de personas o si comenzábamos a arruinar nuestro cerebro; nada de eso importa al placer. Una sonrisa dibujada por el diablo, un zumbido en los oídos, una sabor amargo bajando por la garganta.
Sin decir nada a nadie tomé mi vaso de ron y salí al patio a orinar bajo un árbol de limón, tan muerto éste que sólo daba espinas. Miré el cielo: la mitad de la luna brillaba, la otra mitad era una sombra visible. Pensé en los senos de Alejandra cuando todavía no se quitaba el sostén y me sentí triste. Deseé que estuviera a mi lado, besarla bajo aquel limón muerto, luego acariciar sus senos de forma delicada; pero tenía un mal presentimiento que me desgarraba el pecho y el cerebro. Me decía a mí mismo, en un desesperado intento por hallar paz: “no es nada, si algo malo sucediera ella ya te lo habría contado”. Pero miraba el cielo y las estrellas que, dentro de toda la ciudad, sólo eran visibles en aquel patio, y pensaba en ella y en lo jodidamente buena que estaba, y en lo bueno que era oír sus gemidos bajo mi cuerpo; y me sentía triste.
Sé que lo que acabo de escribir suena a las palabras de un marica, pero tenía tantas drogas en el alma que era difícil controlar lo que sentía. Yo mismo me sorprendo del que era en aquel momento.
Luego de todos esos absurdos pensamientos di la espalda al árbol muerto y quise volver al interior de la casa. No había terminado de dar el primer paso cuando todo el ron que había bebido aquel día comenzó a subir rápidamente de mi esófago a mi boca. Vomité bajó las ramas llenas de espinas del árbol: me sentí una extraña regadera usada por la mano de la muerte. Cuando terminé me hallaba mejor. Miré de nuevo la luna y la encontré más brillante. Pensé ahora en los senos de Priscila y me sentí excitado. Sentí celos y envidia de Isaí. Por qué es él quien coge con ella y no yo, pregunté a algo indefinido; por qué es él quien conoce el sabor de los fluídos de su sexo y no yo. Maldije a dios por la injusticia del mundo. Volví adentro, de mal humor.
Algunos de pie y otros sentados, algunos reían y otros tenían un gesto adusto; pero invariablemente todos mis amigos hablaban, de manera inconexa y sin sentido: esa es la razón de que llamen a esta droga perico. Me senté en el piso, casi sintiendo la palidez de mi rostro. Evaristo se reía y su cara era la de un demonio, sin duda está maldito, pensé. Ñengo fumaba cigarrillo tras cigarrillo; César hablaba y se reía y escupía a cada palabra, los cholos habían desaparecido en algún momento. Ahora todos reían. Yo los miraba, levantando un poco la cara, y sentía desprecio por todos, un hondo desprecio, como un odio contenido por mucho tiempo. Pero a quien más despreciaba era a Isaí, que se acostaba con aquella pequeña mujer de veinte años, cuyos senos grandes y blancos no guardaban una esfera deforme bajo la piel.
Nuevamente sentí las náuseas invadir mi cuerpo. Comencé a escupir una saliva tan líquida como el agua sobre la alfombra de Evaristo, una alfombra sucísima, con polvo y manchas de antiguos vómitos. Hasta mis oídos llegaban los pasos de las arañas que se revolvían como locas en las paredes del baño llenas de sombra.
-Todos ustedes son unos pendejos, unos drogadictos de mierda. No saben hacer otra cosa que drogarse y hablar pendejadas. Me dan asco, nunca hablan de nada profundo. No pueden ver como nuestras vidas se desploman, no pueden ver nada. Para ustedes la vida es tan sólo esto, sólo la fiesta. Y aun así se creen mejores que los otros, se creen más inteligentes. Pero no saben que esto es exactamente lo que quieren los que  se hallan arriba, quieren que seamos felices, de una manera o de otra. Ya sea con sexo o con droga, o con ignorancia o dinero. Cuando los únicos sentimientos dignos de nuestra era, de este mundo moderno, son el odio y la tristeza, la angustia y la desesperación.
No puedo entender qué mierda me pasaba, debo evitar mezclar marihuana con alcohol y cocaína, debo dejar una droga fuera de la ecuación.
Escuché carcajadas de distintas personas y a alguien decir que ya había comenzado de nuevo, que ya iba siendo tiempo de que me llevaran a dormir. Una mano me sujetó del brazo y antes de darme cuenta de cualquier cosa me encontraba de pie: se trataba de Isaí.
-Y tú eres el más imbécil de todos – le dije mientras me ayudaba a llegar al cuarto-. Te sientes mucho con ese trabajito que te da para invitarnos droga y ron barato.
-Sí, viejo, sí, lo que tú digas. La verdad trabajo por gusto, no tendría que hacerlo, mis padres me mandan dinero cada mes; pero hay muchas mujeres guapas en la oficina ¿sabes?
-Te gusta hacerte el gracioso ¿no es cierto? ¿Por qué no regresas a tu estado de mierda donde todos hablan como pendejos?
Isaí se limitó a sonreír por toda respuesta. Esto me hizo sentir rabia. Me separé bruscamente de su brazo, di un paso atrás y lo escupí, y aunque traté de hacerlo en la cara, el escupitajo cayó en su suéter, sobre su hombro.
-Eso ya es demasiado, cabrón –dijo, y me dio un puñetazo en el centro del estómago, con tanta fuerza que me doblé hacia el frente. Luego sentí un golpe en la cara, fuerte como si se tratara de una piedra o un ladrillo, justo al lado de la nariz. Caí de espaldas en el piso  y desde allí vi como Ñengo y Evaristo sujetaban a Isaí y le decían que no me hiciera caso, que ya estaba muy borracho. Como pude me levanté con toda la intención de reventarle la cara aprovechando que lo tenían sujeto. Para mi desgracia, me tropecé con la pata de la mesa de centro.
Tengo la impresión de una caída en cámara lenta. Vi el filo del librero acercarse poco a poco a mi rostro. Escuché una voz que cantaba: when I was young and full of grace, luego sentí un dolor agudo en la frente. Y eso fue todo.
A la mañana siguiente la claridad del sol pintó un color naranja debajo de mis párpados. Abrí los ojos y vi una cucaracha caminar sobre el colchón, muy cerca de mi cara; me hallaba en uno de los cuartos más sucios de la casa de Evaristo. Apenas me puse de pie sentí un dolor muy fuerte en la cabeza. Entré al baño, el olor a excremento casi me hace vomitar de nuevo. Gracias a la luminosidad del día pude verme en el espejo. En la parte derecha de mi frente, justo por encima de la ceja, había una costra rodeada de sangre seca. De la sala llegaba el sonido de la televisión y la voz de mis amigos. Miré mi teléfono, era casi mediodía. Isaí fue el primero en saludarme:
-¿Te encuentras mejor? –me preguntó cuando entré a la sala- Pensaba golpearte un poco más cuando estabas en el suelo, pero la sangre que salía de tu cabeza me contuvo. Estuvimos preocupados por un rato, pero cuando escuchamos tus ronquidos nos convencimos de que la herida era más escandalosa que grave.
Ñengo me ofreció, sonriendo, una michelada. Conforme la bebida atravesaba mi garganta me sentí mejor y comencé a recordar, me disculpé con Isaí.
-No te preocupes, ya no hablemos de eso, estábamos muy drogados. Vamos a comprar algo de comer, yo invito.
Todos deberíamos agradecer a dios por la amistad.
Hasta muy entrada la tarde estuvimos viendo futbol y bebiendo cerveza. Para cuando me fui a mi departamento comenzaba a sentirme borracho otra vez. La noche de ese domingo dormí profundamente, no tuve un solo sueño.
A la mañana siguiente llamé a mi madre y le dije que me había quedado sin dinero, me estuvo jodiendo por un rato, luego me preguntó por la escuela y me recomendó conseguir un trabajo, no porque no quisiera seguir ayudándome, sino para que me distrajera. Salí a un cajero por el dinero que me depositó. Compré plátano, huevo y arroz. Toda esa tarde y el día siguiente estuve bebiendo café y fumando marihuana. Apenas si me movía para cambiar la música en la computadora. No respondí uno solo de los mensajes de Alejandra ni contesté ninguna de sus llamadas. Sufría de una resaca melancólica, sólo quería ver la pared y escuchar música; no quería pensar en sexo o en mujeres.
Al mediodía del miércoles salí a comprar cristal con los dealers de la colonia. No sé por qué lo hice, no es una droga que me guste en realidad. Estuve fumando varias horas hasta que lo terminé. Me sentí algo paranoico, imaginaba que la policía llegaría en cualquier momento a pesar de no haber razón para ello. Luego, de manera casi inconsciente, tomé una libreta y comencé a escribir todos los nombres de mujeres que se me venían a la cabeza. No sé cuántas horas estuve haciendo esto. A las siete de la tarde en punto y cuando ya había llenado de nombres unas veinte hojas de mi libreta, alguien llamó a la puerta: era Alejandra. Sus ojos brillaban y se veía hermosa y triste. Entró sin esperar a que la invitara, como siempre lo hacía.
-¿Qué te ha pasado, amor? –me preguntó, pasando su mano por la herida de mi frente.
-Un pequeño accidente, no es nada, no te preocupes –le respondí.
Nos sentamos en el sofá y estuvimos besándonos por un rato. Algo extraño sucedía, algo invisible y pesado habitaba la atmósfera del departamento.
-¿Por qué no has respondido a mis llamadas? –me preguntó sin mirarme.
-No lo sé. Bebí mucho el fin de semana. Una resaca melancólica, ya te había hablado de ella, ¿no?
Afirmó en silencio. Luego miró la mesa en la cocina y descubrió la pequeña pipa de vidrio.
-No me gusta que fumes esa porquería, te encoge los huevos; después de un tiempo no volverá a parársete –me dijo e intentó una sonrisa. Yo seguí callado, no me gusta el cristal, pero tampoco me gusta que me digan que debo hacer y que no. Como si alguien tuviera idea de cualquier cosa.
Permanecimos en silencio por algunos minutos. Luego vi a  Alejandra levantar el rostro y mirar el techo: dos gruesas lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas: fueron el preámbulo de un llanto más intenso.
No sabiendo qué hacer, pasé mi brazo por encima de sus hombros y, con una opresión en el pecho, aguardé las palabras que no quería escuchar; aún albergaba una débil esperanza.
-Yo también había sentido algo extraño debajo de mi seno –comenzó a decir entre sollozos. Me pareció escuchar un cristal que se rompía dentro de mi cabeza-. Hace ya algunos días que fui a realizarme los estudios necesarios. No quise decirte nada, no quería preocuparte.
El llanto le impidió seguir hablando. Algo poderoso comenzaba a insinuarse en el centro de mi persona. Luego de unos minutos ella prosiguió:
-El día de ayer me dieron los resultados, es un tumor maligno; tengo cáncer.
Retiré mi brazo de sus hombros. Su llanto me parecía venir de muy lejos, como si me hallara sumergido en una alberca y ella llorara fuera. Lo que se insinuaba en mí se manifestó claramente: era la rabia, una rabia como no había sentido en muchos años. Tomé a Alejandra del cabello y la arrojé al piso con todas mis fuerzas.
Desde abajo, ella me miró, en sus ojos, a través de las lágrimas, se notaba la incredulidad. La muy hipócrita lloraba y no atinaba a decir una sola cosa.
-Hija de perra –le dije, haciendo esfuerzos increíbles por no soltarle una patada en el medio de la cara -, lo sabías desde hace tiempo y no me habías dicho nada.
Ella fue incorporándose muy despacio, sin dejar de mirarme. Con ese geste de no poder creer lo que pasaba en el rostro. Qué bien actuaba la maldita.
-¿Qué te sucede…?
-Todo este tiempo me has tenido acariciando tus senos enfermos – le grité, y cerré mis manos y arañé mis palmas, sintiendo un profundo asco y también escozor -. Me has tenido todo este tiempo acariciando tus senos infectos, hija de puta.
Ella se quedó muda. Me miraba con los ojos muy abiertos, anegados en lágrimas y en color rojo. No pude soportar su gesto de inocencia, de no tener una puta idea de lo que pasaba. La empujé con todas mis fuerzas, tropezó en el sillón y fue a dar de nuevo al piso. Volvió a mirarme, además de todo lo anterior, esta vez descubrí rabia en su mirada.
-Eres un maricón hijo de puta – me dijo con los labios temblándole de coraje.
No pude soportar este insulto. Me fue imposible contenerme más: la pateé con todas mis fuerzas en el rostro. Ella gritó al tiempo que la sangre comenzaba a gotear de sus labios reventados.
-Si se te ocurre denunciarme iré a tu casa y te mataré con una botella rota –le decía mientras la arrastraba del cabello hacia la puerta-. Te la encajaré en el rostro hasta que quedes muerta e irreconocible.
La arrojé al corredor y cerré la puerta de un golpe. Seguí escuchando su llanto y sus gritos. Escuché a algunas personas acercarse, alguien comenzó a dar de golpes a la puerta. Pero yo ya estaba encerrado en mi cuarto y no hice caso de nada. Lo reconozco: me eché sobre la cama a llorar como un niño, me sentía profundamente traicionado. El mundo me pareció una pérdida de tiempo, algo que no valía la pena en absoluto.


Ha pasado casi un mes desde el incidente con Alejandra en mi departamento. Luego de la primera semana comenzó a llamarme con insistencia, no le respondí una sola vez. Después comenzaron a llegar sus mensajes. En un comienzo eran amables, conciliatorios; luego, ante mi obstinado silencio, fueron volviendo agresivos, incluso amenazadores. La muy cínica, no obstante haberme ocultado que sus senos se pudrían, tenía el valor de amenazarme; me di cuenta de que no valía la pena y dejé de pensar en ella.
He seguido yendo a la casa de Evaristo. He evitado la cocaína y mi carácter se ha vuelto más afable. En estas reuniones ha estado presente Priscila, se ríe mucho de mis anécdotas, parece que me encuentra agradable; la he descubierto mirándome cuando su novio mira a otra parte.
El pasado martes Isaí salió del estado para visitar a su familia. No volverá antes de quince días. Me armé de valor y, a través de internet, invité a Priscila por un café. Ella me respondió que estaba bien, pero que en realidad preferiría ir por una cerveza, luego agregó un “Ja Ja Ja” a la conversación. Oh, mujeres, me dije pensando en Priscila, mientras apagaba mi computadora y sonreía, si pudieran mantener las piernas cerradas por dos días seguidos habría menos hambre en el mundo, sin duda lloverían menos bombas.
Me puse de pie y me miré en el espejo: a pesar de la cicatriz en la frente, pude descubrir en mí un rostro varonil y atractivo; es ésta la mejor estrategia para encular mujeres. Incluso si mi bondad e inteligencia desaparecieran de golpe, me bastaría con mi rostro para encularlas.
Me sentí muy bien, estuve haciendo ejercicio durante el resto del día. Distraído por la marihuana, olvidé cuidar el arroz y se quemó en la estufa. Creo que llamaré a mi madre mañana, necesito un poco de dinero.




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