sábado, 12 de noviembre de 2016

La racionalidad de la muerte



Ana, es posible que partes
de este texto deberían ser 
citadas de alguna manera 
que en este momento 
desconozco.


Ana, tú estás muy lejos ahora y yo he tenido el siguiente sueño: el cielo era atravesado por misiles. Parecían grandes dedos de metal volando entre las nubes, como desprendidos de alguna gran mano que la muerte tiene. Sin duda había belleza: las líneas de fuego que los misiles iban escribiendo en el cielo, el sonido de las cortadas que con su velocidad hacían al viento parecía el grito de muchas criaturas frágiles. Todo eso me conmovía de una manera que no sabría explicarte. Sin embargo miraba con agrado: “bomba nuclear, por fin has venido”.

La parabola de Odiseo

Theodor Adorno y Max Horkheimer (¿Recuerdas? ¿Escuela de Frankfurt? Algo nos hablaron de ellos en crítica literaria) publican en 1949 La dialéctica del iluminismo. En ella esbozan lo que llamarían “la parábola de Odiseo”. Odiseo, sabiendo que en algún momento habrá de cruzar una parte del océano habitada por sirenas cuyo fascinante canto enloquece a los hombres, obligándoles a lanzarse detrás de ellas, ordena a su tripulación taparse los oídos con cera y que a él le aten al mástil de la embarcación. De esta forma el dueño de Argos logra escuchar el embriagador canto sin arrojarse de cara al mar. Ésta es la humanidad actual, quien ha pedido ser atada para no dejarse llevar por sus instintos; instintos que en última instancia la destruirían. Nos encontramos atados por las leyes del estado y por un razonamiento burgués-capitalista. Así logramos la cultura. Escuchamos la dulce nota en la voz de la locura; pero no vamos hacia ella.
Quizá todo esto sea bueno. Quizá el progreso histórico siempre haya sido hijo de la razón. Es duro tener que soportar tantas leyes claramente opuestas a nuestra voluntad más íntima. Pero algo debe controlar nuestras pulsiones destructivas, siempre más fuertes que las de vida, evitando que nos matemos los unos a los otros, que nos saquemos los ojos y nos arranquemos los brazos. Y todo esto está muy bien. Bendita razón que nos ha heredado el siglo de las luces. Gracias a ella podemos asomarnos a la ventana y sonreír al ver el escenario del mundo. Vamos, prueba, asómate a la ventana y dime qué es lo que ves… ¿Te has dado cuenta? He aquí la gran mentira del imperio de la razón. La academia, las leyes, el libre mercado, la ciencia y la tecnología; aquí están sus resultados: un gran terreno en que la muerte cultiva sus viñedos.
Esta era de la razón no es más que un artefacto de la muerte. Nunca se habían masacrado a más personas que en esta época iluminada por la luz del entendimiento. Jamás las bombas se habían elevado más alto. Nunca había la muerte sido más estratégica, más metodológica, más estadista y matemáticamente precisa. Conocemos –y no veo razón para dudar de ellos- los porcentajes de personas que serán asesinadas el día de hoy. Las que morirán bajo algún bombardeo. Podemos buscar una cifra aproximada de las mujeres y niños que han desaparecido este año. Jamás antes la muerte había sido tan fría, tan indiferente, tan desapasionada. Nunca la vida humana había parecido más insignificante e indigna de ser. Bendita razón que nos proteges de nosotros mismos, no dejándonos seguir el canto de nuestras sirenas íntimas. Bendita razón que no nos dejas hundirnos en nuestro mar de la locura en busca de sus medusas fluorescentes. Bendita razón, eres una gran mentira y un enorme montón de mierda.
Ana, la maldita razón de la burguesía “ilustrada” de hace siglos nos ha depositado en medio de este páramo degradado. Es recomendable enloquecer. Enloquezcamos entonces. Pero no de esa locura que ellos han definido, que no es más que enajenación de nosotros mismos. Vámonos a comer hongos. Dejemos nuestros trabajos y escribamos poemas y canciones. Abandonemos las aulas; que no nos hablen más de la racionalidad. Hagamos locuras. Sembremos flores en el mar, pintemos las alas de las palomas. Guardemos pianos y guitarras en el corazón de los bosques. Que cada gesto y palabra sean una proclamación de nuestra locura sagrada. Encendamos una pira con el dinero y los poderosos del mundo, y bailemos alrededor de ella en alabanza a los dioses antiguos desprovistos de nombre. Hablemos con los objetos. Hablemos solos y con criaturas imaginarias. Yo quiero enloquecer. Quiero depositar una, dos gotas de ácido lisérgico en mi lengua, de pie sobre una pirámide. Quiero morder la tierra y olvidar lo aprendido. Quiero que la civilización se desmorone junto a toda la cultura.
Pero si todo esto no es posible, Gaby. Si el destino es seguir formando parte de esta vil servidumbre a la razón. Si tú, yo, todos, hemos de ver a los bombarderos sobrevolarnos. Si todos hemos de formarnos en las grandes filas de la muerte burocrática. Si hemos de seguir viendo, a través de las pantallas, el amontonamiento de los pequeños cuerpos. O peor aún –porque la razón es tan refinada en sus designios-: ser nosotros mismos quienes depositen los cadáveres uno sobre otro. No nos preocupemos. No dejemos que este mundo civilizado detecte un gesto de dolor en nuestros rostros. Recuerda que hay dos o tres lugares en el mundo que no arderán nunca. Que ya hemos pronunciado palabras pescadas en las mismas fuentes del lenguaje primario. Que hemos sido locos, genuinamente locos en algún momento. Y que no hay poder capaz de quitarnos estos recuerdos disparatados.
Mira, allá va Odiseo, braceando con todas sus fuerzas destruye la resistencia de las olas de sal amargas. Ve el sol en su rostro. Ve la inmensidad de sus pupilas por la que entra la verdad del mundo. Sobre unas rocas, las sirenas le aguardan amorosas.

Cuídate mucho, Ana. Cuida mucho tu locura. Un abrazo hasta las calles hediondas de París.

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