Ana, es posible que partes
de este texto deberían ser
citadas de alguna manera
que en este momento
desconozco.
Ana, tú estás
muy lejos ahora y yo he tenido el siguiente sueño: el cielo era atravesado por
misiles. Parecían grandes dedos de metal volando entre las nubes, como
desprendidos de alguna gran mano que la muerte tiene. Sin duda había belleza:
las líneas de fuego que los misiles iban escribiendo en el cielo, el sonido de
las cortadas que con su velocidad hacían al viento parecía el grito de muchas
criaturas frágiles. Todo eso me conmovía de una manera que no sabría
explicarte. Sin embargo miraba con agrado: “bomba nuclear, por fin has venido”.
La parabola de Odiseo
Theodor Adorno y
Max Horkheimer (¿Recuerdas? ¿Escuela de Frankfurt? Algo nos hablaron de ellos
en crítica literaria) publican en 1949 La
dialéctica del iluminismo. En ella esbozan lo que llamarían “la parábola de
Odiseo”. Odiseo, sabiendo que en algún momento habrá de cruzar una parte del
océano habitada por sirenas cuyo fascinante canto enloquece a los hombres, obligándoles a lanzarse detrás de ellas, ordena a su tripulación taparse los
oídos con cera y que a él le aten al mástil de la embarcación. De esta forma el
dueño de Argos logra escuchar el embriagador canto sin arrojarse de cara al
mar. Ésta es la humanidad actual, quien ha pedido ser atada para no dejarse
llevar por sus instintos; instintos que en última instancia la destruirían. Nos
encontramos atados por las leyes del estado y por un razonamiento
burgués-capitalista. Así logramos la cultura. Escuchamos la dulce nota en la
voz de la locura; pero no vamos hacia ella.
Quizá
todo esto sea bueno. Quizá el progreso histórico siempre haya sido hijo de la
razón. Es duro tener que soportar tantas leyes claramente opuestas a nuestra
voluntad más íntima. Pero algo debe controlar nuestras pulsiones destructivas,
siempre más fuertes que las de vida, evitando que nos matemos los unos a los
otros, que nos saquemos los ojos y nos arranquemos los brazos. Y todo esto está
muy bien. Bendita razón que nos ha heredado el siglo de las luces. Gracias a
ella podemos asomarnos a la ventana y sonreír al ver el escenario del mundo.
Vamos, prueba, asómate a la ventana y dime qué es lo que ves… ¿Te has dado
cuenta? He aquí la gran mentira del imperio de la razón. La academia, las
leyes, el libre mercado, la ciencia y la tecnología; aquí están sus resultados:
un gran terreno en que la muerte cultiva sus viñedos.
Esta
era de la razón no es más que un artefacto de la muerte. Nunca se habían
masacrado a más personas que en esta época iluminada por la luz del
entendimiento. Jamás las bombas se habían elevado más alto. Nunca había la
muerte sido más estratégica, más metodológica, más estadista y matemáticamente
precisa. Conocemos –y no veo razón para dudar de ellos- los porcentajes de
personas que serán asesinadas el día de hoy. Las que morirán bajo algún
bombardeo. Podemos buscar una cifra aproximada de las mujeres y niños que han
desaparecido este año. Jamás antes la muerte había sido tan fría, tan
indiferente, tan desapasionada. Nunca la vida humana había parecido más
insignificante e indigna de ser. Bendita razón que nos proteges de nosotros
mismos, no dejándonos seguir el canto de nuestras sirenas íntimas. Bendita
razón que no nos dejas hundirnos en nuestro mar de la locura en busca de sus
medusas fluorescentes. Bendita razón, eres una gran mentira y un enorme montón
de mierda.
Ana,
la maldita razón de la burguesía “ilustrada” de hace siglos nos ha depositado
en medio de este páramo degradado. Es recomendable enloquecer. Enloquezcamos
entonces. Pero no de esa locura que ellos han definido, que no es más que
enajenación de nosotros mismos. Vámonos a comer hongos. Dejemos nuestros
trabajos y escribamos poemas y canciones. Abandonemos las aulas; que no nos
hablen más de la racionalidad. Hagamos locuras. Sembremos flores en el mar,
pintemos las alas de las palomas. Guardemos pianos y guitarras en el corazón de
los bosques. Que cada gesto y palabra sean una proclamación de nuestra locura
sagrada. Encendamos una pira con el dinero y los poderosos del mundo, y
bailemos alrededor de ella en alabanza a los dioses antiguos desprovistos de
nombre. Hablemos con los objetos. Hablemos solos y con criaturas imaginarias.
Yo quiero enloquecer. Quiero depositar una, dos gotas de ácido lisérgico en mi
lengua, de pie sobre una pirámide. Quiero morder la tierra y olvidar lo
aprendido. Quiero que la civilización se desmorone junto a toda la cultura.
Pero
si todo esto no es posible, Gaby. Si el destino es seguir formando parte de
esta vil servidumbre a la razón. Si tú, yo, todos, hemos de ver a los
bombarderos sobrevolarnos. Si todos hemos de formarnos en las grandes filas de
la muerte burocrática. Si hemos de seguir viendo, a través de las pantallas, el
amontonamiento de los pequeños cuerpos. O peor aún –porque la razón es tan
refinada en sus designios-: ser nosotros mismos quienes depositen los cadáveres
uno sobre otro. No nos preocupemos. No dejemos que este mundo civilizado detecte
un gesto de dolor en nuestros rostros. Recuerda que hay dos o tres lugares en
el mundo que no arderán nunca. Que ya hemos pronunciado palabras pescadas en
las mismas fuentes del lenguaje primario. Que hemos sido locos, genuinamente
locos en algún momento. Y que no hay poder capaz de quitarnos estos recuerdos
disparatados.
Mira,
allá va Odiseo, braceando con todas sus fuerzas destruye la resistencia de las
olas de sal amargas. Ve el sol en su rostro. Ve la inmensidad de sus pupilas
por la que entra la verdad del mundo. Sobre unas rocas, las sirenas le aguardan
amorosas.
Cuídate mucho,
Ana. Cuida mucho tu locura. Un abrazo hasta las calles hediondas de París.
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