La maniaquez no es de a gratis. A todos nos ha costado algo.
Yo perdí un avión al vuelo, y cómo me costó ser chavo e ir en el camino a otra
ciudad lamentando ese baro que recién había perdido, y mi resta de tiempo en
ella. Lo que más me dolió. Con las sustancias encima, con el tiempo escalando
mi espalda. Hasta llegar a mi cerebro. Y al final no importó o quién sabe, el
caso es que solo el pasillo me separaba de la que supe después se llama Diana. Yo
subí los tres escalones del autobús casi de un brinco porque cuando llegué a la
ventanilla de la estación a comprar el boleto me dijeron que ese que quería
abordar ya estaba por salir. Más o menos jadeando le entregué el boleto al
delgadísimo conductor cara de calaca -mal presagio, si escuchas pop y ves la
tele, que se dejen vidas en manos de algún significado de su rostro vacío que
seguro mantiene a lo largo de una carretera peligrosa por naturaleza humana que
ahora dicen: te paran y te sacan el rifle y en el asfalto te pegan unos cachazos
si te pones pendejo; asaltar un transporte de turistas es buen negocio; y si no
crees en eso y tienes suerte de esquivar la realidad sobrecargada de amenazas y
señales prefabricadas, pues solo te cagas de risa como hice- y el asiento más
cercano tomé y mis pensamientos carreteros desaparecieron por un momento cuando
me puse a examinar al hombre de lado izquierdo para comprobar si sería un buen compañero
de viaje. No era gordo y no parecía una persona que roncara; no tenía bebida
alguna en sus alrededores, por lo tanto no me jodería a cada rato para pasar al
baño. Así que decidí sacar bandera y proclamar territorio del señor. Y me
volteo para observar los reinos adyacentes y me topo con la princesa de corazón
empastillado. Yo sí iba y con guerra o diplomacia conseguía el trono de ese
reino con tal de dormir más calientito y sé que, hola, su voz percibo por
primera vez, ella también me sonríe, ¿sabes si el camión hará alguna parada?, me
acabo de fumar un churro y en dos horas tendré mucha hambre, me pregunta. Con
las prisas a mí también se me había olvidado. Serían casi ocho horas amoldando
asiento y la nieve ya había elevado mi consciencia. Bajo la voz y le digo:
“para resolver este misterio es necesario hablar con los muertos”, y se me
queda viendo como con cara de para qué le di la confianza cuando me paro en
corto y camino por el pasillo.
Cuando regreso pretende no estar esperando por mí porque
tiene con qué darse a viajar y le digo que el respetabilísimo señor conductor
dice que sí hay dos paradas pero solo son para subir o bajar pasaje. También le
digo que sin la más mínima lágrima derramada tendremos que aguantarnos el
monchis, y es entonces cuando vuelve a sonreír, y le explico mi loquera: yo me
comí una nieve, mi cerebro ya hace conexiones inéditas en nuestra experiencia
juntos como pasajeros de la locura. Encontrar. Compartir. Su celular saca
cuando hace unas vibraciones que puedo percibir con mis oídos y empieza a
teclear un mensaje en su pantalla. A todo lo que me había pasado esa mañana en
unas horas tendría que sumarle el hambre. Y como soy un maniaco de las posibilidades
empecé a sumar. A mí me quedaban como cuatro o cinco horas de elevación mental
risueña en las que escucharía música o leería el libro de san José Agustín para
a mitad de camino aterrizarme un hambre cargada de sueño pesado. Si lograba
dormir antes de que mi estómago hablara, engañaría a mi cuerpo deseoso, sin
embargo nunca podía pegar pestaña a medio camino, estaba escrito en mi estrella
elegida por brillante locura; si no, iba a necesitar unos tacos y cafeína para
no llegar a dormir. Qué tal que se arma la fiesta y yo bien bajoneado. Nonono. Eso
no. Pero bueno, tendría que ver llegando al barrio de Guadalajara.
No pienso malvibrarme de más por la estupidez cometida en mi
tierra así que pretendo sanar con unas buenas canciones. Su asiento queda un
poco más adelante que el mío y por eso tengo ventaja de observarla sin ser tan
obvio. Ella sigue tecleando, de seguro ya la esperan en donde sea que vaya. Este
tipo de mujeres siempre tiene a alguien que le arrime una silla, que le huela
los pedos, que le invite un trago. Si estuviéramos en mis dominios
septentrionales le invitaba una nieve y luego un bajón de con el Rudy si del
rogar no se hace nunca el buen cotorreo. Mis audífonos parecen culebras de agua
peleando y yo trato de hacer las paces metiendo mano sin recibir mordida. Qué
vamos a hacer, me pregunta de pronto y pone una pastilla color negro sobre mi
mochila que llevo en las piernas. Yo ya sé, y solo vamos a necesitar mucha agua
y dónde mear; en ese momento giro la cabeza, y claro que tenemos dos baños para
hacer la necesidad del cuerpo humano. La que sea. Me observa y me sonríe y me
dice buen viaje con una sonrisa que conozco bien. Ella tiene tres pastillas
diferentes en la mano; yo tengo una: le digo que mi nieve y su presente
derrotarán su tidente químico, y ella me dice, derrota esto, y de su mochila
saca una cerveza, la abre y la usa para tragarse las pastillas. Yo siempre la
felicitaré por ese acto, porque entonces me tendió la lata y su mano, y pude
sentir lo mojado de sus labios con mis labios y beber cerveza. Qué más quiere
el señor. En mi mente reconozco un sonido, ¡aaaah!, la caída, el cerebro la
asimila de diferentes formas me he dado cuenta si estoy con la banda de la
perrera que me pone físicamente listo para derribar algo que esté haciendo
daño, para reír un infinito por la carrilla soltada con el rigor de cualquier
cosa que sirva para tener de hijo al prójimo lingüístico, sin la necesidad de
compartir tiempo y espacio, solo historias contadas, que resultan otra cosa. Loco
conoce a loco.
Acábatela, me dice. Le doy otro trago y casi empiezo a
agradecer que haya llegado Pedro pisa chueco bien herido al departamento a
preguntar si tenía de la chida, y en breve le serví hasta un café, cortesía del
señor, para que acompañara su nieve. Y como resultó que no le gusta desayunar
solo, le hice segunda con unas bolas para aprovechar e irme en el avión que
nunca tomé bien viajado. Iba a ser dos por uno, perdí, y me quedé con uno, y
ahora ya tengo tres. Así las cosas. Bon voyage.
Es de esas personas que cuando termina de decir que se va a
dormir ya está el ojo cerrado y el cerebro en otro lado, y con previo aviso no
hay engaño, ni tamal de chivo. La neta es que sí me tripea que un ser humano se
meta tres pingas y se vaya a dormir, pero cada quien sus vicios. Yo prefiero no
dejarlo todo al inconsciente y darme un jalón de greñas; ya sabes, tratar de
agarrar una ola grande en vez de estar tirado en la arena viendo el cielo con
los ojos semicerrados por la luz. Yo con esta tacha voy a llegar al tiro con la
banda y si no quieren fiesta yo ya la traigo encima. Disculpen las molestias,
vengo de vacaciones. Y en el camino me encontré a bella durmiente y me
compartió su secreto para no quedarse sumida en el sueño eterno. Pienso
también, que esta canción para continuar es una invitación al laberinto estelar
de una espalda femenina, o será que ando erizo y es lo que me dan mis ojos a
desear. Mejor compañero de asiento no pude tener. Es de esas personas que ni se
siente su presencia. Aunque si me pongo a pensar un poco, es de dar
escalofríos. Lo volteo a ver de reojo y está inmóvil: mira para el frente sin
hacer nada. Qué tanta mierda le pasará por su cabeza; debe ser algo demasiado
doloroso o aburrido. No lleva reloj en su pulsera. No ha sacado su celular. Ha
dejado la ventana cerrada. Pienso que es una buena persona común.
Me doy cuenta que ella ya está despierta al sentarme de
nuevo en mi asiento. Me despertó la loquera, me dice, y se para al baño. No
camina de lado para atravesar el pasillo. Estoy empezando a sudar un poco, pero
no pasaré hambre, de eso estoy seguro. Me dan ganas de bajarme del camión e
irme corriendo hasta mi destino. Sí llego. Yo sé que mis pies y mis tenis y mi
cerebro y mis pulmones pueden. Por lo menos las próximas seis horas. Todo puedo.
Hasta que aterrice en otro espacio mental. Todo es un círculo de emociones y
pensamientos que me causan ansiedad y deseos de llegar, de completar algo.
Escucho que la puerta del baño se cierra y subo el volumen. Me dejo ir. ¿Y si
mi destino es morir y nada más?
Al regresar me dice que espera llegar antes de las siete
para poder ver el atardecer en la playa con una caguama y un toque, y me pregunta
mi nombre. El suyo no le gusta y me pide que la llame Lisa, como sus amigos. Yo
me sabía del otro lado desde antes que lo construyeran. Diana me empieza a
contar que ahora regresa de vacaciones de la ciudad; ella vive en la playa y
trabaja de bartender en un edificio que sirve también de hostal. Entonces hay
full service, pregunto sugiriendo casi afirmando la posibilidad nata. Te pones
peda, fumas, sirves unos tragos, cotorreas con todos, te ganas unas propinas y
ves el amanecer casi diario, antes de irte a dormir, y si me levanto temprano
alcanzo a agarrar unas olas, qué más quiero, me dice. Dormir calientito, yo
digo. Ahí sin ventilador mueres en el intento, y abre los ojos muy grandes, y
pone cara de acertijo. Yo nunca he ido para allá, ni siquiera he pasado por la
carretera; ahora me vine a sentar a tu lado por mera casualidad. Y le cuento mi
más reciente pachequez en este universo de personas regidas por el tiempo en un
espacio tan pequeño que en la depresión creen inmenso. Yo me abstengo de caer
en la parálisis inocua de todas maneras, porque como dice el viejo que se acaba
de ir, todo se nos va a acabar, y no va a quedar nada. Por eso me acuerdo le
hice dos invitaciones, a Guadalajara y a mi orilla conocida; en las dos hay
banda y cotorreo, nomás es cosa que decidiera. Yo sí te hago un campito. Pero eso
lo dije después, al día siguiente.
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