Caminábamos
sobre los rieles de un tren que había desaparecido hace mucho tiempo.
Al frente mi
madre y mi abuela, quizá alguna de mis tías.
Detrás, mi
hermana y yo, en silencio, sólo recuerdo el silencio.
Una o dos veces
por año hacíamos aquel recorrido durante el tiempo de lluvias.
Los arroyos que
bajaban del cerro se llenaban de agua y todo era muy lindo.
Pero el camino
era muy largo, y, mientras andábamos, los zopilotes, aves carroñeras,
volaban sobre nosotros. Entonces yo
comenzaba a creer en la muerte.
A uno y otro
lado de la vía se extendían, verdes y plenas, las parcelas de caña.
Y mi abuela
contaba (yo nunca las vi) que entre ellas se deslizaban las culebras
y corrían las liebres, las ardillas, los
mapaches.
Cada cierto
tiempo nos cruzábamos con algún campesino que volvía de la quema de
caña; negro de tizne y con la piel dura y
resquebrajada como la corteza de un árbol.
Cuando
encontrábamos a estos hombres yo me acercaba mucho a mi hermana.
Pensaba que
estos hombres tenían la intención de matarnos con sus machetes.
Los zopilotes
volaban bajo de tanto en tanto. De niño creía que eran águilas.
Cuando
rebasábamos la mitad del camino aparecían, a uno y otro lado,
las parcelas recién quemadas.
El día era
nublado, gris y frío. Por entre las nubes se asomaba un sol enfermo
famélico y muy blanco; como el rostro de una
mujer enlutada, bella y triste.
Alguien me dijo
un día, eso es lo que recuerdo: “el alma de las cosas se torna visible
cuando la vida es arrebatada por el fuego;
eso es lo que llamamos humo”. Alguien
me dijo un día, eso es lo que recuerdo.
Me detenía,
niño, sobre aquellos rieles repletos de astillas y contemplaba:
Ocurría
un error en el discurrir del tiempo.
De
aquella humedad oscura encendida de pequeñas brasas,
el humo ascendía: miles y miles de
almas simples,
de serpientes,
de pasto,
de raíces e insectos,
se elevaban al cielo,
obedeciendo un extraño patrón
rítmico que las movía
como olas.
Alzaban su manos y se vestían de la
luz pálida del sol famélico
como de vestidos etéreos.
Acariciadas por el viento
subían rápido hacia el cielo.
Como una multitud de niñas muertas,
desnudas,
de cabellos negros,
que subiera en silencio,
con las manos alzadas,
la montaña.
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