sábado, 12 de noviembre de 2016

Humo


Caminábamos sobre los rieles de un tren que había desaparecido hace mucho tiempo.
Al frente mi madre y mi abuela, quizá alguna de mis tías.
Detrás, mi hermana y yo, en silencio, sólo recuerdo el silencio.

Una o dos veces por año hacíamos aquel recorrido durante el tiempo de lluvias.
Los arroyos que bajaban del cerro se llenaban de agua y todo era muy lindo.
Pero el camino era muy largo, y, mientras andábamos, los zopilotes, aves carroñeras,
   volaban sobre nosotros. Entonces yo comenzaba a creer en la muerte.

A uno y otro lado de la vía se extendían, verdes y plenas, las parcelas de caña.
Y mi abuela contaba (yo nunca las vi) que entre ellas se deslizaban las culebras
   y corrían las liebres, las ardillas, los mapaches.

Cada cierto tiempo nos cruzábamos con algún campesino que volvía de la quema de 
caña; negro de tizne y con la piel dura y resquebrajada como la corteza de un árbol.
Cuando encontrábamos a estos hombres yo me acercaba mucho a mi hermana.
Pensaba que estos hombres tenían la intención de matarnos con sus machetes.
Los zopilotes volaban bajo de tanto en tanto. De niño creía que eran águilas.

Cuando rebasábamos la mitad del camino aparecían, a uno y otro lado,
    las parcelas recién quemadas.
El día era nublado, gris y frío. Por entre las nubes se asomaba un sol enfermo
   famélico y muy blanco; como el rostro de una mujer enlutada, bella y triste.

Alguien me dijo un día, eso es lo que recuerdo: “el alma de las cosas se torna visible
   cuando la vida es arrebatada por el fuego; eso es lo que llamamos humo”. Alguien
   me dijo un día, eso es lo que recuerdo.

Me detenía, niño, sobre aquellos rieles repletos de astillas y contemplaba:

Ocurría un error en el discurrir del tiempo.
De aquella humedad oscura encendida de pequeñas brasas,
el humo ascendía: miles y miles de almas simples,
de serpientes,
de pasto,
de raíces e insectos,
se elevaban al cielo,
obedeciendo un extraño patrón rítmico que las movía
como olas.

Alzaban su manos y se vestían de la luz pálida del sol famélico
como de vestidos etéreos.
Acariciadas por el viento
subían rápido hacia el cielo.
Como una multitud de niñas muertas,
desnudas,
de cabellos negros,
que subiera en silencio,
con las manos alzadas,
la montaña.

  

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