Leonardo Da Vinci sólo tenía sexo con mujeres
para dibujarlas
miraba fijamente su expresión durante el sabor del himen
y luego hacía bocetos de procesiones de espasmos
-puedo escuchar un latido del corazón- gritaba
En aquellos días Italia no tenía nombre
ni se inventaba la alegoría renacentista
pero Leonardo ya compraba cadáveres de vagabundos
para estudiar la anatomía
y para soñar
soñaba que tronaban sus huesos y desaparecían
para asomarse por la ventana de libertad
en forma de mariposa.
Olía a lienzo mezclado con perfume a lirios y a colores a genialidad pictórica:
-Meser- dijo Leonardo dirigiéndose al lector con unos ojos dotados de
una poderosa fuerza- sería para mí un honor prestarle a Vuestra Gracia tan insignificante servicio:
la búsqueda del todo, lo escandaloso del arte y la ciencia de lo oculto y lo terrenal,
porque al final cuando se quebré el Origen y los sabios como Homero y Virgilio, Platón y
Aristóteles sucumben en el olvido, la sabiduría y la lógica serán su antorcha, quien sabe poco
ama poco, el amor es el gran hijo del conocimiento-
entregado a sus meditaciones, Leonardo siguió concentrado
en el pincel que dibuja a La Gioconda,
retoca su semblante en forma de humo intentando ver el
fondo de la sonrisa femenina más allá del
enfoque de nuestros ojos
ojos que no alcanzarán a ver la silueta de Florencia
sobre un cielo puro, extraño inexistente
pero más real
que la infinita lentitud de la propia imaginación
del homo universalis.
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