Hola,
Raquel. Espero sepas disculpar la desfachatez de escribirte una carta en esta
época en la que podría tomar el teléfono y llamarte con toda la facilidad del
mundo, evitando este medio que, incluso es su forma digital, resulta a todas
luces anacrónico. El último de mis psicólogos –el último en realidad- me dijo
que no me hacía bien hablar contigo. Creo que tiene razón. Sé muy bien que en
estos momentos no soportaría oír tu voz. No es que tema que volvamos a
discutir, o que me produzca un gran dolor o una gran tristeza el escucharte. Es
sólo que, ahora, no quiero oír ninguna voz. Ni la tuya ni la mía. No quiero que
ninguna palabra o voz humana venga a perturbar la extraña tranquilidad que
habita estos momentos.
Dime
¿Qué te parece París? ¿Es como lo imaginabas? Cuando éramos novios siempre me
pedías que te hablara sobre los meses que viví en Europa. Me interrogabas
principalmente sobre aquella ciudad. Siempre fui honesto: es una ciudad que
huele a mar y a meados de vagabundo; con un gran monumento de metal, de formas
aburridas, en su centro. Una torre que logra conmover a los espíritus que
poseen una melancolía diseñada por la mercadotecnia, los snobs y la mala
literatura. Una ciudad con un Sena de aguas turbias y un Louvre siempre
atiborrado de turistas ricos que no entienden un pito de arte. No hay nada en
París. Tampoco en Roma, o en Londres, o en Barcelona. No hay nada interesante o
bello, como no lo hay en ninguna de las grandes ciudades diseñadas por el
hombre. Luego de contarte todo esto te ponías seria y me decías que era un
sujeto malo, que trataba de destruir todas tus ilusiones prematuramente. Yo,
con una sonrisa en los labios –a nadie he sonreído cómo a ti, Raquel-, te decía
que no me hicieras caso. Que cada uno ve las cosas de diferente manera. Que
quizá, cuando la conocieras, te parecería una ciudad llena de gracia. Dime ¿ha
sido así?
Cuando
era niño mi padre me obligó a cortar un limón que había en el corral de la
casa. Yo no quería hacerlo porque ya en la escuela me habían contado que los
árboles estaban vivos igual que los perros y los caballos. No importaron mis
ruegos. Al primer hachazo comencé a llorar, y seguí llorando hasta que el
pequeño árbol se volvió un montón de leña tirado en el centro del corral. Algo
mío debió morir con aquel limón, porque desde aquel día no he logrado volver a
llorar. Meses después, cuando murió mi padre, no derramé una sola lágrima.
Estuve toda la noche sentado junto a mi madre. Y en mi interior no había nada.
A veces creo que aquel árbol estaba maldito y se llevó a su muerte una parte de
mi vida; otras veces pienso que dios me dio un alma incompleta sin darse cuenta
de ello. Pero todo esto lo he pensado ahora que ya soy adulto. Pasé muchos años
imaginando que podía sentir.
Disculpa
todas estas digresiones, Raquel. No estoy tratando de justificarme ante ti,
puedes estar segura de que eso me tiene sin cuidado. Es sólo que se me ha
venido a la mente esto del árbol y quise contártelo. La razón por la que te
escribo es porque el día de ayer me encontré con tu madre en el mercado. Me
gritó, delante de otras personas, que cómo pude tener el atrevimiento para
echarte de la casa cuando fue del bolsillo de su esposo –de tu padre- que salió
la mayor parte del dinero para pagarla. Que era un hijo de puta. Que si tuviera
un poco de dignidad, que si fuera un hombre verdadero en lugar de un mal
intento de uno, habría sido yo quien abandonara la casa en vez de echar a la
calle a mi mujer y a mi hija. Me recordó entre insultos que eras tú quien
llevaba el dinero al hogar, porque a mí me gustaba estar desempleado la mitad
del año. No sé por qué comencé a reír, lo que hizo que tu madre comenzara a
darme de golpes en el pecho. Un par de clientes la sujetaron. Me alejé despacio,
con un cereal integral en la mano y sin decir una sola palabra.
Admito
que todas las cosas de las que me acusó tu madre son verdaderas. Todas menos
una: yo jamás te eché de casa, Raquel ¿Fuiste tú quien le dijo eso? ¿Sentiste
vergüenza de decir la verdad a tus padres? ¿Qué cosas inventaste acerca de mí
para justificar tu huida? No me molesta que hayas ensuciado mi nombre
inventando sólo el diablo sabe qué mentiras. No me molesta porque no hay
ninguna cosa en este mundo capaz de mancillar o purificar nada. Es sólo que no
logro entender por qué lo hiciste. Justo ahora, me resulta muy complicado
entender el sentimiento de vergüenza. Me resulta muy difícil entender cualquier
cosa.
Tú
fuiste quien decidió marcharse, Raquel. Después de tu infidelidad no soportabas
compartir un mismo espacio conmigo; te ponías a llorar apenas veías mi rostro.
Supongo que la culpa te lastimaba, te conozco muy bien y sé que tu
personalidad, profundamente religiosa, no te dejaba en paz un momento. No
pienso reprocharte el que te hayas acostado con otro hombre. No lo hice en su
momento y tampoco lo haré ahora. A decir verdad, me sorprendió que tardaras
tanto en hacerlo. Después del nacimiento de Ariadna no volví a tocarte. Yo sé
lo importante que es el sexo para algunas mujeres; también la ternura. Y, sin
embargo, no tuve ningún reparo en descuidar tu alma y tu cuerpo. Sentía ante su
desnudez lo mismo que ante un pedazo de carne helada colgando en las
carnicerías. Y no podía evitar sentirme un estafador las pocas veces que traté
de decirte alguna palabra amorosa luego del nacimiento de nuestra hija.
Pensaste acaso que había dejado de amarte, Raquel, y fuiste a buscar consuelo
en el placer que otros hombres te ofrecían. Bella como eres, no tardaste en encontrar
un sustituto. Pero fue inútil ¿no es cierto? El amor que tú y yo nos teníamos era demasiado grande como para sustituirlo sin comprometer a todo el
universo.
………
Raquel,
me he quedado dormido mientras escribía. Soñé con el árbol del que te hablaba,
aquel que talé en mi última infancia. Había crecido bastante, como si en todo
este tiempo hubiese existido en una realidad paralela a la nuestra que, bien
mirado, quién sabe que tan real sea. Me senté a su sombra. Cayeron sobre mis
manos, como dos grandes globos dorados, sus limones. Me sentí feliz. Niño
nuevamente, quise correr donde mi madre y depositar los frutos en su regazo.
Cuando
desperté el sentimiento persistía (persiste aún). ¿Cómo explicarte lo que ahora
siento? es como si el árbol me hubiese perdonado, como si me dijera: “tú no
eres el culpable del mundo. Tú no eres el culpable de la leña, de las hojas
secas o las raíces muertas”. Quiero ir a ese país, Raquel, al país que
habita ese árbol. No sé bien lo que
encontraré en él, pero en este momento es lo único que quiero y he decidido
partir.
Me
asomé por la ventana y todo el mundo entró por mis ojos y colmó mi corazón de una
manera dolorosa. He vuelto a sentir, Raquel, ahora que el árbol me ha
perdonado. Vi las hojas secas de los árboles chocar contra las bolsas negras de
la basura. Vi la mierda de los perros sobre las aceras. Vi los gestos tristes
de los hombres y las mujeres adultos de México. Pensé en la pobreza y en
nosotros: la culta e intelectual burguesía mexicana; pensé en las galerías y
editoriales de nuestros amigos y familiares ¿Cómo es que no se nos cae la cara
de vergüenza? ¿Cómo es que podemos leer a Cervantes y a Miguel Hernández y
luego subir a nuestros automóviles e ir a un centro comercial y tatuarnos un
poema en francés o comprar una bolsa en la cual meter el maquillaje y el
teléfono y comprar unas botas que valen
más de lo que una familia gasta en un mes? Ahora que siento nuevamente me doy
cuenta de que son estas las razones por las que abandoné la universidad. No
había nada en ella, nada en sus maestros o estudiantes. Nada sino un absurdo y
una incongruencia llevados al límite.
Una
mariposa negra ha entrado por la ventana; yo ya la esperaba. Ha estado dando
vueltas alrededor de mí, en círculos ascendentes, como si tejiera un capullo
invisible en el que sufriré mi última
metamorfosis. La miro ahora, mientras escribo, y no puedo dejar de sonreír
Quiero
aprovechar la extraña claridad de mis pensamientos y sensaciones para decirte
que te amé, Raquel, que fuiste tú la única verdad que conocí en el mundo; lo
único en lo que pude creer, yo, que no creo en nada. Nunca pensé que una mujer
tan bella se detendría a contemplar mi vida por un instante.
La
mariposa ha cerrado el último círculo y ha desaparecido. La última luz del sol
se ha impregnado a las paredes. Tomaré un baño de agua helada antes de irme. Es
gracioso, justo ahora he pensado en tu cuerpo: te recordé leyendo desnuda sobre
la cama. Cómo me gustaría acostarme contigo una vez más. Pero es absurdo pensar
en lo imposible; tú y yo no nos veremos en mucho tiempo.
Hallarás dinero en
tu cuenta. Esta casa es tuya y las miles de hojas que he escrito desde que vivo
solo. No temas regresar, la policía vendrá primero y no encontrarás nada
desagradable. Prometo que no escucharás mi voz. Di a Ariadna, cuando el maldito
lenguaje pueble su cerebro, que un mamífero pequeño y de color durazno se robó
un paquete de nubes que quería regalarle. Dile que persigo a esa criatura a
través de todas las malezas del mundo, y que volveré un día con un sinfín de
nubes atadas a las muñecas.
No sabes, Raquel, cómo me gustaría que pudieras
ver la extraña forma en que brilla el cielo, esta noche, a través de mi
ventana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario