domingo, 16 de octubre de 2016

Nada


Hola, Raquel. Espero sepas disculpar la desfachatez de escribirte una carta en esta época en la que podría tomar el teléfono y llamarte con toda la facilidad del mundo, evitando este medio que, incluso es su forma digital, resulta a todas luces anacrónico. El último de mis psicólogos –el último en realidad- me dijo que no me hacía bien hablar contigo. Creo que tiene razón. Sé muy bien que en estos momentos no soportaría oír tu voz. No es que tema que volvamos a discutir, o que me produzca un gran dolor o una gran tristeza el escucharte. Es sólo que, ahora, no quiero oír ninguna voz. Ni la tuya ni la mía. No quiero que ninguna palabra o voz humana venga a perturbar la extraña tranquilidad que habita estos momentos.
Dime ¿Qué te parece París? ¿Es como lo imaginabas? Cuando éramos novios siempre me pedías que te hablara sobre los meses que viví en Europa. Me interrogabas principalmente sobre aquella ciudad. Siempre fui honesto: es una ciudad que huele a mar y a meados de vagabundo; con un gran monumento de metal, de formas aburridas, en su centro. Una torre que logra conmover a los espíritus que poseen una melancolía diseñada por la mercadotecnia, los snobs y la mala literatura. Una ciudad con un Sena de aguas turbias y un Louvre siempre atiborrado de turistas ricos que no entienden un pito de arte. No hay nada en París. Tampoco en Roma, o en Londres, o en Barcelona. No hay nada interesante o bello, como no lo hay en ninguna de las grandes ciudades diseñadas por el hombre. Luego de contarte todo esto te ponías seria y me decías que era un sujeto malo, que trataba de destruir todas tus ilusiones prematuramente. Yo, con una sonrisa en los labios –a nadie he sonreído cómo a ti, Raquel-, te decía que no me hicieras caso. Que cada uno ve las cosas de diferente manera. Que quizá, cuando la conocieras, te parecería una ciudad llena de gracia. Dime ¿ha sido así?
Cuando era niño mi padre me obligó a cortar un limón que había en el corral de la casa. Yo no quería hacerlo porque ya en la escuela me habían contado que los árboles estaban vivos igual que los perros y los caballos. No importaron mis ruegos. Al primer hachazo comencé a llorar, y seguí llorando hasta que el pequeño árbol se volvió un montón de leña tirado en el centro del corral. Algo mío debió morir con aquel limón, porque desde aquel día no he logrado volver a llorar. Meses después, cuando murió mi padre, no derramé una sola lágrima. Estuve toda la noche sentado junto a mi madre. Y en mi interior no había nada. A veces creo que aquel árbol estaba maldito y se llevó a su muerte una parte de mi vida; otras veces pienso que dios me dio un alma incompleta sin darse cuenta de ello. Pero todo esto lo he pensado ahora que ya soy adulto. Pasé muchos años imaginando que podía sentir.
Disculpa todas estas digresiones, Raquel. No estoy tratando de justificarme ante ti, puedes estar segura de que eso me tiene sin cuidado. Es sólo que se me ha venido a la mente esto del árbol y quise contártelo. La razón por la que te escribo es porque el día de ayer me encontré con tu madre en el mercado. Me gritó, delante de otras personas, que cómo pude tener el atrevimiento para echarte de la casa cuando fue del bolsillo de su esposo –de tu padre- que salió la mayor parte del dinero para pagarla. Que era un hijo de puta. Que si tuviera un poco de dignidad, que si fuera un hombre verdadero en lugar de un mal intento de uno, habría sido yo quien abandonara la casa en vez de echar a la calle a mi mujer y a mi hija. Me recordó entre insultos que eras tú quien llevaba el dinero al hogar, porque a mí me gustaba estar desempleado la mitad del año. No sé por qué comencé a reír, lo que hizo que tu madre comenzara a darme de golpes en el pecho. Un par de clientes la sujetaron. Me alejé despacio, con un cereal integral en la mano y sin decir una sola palabra.
Admito que todas las cosas de las que me acusó tu madre son verdaderas. Todas menos una: yo jamás te eché de casa, Raquel ¿Fuiste tú quien le dijo eso? ¿Sentiste vergüenza de decir la verdad a tus padres? ¿Qué cosas inventaste acerca de mí para justificar tu huida? No me molesta que hayas ensuciado mi nombre inventando sólo el diablo sabe qué mentiras. No me molesta porque no hay ninguna cosa en este mundo capaz de mancillar o purificar nada. Es sólo que no logro entender por qué lo hiciste. Justo ahora, me resulta muy complicado entender el sentimiento de vergüenza. Me resulta muy difícil entender cualquier cosa.
Tú fuiste quien decidió marcharse, Raquel. Después de tu infidelidad no soportabas compartir un mismo espacio conmigo; te ponías a llorar apenas veías mi rostro. Supongo que la culpa te lastimaba, te conozco muy bien y sé que tu personalidad, profundamente religiosa, no te dejaba en paz un momento. No pienso reprocharte el que te hayas acostado con otro hombre. No lo hice en su momento y tampoco lo haré ahora. A decir verdad, me sorprendió que tardaras tanto en hacerlo. Después del nacimiento de Ariadna no volví a tocarte. Yo sé lo importante que es el sexo para algunas mujeres; también la ternura. Y, sin embargo, no tuve ningún reparo en descuidar tu alma y tu cuerpo. Sentía ante su desnudez lo mismo que ante un pedazo de carne helada colgando en las carnicerías. Y no podía evitar sentirme un estafador las pocas veces que traté de decirte alguna palabra amorosa luego del nacimiento de nuestra hija. Pensaste acaso que había dejado de amarte, Raquel, y fuiste a buscar consuelo en el placer que otros hombres te ofrecían. Bella como eres, no tardaste en encontrar un sustituto. Pero fue inútil ¿no es cierto? El amor que tú y yo nos teníamos era demasiado grande como para sustituirlo sin comprometer a todo el universo.

………

Raquel, me he quedado dormido mientras escribía. Soñé con el árbol del que te hablaba, aquel que talé en mi última infancia. Había crecido bastante, como si en todo este tiempo hubiese existido en una realidad paralela a la nuestra que, bien mirado, quién sabe que tan real sea. Me senté a su sombra. Cayeron sobre mis manos, como dos grandes globos dorados, sus limones. Me sentí feliz. Niño nuevamente, quise correr donde mi madre y depositar los frutos en su regazo.
Cuando desperté el sentimiento persistía (persiste aún). ¿Cómo explicarte lo que ahora siento? es como si el árbol me hubiese perdonado, como si me dijera: “tú no eres el culpable del mundo. Tú no eres el culpable de la leña, de las hojas secas o las raíces muertas”. Quiero ir a ese país, Raquel, al país que habita  ese árbol. No sé bien lo que encontraré en él, pero en este momento es lo único que quiero y he decidido partir.
Me asomé por la ventana y todo el mundo entró por mis ojos y colmó mi corazón de una manera dolorosa. He vuelto a sentir, Raquel, ahora que el árbol me ha perdonado. Vi las hojas secas de los árboles chocar contra las bolsas negras de la basura. Vi la mierda de los perros sobre las aceras. Vi los gestos tristes de los hombres y las mujeres adultos de México. Pensé en la pobreza y en nosotros: la culta e intelectual burguesía mexicana; pensé en las galerías y editoriales de nuestros amigos y familiares ¿Cómo es que no se nos cae la cara de vergüenza? ¿Cómo es que podemos leer a Cervantes y a Miguel Hernández y luego subir a nuestros automóviles e ir a un centro comercial y tatuarnos un poema en francés o comprar una bolsa en la cual meter el maquillaje y el teléfono y  comprar unas botas que valen más de lo que una familia gasta en un mes? Ahora que siento nuevamente me doy cuenta de que son estas las razones por las que abandoné la universidad. No había nada en ella, nada en sus maestros o estudiantes. Nada sino un absurdo y una incongruencia llevados al límite.
Una mariposa negra ha entrado por la ventana; yo ya la esperaba. Ha estado dando vueltas alrededor de mí, en círculos ascendentes, como si tejiera un capullo invisible en el  que sufriré mi última metamorfosis. La miro ahora, mientras escribo, y no puedo dejar de sonreír
Quiero aprovechar la extraña claridad de mis pensamientos y sensaciones para decirte que te amé, Raquel, que fuiste tú la única verdad que conocí en el mundo; lo único en lo que pude creer, yo, que no creo en nada. Nunca pensé que una mujer tan bella se detendría a contemplar mi vida por un instante.
La mariposa ha cerrado el último círculo y ha desaparecido. La última luz del sol se ha impregnado a las paredes. Tomaré un baño de agua helada antes de irme. Es gracioso, justo ahora he pensado en tu cuerpo: te recordé leyendo desnuda sobre la cama. Cómo me gustaría acostarme contigo una vez más. Pero es absurdo pensar en lo imposible; tú y yo no nos veremos en mucho tiempo.

Hallarás dinero en tu cuenta. Esta casa es tuya y las miles de hojas que he escrito desde que vivo solo. No temas regresar, la policía vendrá primero y no encontrarás nada desagradable. Prometo que no escucharás mi voz. Di a Ariadna, cuando el maldito lenguaje pueble su cerebro, que un mamífero pequeño y de color durazno se robó un paquete de nubes que quería regalarle. Dile que persigo a esa criatura a través de todas las malezas del mundo, y que volveré un día con un sinfín de nubes atadas a las muñecas.
No sabes, Raquel, cómo me gustaría que pudieras ver la extraña forma en que brilla el cielo, esta noche, a través de mi ventana.

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