domingo, 9 de octubre de 2016

El señor de las nieves




I.

Antes de que caiga la última noche vista y sentida, dijo, y se llevó la cuchara a la boca, si es que no ocurre un terremoto que abra una grieta y nos trague a unos y los otros sean revolcados y ahogados por una ola gigantesca provocada por el baile tectónico, o si la naturaleza lanza cualquier otro rugido que nos regale la muerte masiva en desprevenida manera a vivos y muertos por igual, habrá mucho sufrimiento, humano y animal, más del que no acabamos de ver todos los días desde que se crearon los textos -y en ese momento yo pienso en la definición de texto y después en el significado de creación, aunque una fue después de la otra y las dos dependen de la alucinación, y por eso me alucino un poco, y pasan unos caballos corriendo en mi cabeza, pero trato de controlarme y jalo las riendas y las greñas porque se ve que no todos son de montar, y que el viejo señor tiene algo que le va del estómago a la boca, y las vibraciones que llegan a mi oído significan- y por lo tanto habrá mucho arte, porque de eso se hace el arte, dice, y se vuelve a llevar otro pedazo hasta su boca, de sangre derramada en forma lenta. Y de un chingo de sangre, le digo, de charcos. Así es, pero siempre es la suficiente para no estar muerto, porque los muertos no pueden pintar, ni escribir, ni tallar la madera; los muertos solo se pueden pudrir más con el paso del tiempo hasta que les llega la hora, estén vivos o estén muertos. Un muerto puede revivir si hacemos magia, le digo. Y da otra cucharada. Su mirada fija. El silencio arroja significados. Y sabemos y no sabemos.
   Me ve los ojos: la muerte es exacta, no tiene espacios sobrantes, es como si llenaras un vaso hasta el borde; una gota más y se derrama, una gota menos y desaparece la tensión total; el líquido se adapta a la circunstancia que es el vaso, y el vaso no tiene otro hacer que recibir eso que nos deja estáticos y nos hace más pesados, gota a gota, hasta que ya no nos movamos más, me dice después de unos segundos que me dieron tiempo de ver la hora en mi celular; un muerto bien muerto es imposible de revivir, de lo que tú hablas es de ignorancia, y ser ignorante no es estar muerto, sino extraviado o engañado. Pero todos lo estamos, y todos somos ignorantes, le digo, pero él ya sabe: tantos años fumando mientras el sol cambia de naranja a rojo para ocultarse en lo más lejano a los ojos del mar. Sin embargo, me dice, hay un tipo de ignorancia y de sed que te lleva a estar muerto, y hay una ignorancia de la que nunca te librarás ni aunque vivas mil años, porque eres uno y solo uno, que puede vivir varias vidas si tienes empatía y los necesarios huevos para ponerte los tenis en lugar de colgarlos. Todo mediante el arte. Y continúa: a ti qué te extravía más, la oscuridad o la multiplicidad de significados. La pregunta no es casi pregunta si le pienso con la que pienso. Es cuestión de gustos, porque en la oscuridad hay varios senderos que se pueden caminar; el mar de noche es inagotable, el cabello negro tiene un brillo distinto si las velas solo echan humo. Y los ojos que mienten de la que amas qué significan. Si hablamos de perderlo todo y de perderse por completo, yo salgo perdiendo con la mujer. Siempre.
   Siento la mueca de su cara. Casi siento que se va a acabar. La manera en que se derrite. Volvamos a la sangre esparcida o acabaremos muertos, me dice. Pero una vez que las piensas, volver no es fácil. Yo, en lo personal, admiro a quienes toman la decisión de hundirse en el alcohol por ellas y aventar una moneda gastada al aire: llegar al olvido o a la aniquilación; yo soy más cobarde, o más adicto a los olores que se fugan de sus poros; no puedo estar vivo en verdad sin ellas, no me imagino mi cama sin el olor a su sudor, a perfume, a menstruación, a sexo húmedo. Me muero, me moriría por cualquiera que me haya regalado una noche o un par de horas en un colchón. La sangre, dice el viejo, tiene que brotar para la creación. Y yo sé su visión y el camino del héroe trágico porque el estante de libros me queda muy cerca de la cama, sin embargo lo dejo continuar, porque para llegar a estas tierras mexicas tuvimos que pasar por la vieja escuela donde enseñaban griego y después latín. Me dice: todo tiene que pasar; cuando se piensa pasa; el mundo se va a acabar cuando todo pase y ya nada pueda volver a pasar porque no habrá personas, sino seguidores de órdenes, sin interés por cuestionar la idea y la acción. Yo sé, y lo miro a los ojos mientras hablo, que nada es para siempre. Eso todos lo saben cuando les llega la hora, contesta, hablo de lo que viene después de la digestión de saber, y de conocerse a uno mismo. No estoy siendo tan claro, me dice, porque quiero que notes el matiz. Sin grito de parto no hay liberación, distracción del hecho que está sucediendo y que provoca que la persona arroje todo el sudor, las lágrimas, la sangre, una idea tras otra: la descarga eléctrica de la vida, el ensanchamiento del cuerpo, la mirada perdida en espera que todo sea en verdad. No bueno, ni malo, dice, y usa sus labios para dejar la cuchara limpia, sino que simplemente sea. Es decir, que su compleja libertad traiga algo más que la pura existencia, y se vea con la belleza de una de veinte y tenga un par de siglos recorriendo los ojos de los que caminaron a pesar del vacío estómago para luchar contra la vacía existencia, que se verá así o incluso más buena, hasta que muera, hasta que nadie pueda disfrutarla por el tiempo y por la inclusión de otro sistema, o por la regresión a otro, o el reseteo del mismo. Las implicaciones de la muerte de las estrellas.
   A pesar del tiempo, le digo, la esencia permanece. Ese es el secreto del sistema, y sonríe mientras ve el interior de su nieve, y continúa, inundar las calles y los hogares de diferente publicidad que dirija el mismo mensaje de deseo ser como las estrellas, en cada cabeza, y genere ansiedad por no poseer lo inmerecido por los pobres según los ricos que le chingaron desde que estaban más chavos y ahora tienen un imperio ellos le llaman, que pretenden crecer, no desarrollar, mediante la reducción de todo lo que implique dinero y recursos gastados para producir y luego vender o solo revender artículos cada vez más caros. Para acumular más riquezas que alarguen más la distancia entre los humanos.
   Jugar con los hombres del mercado es un riesgo que se asume para tener más locura en las calles, y dinero en la cartera. Todo sea por el bien y disfrute de la banda que dejó la aerolínea comercial porque se dieron cuenta que con cada exhalada había algo de ellos que se movía y ascendía. Eso no se lo dije al ruco.
   La permanencia de la esencia solo indica que a pesar de todas las revoluciones y guerras y enfrentamientos ideológicos, lo que conocemos por sistema se ha mantenido más o menos inamovible después de todo. Hablar de la ubicuidad de la esencia es sistemático, y por lo tanto alterable. ¿Es verdad eso que crees?, y cuando las palabras salen de mi boca siento el cotorreo; pareciera que es lo contrario: que el constante hedor a cagada solo muestra que no es opción, sino estatua milenaria para rendirle reverencia en una existencia tan extraña que te obliga como individuo a formar parte del todo que no quieres agacharte. Todo se puede modificar menos la codicia del ser humano, y el delirio de poder. Y me dice que me equivoco porque todo es alterable, la única prueba necesaria para él es que el universo se expande hacia el infinito. Qué más quieres, me dice, ni lo más enorme se mantiene igual: hará un tiempo con luz en alguna parte cuando colapse o aumente sus dimensiones. Imagina eso. Así como sin registro previo nació, quedará sin texto alguno después de él. Nadie sabrá qué pasó en verdad, quizá no habrá ni cenizas ni polvo que flote en el aire, Entonces veo a dos policías en bicicleta que esperan el verde semáforo para avanzar. En mi interior loquera que traigo puesta aparecen las palabras ordenadas: y todo para qué. Cualquier respuesta se desgasta con el tiempo. Y medirnos por el tiempo y mediante el tiempo es una estupidez. Todo es avanzar, llegar más lejos creyendo otras cosas. Dicen que no tienen tiempo, y es lo único que nos queda desde que empezamos a respirar.
   Todo es energía, me dice, y si usas tu energía para aventurarte a crear vas a bailar sin contenerte dentro de la constante transformación en la que estamos. Y bailar, me dice, ya es mucho decir. Lo dice por ser veterano de pista, creo, porque cuando la música está dentro es por libertad de ser, de las necesidades más necesarias es. El cerebro recibe e interpreta y el cuerpo recrea y transmite. Por eso nos drogamos para escuchar música. Por eso nos drogamos para coger. Por eso vendo esta nieve. Por eso cerramos los ojos y solo nos concentramos en los sonidos y las luces que atraviesan los párpados. Porque observar ya es demasiado. Y luego si me topo con mamacitas que tengan campo magnético sexual llamativo todo es lo que no parece. Porque el éxtasis del baile se vuelve preámbulo iniciación de posibilidad de acabar sin ropa jadeando como perro. Con la lengua de fuera, escurriendo baba y semen.
   Está buena, me dice. Y yo por andar echando el clavado verbal casi pregunto dónde, pero me mantengo. Controlo la situation, carnal. Equilibro mi sentar en la silla y pienso que la charla ha estado muy cotorra, sin embargo hay que continuar llevando la cima de las montañas a los bienaventurados mortales que cruzan camino con el señor de las nieves.

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