I.
Antes de que caiga la última noche vista y sentida, dijo, y
se llevó la cuchara a la boca, si es que no ocurre un terremoto que abra una
grieta y nos trague a unos y los otros sean revolcados y ahogados por una ola
gigantesca provocada por el baile tectónico, o si la naturaleza lanza cualquier
otro rugido que nos regale la muerte masiva en desprevenida manera a vivos y
muertos por igual, habrá mucho sufrimiento, humano y animal, más del que no
acabamos de ver todos los días desde que se crearon los textos -y en ese
momento yo pienso en la definición de texto y después en el significado de
creación, aunque una fue después de la otra y las dos dependen de la
alucinación, y por eso me alucino un poco, y pasan unos caballos corriendo en
mi cabeza, pero trato de controlarme y jalo las riendas y las greñas porque se
ve que no todos son de montar, y que el viejo señor tiene algo que le va del
estómago a la boca, y las vibraciones que llegan a mi oído significan- y por lo
tanto habrá mucho arte, porque de eso se hace el arte, dice, y se vuelve a
llevar otro pedazo hasta su boca, de sangre derramada en forma lenta. Y de un
chingo de sangre, le digo, de charcos. Así es, pero siempre es la suficiente
para no estar muerto, porque los muertos no pueden pintar, ni escribir, ni
tallar la madera; los muertos solo se pueden pudrir más con el paso del tiempo
hasta que les llega la hora, estén vivos o estén muertos. Un muerto puede
revivir si hacemos magia, le digo. Y da otra cucharada. Su mirada fija. El silencio
arroja significados. Y sabemos y no sabemos.
Me ve los ojos: la muerte es exacta, no tiene espacios
sobrantes, es como si llenaras un vaso hasta el borde; una gota más y se
derrama, una gota menos y desaparece la tensión total; el líquido se adapta a
la circunstancia que es el vaso, y el vaso no tiene otro hacer que recibir eso
que nos deja estáticos y nos hace más pesados, gota a gota, hasta que ya no nos
movamos más, me dice después de unos segundos que me dieron tiempo de ver la
hora en mi celular; un muerto bien muerto es imposible de revivir, de lo que tú
hablas es de ignorancia, y ser ignorante no es estar muerto, sino extraviado o
engañado. Pero todos lo estamos, y todos somos ignorantes, le digo, pero él ya
sabe: tantos años fumando mientras el sol cambia de naranja a rojo para
ocultarse en lo más lejano a los ojos del mar. Sin embargo, me dice, hay un
tipo de ignorancia y de sed que te lleva a estar muerto, y hay una ignorancia
de la que nunca te librarás ni aunque vivas mil años, porque eres uno y solo
uno, que puede vivir varias vidas si tienes empatía y los necesarios huevos
para ponerte los tenis en lugar de colgarlos. Todo mediante el arte. Y
continúa: a ti qué te extravía más, la oscuridad o la multiplicidad de
significados. La pregunta no es casi pregunta si le pienso con la que pienso.
Es cuestión de gustos, porque en la oscuridad hay varios senderos que se pueden
caminar; el mar de noche es inagotable, el cabello negro tiene un brillo
distinto si las velas solo echan humo. Y los ojos que mienten de la que amas
qué significan. Si hablamos de perderlo todo y de perderse por completo, yo
salgo perdiendo con la mujer. Siempre.
Siento la mueca de su cara. Casi siento que se va a acabar.
La manera en que se derrite. Volvamos a la sangre esparcida o acabaremos
muertos, me dice. Pero una vez que las piensas, volver no es fácil. Yo, en lo
personal, admiro a quienes toman la decisión de hundirse en el alcohol por
ellas y aventar una moneda gastada al aire: llegar al olvido o a la
aniquilación; yo soy más cobarde, o más adicto a los olores que se fugan de sus
poros; no puedo estar vivo en verdad sin ellas, no me imagino mi cama sin el
olor a su sudor, a perfume, a menstruación, a sexo húmedo. Me muero, me moriría
por cualquiera que me haya regalado una noche o un par de horas en un colchón.
La sangre, dice el viejo, tiene que brotar para la creación. Y yo sé su visión
y el camino del héroe trágico porque el estante de libros me queda muy cerca de
la cama, sin embargo lo dejo continuar, porque para llegar a estas tierras
mexicas tuvimos que pasar por la vieja escuela donde enseñaban griego y después
latín. Me dice: todo tiene que pasar; cuando se piensa pasa; el mundo se va a
acabar cuando todo pase y ya nada pueda volver a pasar porque no habrá personas,
sino seguidores de órdenes, sin interés por cuestionar la idea y la acción. Yo
sé, y lo miro a los ojos mientras hablo, que nada es para siempre. Eso todos lo
saben cuando les llega la hora, contesta, hablo de lo que viene después de la
digestión de saber, y de conocerse a uno mismo. No estoy siendo tan claro, me
dice, porque quiero que notes el matiz. Sin grito de parto no hay liberación,
distracción del hecho que está sucediendo y que provoca que la persona arroje
todo el sudor, las lágrimas, la sangre, una idea tras otra: la descarga
eléctrica de la vida, el ensanchamiento del cuerpo, la mirada perdida en espera
que todo sea en verdad. No bueno, ni malo, dice, y usa sus labios para dejar la
cuchara limpia, sino que simplemente sea. Es decir, que su compleja libertad
traiga algo más que la pura existencia, y se vea con la belleza de una de
veinte y tenga un par de siglos recorriendo los ojos de los que caminaron a
pesar del vacío estómago para luchar contra la vacía existencia, que se verá
así o incluso más buena, hasta que muera, hasta que nadie pueda disfrutarla por
el tiempo y por la inclusión de otro sistema, o por la regresión a otro, o el
reseteo del mismo. Las implicaciones de la muerte de las estrellas.
A pesar del tiempo,
le digo, la esencia permanece. Ese es el secreto del sistema, y sonríe mientras
ve el interior de su nieve, y continúa, inundar las calles y los hogares de diferente
publicidad que dirija el mismo mensaje de deseo ser como las estrellas, en cada
cabeza, y genere ansiedad por no poseer lo inmerecido por los pobres según los
ricos que le chingaron desde que estaban más chavos y ahora tienen un imperio
ellos le llaman, que pretenden crecer, no desarrollar, mediante la reducción de
todo lo que implique dinero y recursos gastados para producir y luego vender o
solo revender artículos cada vez más caros. Para acumular más riquezas que
alarguen más la distancia entre los humanos.
Jugar con los hombres del mercado es un riesgo que se asume
para tener más locura en las calles, y dinero en la cartera. Todo sea por el
bien y disfrute de la banda que dejó la aerolínea comercial porque se dieron cuenta
que con cada exhalada había algo de ellos que se movía y ascendía. Eso no se lo
dije al ruco.
La permanencia de la esencia solo indica que a pesar de
todas las revoluciones y guerras y enfrentamientos ideológicos, lo que
conocemos por sistema se ha mantenido más o menos inamovible después de todo. Hablar
de la ubicuidad de la esencia es sistemático, y por lo tanto alterable. ¿Es
verdad eso que crees?, y cuando las palabras salen de mi boca siento el
cotorreo; pareciera que es lo contrario: que el constante hedor a cagada solo
muestra que no es opción, sino estatua milenaria para rendirle reverencia en
una existencia tan extraña que te obliga como individuo a formar parte del todo
que no quieres agacharte. Todo se puede modificar menos la codicia del ser
humano, y el delirio de poder. Y me dice que me equivoco porque todo es
alterable, la única prueba necesaria para él es que el universo se expande
hacia el infinito. Qué más quieres, me dice, ni lo más enorme se mantiene
igual: hará un tiempo con luz en alguna parte cuando colapse o aumente sus
dimensiones. Imagina eso. Así como sin registro previo nació, quedará sin texto
alguno después de él. Nadie sabrá qué pasó en verdad, quizá no habrá ni cenizas
ni polvo que flote en el aire, Entonces veo a dos policías en bicicleta que
esperan el verde semáforo para avanzar. En mi interior loquera que traigo
puesta aparecen las palabras ordenadas: y todo para qué. Cualquier respuesta se
desgasta con el tiempo. Y medirnos por el tiempo y mediante el tiempo es una
estupidez. Todo es avanzar, llegar más lejos creyendo otras cosas. Dicen que no
tienen tiempo, y es lo único que nos queda desde que empezamos a respirar.
Todo es energía, me
dice, y si usas tu energía para aventurarte a crear vas a bailar sin contenerte
dentro de la constante transformación en la que estamos. Y bailar, me dice, ya
es mucho decir. Lo dice por ser veterano de pista, creo, porque cuando la
música está dentro es por libertad de ser, de las necesidades más necesarias
es. El cerebro recibe e interpreta y el cuerpo recrea y transmite. Por eso nos
drogamos para escuchar música. Por eso nos drogamos para coger. Por eso vendo
esta nieve. Por eso cerramos los ojos y solo nos concentramos en los sonidos y
las luces que atraviesan los párpados. Porque observar ya es demasiado. Y luego
si me topo con mamacitas que tengan campo magnético sexual llamativo todo es lo
que no parece. Porque el éxtasis del baile se vuelve preámbulo iniciación de
posibilidad de acabar sin ropa jadeando como perro. Con la lengua de fuera,
escurriendo baba y semen.
Está buena, me dice. Y yo por andar echando el clavado
verbal casi pregunto dónde, pero me mantengo. Controlo la situation, carnal.
Equilibro mi sentar en la silla y pienso que la charla ha estado muy cotorra,
sin embargo hay que continuar llevando la cima de las montañas a los
bienaventurados mortales que cruzan camino con el señor de las nieves.
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