Las nubes corren
entre las montañas.
Las montañas
corren bajo el cielo.
El cielo, del
que cuelgan las estrellas,
se mantiene
inmóvil en su eternidad.
El viento se
hace visible al acariciar la milpa.
Un perro negro y
viejo se tiende sobre su dicha.
En el fogón la
leña arde.
Un recipiente de
metal propicia el diálogo entre fuego y agua.
El fuego danza;
el agua ríe como una niña
mientras el café
se disuelve en sus entrañas.
El terreno es
verde e infinito.
La tierra
siempre se halla dando a luz.
De las piedras
se desprende un canto en sordina.
La amistad es el
alimento compartido y el silencio.
Este aroma que a
mí llega ¿Es el alma del eucalipto?
Sobre la
pirámide redonda adivino al hombre
que hace mil
años descubrió todos los acontecimientos
del mundo en la
escritura de los astros.
Por mi pupila
expandida se mueve todo lo imperecedero
Mi carne ha
aprendido el lenguaje de la materia.
Mi sangre arde
en éxtasis, ha descubierto el pulso inagotable.
Mi voz ha sanado
de inútiles palabras;
volviéndose puro
sonido y vibración.
No soy yo quien
habla y mira.
Es la vida que,
en una conciencia limitada,
a sí misma se
contempla y dice.
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