viernes, 5 de agosto de 2016

Conversación con el monstruo




There’s no path to followwww

The Chemical Brothers

Para tener el control. Para sentir que tienes algo. Para creer que la realidad se puede alejar de la ficción por los absolutos verdaderos cuestionables pero incuestionados. Como una mirada que puede ser la. Música en soledad. Para entender que la vida es una serie de historias contadas para tener el poder sobre el esclavo obligado a ver la ilusión verdadera en el rectángulo asesino de neuronas. Para dejar de hacer lo que estoy haciendo y dedicar el tiempo a esculpir estrellas con luz. Para que la libertad deje de ser un concepto económico y mercadológico. Para vivir sin esperar la guerra final, que separe los cuerpos para siempre y los vuelva desconocidos irreconocibles, conocidos solo por la muerte que los desgarraba mientras respiraron. Para entendernos y así sentir esta cama menos sola.
   ¿Crees poder aguantar eso? La pregunta es un reflejo inspirado por el consumo de la inexistencia humana (fl)(h)echa humo cada vez que imaginas un objeto y de naturalista manera para ti buscas un camino que dijeron, no existía, pero tienes un cerebro que con los machetes está dispuesto a abrirse espacio hacia ese hecho intuido quizá desde antes que la obra fuera representada con ciertas intenciones ante tu ser que se dispone a observar, disufrirfrutar y tratar de analizar exhaustivo en caliente aceleración neuropasional. Dolor eléctrico sentido en el pecho, nacido en el  cerebro, ocasionado por otro. Es el teatro. Espontáneas reacciones químicas simultáneas salidas del ático que crean emociones como juguetes alejados del pensamiento sano occidental (dicen). Sin embargo son otra cosa, dizque hay algo más que no podemos nombrar porque no conocemos. Algo que se siente o que se cree que se siente. El filo de un cuchillo que no ha entrado. Resplandeciente. Única verdad. Abstracto que no ha sido visto –quién sabe si verdadero o no- y que de alguna manera hace o se cree que hace impacto en la vida, y por lo tanto se vuelve real para el que lo piensa. Es eso de lo que hablo: pensar que tu pareja se acostó con alguien que no eres tú es hacer que pase. Incluso cuando ese que no eres tú, sí eres tú, pero en determinado estado que te hace ser otro. El pensamiento es todopoderoso y la libertad se ríe con descaro ya estoy pensando. El pensamiento puede matar o puede morir. Pero no puedes salir ileso. El engaño y la necesidad de cambio sentir cuando escuchas unas palabras que se confunden con una alarma que suena a una hora que no debiera. Das vueltas sobre ti mismo sin ver el humo, el polvo que ha dejado la diligencia. Sin embargo ahí está el sonido. En tu cabeza está el sonido.
   En este mundo si tus sentidos son cautivados, se hipnotiza el cotorreo en un trance sublímico que impide al único ojo humano ver mediante el espejo viejo y empañado que es el exterior. Adentro afuera adentro que viene de afuera, del tiempo corrupto por el engaño. La riqueza y las tierras. Los más jóvenes de verdad –chavazos- creen que todo está claro: el empañamiento es no creer, y solo se borra creyendo. Todo es y tiene que ser así, lo dice el libro sagrado. Después ya no escuché. Unos, otros, hablan de quienes tuvieron o tienen pensamientos sabios y verdaderos y murieron cerca de la cima o en una cama, con una preocupación noble y los estragos de la voluntad del tiempo en sus cerebros. Todo es cuestionable: cada mínimo detalle de ese todo percibido es cuestionable porque somos humanos, es decir, seres con la incapacidad de percibir todo. Hay un mundo que se nos escurre por el drenaje y las máquinas ayudan a abolir un poco esa finitud. La vanguardia tecnológica como droga que ayuda a hacer, a sentirse parte de. Todo hasta volver al origen. Volver a estar muerto. Muerto para los vivos. Hasta que un meteorito cruce el límite y sea atraído por la gravedad, y una al fuego con el mar y la tierra.
   Crees que la verdad está en los hechos, no en las intenciones. Por eso hacer no es hacer todo lo que te dicen que tienes que hacer. Son estupideces, piensas, eso que te ordenan sin ordenarte. Eso que te meten sin que tú quieras o te des cuenta (si es que no piensas tanto) solo con una película, que deseaste  no ver pero que ahora pagas por hacerlo, es decir, das tu dinero a una empresa a cambio de que en hora y media un grupo de personas con poder te cuente una historia elocuente para convencerte de algo que le conviene no solo a ellos, sino a esa masa multiforme que llamamos sistema, y que apesta a carne descompuesta y  plástico quemado. Todo porque la persona de la butaca de al lado te importa. Y te importa tanto, que quisieras sacarla de esa mentira vista, después asimilada y vivida. Pero te tomas las cosas muy en serio. Es para pasar el rato, para reírnos un rato; la película está buena: sus ojos fijos en la pantalla. Hacer es al terminar la película comunicar la mentira, destrozarla con otras realidades más de flecha, que sirvan a la vida global, no solo a los cerdos que se revuelcan con personas que quieren ascender a cerdos y por eso dan las nalgas cuantas veces sean necesarias, todo por una cama más confortable, por una comida más cara, por una casa más vigilada, por un número con más dígitos, y unas cuantas playas exóticas. Esa es la verdad, somos números, dicen, somos los números que tenemos en la cabeza, debajo del colchón, en la cochera, en la cuenta de banco, en las sábanas manchadas, en los dientes que nos quedan, somos el número de una credencial que nos permite votar por quien no deseamos ni vivo cerca del ideal mexica, somos el número de muertos que va dejando la revolución y el gobierno en turno. La vida nos ha hecho el número de veces que hemos fallado mientras tratamos de expresarnos y así poder hacer las cosas bien.
   Y si analizas cada signo, cada símbolo te vuelves loco porque todo significa algo, y por qué, por qué demonios cuando te dijo que eso era lo que había pasado dejó de ver a los ojos que tenía enfrente, que eran los míos, y las últimas oraciones sellaron una desconfianza eterna porque fue como si las palabras desviaran la mirada a la parte alta de la pared del cuarto. No es nada. No significa nada. Calma, no dejes que tu pecho sea desinflado por la ansiedad y te falte el aire. Respira, solo son palabras contradiciendo tu mirada. Pero luego piensas más de lo permitido por las leyes de la tranquilidad, la estupidez y el bienestar humano. Empiezas a hurgar, a meter la cabeza. Sientes que te pones unos guantes blancos de látex; con la mano derecha estiras el borde del guante izquierdo cuando ya lo tienes bien metido en la mano, y lo sueltas para oír el sonido. Ha empezado, no se va a detener en mí. No sé si estoy loco pero necesito la verdad, de lo contrario no tiene sentido.
   Es querer ver un árbol donde hay pasto que espera lluvia para crecer y olvidarse de la fuerza del mediodía. El fuego hecho luz. El fuego en la espalda, en la cabeza, en esos pies jóvenes que se han cansado de ir de un campo, a una playa, a una ciudad solo para encontrar el mismo tipo de mujeres y de hombres viviendo una fantasía malhecha, remendada, parchada, descolorida y pintarrajeada, (así la encontré) tergiversada; contando las mismas mentiras para sentirse parte de algo que es verdad única, dicen no ver otra cosa.
   Narrar una historia para pasar el tiempo. Narrar para enamorar mediante la vida del otro que se vuelve un posible yo del que narra y del consumidor adicto de textos: eso es el ser humano, que escucha, y cuando ese ser siente amor es génesis y destrucción, creación y mentira. Y es que el amor nace de una mentira que nos contaron en otras ochenta películas y sufrimos cuando el absoluto es marginado o manchado casi cambiado por voluntad propia o imposición ajena. “No, eso que te conté ese día no era cierto, la verdad es esta”.
Nadie pareciera darse cuenta de las implicaciones, de las consecuencias de la unión de signos. La historia que te contaste a ti mismo sobre esa persona y que te contó mientras se conocían más con cada plática no es verdadera. Y desde antes tú ya sabías diferenciar un hecho de su noticia. Ese día creíste que no había problema. A fin de cuentas todos callan. Todos fallan. Pero llega otro no lejano (ahora mismo) en que empiezas a pensar. En los detalles. Estás haciendo cualquier otra cosa y empiezas a hacer un estudio comparativo de las historias contadas, de los personajes, del tiempo, del espacio. Despacio primero, casi tranquilo. Quieres tomar aire pero es tiempo de sumergirse. Las pasiones, las emociones, las sustancias. Después tratas de analizar el estilo, cómo es que fue contada cada una de las partes. Pero luego tienes un conflicto: te acuerdas de la historia. Bajo qué circunstancias fueron contadas ficción 1 y ficción 2. Si 1 fue contada en un bar de música electrónica y 2 fue contada después de hacer el amor seis horas en su cama definitivamente no son iguales. Y si meses después, o semanas, o incluso el mismo día que 2 te fue narrada se agrega una ficción 3 al calor de una discusión que surgió de la nada, porque así empieza la desconfianza, con un vaso vacío que alguien te llena de un líquido que tienes que beber para poder vivir el presente sin preocupación. Tú no querías beber de esa agua creías haber ya bebido y naufragado sentimientos rotos, despedazados, hasta volverlos pensamientos indeseados, casi enterrados en la arena, debajo de la fogata, hasta que otro ser que decía ser diferente te trajo una caja de dulces mentiras envueltas de un amor inseguro color rosa con un gris que le quedaba bien. El moño era la necesidad de no ser juzgado. La tarjeta decía “éste es mi verdadero yo, ámalo y te amaré por siempre”. Y así empezaron las complicaciones. Decidiste usar el lenguaje para contarme una realidad que querías esconder pero saber acerca del yo que vive dentro de la narración, ese personaje que puede ser cualquiera, y que te esfuerzas por convertirte en. Narrador personaje. A mí me pasó así. Yo vi las  cosas de ese modo.  Y no lo dije porque en el pasado era diferente. Eso es lo que pasó. ¿Te das cuenta?
   Nunca. Nunca vas a estar bien porque elegiste el camino de la verdad. La incertidumbre es más cierta en el agua. El reventar de las olas provocó adrenalina al corazón esparcido por la sangre deseas más mundo. Y das unas brazadas para cruzar la línea de choque y de formación. La corriente empezó por jalar el cuerpo. Pasan las olas. Hace mucho sol. Los pies dejan de tocar la arena. El sonido de la demás gente en la costa es casi imperceptible que tu corazón empieza a trabajar un poco más. Nadar se ha vuelto una necesidad. ¿Cómo se siente? El oxígeno es muy valioso, dicen los médicos. ¿Era lo que deseabas, no? Empiezas a medir tus fuerzas. La fuente de vida se vuelve tu amenaza. Es el problema de todo hombre. Es explorar las cavernas submarinas y regresar a la costa a narrar. Es cambiar tiempo de vida por un presente más intenso. Observar las contradicciones para reírse de la locura del destino: cada uno tiene el suyo, pero todos acaban en la inexistencia. Robarle flores a la muerte para regalárselas a quien esté dispuesto a compartir un cigarro y la angustia. Todo ha empezado a acabarse, ya no crees en la vida que te ha sido ofrecida.
   En el camino de la verdad, solo con tus ojos y la muerte. Solos los dos, con los cuerpos desnudos y las sábanas frías. Queremos tocarnos y arrancarnos la carne a mordidas. Hundimos nuestros labios en alcohol y deseamos la eternidad de la llama pero nos olvidamos de que el fuego todo lo puede, excepto dar las coordenadas de un tesoro mexica, y consume los cuerpos y la madera de la cama. Es un libro perdido el iniciador del incendio. Pero no es el libro en sí, sino los hechos narrados. Y esa de ahí es tu sombra, acostada en las cenizas de tus restos. Combustión mujer rápida haces explotar mi balsa y me encuentro a la deriva, como un soñador en el mar de medusas sin verlas al ojo porque duele la sal. Quedarse de estatua entre las olas. Solo frente la inmensidad de jade inconquistable. No te busco a ti, sino a tus ojos, ellos me hablan de ti y las circunstancias alterables por el entendimiento humano, y también me dieron un sobre con posibilidades para que lo leyera cuando estuviera solo y no pudiera dormir.
   Tengo cuatro pensamientos. Y en esos cuatro pensamientos estás tú, y por lo tanto estoy yo. Esos cuatro pensamientos me han hecho pararme de la cama a las dos de la mañana casi para tomarme un café y fue cargado el rifle, negro. Empiezas a hablarte a ti mismo otra vez. Te gusta ese olor de cigarro recién prendido que se desvanece. Decides limpiar la casa y el suelo de la cocina tiene unas manchas pequeñas. No sabes explicar qué fue lo que pasó. ¿Lo sabrá alguien? Por momentos no te importa que esté ahí pero decides tallar y tallar. Desgastar. El cuerpo empieza a sentir que son las dos de la mañana pero el cerebro ya dijo cuáles con sus puntos cardinales y sus coordenadas en la actividad desenfrenada. Un chicle a la boca. No son cuatro. Si son cuatro tiene que haber más. Es como las cucarachas, si hay una a la vista, busca por las demás. Deben estar allí, debajo de las cosas que usas diario, escondidas en una esquina, inertes si no sienten amenaza, sin embargo cuando su instinto les advierte acerca de algo como una bota en descenso entonces corren a otro lado y se esconden, son rápidas, se deslizan por el suelo. Para observarlas detenidamente hay que capturarlas, matarlas. No son algo que podamos observar vivo sin sentir asco. Son algo que deseamos lejos de nuestra comida, de nuestra cama. Mi cama, donde acabo de tener cuatro pensamientos que me pusieron de pie con el cuerpo cansado. Y ahora estoy en la cocina con una lata de insecticida en la derecha. Sal, sal de ahí; si no sales te matará el veneno. Esto me lo digo a mí mismo. Sin embargo soy yo el que tiene el bote en la mano. Soy yo el que está encerrado en un lugar que no es mío, sino del que cobra la renta.
Deja esos pensamientos inconclusos por siempre: vas a terminar amarrando sogas alrededor de los cuellos. Vete a la cama. Anestesia tu mente y tu cuerpo con cerveza. Haz lo necesario pero duerme, sueña con la muerte porque en este infierno donde escogimos la libertad los que pensamos terminamos en la cama, sin ganas de nada, ni siquiera de estar acostados. Un final más feliz: acabarás boca abajo en una avenida importante de la ciudad, oliendo tu propia sangre, mientras piensas, o tratas de pensar porque el dolor es muy fuerte, en el porqué de las cosas, en la situación de tu país, en todos los muertos y las riquezas robadas, mientras dos policías usan sus celulares robados a mano armada por ellos mismos para tomarle fotos a tu cuerpo y a tu sangre para subirla a sus redes sociales con el epitafio “sigan de reboltosos y asi van hacavar” (sick)[1]. Y se siente mejor porque luchaste, te aferraste al ideal verdadero de la revolución a pesar de que tu cerebro, que ahora se encuentra hinchado por los macanazos, había entendido después de tantas lecturas que en la guerra y los movimientos sociales siempre hay traidores y desertores, gente que mata y gente que muere, familias que quedan desamparadas y gente que adquiere poder gracias al cambio e instaura un nuevo orden político con los mismos fantasmas pero diferentes vestidos.
   La incertidumbre hace recordar esos cuatro pensamientos. Nadie te salvará. Un día vas a estar observando el agua que lleva el río y te acercarás a la orilla con la esperanza de que salga un cocodrilo y entonces das unos pasos y cierras los ojos. Quieres que pase. Toda tu vida has buscado estar así de cerca de la muerte. A los doce. Empiezas a temblar. Otra vez la adrenalina. Tu corazón bombea más sangre. Toda la vida has buscado el suicido pero la maldita esperanza te mantiene vivo. Esperanza de qué. Quizá de tener vitalidad para cuando las cosas mejoren. O tan siquiera de que mejoren, aunque ya no pueda caminar, y sea muy tarde, pero con solo sentir ese sentimiento de bienestar, por una vez, la plenitud, aunque sean unos segundos. Aunque la mente explote por la violación de lo ajeno.
   Tratar de pensar que esa mirada fue espontánea sin la mínima intención de comunicar nada es traicionar la intuición. No hay pruebas de nada. Solo está la palabra del otro. Es como la religión, y yo no soy creyente, maldita sea. Todo sería más fácil. A estas alturas no irías ya por tu quinto intento de suicidio, sino por una cuarta o quinta ruptura amorosa y quizá el segundo divorcio. No estarías solo para solo desear estar muerto, estarías acompañado mientras deseas que todo acabe para volver a estar solo y empezar de nuevo.
Todos han forjado esta gran mentira desde que los dioses eran más numerosos y más pasionales y eran abstractos con pruebas reales, pues si no, cómo llovía, y a quién iba dedicada tanta cabeza, sino al dios de la guerra. Es cultural, por eso nuestro mundo nos come con calor.
   Son las consecuencias de haber elegido usar mal las palabras, nuestro don corrupto de uso, para narrar la ficción de los sentidos lejos.
   Me rindo. Soy adicto a eso que me das. Creo que haces vivir de una forma tan cercana a la muerte que no quiero alejarme de tus acantilados ojos de flecha en el aire yo duermo para despertar todavía drogado de verdad, entumecidas las sienes. Te necesito aunque no seas mi complemento. Te necesito. Has abierto libros en mí que no sabía dónde y empiezo a identificar por las noches cuando el humo me da señales de una ciudad de pirámides abandonadas a la orilla de la playa. No tengo la intención de desaparecer detrás del sol con una promesa cuando cual perro estoy con la pura piel y el pelo. Los colmillos. Como perro prefiero tu cuerpo mil veces lamer. Tienes los ojos cerrados; me dijiste que no te despertara. Es el olfato de perro. Vuelvo a levantar las sábanas y tu piel es la cuerda floja. Sé que mis pupilas están dilatadas; el cansancio de esta vida, la adicción necesaria para poder soportar el abismo que ha empezado a rozar mi cuerpo, la oscuridad de nuestros cerebros deseosos de morir en la fiesta infinita de saberse con el alma perdida, en busca de algo, condenada, errante de pensamientos por la locura padecer la manía de no dejar de pensar. Y por eso cada dato es una pieza más del rompecabezas eterno incompleto por la experiencia humana.
   Te veo. Veo el color de tu piel cambiado por la luz –alumbrado, casi encandilado. La respiración es calmada, de subeibaja, como las líneas que te dibujan una necesidad de ser mordida y atada a la cama, unas líneas en la espalda que con nariz exploto mi cerebro, ese olor de mango y flor machacada, con un poco de perfume desvanecido por el continuo roce, hemos quedado con los ojos mirando el vacío de nuestras pupilas todavía fijadas en el momento del silencio, de la respiración cortada, del grito contenido en la expresión facial y liberado con un estrujamiento  de almohada y la otra mano rígida en la carne tensa. Pero ahora estás de espaldas, dándome el silencio perfecto y no sé si la verdad.
   La verdad es el amor prostituido. A ver, qué me ofreces; yo tengo esto que te interesa porque me dedico a leer historias en los ojos radiantes eléctricos de deseos violados, penetrados en la mente, para luego actuar en el mundo de realidad deconstruida y ofrecida como casi única opción por quien puede ofrecer algo antes de que empiece la revolución que ya se da de afuera hacia adentro como un cuchillo al corazón, sin aire suficiente en los pulmones una última ofensa al dios que te creó para luego ponerte en una tierra llena de agua y dominada al aire libre gritada y demandada por otro que no habita allí pero que su reino expansivo domina de lejos, desde una casa muy limpia y muy resguardada por paranoicos entrenados para mortal su paranoia volver cuando alguien cruza el límite imaginado por el que con un rifle tira a la cabeza del otro. La verdad es que la bala cruza todo el cráneo y algo irrecuperable sale volando. Así es la verdad. Esa es la verdad. Un tiro a la cabeza. Un sonido sordo que no sabemos si escuchamos o no; si queremos sentir o no. Escuchar con la piel.
   La única verdad que he encontrado en tus ojos es el instante. Por las noches, cuando no los veo, intento dormir pues todo me parece eterno, excepto el reinado déspota de los advenedizos tiranos, y eso me da energía para reunir a los de manos inquietas y estómago vacío. A los callejeros. Qué bueno que no te tengo, pues me queda la revolución, única verdad universal en movimiento. Qué bueno que ya no quiero tenerte, pues la esperanza es una trampa de nuestra humanidad. El suicidio es otra mentira. Los inconformes van a tumbar los pinos y hacemos la balsa. La inyección de heroína que dan las palabras ya no alcanza. Las sustancias y la sangre han cambiado. Tengo los ojos vueltos hacia dentro. Todo está negro. Es la única verdad.
  


[1][1] Por un país con servidores públicos ejemplares, multitareas y bien estudiados. Estamos trabajando. Esto no es burla sin embargo el resultado de escasas lecturas y demasiada sangre salpicada, hecha triste espesura líquida acumulada en muchas partes de la tierra, para llegar a sentarse en una silla no merecida por su culo de mono, porque quien en verdad la merezca lo último que le importa es dicha silla y el dinero que pueda robar. Esa es la verdad de los uniformados de manga larga y color oscuro y no tardan en ofrecerla, soga al cuello, cuando toman protesta. Pero no saben que su elegancia los aniquila: en el cadalso ya no se usan sogas, sino corbatas.

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