There’s no path to followwww
The Chemical
Brothers
Para tener el control. Para sentir que tienes
algo. Para creer que la realidad se puede alejar de la ficción por los
absolutos verdaderos cuestionables pero incuestionados. Como una mirada que
puede ser la. Música en soledad. Para entender que la vida es una serie de
historias contadas para tener el poder sobre el esclavo obligado a ver la
ilusión verdadera en el rectángulo asesino de neuronas. Para dejar de hacer lo
que estoy haciendo y dedicar el tiempo a esculpir estrellas con luz. Para que
la libertad deje de ser un concepto económico y mercadológico. Para vivir sin
esperar la guerra final, que separe los cuerpos para siempre y los vuelva
desconocidos irreconocibles, conocidos solo por la muerte que los desgarraba
mientras respiraron. Para entendernos y así sentir esta cama menos sola.
¿Crees poder aguantar eso? La pregunta es un
reflejo inspirado por el consumo de la inexistencia humana (fl)(h)echa humo
cada vez que imaginas un objeto y de naturalista manera para ti buscas un
camino que dijeron, no existía, pero tienes un cerebro que con los machetes
está dispuesto a abrirse espacio hacia ese hecho intuido quizá desde antes que
la obra fuera representada con ciertas intenciones ante tu ser que se dispone a
observar, disufrirfrutar y tratar de analizar exhaustivo en caliente
aceleración neuropasional. Dolor eléctrico sentido en el pecho, nacido en
el cerebro, ocasionado por otro. Es el
teatro. Espontáneas reacciones químicas simultáneas salidas del ático que crean
emociones como juguetes alejados del pensamiento sano occidental (dicen). Sin
embargo son otra cosa, dizque hay algo más que no podemos nombrar porque no
conocemos. Algo que se siente o que se cree que se siente. El filo de un
cuchillo que no ha entrado. Resplandeciente. Única verdad. Abstracto que no ha
sido visto –quién sabe si verdadero o no- y que de alguna manera hace o se cree
que hace impacto en la vida, y por lo tanto se vuelve real para el que lo
piensa. Es eso de lo que hablo: pensar que tu pareja se acostó con alguien que
no eres tú es hacer que pase. Incluso cuando ese que no eres tú, sí eres tú,
pero en determinado estado que te hace ser otro. El pensamiento es todopoderoso
y la libertad se ríe con descaro ya estoy pensando. El pensamiento puede matar
o puede morir. Pero no puedes salir ileso. El engaño y la necesidad de cambio
sentir cuando escuchas unas palabras que se confunden con una alarma que suena
a una hora que no debiera. Das vueltas sobre ti mismo sin ver el humo, el polvo
que ha dejado la diligencia. Sin embargo ahí está el sonido. En tu cabeza está
el sonido.
En este mundo si tus sentidos son cautivados, se
hipnotiza el cotorreo en un trance sublímico que impide al único ojo humano ver
mediante el espejo viejo y empañado que es el exterior. Adentro afuera adentro
que viene de afuera, del tiempo corrupto por el engaño. La riqueza y las
tierras. Los más jóvenes de verdad –chavazos- creen que todo está claro: el
empañamiento es no creer, y solo se borra creyendo. Todo es y tiene que ser
así, lo dice el libro sagrado. Después ya no escuché. Unos, otros, hablan de quienes
tuvieron o tienen pensamientos sabios y verdaderos y murieron cerca de la cima
o en una cama, con una preocupación noble y los estragos de la voluntad del
tiempo en sus cerebros. Todo es cuestionable: cada mínimo detalle de ese todo
percibido es cuestionable porque somos humanos, es decir, seres con la
incapacidad de percibir todo. Hay un mundo que se nos escurre por el drenaje y
las máquinas ayudan a abolir un poco esa finitud. La vanguardia tecnológica
como droga que ayuda a hacer, a sentirse parte de. Todo hasta volver al origen.
Volver a estar muerto. Muerto para los vivos. Hasta que un meteorito cruce el
límite y sea atraído por la gravedad, y una al fuego con el mar y la tierra.
Crees que la verdad está en los hechos, no en las
intenciones. Por eso hacer no es hacer todo lo que te dicen que tienes que
hacer. Son estupideces, piensas, eso que te ordenan sin ordenarte. Eso que te
meten sin que tú quieras o te des cuenta (si es que no piensas tanto) solo con
una película, que deseaste no ver pero
que ahora pagas por hacerlo, es decir, das tu dinero a una empresa a cambio de
que en hora y media un grupo de personas con poder te cuente una historia
elocuente para convencerte de algo que le conviene no solo a ellos, sino a esa
masa multiforme que llamamos sistema, y que apesta a carne descompuesta y plástico quemado. Todo porque la persona de la
butaca de al lado te importa. Y te importa tanto, que quisieras sacarla de esa
mentira vista, después asimilada y vivida. Pero te tomas las cosas muy en
serio. Es para pasar el rato, para reírnos un rato; la película está buena: sus
ojos fijos en la pantalla. Hacer es al terminar la película comunicar la
mentira, destrozarla con otras realidades más de flecha, que sirvan a la vida
global, no solo a los cerdos que se revuelcan con personas que quieren ascender
a cerdos y por eso dan las nalgas cuantas veces sean necesarias, todo por una
cama más confortable, por una comida más cara, por una casa más vigilada, por
un número con más dígitos, y unas cuantas playas exóticas. Esa es la verdad,
somos números, dicen, somos los números que tenemos en la cabeza, debajo del
colchón, en la cochera, en la cuenta de banco, en las sábanas manchadas, en los
dientes que nos quedan, somos el número de una credencial que nos permite votar
por quien no deseamos ni vivo cerca del ideal mexica, somos el número de
muertos que va dejando la revolución y el gobierno en turno. La vida nos ha hecho
el número de veces que hemos fallado mientras tratamos de expresarnos y así
poder hacer las cosas bien.
Y si analizas cada signo, cada símbolo te vuelves
loco porque todo significa algo, y por qué, por qué demonios cuando te dijo que
eso era lo que había pasado dejó de ver a los ojos que tenía enfrente, que eran
los míos, y las últimas oraciones sellaron una desconfianza eterna porque fue
como si las palabras desviaran la mirada a la parte alta de la pared del
cuarto. No es nada. No significa nada. Calma, no dejes que tu pecho sea
desinflado por la ansiedad y te falte el aire. Respira, solo son palabras
contradiciendo tu mirada. Pero luego piensas más de lo permitido por las leyes
de la tranquilidad, la estupidez y el bienestar humano. Empiezas a hurgar, a
meter la cabeza. Sientes que te pones unos guantes blancos de látex; con la
mano derecha estiras el borde del guante izquierdo cuando ya lo tienes bien
metido en la mano, y lo sueltas para oír el sonido. Ha empezado, no se va a
detener en mí. No sé si estoy loco pero necesito la verdad, de lo contrario no
tiene sentido.
Es querer ver un árbol donde hay pasto que espera
lluvia para crecer y olvidarse de la fuerza del mediodía. El fuego hecho luz.
El fuego en la espalda, en la cabeza, en esos pies jóvenes que se han cansado
de ir de un campo, a una playa, a una ciudad solo para encontrar el mismo tipo
de mujeres y de hombres viviendo una fantasía malhecha, remendada, parchada,
descolorida y pintarrajeada, (así la encontré) tergiversada; contando las
mismas mentiras para sentirse parte de algo que es verdad única, dicen no ver
otra cosa.
Narrar una historia para pasar el tiempo. Narrar
para enamorar mediante la vida del otro que se vuelve un posible yo del que
narra y del consumidor adicto de textos: eso es el ser humano, que escucha, y
cuando ese ser siente amor es génesis y destrucción, creación y mentira. Y es
que el amor nace de una mentira que nos contaron en otras ochenta películas y
sufrimos cuando el absoluto es marginado o manchado casi cambiado por voluntad
propia o imposición ajena. “No, eso que te conté ese día no era cierto, la
verdad es esta”.
Nadie pareciera darse cuenta de las implicaciones,
de las consecuencias de la unión de signos. La historia que te contaste a ti
mismo sobre esa persona y que te contó mientras se conocían más con cada
plática no es verdadera. Y desde antes tú ya sabías diferenciar un hecho de su
noticia. Ese día creíste que no había problema. A fin de cuentas todos callan.
Todos fallan. Pero llega otro no lejano (ahora mismo) en que empiezas a pensar.
En los detalles. Estás haciendo cualquier otra cosa y empiezas a hacer un
estudio comparativo de las historias contadas, de los personajes, del tiempo,
del espacio. Despacio primero, casi tranquilo. Quieres tomar aire pero es
tiempo de sumergirse. Las pasiones, las emociones, las sustancias. Después
tratas de analizar el estilo, cómo es que fue contada cada una de las partes.
Pero luego tienes un conflicto: te acuerdas de la historia. Bajo qué
circunstancias fueron contadas ficción 1 y ficción 2. Si 1 fue contada en un
bar de música electrónica y 2 fue contada después de hacer el amor seis horas
en su cama definitivamente no son iguales. Y si meses después, o semanas, o
incluso el mismo día que 2 te fue narrada se agrega una ficción 3 al calor de
una discusión que surgió de la nada, porque así empieza la desconfianza, con un
vaso vacío que alguien te llena de un líquido que tienes que beber para poder
vivir el presente sin preocupación. Tú no querías beber de esa agua creías
haber ya bebido y naufragado sentimientos rotos, despedazados, hasta volverlos
pensamientos indeseados, casi enterrados en la arena, debajo de la fogata, hasta
que otro ser que decía ser diferente te trajo una caja de dulces mentiras
envueltas de un amor inseguro color rosa con un gris que le quedaba bien. El
moño era la necesidad de no ser juzgado. La tarjeta decía “éste es mi verdadero
yo, ámalo y te amaré por siempre”. Y así empezaron las complicaciones.
Decidiste usar el lenguaje para contarme una realidad que querías esconder pero
saber acerca del yo que vive dentro de la narración, ese personaje que puede
ser cualquiera, y que te esfuerzas por convertirte en. Narrador personaje. A mí
me pasó así. Yo vi las cosas de ese
modo. Y no lo dije porque en el pasado
era diferente. Eso es lo que pasó. ¿Te das cuenta?
Nunca. Nunca vas a estar bien porque elegiste el
camino de la verdad. La incertidumbre es más cierta en el agua. El reventar de
las olas provocó adrenalina al corazón esparcido por la sangre deseas más
mundo. Y das unas brazadas para cruzar la línea de choque y de formación. La
corriente empezó por jalar el cuerpo. Pasan las olas. Hace mucho sol. Los pies
dejan de tocar la arena. El sonido de la demás gente en la costa es casi
imperceptible que tu corazón empieza a trabajar un poco más. Nadar se ha vuelto
una necesidad. ¿Cómo se siente? El oxígeno es muy valioso, dicen los médicos.
¿Era lo que deseabas, no? Empiezas a medir tus fuerzas. La fuente de vida se
vuelve tu amenaza. Es el problema de todo hombre. Es explorar las cavernas
submarinas y regresar a la costa a narrar. Es cambiar tiempo de vida por un
presente más intenso. Observar las contradicciones para reírse de la locura del
destino: cada uno tiene el suyo, pero todos acaban en la inexistencia. Robarle
flores a la muerte para regalárselas a quien esté dispuesto a compartir un
cigarro y la angustia. Todo ha empezado a acabarse, ya no crees en la vida que te
ha sido ofrecida.
En el camino de la verdad, solo con tus ojos y la
muerte. Solos los dos, con los cuerpos desnudos y las sábanas frías. Queremos
tocarnos y arrancarnos la carne a mordidas. Hundimos nuestros labios en alcohol
y deseamos la eternidad de la llama pero nos olvidamos de que el fuego todo lo
puede, excepto dar las coordenadas de un tesoro mexica, y consume los cuerpos y
la madera de la cama. Es un libro perdido el iniciador del incendio. Pero no es
el libro en sí, sino los hechos narrados. Y esa de ahí es tu sombra, acostada
en las cenizas de tus restos. Combustión mujer rápida haces explotar mi balsa y
me encuentro a la deriva, como un soñador en el mar de medusas sin verlas al
ojo porque duele la sal. Quedarse de estatua entre las olas. Solo frente la inmensidad
de jade inconquistable. No te busco a ti, sino a tus ojos, ellos me hablan de
ti y las circunstancias alterables por el entendimiento humano, y también me
dieron un sobre con posibilidades para que lo leyera cuando estuviera solo y no
pudiera dormir.
Tengo cuatro pensamientos. Y en esos cuatro
pensamientos estás tú, y por lo tanto estoy yo. Esos cuatro pensamientos me han
hecho pararme de la cama a las dos de la mañana casi para tomarme un café y fue
cargado el rifle, negro. Empiezas a hablarte a ti mismo otra vez. Te gusta ese
olor de cigarro recién prendido que se desvanece. Decides limpiar la casa y el
suelo de la cocina tiene unas manchas pequeñas. No sabes explicar qué fue lo
que pasó. ¿Lo sabrá alguien? Por momentos no te importa que esté ahí pero
decides tallar y tallar. Desgastar. El cuerpo empieza a sentir que son las dos
de la mañana pero el cerebro ya dijo cuáles con sus puntos cardinales y sus
coordenadas en la actividad desenfrenada. Un chicle a la boca. No son cuatro.
Si son cuatro tiene que haber más. Es como las cucarachas, si hay una a la
vista, busca por las demás. Deben estar allí, debajo de las cosas que usas
diario, escondidas en una esquina, inertes si no sienten amenaza, sin embargo
cuando su instinto les advierte acerca de algo como una bota en descenso entonces
corren a otro lado y se esconden, son rápidas, se deslizan por el suelo. Para
observarlas detenidamente hay que capturarlas, matarlas. No son algo que
podamos observar vivo sin sentir asco. Son algo que deseamos lejos de nuestra
comida, de nuestra cama. Mi cama, donde acabo de tener cuatro pensamientos que
me pusieron de pie con el cuerpo cansado. Y ahora estoy en la cocina con una
lata de insecticida en la derecha. Sal, sal de ahí; si no sales te matará el
veneno. Esto me lo digo a mí mismo. Sin embargo soy yo el que tiene el bote en
la mano. Soy yo el que está encerrado en un lugar que no es mío, sino del que
cobra la renta.
Deja esos pensamientos inconclusos por siempre:
vas a terminar amarrando sogas alrededor de los cuellos. Vete a la cama.
Anestesia tu mente y tu cuerpo con cerveza. Haz lo necesario pero duerme, sueña
con la muerte porque en este infierno donde escogimos la libertad los que
pensamos terminamos en la cama, sin ganas de nada, ni siquiera de estar
acostados. Un final más feliz: acabarás boca abajo en una avenida importante de
la ciudad, oliendo tu propia sangre, mientras piensas, o tratas de pensar
porque el dolor es muy fuerte, en el porqué de las cosas, en la situación de tu
país, en todos los muertos y las riquezas robadas, mientras dos policías usan
sus celulares robados a mano armada por ellos mismos para tomarle fotos a tu
cuerpo y a tu sangre para subirla a sus redes sociales con el epitafio “sigan
de reboltosos y asi van hacavar” (sick)[1]. Y se siente mejor porque
luchaste, te aferraste al ideal verdadero de la revolución a pesar de que tu
cerebro, que ahora se encuentra hinchado por los macanazos, había entendido
después de tantas lecturas que en la guerra y los movimientos sociales siempre
hay traidores y desertores, gente que mata y gente que muere, familias que
quedan desamparadas y gente que adquiere poder gracias al cambio e instaura un
nuevo orden político con los mismos fantasmas pero diferentes vestidos.
La incertidumbre hace recordar esos cuatro
pensamientos. Nadie te salvará. Un día vas a estar observando el agua que lleva
el río y te acercarás a la orilla con la esperanza de que salga un cocodrilo y
entonces das unos pasos y cierras los ojos. Quieres que pase. Toda tu vida has
buscado estar así de cerca de la muerte. A los doce. Empiezas a temblar. Otra vez
la adrenalina. Tu corazón bombea más sangre. Toda la vida has buscado el
suicido pero la maldita esperanza te mantiene vivo. Esperanza de qué. Quizá de
tener vitalidad para cuando las cosas mejoren. O tan siquiera de que mejoren,
aunque ya no pueda caminar, y sea muy tarde, pero con solo sentir ese
sentimiento de bienestar, por una vez, la plenitud, aunque sean unos segundos. Aunque
la mente explote por la violación de lo ajeno.
Tratar de pensar que esa mirada fue espontánea sin
la mínima intención de comunicar nada es traicionar la intuición. No hay
pruebas de nada. Solo está la palabra del otro. Es como la religión, y yo no
soy creyente, maldita sea. Todo sería más fácil. A estas alturas no irías ya
por tu quinto intento de suicidio, sino por una cuarta o quinta ruptura amorosa
y quizá el segundo divorcio. No estarías solo para solo desear estar muerto,
estarías acompañado mientras deseas que todo acabe para volver a estar solo y
empezar de nuevo.
Todos han forjado esta gran mentira desde que los
dioses eran más numerosos y más pasionales y eran abstractos con pruebas
reales, pues si no, cómo llovía, y a quién iba dedicada tanta cabeza, sino al
dios de la guerra. Es cultural, por eso nuestro mundo nos come con calor.
Son las consecuencias de haber elegido usar mal
las palabras, nuestro don corrupto de uso, para narrar la ficción de los
sentidos lejos.
Me rindo. Soy adicto a eso que me das. Creo que
haces vivir de una forma tan cercana a la muerte que no quiero alejarme de tus
acantilados ojos de flecha en el aire yo duermo para despertar todavía drogado
de verdad, entumecidas las sienes. Te necesito aunque no seas mi complemento.
Te necesito. Has abierto libros en mí que no sabía dónde y empiezo a
identificar por las noches cuando el humo me da señales de una ciudad de
pirámides abandonadas a la orilla de la playa. No tengo la intención de
desaparecer detrás del sol con una promesa cuando cual perro estoy con la pura
piel y el pelo. Los colmillos. Como perro prefiero tu cuerpo mil veces lamer. Tienes
los ojos cerrados; me dijiste que no te despertara. Es el olfato de perro.
Vuelvo a levantar las sábanas y tu piel es la cuerda floja. Sé que mis pupilas
están dilatadas; el cansancio de esta vida, la adicción necesaria para poder
soportar el abismo que ha empezado a rozar mi cuerpo, la oscuridad de nuestros
cerebros deseosos de morir en la fiesta infinita de saberse con el alma
perdida, en busca de algo, condenada, errante de pensamientos por la locura
padecer la manía de no dejar de pensar. Y por eso cada dato es una pieza más
del rompecabezas eterno incompleto por la experiencia humana.
Te veo. Veo el color de tu piel cambiado por la
luz –alumbrado, casi encandilado. La respiración es calmada, de subeibaja, como
las líneas que te dibujan una necesidad de ser mordida y atada a la cama, unas
líneas en la espalda que con nariz exploto mi cerebro, ese olor de mango y flor
machacada, con un poco de perfume desvanecido por el continuo roce, hemos
quedado con los ojos mirando el vacío de nuestras pupilas todavía fijadas en el
momento del silencio, de la respiración cortada, del grito contenido en la
expresión facial y liberado con un estrujamiento de almohada y la otra mano rígida en la carne
tensa. Pero ahora estás de espaldas, dándome el silencio perfecto y no sé si la
verdad.
La verdad es el amor prostituido. A ver, qué me
ofreces; yo tengo esto que te interesa porque me dedico a leer historias en los
ojos radiantes eléctricos de deseos violados, penetrados en la mente, para
luego actuar en el mundo de realidad deconstruida y ofrecida como casi única
opción por quien puede ofrecer algo antes de que empiece la revolución que ya
se da de afuera hacia adentro como un cuchillo al corazón, sin aire suficiente
en los pulmones una última ofensa al dios que te creó para luego ponerte en una
tierra llena de agua y dominada al aire libre gritada y demandada por otro que
no habita allí pero que su reino expansivo domina de lejos, desde una casa muy
limpia y muy resguardada por paranoicos entrenados para mortal su paranoia
volver cuando alguien cruza el límite imaginado por el que con un rifle tira a
la cabeza del otro. La verdad es que la bala cruza todo el cráneo y algo
irrecuperable sale volando. Así es la verdad. Esa es la verdad. Un tiro a la cabeza.
Un sonido sordo que no sabemos si escuchamos o no; si queremos sentir o no.
Escuchar con la piel.
La única verdad que he encontrado en tus ojos es
el instante. Por las noches, cuando no los veo, intento dormir pues todo me
parece eterno, excepto el reinado déspota de los advenedizos tiranos, y eso me
da energía para reunir a los de manos inquietas y estómago vacío. A los
callejeros. Qué bueno que no te tengo, pues me queda la revolución, única
verdad universal en movimiento. Qué bueno que ya no quiero tenerte, pues la
esperanza es una trampa de nuestra humanidad. El suicidio es otra mentira. Los inconformes
van a tumbar los pinos y hacemos la balsa. La inyección de heroína que dan las
palabras ya no alcanza. Las sustancias y la sangre han cambiado. Tengo los ojos
vueltos hacia dentro. Todo está negro. Es la única verdad.
[1][1]
Por un país con servidores públicos ejemplares, multitareas y bien estudiados.
Estamos trabajando. Esto no es burla sin embargo el resultado de escasas
lecturas y demasiada sangre salpicada, hecha triste espesura líquida acumulada
en muchas partes de la tierra, para llegar a sentarse en una silla no merecida
por su culo de mono, porque quien en verdad la merezca lo último que le importa
es dicha silla y el dinero que pueda robar. Esa es la verdad de los uniformados
de manga larga y color oscuro y no tardan en ofrecerla, soga al cuello, cuando
toman protesta. Pero no saben que su elegancia los aniquila: en el cadalso ya
no se usan sogas, sino corbatas.
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