La tarde se
mueve con los ojos cerrados.
Sobre el rincón
más calmo se ha detenido un hilo.
Un rumor de
otoños se desliza calle abajo.
Y el ventilador
no gira Y los alambres no arrebatan.
Como si el botón
perdido proveyera manteles.
O el tenedor se
asomara entre bosques recién lavados.
La lluvia golpea
la tierra con mil lenguas diminutas.
Tan sólo para
que los árboles entinten sus raíces.
La anciana se
saca los dientes junto a las causas perdidas.
Mientras la luz
negocia con el cristal su intromisión al cuarto.
La boca del
hombre se guarda diez mil absurdos.
Un canto de
pájaro se queda dormido en las banquetas.
Entonces el
vuelo de la mosca replantea el infinito.
Y el reflejo de
las pantallas tiende a la melancolía.
De manera que el
pasto es podado de buena voluntad.
Tan sólo para
que la manzanilla humee con honesta alegría.
O para que la
bicicleta vuelva a confiar en los arroyos secos.
O los niños
pisen la arena que nuevamente les sonríe.
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