Dios,
eres un puñado de versículos rotos en mi lengua de poeta,
líneas confundidas por luz torcida en la óptica de la
soledad.
Eres esperanza nocturna llena de violencia,
humo que fue aspirado por los profetas hebreos.
Si tuvieras alma, serías una botella vacía olvidada en un
patio soleado.
Si tuvieras carne, serías las costillas rotas que nunca
sanan.
Tu boca es un abismo en el cielo inmóvil
tragando las dudas con polvo cósmico,
y cuando intento arrancarte de la garganta el verbo,
escupes estrellas muertas envueltas en plegarias viejas.
Tú no tienes voz, Adonay,
porque si tuvieras voz,
hubiera escuchado susurros de amor y no golpes negros en la
tierra seca,
hubiera escuchado el colapso del mar y no el salmo en un
domingo caluroso.
El señor te hubiera oído desde su gran corazón.
Por mi culpa no, por tú culpa,
aquí yace tu bendición:
desenterrando en el desierto,
desesperado,
con mis uñas ensangrentadas,
palabras, palabras,
palabras audibles, que logren saciar a mi espíritu
contaminado.
oh, Padre, ¿Por qué me has abandonado?
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