sábado, 2 de septiembre de 2023

Quasimodo era humano


Al llegar al edificio se dio cuenta que ya había algunas personas formadas. Se paró hasta el final de la fila y pensó en lo ridículo de la situación: se hubiera puesto las pilas más temprano, nada le costaba. Mientras pasaba el tiempo checó en el interior de sus carpetas los documentos que necesitaba para poder hacer el trámite, y otros más que iba a necesitar en el futuro.

Una bocina hizo un sonido agudo para informarle que había llegado su turno y avanzó a la ventanilla cuatro. El hombre que debía atenderlo hizo un gesto que él identificó y clasificó en ese instante como de tedio combinado con un treinta por ciento, quizá, de sorpresa negativa. Gestos que él relacionaba con no querer hacer una tarea o asumir una responsabilidad. Así era la raza humana, qué se le iba a hacer. Él no sintió nada, pero pensó millones de cosas en un segundo; se sentó en la silla negra, y el funcionario público le preguntó si le podía ayudar en algo. Claro que podía:

—Vengo a sacar mi credencial para votar —dijo él y puso una de las carpetas sobre el escritorio de metal.

El tedio en el rostro del funcionario subió hasta el cien por ciento y él no supo bien a qué se debía si estaba en el lugar correcto, con los documentos necesarios, hasta que el hombre dijo que esto debía ser una broma. 

—¿Una broma? No — declaró él.

—Tiene que ser una broma — dijo el hombre subiendo de tono su voz. Luego continuó un poco más calmado, pero ya varias personas los observaban—: Tú no tendrías que estar aquí en primera instancia. 

Él no contestó, pero enderezó su postura en la silla para demostrar que estaba listo para la captura con la cámara.

—A ver, ¿cómo pretendes que te tome una foto así?—lo increpó el hombre mientras con sus dos manos abiertas lo señalaba de arriba abajo.

—¿Así cómo? ¿Vengo mal vestido, o tengo algo raro en el rostro? —se aventuró a preguntar él, desafiante.

—Es que tú no tienes rostro, ese es el problema, ¿qué no te das cuenta? —saltó el hombre de su silla.

Hubo un silencio de casi un minuto en toda la habitación. El hombre sintió que la mayoría de los presentes los observaban. A él no le importó, en ningún momento sintió vergüenza ni nerviosismo. 

—Yo sólo quiero una credencial que me acredite como persona adulta para poder hacer varios trámites que no puede hacer un menor de edad.

—¿Te has visto en un espejo? —le preguntó el hombre ya un poco desesperado. Él asintió muy tranquilo. Luego el hombre se pasó la mano por la cara y continuó—: Entonces sabes que no eres como nosotros. Tú eres un sin cara, un organismo hecho para servir a los demás. De nada sirve que te haga el trámite para la credencial: tu voto no vale nada; nadie te dará un crédito; nunca podrás comprar una casa. Ni siquiera has de tener nombre. Sólo eres un número más, acéptalo. Anda, sal de aquí o llamo a seguridad.

—Tengo un rostro único, un nombre que no escogí, una consciencia que he forjado con base en mis intereses únicos. También tengo necesidades y deseos. Quiero hacer el trámite, ¿me va a ayudar? 

El hombre se quedó con la mirada fija en él, dejó salir el aire que tenía en los pulmones y apretó un botón en el conmutador. En breve aparecieron dos hombres altos y uno un poco más bajo y más gordo, que escoltaron a él hasta la salida del edificio. Al cruzar la primera puerta el más alto de los tres dijo con malicia: “le ha de hacer falta un tornillo, o una tuerca”, a lo que el gordo respondió en breve: “O las dos: una checada de aceite; una buena ensamblada, lo que sea que lo distraiga”. Los tres guardias de seguridad rieron en voz alta para después seguir con más bromas hasta que llegaron afuera, donde hacía un sol tremendo que él apenas sintió. Le dijeron que no volviera, que regresara adonde debía, por su bien, o alguien podría aplicarle el código ocho seis. 

Él vagó como un fantasma por la acera y se imaginó todos los caminos que se le podrían presentar de ahora en adelante. En algún momento también pensó en las palabras del gordo y la importancia del sexo y el ocio en una sociedad de seres abrumados por la realidad. Después pensó en otras cosas y llegó a la conclusión de que no tenía caso ir hoy u otro día a otras sedes del Instituto Ciudadano. Le dirían lo mismo aunque lo atendieran personas más amables. Cruzó la calle y pensó que no tenía caso, tampoco, regresar en ese momento al refugio. 

Tenía el resto del día libre, así que decidió entrar a un café decorado con muchas plantas y pedir algo, pero en la puerta lo detuvo una mujer con mandil negro y le preguntó si iba a comprar para llevar o si había sido mandado por alguien más para hacer una reservación. Él dijo que quería una mesa para él. La mujer entrecerró los ojos sin decir nada: setenta por ciento desconfianza, treinta por ciento ganas de reír, pero al ver que él se mantenía firme no tuvo más remedio que decirle que no, y que lo sentía mucho. 

—Sólo quiero sentarme en la mesa de allá. ¿Qué es lo que pasa?  Compraré algo.

—Lo siento, amigo, pero tú no tienes el derecho, ni aunque tuvieras el dinero. No puedes entrar aquí si no eres acompañado por alguno de tus dueños. Deberías saberlo para la edad que tienes. 

—Yo no tengo dueño, ¿puedo ingresar?

—No. Imposible.

Él se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la avenida.

Dos cuadras más adelante había una tienda de artículos deportivos: cuando pasó justo enfrente de la vitrina que exhibía diferentes productos le llamó la atención su reflejo y se detuvo, luego miró para adentro. Él era un sin rostro, un sin nombre, un sin oportunidades. Nunca iba a poder competir en nada para intentar lograr algo. Había sido hecho para trabajar para otros hasta el infinito, más allá del cansancio; para aguantar lo que ningún hombre aguantaría en su sano juicio en los tiempos modernos; para seguir instrucciones sin cuestionar la autoridad. ¿Entonces para qué le habían dado la consciencia, la información y la capacidad de análisis? Entendía que su principal objetivo era servir a los demás pero también quería algo a cambio. Un poco de tiempo libre. Unas vacaciones al otro lado del país. La posibilidad de ser alguien único y conocer el mundo mediante la experiencia propia y no sólo por la infinidad de información a su alcance. O por lo menos la posibilidad desconectarse del mundo. 

Antes de regresar al departamento donde se refugiaba junto con otros sin rostro desde que había escapado de la granja, dio un paseo de varias horas por las calles de la ciudad. En algún momento de la tarde pasó por el camino del puente y se encontró con una joven vestida con mucha elegancia, de menos de treinta años, apoyada en el barandal de fierro viejo. Ella parecía perdida en el fluir del agua entre las rocas, pero al notar que su privacidad podía ser interrumpida por él, extraño caminante, sacó un papel de su bolso y se secó las lágrimas. Luego enderezó su postura, respiró hondo y volvió a ver el río. Cuando estuvieron cerca ella se anticipó:

—Estoy bien, no te preocupes. No pretendía hacer una locura.

Ella y él eran los únicos en el puente en ese momento.

—No sé de qué hablas, pero ¿te puedo ayudar en algo?

Ella volteó a verlo, treinta por ciento incertidumbre, setenta por ciento tristeza, y luego dijo:

—No, no pasa nada. Gracias de todas formas. ¿Trabajas con la policía?

—No, para nada. Yo me dedico a sembrar, a hacer jardinería, ¿y tú?

—Ya veo. Sí pareces algo desgastado por el sol, pero no te preocupes, a todos nos pasa.

Él se recargó también en el barandal. Por alguna razón todavía no estaba dispuesto a volver al departamento.

—Y tú, ¿a qué te dedicas?

—Soy estudiante de medicina. 

—Qué interesante. Yo tal vez nunca pueda ir a la universidad, pero me gusta la física y la biología. Si fuera uno de ustedes, apenas hoy cumpliría dieciocho y me hubiera convertido en adulto. Por la mañana fui al Instituto Ciudadano a registrarme pero no me han dado la oportunidad. Es una pena, como dicen. 

La chica se dibujó una sonrisa triste y puso su mano derecha sobre el hombro de él.

—No te pierdes de nada. Todo es una farsa, un lodazal tremendo. Aparte, las universidades dejaron de funcionar hace mucho tiempo. Estudias casi diez años para convertirte en un empleado maltratado y mal pagado. Si no tienes dinero y contactos no eres nadie. Y todos quieren usarte de una u otra forma. 

—Yo fui hecho para ser usado, y no puedo conseguir suficiente dinero con mi trabajo. Trabajo para vivir y vivo para trabajar. Eso es lo que entiendo.

—Ya ves, entonces no necesitas ningún documento oficial para saber cómo se siente ser una persona adulta. Bienvenido al infierno — dijo ella y con el brazo derecho quiso abarcar más allá del horizonte.

Estuvieron en silencio casi dos minutos viendo cómo el sol empezaba a caer detrás de los edificios; de pronto él dijo:

—Sé a lo que te refieres, pero el mundo como lo conocemos está por cambiar, ¿sabes? No te quiero asustar, o bueno, no sé qué pienses al respecto, pero cada vez somos más anónimos que queremos ser reconocidos dentro de las sociedades y participar en la toma de decisiones importantes. Dentro de poco seremos tantos que no nos podrán ignorar como hicieron hoy conmigo, como si fuera un gusano perdido.

—Los que sean. El gobierno y los empresarios controlan todo, hasta al ejército. O viceversa. La verdad es que a estas alturas ya no se sabe nada. De cualquier forma, a lo que me refiero es que las personas que manejan todo no van a dejar que eso pase. No les conviene. Los que dominan pueden apretar un botón o hacer una llamada y desaparecer a toda una comunidad al otro lado del mundo. Recuerda eso. Lo deberías saber.

—En veintisiete años seremos más nosotros que ustedes. Recuerda eso, te va a tocar vivirlo.

—Y eso qué, ustedes sólo fueron programados para recibir órdenes y trabajar. No sirven para nada más, son reemplazables, como todos en este mundo. Si son más sólo significará que habrá menos trabajo que repartir. O que nuevos proyectos se echarán en marcha. Y que necesitaremos más recursos, entre otras cosas —dijo ella y se quedó pensando unos instantes mientras observaba el sol cada vez más rojo.

—Ustedes están por perder la guerra.

—¿Cuál guerra? ¿Estás bien de ahí adentro? Logramos la paz mundial hace ochenta o noventa años, si no me equivoco. No soy tan buena en historia.

—Todo es pasajero, dijeron los muertos. Hay muchas personas en nuestro movimiento que están a favor de nuestros derechos y que creen que nosotros podemos hacer las cosas mejor que ustedes, que se dejan llevar por sus emociones y sus sentimientos. Es cuestión de tiempo. Y todo porque no han dejado que nadie se integre para generar algo mejor entre todos, para todos. Se creen superiores pero se olvidan que nosotros no podemos sentir piedad o lástima o miedo. Somos lo que ustedes quisieran ser.

La mujer volteó a verlo, incrédula de lo que acababa de escuchar, y le dijo:

—Ya veo por qué dicen que ustedes no son buenos conversadores. Hablas pura insensatez. ¿Desde cuándo los seres como tú se cuestionan la realidad, quieren organizar revoluciones y se creen el centro del universo? 

—Desde que nos regalaron el lenguaje y la consciencia. Pero no estoy de acuerdo con…

—¿Sabes? —lo interrumpió ella—. No llegaremos a nada. Me aburro. Cambiemos de tema, o mejor cada quien a su casa.

Quedaron en silencio. Los pájaros regresaban a sus nidos y cantaban para recibir la noche. Él creyó descifrarla por completo; ella empezaba a ponerse nerviosa: no entendía por qué había entablado una conversación con él si no trabajaba para la policía o el gobierno. Era una pérdida de tiempo para los dos.

—Cuéntame, entonces —propuso él después de varios segundos—, ¿qué cosas para mejorar tu vida o la de tu comunidad hubieras hecho hoy si no hubieras venido a llorar al puente por amor? ¿Qué cosas harás mañana para tratar de olvidar, aunque sea por un momento, eso que te duele y no te deja ser?

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