jueves, 7 de septiembre de 2023

La corrupción de la fe o la utilidad del mal

Eran los inicios del nuevo año, uno que parecía la tercera parte –quién sabe si la última–de una serie de películas de horror y drama. Me encontraba desayunando en casa, con mi madre, cuando en la televisión dieron la noticia: “niño de unos cinco años que se dedicaba a vender dulces en semáforos de la avenida L. perdió la vida luego de ser atropellado por un vehículo compacto. El conductor del automóvil fue puesto a disposición de las autoridades mientras se determina su situación legal”.

En el televisor la reportera entrevistaba a la madre del menor fallecido, una mujer que se dedicaba a limpiar parabrisas cerca de los semáforos bajo los cuales perdió la vida su pequeño. La mujer no parecía ser mucho mayor que yo, de hecho puede que incluso fuese más joven –tengo veinticuatro años–, pero, al igual que toda la gente que vive en las más hondas miserias, envejecía aceleradamente. Culpa de estar bajo el sol a todas horas, el mal sueño, la pésima alimentación.

La joven madre no parecía estar en posesión de todas sus facultades intelectivas. No miraba a nada en concreto. Faltaba ilación a sus pensamientos, sus frases aparecían inconexas, discontinuas; resultaba casi imposible comprender lo que trataba de decir. No tuve duda en aquel momento de que la mujer se hallaba bajo los efectos de alguna sustancia, solventes lo más probable. No lloraba, aun así su expresión comunicaba un hondo pesar.

Y si la noticia llamó mi atención fue por el tipo de accidente y por el lugar en el que ocurrió, pero también y principalmente porque tenía la impresión de que yo conocí a aquel niño. Aunque quizá no sea preciso decir que lo conocí; sino más bien decir que lo vi, que contemplé en primera fila, a manera de espectador que apenas interactúa, un acontecimiento llamativo de su breve vida.

Claro que en la televisión no transmitieron ninguna fotografía del niño, tampoco alguna imagen de su cuerpo inerte. La pantalla se volvía borrosa –un efecto de censura– cuando apuntaba al sitio en que descansaba el cadáver del menor. Por lo que la idea que yo tenía de haberlo visto no pasaba de mera especulación. Recordaba su rostro, pero no me era posible compararlo con el del niño muerto del que hablaban en la tele.

Así que a mi pesar, y como aquello ya comenzaba a volverse un asunto de interés personal –interés del que hablaré más adelante–, me vi obligado a recurrir a aquellos sitios de internet en donde se muestran, sin censura, fotografías de accidentes locales antes de que las autoridades coloquen una manta sobre los cuerpos. Sitios que en lo personal detesto y que algunos conocidos frecuentan con asiduidad. (Todo esto en mi habitación, luego de lavar mis trastes y agradecer a mi madre por la comida). En efecto: se trataba del mismo niño. Lo distinguí de inmediato pese al tono oscuro de sus labios que se destacaba en su cara morena y pese a la sangre que salía de su cabeza. Tuve un ligero estremecimiento, me dejé caer de espaldas sobre la cama y contemplé el techo de la habitación.

Lo conocí –vi– un par de semanas atrás, a finales de diciembre, dos o tres días antes de nochebuena. Me dirigía en mi coche al mercado J. por asuntos familiares que nada tienen que ver con esto, cuando me detuve a comer en un puesto de tortas y licuados que se localiza a un costado de la avenida L.

Mientras comía, sentado sobre un banco propiedad del tortero, sentí como unos golpecitos en mi pierna derecha. Recuerdo muy bien que fue en mi pierna derecha, y al hacerlo puedo sentir el contacto de aquellos pequeños dedos que golpeaban débilmente mi pierna, llamándome.

Me giré y bajé un poco la cabeza para verlo. Su rostro era muy moreno, pero pálido, falta de hierro quizá, y estaba sucio. Me decía algo que no entendí a la primera, luego me repitió casi en un grito, en una de esas impertinencias propias de la infancia: “Que si me da pa’ mi navidad”. Comprendí que me pedía dinero. Me desconcerté. No llevaba más efectivo que el justo para pagar lo que en ese momento masticaba. Busqué en las bolsas de mi mochila y encontré un chocolate que quién sabe cuánto tiempo tendría en ese sitio. Como sea, estaba en buen estado y se lo entregué al pequeño. Este no pareció muy complacido con mi regalo, me miró como diciendo, “pero qué tacaño es usted”. Se dio la vuelta sin darme las gracias y se alejó con dirección a otro cliente. Un sujeto extraño que no supe en qué momento llegó.

Se trataba de un hombre adulto, aunque todavía joven, calculo que no tendría más de cuarentaitrés años. Y si digo que lucía extraño es porque su ropa, el corte de su cabello, no parecían adecuados a la figura de su cuerpo ya robusto, a las canas que lucían evidentes a los costados de su cabeza. Por decirlo de alguna manera; aquel sujeto parecía estar disfrazado de un adolescente de dieciocho años, como si al llegar a esa edad hubiera dicho: “yo de aquí ya no me muevo”. Pero, como resulta natural, todo lo demás siguió moviéndose, incluida su generación y su propio organismo. No lucía sucio, pero me lo pareció, quizá por lo deslavado de su ropa negra. Tuve la impresión de que no tenía pareja, tampoco un trabajo estable, y de que posiblemente consumía cocaína. Estoy lleno de prejuicios, sí.

El niño se acercó a aquel hombre, lo tocó en la pierna, al igual que a mí, pero la izquierda. Entonces el hombre lo miró y tuvo lugar allí una extraña escena, un diálogo extraño, que trataré de reproducir a continuación:

– ¿Me da para mi navidad? –dijo el niño con la mano extendida.

El hombre vestido de adolescente lo miró un momento, luego dijo, con una voz más grave de la que yo esperaba:

– ¿Tu navidad? ¿No deberían encargarse de eso tus padres?

–Fue mi mamá quien me dijo que pidiera para mi navidad.

– ¿Y tu padre?

–No sé.

–Ah...

El niño permaneció allí, mirando desconcertado al hombre. Como este no dijera nada luego de transcurrido un minuto, el pequeño se dio la vuelta con intención de marcharse de aquel sitio; seguramente estaba acostumbrado a ver a muchos locos en las calles. Pero antes de que abandonara el lugar, el hombre lo detuvo:

–Espera, está bien; te daré para tu navidad, pero antes quiero que me respondas algo –el niño lo miró con curiosidad–. Dime por favor: ¿qué es eso de la navidad?

Al niño se le iluminó el rostro, como si le hubieran preguntado por una lección que tuviera bien estudiada y ahora se le presentara la oportunidad de demostrarlo.

–La navidad es la celebración por el nacimiento de Dios– respondió sonriendo con todos sus dientes.

–Celebración por el nacimiento de Dios... –repitió el hombre, y luego preguntó: – ¿Tú crees en Dios?

–Pues claro– contestó el niño, como si le hubieran preguntado una obviedad.

– ¿Y por qué crees en Dios? ¿Qué es lo que hace para que tú creas en él?

–Dios hace todo. La hoja de un árbol no se mueve sin la voluntad de Dios.

– ¿Qué significa eso?

–... no lo sé, pero mi mamá lo dice muchas veces.

–Ya...mira, ¿qué pensarías si te dijera que yo puedo hacer más cosas que Dios, que tengo más poder que él?

El niño se rio, parecía estarse divirtiendo con la conversación que mantenía en ese momento con aquel extraño sujeto.

–Pensaría que usted está mintiendo, no puede ser más poderoso que Dios, nadie puede.

–No, niño, hablo en serio, yo puedo hacer muchas más cosas que Dios, y puedo hacerlas mucho mejor que él– Ahora era el hombre quien parecía divertido.

–No es verdad –dijo el niño en un tono ya más serió que daba a su rostro una expresión compungida.

–En serio puedo hacer muchas cosas mejor que Dios, ¿quieres verlo?

–A ver... –respondió el pequeño, ahora intrigado.

El hombre se puso de pie. Caminó unos pocos pasos hasta el límite de la acera, dio un giro completo sobre sí mismo y volvió tranquilamente hasta su banco, donde de nuevo tomó asiento. Miró al niño y le sonrió.

– ¿Ves?

– ¿Qué? –preguntó con los ojos muy abiertos, interrogantes. No entendía nada de nada.

– Pues eso –respondió el hombre– ¿Acaso no camino mejor que Dios? – y soltó una carcajada breve pero sonora.

El niño, además de molesto, parecía decepcionado, quizá esperaba que aquel hombre hiciera alguna cosa fantástica.

–Oye, no te molestes, pero te aseguro que no has visto a Dios caminar tan bien como yo lo hice, es más; apuesto a que ni siquiera lo has visto caminar, o sentarse, o de pie siquiera ¿verdad que no?

–Mi mamá dice que no somos tan buenos como para ver a Dios.

El hombre hizo como que reflexionaba en la respuesta del niño, luego añadió:

–Cierto, cierto, definitivamente yo no soy una buena persona. Si eso es un requisito para ver a Dios, sin duda yo no podría verlo. Puede que tengas razón...

El niño sonrió entonces, como si hubiera aniquilado los argumentos de su rival luego de un acalorado debate en torno a la existencia o la inexistencia de Dios.

–Pero... –prosiguió aquel extraño sujeto–, esa es mi situación particular, claro, he pecado mucho, en realidad no me sorprende que Dios no se manifieste ante estos ojos acostumbrados al pecado.

Todo esto lo escuchaba el pequeño con expresión de no comprender nada en absoluto y al mismo tiempo hallarse sumamente interesado en aquello incomprensible.

–Repito– continuó el hombre–, es este mi caso particular, pero tú que eres un niño no puedes haber pecado, incluso si has actuado de manera incorrecta no puedes haber pecado, dime: ¿tú has visto a Dios alguna vez? Respóndeme, vamos.

Mi torta ya se enfriaba en el plato, pero yo no podía dejar de prestar atención a tan extraña escena, bien que trataba de disimular para que nadie me notara, a la manera de aquellos fotógrafos de la vida animal, que buscan pasar desapercibidos para no interferir en el desarrollo natural de los acontecimientos. Percibía, sin embargo, algo como un comienzo de perversión en todo aquello. Algo que no era capaz de definir en aquel momento y sobre lo que incluso ahora no estoy muy seguro.

El niño estuvo callado algunos segundos, mirando al piso.

–No, pero –trató de justificarse–no siempre he sido bueno.

– ¿Has pecado?

El niño miró al piso un momento, con el ceño fruncido como si hiciera un gran esfuerzo de pensamiento.

–No sé qué es un pecado. –respondió un tanto apenado.

–Es todo pensamiento, palabra o acción que vaya en contra de la voluntad de Dios, ¿has hecho cualquier cosa que vaya en contra de la voluntad de Dios?

El pequeño permaneció en silencio, mirando la punta de uno de sus pies que se movía de un lado a otro. Entonces, el hombre adulto continuó.

–Pues yo he hecho muchísimas cosas en contra de la voluntad de Dios –dijo el hombre antes de soltar otra breve carcajada, luego agregó: –Pero si tú no, es extraño que nunca hayas visto a Dios.

El hombre apoyó su dedo índice debajo de su labio inferior, como si reflexionara.

–Mira, niño, te contaré algo. Hace un momento te confesé que yo hice muchas cosas malas. Y es verdad. Comencé cuando era un niño apenas unos años mayor que tú, cuando ya tenía la capacidad de pecar. Por mucho tiempo anduve asustado de haber molestado a Dios con mi comportamiento. Si sigo vivo, me decía, es por la infinita misericordia de Dios. Pero ocurrió una vez que hice algo inmensamente malo, algo que no puedo contarte, un pecado de esos que se pagan con la sangre. Estaba convencido de que Dios no me perdonaría y que de un momento a otro tomaría mi vida. Todo aquel día anduve asustado y triste, asustado porque no sabía qué era lo que me mataría; triste, porque me parecía una lástima que mi vida fuera a terminar siendo tan joven. Me fui a dormir pensando que ya no despertaría nunca. Creo que me quedé dormido llorando. Cuando desperté a la mañana siguiente no podía creerlo. Era imposible que Dios perdonara aquel pecado, ¿qué había pasado entonces? ¿Acaso Dios no se percató de mi mala conducta? Imposible; Dios era omnisciente. No podía ignorar uno solo de los actos que se cometían en el mundo. ¿Acaso Dios se percató de mi mala conducta pero no podía castigarla? Más imposible aún: Dios era omnipotente...a menos que no lo fuera, a menos que... Y en mi cerebro, que hasta ese momento estuvo lleno de ruido, se hizo el silencio, y de en medio de ese profundo silencio surgió la respuesta. Una respuesta que en un principio me pareció terrible, pero que un segundo después encontré liberadora: Dios no existía...

Al escuchar esto, el niño emitió un grito ahogado, bajito, y tanto en este como en sus ojos muy abiertos, se adivinaba, en aquel momento, un profundo horror. Parecía asustado por las palabras que recién escuchó y deseaba, creo yo, no haberlo hecho.

Esta reacción en el niño quizá pueda parecer exagerada e irreal a algunos de quienes leen esto. Sin embargo, aquellos que tuvieron profundos sentimientos religiosos durante la infancia podrán entenderlo. Lo sé porque yo mismo fui así en mi niñez, y lo que se me decía en el catequismo eran verdades grabadas con fuego en mi consciencia. Este niño parecía pertenecer a la misma especie.

Justo en ese momento, el tortero acercó al hombre una hamburguesa fascinante. Lucía tan exquisita que tuve la certeza de que no se encontraba en el menú y era más bien un pedido especial que aquel sujeto, de seguro consumidor frecuente en aquel puesto, solicitó con anterioridad. La carne gruesa y en su punto, varias tiras de tocino, queso blanco, rodajas de jitomate, cebolla morada y hasta aguacate. Incluso yo, que estaba por terminar de comer, tuve deseos de comprar una para más tarde, pero como dije ante, no tenía más dinero. Me pareció una verdadera lástima.

El niño, que miraba todo aquello, parecía haber olvidado el conflicto metafísico que momentos antes tomaba lugar en su alma. Ahora miraba la hamburguesa: los labios ligeramente separados, los ojos más hundidos en el rostro. Me pareció famélico, algo no muy alejado de la verdad, quizá pegado a ella.

El hombre adulto dio una gran mordida a su manjar urbano y una mezcla de cátsup, crema y grasa se escapó de sus labios, deslizándose por su rostro y ensuciándole la barba de pocos días. Tomó una servilleta, limpió su cara, pasó el bocado y continuó su discurso sin mirar al niño.

–Así es, aquello fue algo liberador. Todavía hice uno o dos experimentos maliciosos para confirmar mi suposición, para asegurarme de que no se trató de un descuido de Dios (cosa absurda). Me quité entonces un gran peso de encima; junto a la idea de Dios todas las otras ideas que de él se derivaban también se desvanecieron: alma, espíritu, pecado, vida después de la muerte. Todas se desvanecieron como charcos de agua sucia que el sol evapora tras la tormenta. Y cosas que antes me parecían imposibles de tan lejanas ahora se me figuraban al alcance de la mano, porque este mundo se colma de posibilidades cuando no sientes que un ser todopoderoso te observa desde un lugar supremo para castigarte a la primera falta. Dentro de mí, una energía que hasta hacía poco se movía pesada y torpe se sacudió ligera y ágil. Y es que sin la opresión de la fe el mal deviene en astucia e inteligencia. Son muchas, muchas las cosas que puedes lograr cuando te dejas guiar por el mal que llevas dentro. Digamos que la vida se vuelve más sencilla. Si escuchas al Mal no te faltará dinero, no digo que te vuelvas millonario, para eso se necesita un mal especial del que no todos disponemos; tampoco te faltará placer, y no tendrás que soportar ya nunca las molestas cargas de consciencia que tanto desgastan a los creyentes. Sin duda el Mal puede otorgarte muchas más cosas que Dios. Aunque esta es una manera de hablar; el Mal, al igual que Dios, no existe. Es otra manera de llamar al vacío o a la nada, pero intento ser claro así que seguiré hablando del Mal.

En aquel momento yo me sentí como desprendido del tiempo y el espacio que habitaba, todo en derredor del niño y el hombre desapareció o se volvió blanco, era tal mi concentración en aquel espectáculo. El hombre parecía poseído por una extraña inspiración, hablaba como un profeta maligno. El niño escuchaba sin comprender nada, miraba a la hamburguesa temblando de hambre. El extraño sujeto, que estaba por dar otra mordida a su alimento, se percató de esto, los ojos le brillaron

y pareció descubrir en ello una oportunidad para probar su punto. Regresó su comida al plato, sonrió y dijo al pequeño:

– ¿Sabes? las recompensas que otorga el Mal a sus creyentes son inmediatas.

El niño lo escuchaba en silencio. La palidez en su rostro se había acentuado. Sin duda, la vista y el aroma de los alimentos despertaron su apetito.

–Dime, niño, ¿quieres una hamburguesa? –preguntó el hombre.

El niño no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Tímidamente respondió que sí.

–Vi tu expresión hace un momento, cuando dije que Dios no existía. Seguro sentiste miedo, pues te diré: eso era el Mal que está dentro de ti, en el centro de tu panza para ser más precisos. La libertad nos asusta, y el Mal en ti sintió miedo ante la sola posibilidad verse libre, pero seguro también se emocionó. El miedo que sentiste no fue propiamente tuyo.

El niño no entendía un carajo de todo aquello, tampoco yo.

–Mira– continuó el hombre– quien algo quiere algo le cuesta.

Cuando el sujeto dijo aquello, comencé a sentirme realmente mal, un tanto mareado, con una especie de náusea. Comprendí entonces la razón del malestar que me había asaltado momentos antes: justo ante mis ojos se intentaba destruir la fe de un niño. Y ahora pienso que aquello era algo enteramente malo, algo estrechamente relacionado con la corrupción de menores, con la corrupción del alma de los menores, pero en aquel momento no hice nada para impedirlo. Permanecí en silencio, con mi plato ya vacío frente a mí. ¿Qué podía hacer, si el concepto alma no aparece en nuestros códigos penales?

–Yo sé bien que no tienes dinero, pequeño, pero venga, no soy un hombre quisquilloso. Tan solo quiero que reconozcas algo.

Aquel pequeño, que cada día enfrentaba las infinitas privaciones de vivir en la calle, lo observaba en silencio, con atención.

–Quiero que reconozcas, así sea de dientes para afuera, que yo puedo hacer cosas que Dios no. Que en muchos aspectos, yo soy mejor que Dios y más útil. Anda, solo dime eso. Vamos, yo sé que sabes que es lo más racional. Intenta pedir una hamburguesa a Dios y verás que no te dará nada.

El pequeño cerró los ojos con fuerza, sin duda hacía caso a lo que le dijo aquel hombre, parecía pedir algo en silencio. Estuvo así un momento. Luego abrió los ojos y alcancé a ver en ellos algo como un eco de esperanza, pero de inmediato se desvaneció cuando vio que delante de él no apareció, no digamos ya una hamburguesa, sino cualquier cosa comestible.

Al niño entonces le bajaron dos gruesos lagrimones por las mejillas, removiendo un poco la suciedad de su rostro, y dijo algo parecido a lo que el hombre le pidió. Este sonrió entonces y pidió una hamburguesa “igual que la mía” para el pequeño.

Mientras masticaba, el niño tenía los ojos muy abiertos, y a ratos miraba sobresaltado a uno y otro lado, como temiendo que algo pudiera atacarlo de un momento a otro. No parecía disfrutar la comida en absoluto.

Dejé el dinero sobre el mostrador y me alejé de allí sin emitir una sola palabra.

***

Esta mañana visité de nuevo aquel local ubicado junto a la avenida L., la misma en la que murió atropellado aquel niño. En el punto exacto en que el menor perdió la vida había una cruz blanca, dibujada con aerosol sobre el concreto. Un poco más cerca de la acera había un par de ramos de flores ya marchitas y un vaso chamuscado por una veladora ya consumida.

Pedí un jugo. Mientras lo bebía, pregunté el dueño del puesto por lo que sucedió exactamente, si pudo ver el accidente.

–Fue terrible, joven, pasó allí adelantito –señaló un lugar en la avenida–. Escuché un frenón y cuando volteé ya estaba allí el pequeñito, con sangre saliéndole de la cabeza. No crea que murió al instante, tenía los ojos abiertos y los movía de un lado a otro, quién sabe que estaría viendo o en qué cosas habrá pensado; quizá en nada. Ya pasaron varios días, pero no me puedo sacar la imagen de la cabeza. Tampoco es que durara demasiado, uno o dos minutos tan solo.

Escuché que alguien se acercaba a mis espaldas. Se trataba del hombre de aquel día. Al parecer, alcanzó a escuchar nuestra conversación.

–Ah, fue terrible lo que le ocurrió a aquel niño. Me alegra no haber estado aquí, soy una persona muy nerviosa. En fin, que Dios lo tenga en su santa gloria– dijo sonriendo. Luego tomó asiento junto a mí.

– ¿Lo mismo de siempre, amigo? – preguntó el hombre detrás del mostrador.

–Sí, lo mismo de siempre– respondió el hombre a mi lado.

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