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“El Nuevo Cuerpo”
Sólo una vez me he mudado de cuerpo.
No lo hice de niño escondido en mi armario,
la primera vez que me masturbé y pensé
y pensé de verdad, que el infierno y el paraíso, juntos,
eran el abismo infinito de un oscuro camino.
No lo hice cuando mi abuela murió
faltándole un seno electrizante, tan fértil, que había alimentado
a otras familias que no le pertenecían con su feroz cuerpo.
No lo hice cuando escuché a los 13 años, que mi cuerpo era diferente,
sin sustancia, lo dijo un doctor con labios que parecían nunca follar,
lo dijo mientras apagaba la luz de mi lenguaje.
No lo hice cuando mi padre cambió de cuarto
y fue perdiéndose a lo lejos en un mundo inaccesible,
durmiendo en una cobija seca, sobre una alfombra
que le dejarían marcas en su cuerpo,
parecidas a constelaciones innombrables.
No lo hice cuando estuve en la cárcel
y pase por laberintos que impregnaban
en mi cuerpo olor a libros perdidos.
No lo hice la noche en que te enseñé mi sexo
sin máscaras, ni marcas, con consecuencias tan extrañas
sin la instrucción de que
mi sexo no sería alimento por primera vez,
No lo hice cuando sentenciaron el cuerpo de mi hermano
a vagar sin brújula por una enfermedad incurable
mientras que los ríos que dan origen a todo se burlaban de mi madre.
Lo hice en el peor día de la semana: Domingo.
Lo hice mirándome a través de un espejo
que disparaba relámpagos de vocabulario en mi epidermis solitaria.
Lo hice de manera impulsiva,
sabiendo que no alcanzaría a sofocar mis lágrimas hasta Octubre.
Lo hice de manera rutinal.
Lo hice.
Mudé mi cuerpo en silencio.
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