Mi
hermano era delgado y serio, y también lo que mi madre más amaba en este mundo.
Poco más puedo decir de él. No pude conocer su infancia, pero supongo que fue
común, feliz e inconsciente como la de todos los niños. Lo que sí recuerdo es a
mi hermano de veintidós años. Terminó la preparatoria y dejó los estudios para
comenzar a trabajar, no veía sentido en la educación superior. No obstante,
todos los que lo conocieron coinciden en que fue un alumno extraordinario.
“Mira”, me dice mi madre mientras sostiene los certificados de estudio de mi
hermano. Echo un vistazo: solo dieces. Mi asombro solo es interrumpido por los
sollozos de mamá.
Todo
esto no alcanzara ni para un esbozo del carácter de mi hermano, si no le
añadiera una anécdota que refleje, de alguna forma, la extraña potencia que fue
su vida.
La
rutina de mi hermano era rigurosa. Llegaba a las tres de la tarde e iba directo
a la cocina. Besaba a mi madre en la frente y charlaba con ella durante la
comida. Nos reíamos mucho. Luego se encerraba en su cuarto hasta la hora de la
cena. Antes de dormir salía a caminar por una hora. Algunas noches yo lo
acompañaba. A su lado me sentía como una persona adulta. Mi hermano nunca
despreció mi conversación porque esta viniera de un niño, al contrario, notaba
como ponía toda su atención en cada una de mis palabras. Yo lo veía tan serio,
casi triste, que quería crecer para ayudarlo. Aquella tarde –la que intento
narrar- me encontraba molesto porque vi a unos niños más grandes que yo
maltratar a un gato a la salida de la escuela. Quise impedirlo pero fui a dar
al suelo en cada ocasión. El coraje hacía que me temblaran los labios durante
la comida. Mi hermano lo notó de inmediato, con mayor celeridad que mi madre.
Cuando terminamos de comer me llevó a su cuarto.
Aquel
lugar siempre se hallaba limpio y esto confería un olor agradable y fresco a
toda la estancia. Tres de sus cuatro paredes las ocupaban libreros totalmente
llenos. Los libros que no cabían en sus espacios estaban colocados en columnas
sobre la parte alta de los muebles y rozaban el techo. Me preguntó qué pasaba
y luego escuchó atentamente mi relato. Se puso de pie y sacó de los libreros un
volumen gordo. Se sentó de nuevo sobre la cama y colocó el libro sobre sus
piernas. Es extraño, aún recuerdo lo que me dijo, palabra por palabra:
“El
mundo está plagado de imbéciles, ¿cierto? Me di cuenta cuando tenía tu edad y
casi me vuelvo loco. La mayoría de las personas no son capaces de pensar
racionalmente. Piensan que la realidad se encuentra en sus cabezas y no en
algún lugar fuera de ellas. La maldad se pasea bajo sus narices y no se enteran.
Creen que sus problemas son los problemas del mundo. Creen que si las cosas fueran
como ellos dicen deben ser el mundo sería mejor y no solo diferente. Todos se
creen poseedores de la verdad. Nadie parece percatarse de que hay gente que
sufre más que ellos. Se casan con una idea y la defienden acríticamente. Hacen
el mal creyendo hacer el bien, y por ello actúan con una superioridad moral que
hace que te duelan los huevos. No exagero, muchas veces pensé si no sería mejor tirarme a las vías del tren en lugar de
seguir soportando a todos esos engreídos. No se lo menciones a nuestra madre y
no te preocupes, esas ideas me abandonaron hace ya mucho tiempo. Ocurre tan
solo que entonces yo no sabía que todo aquello era una ilusión. No lo digo
metafóricamente. Eso que vemos es una
ilusión. ¿Sabes lo que son los qualia? Lee y descúbrelo. El punto es que yo
ignoraba que todo aquello que me molestaba lo tenía adentro de la cabeza. Y yo
no sabía salir de mí. Una mañana en que no asistió nuestra maestra de
secundaria fui a encerrarme al único lugar fresco del edificio: la biblioteca. Tomé
un libro de filosofía. Allí cambió todo. Las piezas del rompecabezas comenzaron
a caer como atraídas hacia el lugar correcto. Pero también las dimensiones del
rompecabezas se extendieron más allá de mi alcance. No importaba, porque lo
había descubierto. Y más todavía, sabía que no era el primero en descubrirlo.
Muchos otros antes que yo habían descubierto la farsa y habían echado un
vistazo por detrás del velo. Estaban todos muertos, pero sus consciencias
seguían hablándome. Ya no me encontraría solo otra vez, cierto que mis amigos
ya no habitaban este mundo, pero, quién sabe si, como afirman algunos filósofos
y científicos, el tiempo no es más que un gran bloque unido e indiferenciado en
el que pasado, presente y futuro se hallan en el mismo lugar aquí y ahora, y el
devenir no es más que una ilusión de nuestra limitada consciencia; digo que si
esto es cierto, entonces mis amigos y yo estamos juntos. Cuando llegué a la
prepa llegaron las estúpidas ideologías. Hombres y mujeres que piensan con las tripas;
heroínas de algo que no comprenden; sujetos que solo ven los efectos y son
incapaces de descubrir las causas. Pero yo ya era inmune a todo aquello.
Terminé la preparatoria tan solo para no hacer sentir mal a nuestra madre. Lo
que quiero decir, hermano, es que también tú veas el rompecabezas. El mundo va
en caída libre y ya nada lo detendrá, pero los paisajes son maravillosos”.
Creo
que no entendí en su momento una sola palabra. Me pareció que mi hermano estaba
un poco loco y al mismo tiempo sentí una gran admiración. Se puso de pie y me
alcanzó el libro que había sostenido durante su monólogo. Diálogos, decía bajo el entonces para mí extraño nombre de Platón.
Me acompañó a la puerta y me dijo que tenía que escribir algo. Que más tarde,
si quería, podíamos ir a caminar.
Poco
tiempo después vino la enfermedad y aquellos largos meses parecidos al
infierno. Y es probable que mi madre y yo hubiéramos enloquecido por el dolor
si no fuera por las palabras que, desde la cama y desde el final de su agonía,
nos dirigió mi hermano. Pero quizá resulte más oportuno hablar de ellas en otra
ocasión.
Buenísimo
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