domingo, 8 de julio de 2018

Leones en el cielo


Rodrigo dice que arriba,
en el cielo, detrás de las nubes negras;
habita una manada de leones.
Y lo que aquí abajo llamamos,
ingenuamente, truenos;
son, en realidad, sus rugidos.

Rodrigo tiene tres años
y otras tantas veces mi amor.

Una, por la infancia;
dos, por la sangre compartida;
tres, porque nos comunicamos
a través de un mismo código:
el de los niños y el de los locos.

Me dice que, en su selva de nubes,
en medio de su bosque de granizo,
o andando lentos sobre su estepa eléctrica;
los leones en el cielo están tristes.

Tristes porque en la tierra
los hombres les tenemos miedo.
Sus rugidos nos parecen amenazantes,
cuando son en verdad  expresiones de júbilo.

Con la imaginación,
Rodrigo y yo nos acercamos al cielo,
y preguntamos a los leones
si quieren ser nuestros amigos.

Nos dicen que sí, pero con palabras no,
con actos: saltan alegres, chapotean
las aguas volantes de los cielos.

Y abajo, en el mundo,
cae una llovizna de amor e infancia,
de gracia y piedad para los hombres.

(Rodrigo, yo también me siento triste,
pensando en que un día, ya no serás un niño).

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