Son las doce de la tarde y yo les vengo abriendo el ojo a
todos ustedes. Ayer se puso buena la balacera, y hasta se dejó caireles una señorita
de esas que saben forjar y no lloran si uno les pide un diego para completar la
caguama. Me siento bien crustáceo y en mi cabeza solo tengo la convicción de que
la única manera de poder aguantar esta perra vida que elegí yo cholo pero en
compañía de otros desgraciados por el gobierno de nuestro putísimo presidente es
conectarla en un grado máximus suprema. En el refrigerador quedan cuatro chelas
que voy a chingarme a la de ya abrí la primera y de un trago me laaaaaaaaaaaaaaaaaah
chingo y voy por la que sigue y hago lo mismo: aaaaah! El primer trago siempre
es el mejor, dicen, pero yo pienso que el mejor es aquel que bebe uno cuando tu
equipo sale campeón, y que nunca es el primero, porque una final se tiene que
ver hasta el culo de pedo, y no hay más. Los que no han tenido chance de dar
ese glorioso trago del que hablo disculpen las molestias que les ocasiona el
paso de mi carreta por sus tierras áridas de estrellas y leyendas. La tercera
cerveza me la bebo con más calma mientras busco la chora sin esperanza porque
si esta morra se levantó igual de cruda que yo, de seguro se dio unas baicas
antes de pegar fuga y dejarme soñando con sus piernitas abiertas. Maldita sea,
no se sabe la regla elemental de los marihuanos o qué: nunca dejes a tu
marihuano hermano sin un porro en la mano. Y menos cuando la mota no la conseguiste
tú. Verga. Puta madre. ¿Es tan difícil tener sentido común y preocuparse por
las adicciones de los demás? Me voy a tener que aguantar la herida.
Mientras toma la última cerveza sobreviviente del
refrigerador repasa sus cosas por hacer hoy. Siente unas punzadas leves en la
cabeza y se sorprende por las fronteras tan inciertas que la resaca puede tener
o aparentar tener con la realidad. La cruda realidad, piensa él. Recargado en
la barra voltea a ver los ensayos que le faltan por revisar, y en ese momento
se da cuenta que su estómago quiere decirle algo apremiante y él dice no
mentalmente, NO, por favor, y se encorva un poco, y siente la saliva amarga que
se desliza en un vaivén por su garganta anunciando la llegada de los jugos
gástricos. Sabe que es una batalla que nunca hay que pelear y se dirige al
baño: si quiere salir, que salga, piensa y se pone de rodillas, abre la boca y
deja que el chorro café se lleve consigo todo eso que su cuerpo se niega a
procesar. Casi siempre le pasaba, desde que tenía veintitantos, pero también casi
al mismo tiempo descubrió que si fumaba marihuana desaparecía la náusea y el
aletargamiento característicos de la resaca alcohólica. Pinche Itzel, piensa,
me caga vomitar.
Abre la llave del agua y empieza a salir muy fría pero no le
importa: desea que algo lo distraiga de ese malestar que le impide ser. Unos
tacos de barbacoa, un jalón de greñas, piensa. A medida que el agua se pone
caliente su respiración adquiere un ritmo más regular. Recarga una mano en la
pared y deja que el agua corra por su cuerpo. Solo quiere que pase el tiempo y
que llegue la noche para poder sentirse libre de todo trabajo. ¿Por qué había
aceptado ser profesor sustituto de alguien que seguiría cobrando su sueldo
completo mientras se dedicaba a una investigación banal, que no cambiaría nada
en el mundo que creemos a veces real, ni siquiera en el mundo literario que a
veces mata en serio, y que solo realizaba para cumplir con los requerimientos
mínimos pedidos por la Universidad de Guadalajara para seguir cobrando el sueldo
de profesor titular C, el máximo que puede alcanzar un profesor investigador,
solo por debajo del de pariente, amigo o puta de algún pez gordo, que podía
elevar esa cantidad hasta en cien mil pesos, es decir, casi cuatro veces el
salario normal de un profesor, mientras que a él le habían ofrecido ciento cincuenta
pesos la hora de clase y la posibilidad de quedar bien ante los rateros para
que luego pudieran considerar contratarlo si es que hacía las cosas bien y no
daba problemas? ¿Se había dejado vencer tan fácil por la tentación de regresar
a su alma máter? Era un trabajo temporal, le daban libertad de cátedra y la
oportunidad de debatir sobre temas que le interesaban; aparte la universidad se
pichaba las caguamas. Podía pedir más, pero estaba claro que no se lo iban a
dar.
Con la toalla envuelta en la cintura tomó su celular y marcó
varios números para que todo funcionara de manera correcta en la cafetería.
Hacía dos días que no le contestaba el teléfono su proveedor de café. Ya solo
tenía producto para una semana cuando mucho. Se sentó en la cama y sus
pensamientos clavó en la última conversación que tuvo con su padre: ese viejo
cada vez más canoso le dijo que desde que empezó a dar clases en la universidad
había descuidado el negocio; que tuviera cuidado: no valía la pena arriesgar
algo que habían construido entre todos por un empleo temporal y sin contrato. Te
preocupas mucho, jefe, le dijo entonces el cholo a su padre. Después sacó un
gallo que traía camuflajeado en la cajetilla de cigarros, lo prendió y continuó
diciéndole: el café que hacemos aquí es tan bueno que si la cafetería se
derrumba, los mismo clientes la reconstruyen. No seas mamón, le dijo su padre
al tiempo que le arrebataba el porro de la mano para darle una larga fumada y
luego continuar, qué maña la tuya de fumar en el trabajo. Es que si no dónde,
jefe: me la paso chambeando.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por nuevas
punzadas, pasadas de lanza, pensó, al tiempo que se reclinaba hacia atrás y
terminaba por recostarse en la cama. Perrísima madre, imploraba, que se me
quite esta cruda ya. Su mirada, clavada en el techo, empezó a nublarse y
decidió no ver más. Que el tiempo pasara pero él no podía seguir así. Los
pensamientos de nubes grises y algo que brilla al fondo. Qué es eso, piensa con
una voz muy ronca y cierra más los ojos. Ay güey, es eso lo que yo creo que es,
cree que se pregunta, pero es que ya no sabe. El humo lo está tapando todo. Se
quema. Se está quemando. Pero si serás pendejo, bróder, dice en un sobresalto y
se pone de pie para salir casi corriendo hacia el pequeño escritorio negro
donde suele trabajar. A medio camino la toalla se le desenrolla de la cintura y
cae al suelo; con el pie derecho de una patada la pone sobre una silla y sabe
que si la toalla hubiera sido balón, y la silla una portería, eso hubiera sido
un golazo. Es una caja pequeña de cartón que huele a ritos consumados. Es el
deseo consumado y la sábana del muerto; el bosque quemado y el bosque hecho
papel listo para ser contenedor de loquera maciza y masivamente hablando ya me
tardé en armageddón un fénix con las cenizas que dejó maría cuando se apareció
el diablo por estos lares.
Ahora sí podía digerir la realidad de tener trabajo que
hacer antes de las seis de la tarde que empezaba su clase de literatura
mexicana del siglo XX. Y después a la cafetería. Ya después quién sabe. Trabajo
todo el día, y mi jefe diciéndome huevón porque ahora le caigo menos horas a la
cafetería; chale, bróder, pensó, y se perdió unos instantes en el humo espeso que
flotaba lento por el cuarto. Mientras terminaba de fumar el cigarro que había
armado con los restos de otros cigarros de marihuana pensaba y se cuestionaba
muy por encima de las aguas del profundo mar, qué le gustaba más, si ser
profesor por unas cuantas horas pagadas a la quincena y hablar sobre temas
determinados por un plan de estudios que modificó en la práctica para tratar de
acercar más a sus chavos, decía él, a las calles, que era donde de verdad
ocurría la literatura si se ponían truchas. Eso y una pila de papeles que
revisar, temas que exponer ante un auditorio, libros que releer bajo presión de
hacer bien la chamba, la mirada de algunos de sus compañeros en la sala de
profesores adonde solo entraba por café y en busca del periódico que ahí
dejaban, caminar entre estudiantes a las cuales desnudaría a la mínima
provocación si este mundo fuera un poco más salvaje y no existiera el erotismo
que lo hacía tener que invertir más tiempo del que en verdad tenía y quería
gastar en conseguir una persona agradable que no fuera necesariamente una joven
universitaria para darse todo el placer posible. Ser profesor o ser gerente de
una cafetería en la que tenía la libertad de hacer, casi sin restricciones, lo
que le diera su pinche gana debido a la confianza de su padre y Orozco, el
amigo y socio de su padre en el negocio. No podía decantarse por cholo una y a
esa hora del día y con las latas vacías, regadas por el cuarto, decidió que lo
mejor era dejar de pensar en su presente laboral, y ponerse a revisar las
primeras tareas del semestre de sus alumnos: les había pedido que eligieran una
novela mexicana escrita en el siglo pasado que ya hubieran leído y que plasmaran
un viaje con gallardas reflexiones de ser posible por santa maría, madre del joint,
sobre cómo el tiempo ocurre en la narración, y unas líneas más sobre el lenguaje
del texto. Un ejercicio de calentamiento nomás, para que se armaguedón el
cotorreo en los albores de su segunda clase del semestre.
Con los trabajos revisados y el dolor de cabeza reaparecido,
un hambre de perro que se asentó en su ser no lo dejó hacer otra cosa que
pensar en cómo calmar las aguas hasta que se comió ocho dorados de barbacoa con
un chingo de cebollitas y una coca líquida, porque si hubiera de la otra ni de
comer me acuerdo, dijo su perra voz del interior cholo. Estaba sentado y
mientras iba por el tercer taco empezó a pensar en cómo habrían terminado la
noche sus dos chavos recién encontrados otra vez desde que el señor se fuera
unos meses atrás de excursión al sur. De seguro hasta el culo. Y es que
pensándolo de-mente seria maximus suprema, no hay otra manera de terminar bien
cuando te topas de frente con personas perras que saben conversar con la
bandera en alto cotorreo multidimensional. Las palabras y las historias se
valen de los vicios del hombre para salir de una vez por todas, ya que esta
raza, además de todo, fue enseñada por criaturas que vinieron de partes sobrias
de este terreno de naturaleza alucinante a guardar con egoísmo y miedo sus
concepciones más subjetivas y no decir nada, en nombre del dios que los mataba
si no le rezaban lo que él deseaba en cristiano, sobre la comezón en el
occipital provocada por la experiencia y la convicción de que todos ven más o
menos la misma mierda que uno: individuos sin pensar en cómo pensar para
empezar a cambiar la realidad; estáticos pedazos de energía concentrada en las
cosas equivocadas es lo que desean los reyes para seguir en el disfrute de las
cosas que nos tocan a todos por ley de vida. Por mera loquera me dan ganas de
echarles un grito al siniestro y al señor, pero es mejor irme todo erectus
hasta el jardín de filosofía y pedir esquina con unas baizas a Gabo o a quien
esté por ahí enchinándose la pensada antes de ir a dar cátedra mexica de siglo
pasado.
Yo espero que… no, no. Más bien: yo sé que algún día,
espero, ahora sí esa maldita palabra, cercano, mis patas de perro falseen y
caiga yo, de hocico sediento por la vagina de alguna señorita estudiante de la
vida loca, donde más huele la flor. Siempre me han latido más las de estos
cantares académicos; sin importar la escuela donde estudien, lo importante es
el alumnado. Yo no puedo ser tan joker o siniestro a menos que ande bien Sergio
Ramos. Esos cabrones sienten deseos de fornicación por un porcentaje muy alto
de mujeres. Y no es que yo me ponga el moño en la cabeza pero esos dos se han
consagrado como los power ranger más gloriosos de la galaxia por haber logrado
hazañas inauditas ante peligrosas criaturas enviadas por un ser de lo alto para
tratar de destruir al hombre y su entorno. Ellos dos y cualquiera se volverían
locos aquí con tanta mamacita. Pero bueno, debo concentrar mis pensamientos
erizos en ponerme loco antes de entrar a decirles a esos qué pedo con la
literatura mexica. Éste es uno de mis espacios favoritos de los mundos que he
visitado. Desde que llegué por primera vez, yo cholo con un gallo en la bolsa
del panto para echar la baiza, porque me la habían rolado que aquí la banda no
se agüitaba, sentí en el aire algo extraño: la neta es que yo iba pasando con
las circunstancias dándome vueltas por la cabeza, zumbando como abejas. Por lo
tanto no puedo saber si yo encontré el lugar o el lugar me encontró a mí. Lo
que sí me acuerdo es que creo tenía quince años y ya iba a pasar a segundo de
secu si tenía suerte en el verbo que estaba próximo a tirar la semana próxima
ante el putísimo profesor que neta me traía de bajada machín. Ese diablo iba
pensando en que Monse se había apretado la tanga, pero no hay pedo, ojalá a
ella nunca le falte lo que yo le ofrecí ese día. Me acuerdo que cuando lo saqué
de mi pantalón y lo puse cerca de su cara para que lo oliera, su mirada medrosa
y sus palabras de “yo nunca fumaré drogas, y menos contigo” me hicieron querer
regresar el tiempo un minuto y sacarme mejor la verga, a ver qué pasaba. Ante
su negativa, yo ya no podía avanzar ni un paso más hacia el fin deseado por
ambos. El orgullo de su mirada, me acuerdo, como si yo fuera qué o qué. Chale. Se
había interpuesto mariana entre nosotros. Creo ella pensó que estábamos muy
morros para aventarnos un trío con la mujer de humo. Yo me lo guardé y le dije
que no había pedo, que no viera las cosas por otro laredo que no era, y que
todo chido, yo solo era un amigo que quería darse un viaje con ella y pasarla a
gusto y más si el cotorreo llevaba al roce de los cuerpos. Y creo fue de los
primeros buenos putazos que me han pegado por decirle a una morra que me la
quiero coger. Así, sin saliva. Pum. El vergazo bien acomodado. No había nada
más que hacer. Por eso sin llorar iba yo por maestros, y me viajaba con las rayas
que se habían aventado en los muros del panteón. Había murales también, pero me
daba color más de las rayas. Me daban ganas de pintarles un cotorreo pasado de
rosca en el barrio con dos o tres líneas bien trincadas, pero se las fie porque
no traía mis latas y era temprano para levantar a los muertos. Luego la gente
se asusta y empieza a gritar policía, policía. Nel. Aguante la carrilla. Los
espacios son para llenarlos de pensamiento trincado. O para filtrar un balón.
Pero bueno, la neta es que yo sí andaba medio ondeado por el rechazo de tan
bella florecita de tierra mojada. Iba como una bolsa de plástico llevada por el
viento y había camiones con gente y personas caminando por la calle todas con
sus cosas en sus caras y a mí me valía madre la vida. Por lo menos ella escuchó
mi verbo verdadero. Tenía la tarde libre hasta antes de las ocho que se
empezaba a juntar la banda más maniaca a darse unos tanques y armar las retas
de esa noche. El sol se estaba llevando durísimo y cuando llegué a Federalismo
se me antojó una chela. Traía treinta baros y estaba herido por donde le viera,
pero yo seguí mi camino. De la esquina vi el parque y lo que pensé era la
universidad. Caminé derecho y la primera entrada que vi abierta fue la que
crucé. Los guardias estaban parados y me fui todo derecho como si ya supiera
adonde iba. Había banda sentada en las jardineras, en las bancas y en el suelo;
otros estaban parados, pero todos hablaban de algo y los que estaban solos
leían o escuchaban música. Me acuerdo estaba un bróder bien agarrado de una
señorita con una raya en medio de la espalda y por mi lado pasaron dos batos
que se veía que traían prisa, pero no por llegar a clase. Los seguí en breve y
subimos por unas pequeñas escaleras que nos llevaron a un pasillo donde estaba
un mural debrayado por una imagen de porky que alguien había puesto en el lugar
indicado para regalar múltiples significados a la interpretación tripeada. Cuando
salí al jardín los juguetes se me subieron al ático: esto estaba de poca madre,
casi tan bueno como me contaban mi jefe y el zurdo. Vi uno despelucar a maría,
y ella se deshacía entre sus dedos; a otros matando una chora, y unos más locos
rolando caguama y dos porros en un círculo bien formado. Había una morra que
hacía girar un aro con su cintura y tres bróders dominando un balón. No necesitaba
más señales para saber que había llegado a donde está el águila devorando a la
serpiente, y que los mitos de la fundación y preservación de la loquera mexica
eran ciertos. En cortinas ubiqué un árbol que me protegía de la carrilla que
andaba tirando el astro rey, y que me permitía escuchar a una morena de lentes
que leía una parte de un libro para unos chavos ano-nadados de puro placer, y
saqué la victoria de mi bolsa. En mi boca pasó algo, como si naciera un río, al
oír que se abría. Me senté en las raíces y prendí el toque. Me fumé casi la
mitad, y empecé a pensar en qué momento había desarrollado el gusto por la
cerveza y algunos otros vicios del hombre. La fiesta nos la inculcan desde bien
morros. Es parte de nuestra cultura el valer verga durísimo. Mi jefe una vez me
llenó el biberón de chela nomás para tomarme una foto y enseñársela a sus
compas. Eso dice el bato. En todos lados está la palabra disfruta. Es más fácil
conseguir cocaína que antibióticos sin receta. Aparte, el Tony me la lleva casi
a todos lados por el mismo precio. Yo estaba sentado fumando un porro,
tranquilo. Lo demás. Lo demás no importaba. Tampoco me importaba que Monse me diera
el abrigo más grande cuando yo sudaba por el placer que me provocaban las
marcas de sus pezones en la blusa, pero es que las mamacitas que pudiste haber
olido de cerquita duelen igual que los goles que no metes. Neta. Y te acuerdas
toda la vida mientras puedas jugar y hasta después que ya no puedas meterla. Así
es la vida. Me lo dijo mi abuelo. Y ese perro jugó profesional. Así que
calmantes montes, alicantes pintos. Empecé a sentir las piernas relajadas. Acababa
de llegar casi, y ya quería contarle al señor y al siniestro sobre el nuevo
spot descubierto por su cholísima majestad. Me acerqué y me la tocaron por
arriba y sin albur la amortigüé con el muslo y sin que cayera la pasé con la
derecha al bato que tenía de frente. Alguien quiere, les pregunté, y ofrecí el
bosque envuelto. Que role igual que la bola, que role, dijo el bato que recién
me había lanzado una papaya que logré convertir en balón para que vieran que
desde que estaba más morro que ustedes, ya hacía magia. La vida es fugaz, pensé,
no me voy a preocupar por las cosas que no fueron. Una, dos, y la pasas.
Aplico la mirada de sabueso y veo hacia todos lados sin
mover la cabeza. Ahí está la banda de siempre de este semestre. Los drugstars
de la nueva temporada. Transa, esos, les aviso que su perra majestad del
ajedrez verbal ha llegado. Pero no tengo tiempo más que para una baiza, así que
albureo a dos tres chavazos mientras el güero voltea su mochila y todos los
libros y cuadernos caen sobre la mesa; también sale un desodorante, y al
parecer valió madre porque se lamenta: chale, no sé qué le hice. Así la aplicas
siempre, pinche güero, le dice Fernando. Váyase a la verga, morro, traía una y
no sé qué le pasó. Aquí debe de estar entre los libros. Y los erizos de humo
empezamos a sacudir los libros para que saquen todo lo que traen dentro, pero
nada. A veces se es, a veces nel. Ah, ves ese sordon: Fernando saca la sábana
santa de su cartera y me forjo como yo cholo sé hacerlo. Ves, pinche güero, le
dice, no siempre voy a estar acá para salvarte el culo. Tras discutir dos tres
la idea quedamos en que sí es bueno tener siempre una reserva por aquello de
los tiempos inciertos, pero también le digo que todo vale madres a fin de
cuentas, hayas tenido o no una canala en la cartera, siempre y cuando no te
falte marihuana. Así que no eres batman, sino robin, carnal.
El que se arma de
valor prende el toque. Eso todos lo saben. Cuando la pruebo maría me dice que
no creció en el bosque. Ella es de otro lugar más humanizado. Me doy otro
tanque y lo aguanto machín. Cierro los ojos para ver mejor lo creado por
adentro. Hay en algún lugar no sé si lejano unas como cuevas que necesito explorar;
voy a ir con los perros, por si se aparece el diablo. Despacio, muy despacio
voy sacando el humo.
La clase empezó hace seis minutos. Yo creo un día me van a
correr por andar haciendo semejantes estupideces. Pero el día que lo haga
espero estar loco como hoy. O más, sino chance y los decepciono a todos ustedes,
mis chavos chaviruleros. Y eso no puede pasar en ninguna realidad alterna,
estoy comprometido con la educación de este diablo de país.
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