martes, 5 de diciembre de 2017

A la joven que vendía jericallas bajo los semáforos

El parque se ofrecía amplio al cruzar la avenida,
Pero yo subí por ella hasta la tienda de abarrotes
En busca de algo que calmara mi hambre.

Al regresar, la luz roja me cerró el paso,
Y yo me sentí de súbito tan triste que cuando la luz fue verde,
En lugar de cruzar la venida, me quedé inmóvil,
Viendo la manera en que se ruborizaba el cielo.

La luz fue roja nuevamente:
Una joven (veinte años quizá) vestida de negro pasó a mi lado,
Con una charola llena de jericallas de distintos tamaños.
Postre eterno de Jalisco, de superficie quemada e interior dulce.

Fue de carril en carril, subiendo y bajando unos metros la avenida,
Acercándose a las ventanillas, sonriendo a los conductores,
Cierto que con una sonrisa triste, solo de labios.
La luz fue verde nuevamente:
El número de jericallas en la charola no había disminuido.

La joven se giró y me descubrió mirándola;
Se ruborizó como poco antes se ruborizara el cielo,
Y subió de prisa por la acera, sin mirar atrás una sola vez,
Hasta entrar a una casa de fachada de ladrillo.

(Debieron confundirte mi ropa tan negra
Y mi rostro tan pálido tras afeitarme y
Luego de tomar una ducha de agua fría.
Pero yo soy igual y puedo entenderte, dulce vendedora.

Qué difícil es ser joven y pobre al mismo tiempo,
Cuando en la tele se nos dice que la vida es muy otra.
Qué difíciles resultaron al fin estos años que anhelaba la infancia,
Imaginándolos dichosos, llenos de sutiles vanidades:
Amorosos, exaltados, epifánicos, escolares, turísticos.
Al final fueron llenos de trabajo indigno,
De vicio en los fines de semana y  de placeres turbios.

Gastar los supuestos “mejores años de nuestra vida”
En embolsar frituras y talonear las calles.
Qué triste ser estudiante y ser pobre; y, más triste aún,
Ser pobre y no tener siquiera para estudiar cualquier cosa.
Dulce vendedora, un escritor mediocre, de frases calcadas,
Diría que posees una belleza vulgar; pero de eso nada.
Tú eres la flor que aún crece en los escoriales,
La lágrima que se desliza sobre los rostros sucios,
El poema recitado en medio de la guerra.

Eres bella, y un día, antes de que tu belleza se apague,
Te casarás con un hombre peor que yo y seguirás dando
Vuelta a esta rueda absurda: triste engranaje de una máquina maldita.
La única parte bella de mi cuerpo es mi tristeza,
Y también mi melancolía, pero cada vez menos).

La luz fue verde nuevamente:
Llegué al parque y vi al río de aguas contaminadas atravesarlo.
Los versos de Guillén saltaban musicales sobre el mal olor.
El cielo se sombreaba.
Los delincuentes pobres afilaban sus navajas,
Los delincuentes ricos se quitaban sus trajes,
La dulce vendedora contaba monedas sobre la mesa.

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