El hostal donde ella trabaja está decorado y construido de
una manera que cualquier viajero astral quisiera ser devorado por los mosquitos
o pelear con las palmas de las manos en alguno de sus cuartos o en su sala de
estar drogado dormir, leer, cotorrear, tirar barra y casi lo que sea por lo que
vi ahí, cerca de ese callejón donde se acaba el cemento y empieza la arena. La
brisa se sentía bien en los brazos y la cara. Dejamos las maletas en su cuarto
y mientras yo me ponía un short Diana armó dos porros que metió en una
cajetilla de cigarros, y después quitó sus tenis blancos. Sus pies tallados por
la arena. Me pongo a pensar: estar a la orilla cambia su piel que sería otra si
en la ciudad caminara sin tratar de dejar espacio a la incertidumbre por la
velocidad de los acontecimientos que tragan todos los días por ciudadanos. En
cambio, la piel se ve más cerca del insondable mar. Sin llorar. En la costa
calurosa las cosas pasan de otra manera porque cuando Diana partió el LSD y me
dio la mitad, yo no pensé en lo que tenía que hacer esa noche, ni mañana; sabía
que ya iba como diez horas atrás de lo que creía programado, pero solo pensé
que si se podía incrementar el placer había que hacerlo, y entonces las
primeras cervezas las invité yo.
Me quité la playera. Pasó a ser trapo mojado que me colgué
en el short. Seguíamos bailando las doscientas personas, calculo, que estábamos
creando algo con todo el cuerpo y el pensamiento o la pasión desenfrenada del
pensamiento asimilado y ansioso de ser donde se planten y se me derritan los
pies con el techno. Estaba extasiado con el sonido que me sometía de una manera
que me enseñaba un camino que no había que seguir si me gustaba quedarme parado
bajo los parámetros establecidos, pero el pensamiento abría la fruta madura.
Las vibraciones de las bocinas en mi pecho hacían ecos de adrenalina que subían
por la espina dorsal y se iban más allá de mi cabeza en energía que sentía en
cada pulsar. Cerrábamos los ojos y nos olvidábamos de nuestro compromiso con la
especie, o lo alteramos, quizá, o solo postergamos el suceso porque se atravesó
la música. Todo se intensificaba al no ver con los ojos. Aquí era diferente, no
venías vestido para los otros y el objetivo no era caerse de borracho o acabar
en la cama con alguien o conocer gente nueva. Aquí la gente había venido a
bailar. Lo demás eran accidentes por ser tantos locos reunidos en el mismo
pensamiento.
Las luces son rojas y azules y verdes y blancas y sigo bailando,
me acuerdo. La señorita de aquí a un lado me choca con su hombro de vez en
cuando que se mueve a la izquierda. También le doy sus llegues y me fijo en la
arena que pisan y levantan mis pies. La estamos haciendo de pedo, bailamos a la
orilla de la oscuridad del mar que revienta unas olas de dos metros. Sacudo la
cabeza para ver si puedo asimilar tanto placer. Yo sé que estas piernas no me
van a dejar sentado ni chance me darán de estar parado. Yo sé que dicen que
está mal no dormir y que si a los treinta y cinco no estoy muerto casi gano una
segunda oportunidad de seguir esta vida loca. No alcanzo a distinguir la distancia
entre el sonido y las estrellas más allá de nuestro cielo. Veo los pies y las
piernas de Diana que se alejan al baño. Traigo un loquerón de esos que si
cierro los ojos veo los colores de las vibraciones que emite la bocina y la
mente del dj, y más allá ni me pregunto las consecuencias derivadas del avión
que se fue con mi lugar pagado y vacío. Dónde estaría y qué estaría haciendo
son las preguntas que no importan a la filosofía de mi acción del disfrute
mientras uno exista en el tiempo, a pesar de la doble inversión para realizar
el viaje, si la música sigue sonando así hasta después de que el reflejo del
sol en el mar encandile a los que ven.
Mi compromiso es con la locura. Terminar loco. Hacer. Crear
posibilidades inimaginadas inclusive por mí antes de ser. Seguir bailando y
terminar loco, con la energía gastada, con la convicción de saber que las
sustancias explotadas alteraron los pensamientos retorcidos que se imponían a
los más jóvenes de la raza humana en perdición total por estar sumida en el
capitalismo. Por creer que siempre hay otra salida estoy aquí, con la música de
machete en mano y regresen lo que se robaron porque lo vamos a trabajar mejor
que ustedes, cerdos abusivos de pensamientos flácidos como culos maltratados
por sus dueñas, porque a mí no me mientan, esto es más que una orgía. Sin conocernos,
tenemos todos la misma convicción final después de la fiesta, resistir lo que
se venga, aguantar vara mientras tiramos madrazos, transformar las pulsaciones
recibidas durante la noche en sueños diurnos, accesibles para la humanidad
digna de seguir poblando el planeta que ya le hace falta una purga de ideas y
una quema masiva de contratos y leyes y constituciones por el bien de la vida
digna y coherente de un ser que nace sin pedirlo en un terreno que termina por amar u odiar en seco debido a los
accidentes a lo largo de la sucesión de eventos en la experiencia humana
conjunta.
Ella se va a ir al cielo cuando sus ojos ya no transmitan
información sobre la realidad a su cerebro y se aleje del tiempo que tarda una
planta en marchitar, que llamamos vida, porque cuando retorna del tocador me
pasa una botella fría y recién abierta de agua. El cuadro que me comí crea en
mi baile entre realidades la sensación de ser Mario Bros cuando se come un
hongo verde al yo darle un trago a la botella. Iba caminando y me encontré una
vida loca que no dudé desde morro en viajar bien loco, y heme aquí. Siento el
agua que bebí esparcirse por todo mi cuerpo y eso me causa una frescura que
después de estirarle mi mano con la botella me vuelvo a meter solo en el baile.
Hace rato la conocí, me regaló unos dulces que se voltearon en mi sistema nervioso
central en el camino para armar el combo perfecto para llevar a cabo cualquier
tarea que requiera improvisar y pasarla like a champion, carnal, y en corto me
invitó a una fiesta en la que no puedo dejar de bailar hasta que alguien se
atreva a cortar la música, y después de eso salir a otra cosa, quizá cambiar de
disfrute, algo así como, con el favor de una diosa de este laredo piramidal que
se ponía cachorra y le cortaba la cabeza a sus mortales amantes, oler la fiesta
en el cuerpo de Lisa, pensaba mientras la energía recibida me impulsaba al
baile.
La sonrisa tenía trabada de pura loquera masiva y una mujer
de lentes oscuros quizá me tiraba además de su locura, su mirada de felina
hambrienta al acecho mientras la música llegaba a su cuerpo y lo alteraba;
¿apoco sí le va a saltar, morra?, le digo con mis ojos rojos, y ella estira el
brazo derecho hacia arriba, por un lado de su cabeza, sigue bailando y parece
que me ve, pero qué quiere; qué quiere cuando su cuerpo se mueve así; a qué
vino a este lugar; qué demonios piensa son las preguntas que planteo en este
viaje debido a la influencia de su mirada imposible de ver para mí. Este es el
antiguo juego de pelota, en el que si ganas será un honor ser sacrificado por
meterla en el hoyito. Anotar. Todo se conecta. A Lisa la está tratando de
seducir con palabras y sonrisas un ser más alto y más gordo que yo. Trae buena
vibra el bato de barba oscura. Ella dice no y se ríe, y los dos se ríen, ella
dice algo y él se ríe y se toca la barba con la mano izquierda; ella se voltea
dándole a babear la espalda de madera tallada con la mirada de lengua y, lo
siento, hermano, ella no es para ti, porque ella está casada desde los trece o
algo así con el techno, que se la robó de su casa para enseñarle la vida de la
calle llena de basura que había que reusar, y que vino a expresar la rebeldía y
la revolución en la era de la tecnología y la información, que dicen ahí
andamos tirando barra de rigor, con sonidos alimentados por la electricidad: la
luz creada por el humano, que luego dicen los jóvenes más chavos necesitamos el
sol para existir nomás, no para ver ni para estar calientitos y quitarse la
ropa debido a la sensación de que algo escapa por entre la piel, el sudor deseo.
Ir más allá de donde te dicen que se puede es el cotorreo de la revolución
creativa.
Con la proximidad de los cuerpos la verdad se vuelve un poco
más difícil de ser negada o usada solo como un dato más para la historia de
hechos ocurridos en la humanidad, todos ellos vertidos como nubes espesas en la
inhabitable pecera de un dios eterno que todo quiere observar, analizar -y se
la pasa una eternidad: toda su vida- para comprender cada acto. Sin embargo a
veces, cuando está sentado con los ojos de cuevas, de océano rojo oscuro, y la
columna o lo que sea no le duele porque su poder magnánimo sobre el cuerpo
divino elimina el dolor físico, y los sentidos fijos en el prisma de
coincidencias y accidentes diarios un hormigueo le brota en el cerebro incómodo
debido a la ira causada por el pasmo que genera la ambigüedad de ese artificio
que los seres humanos llaman realidad y veracidad absoluta de las cosas que se
repiten una y otra vez hasta convertirse en la intención del orador -que casi
siempre es dominar mediante el viaje de las palabras unidas-, siente que va un
poco atrasado en lo relativo al entendimiento definitivo del comportamiento de
los seres vivos en cada estrella que tuvo las condiciones aptas para generar
vida y locura, y por eso trata de pensar más rápido y de manera más organizada
y sistemática, para poder ir al corriente con el tiempo. Alcanzarlo. Vivir el
presente sabiendo todo. Sin embargo, el dios hace como que ignora, debido al
rigor de su trabajo autoimpuesto por la locura sensual divina, que el tiempo es
el corredor incansable del cosmos, único absoluto infinito que hace polvo a las
personas, estrellas, dioses, lenguajes, símbolos, y animales por igual, y que
sus persistentes pasos hacen el cambio, la vida y la muerte, el amor, el sexo
sin ropa.
Me voy a dar un rol por la fiesta sin previo aviso y me
empiezo a malviajar. Creo que en estos momentos una redada exterminio es de lo
más posible. Las pocas luces que hay me balacean sus colores brillantísimos el
cerebro y por un momento creo que es la policía. La policía que viene a ver qué
está pasando, la policía que ya sabe qué está pasando porque hicieron negocio
con los vendedores, la policía que nomás viene a cagar el palo, la policía que
viene a matarnos porque tanto disfrute no está permitido por las leyes de los
hombres derechos y honorables capitalistas católicos. Mucha gente rebelde
baila. Por qué no llega un convoy de soldados y nos mata a todos y se dejan de
problemas, me pregunto, por qué no avientan una bomba y nadie supo jamás nada porque
la información sería perdida a propósito para evitar represalias y asesinatos
posteriores -si es que la hacen de pedo al gobierno- de los conocidos de la
banda que se encuentra invadida de techno en estos momentos tan sombríos. No
nos matan porque nos necesitan. Somos los obreros que mañana se van sin haber
dormido a trabajar, en vivaldi escuchando cada movimiento de las manecillas del
reloj hasta que da la hora en que se acaba el turno para poder largarse a casa
y dormir; somos los que consumen los productos de las grandes empresas porque a
veces no nos queda de otra y hay que hacer más rico al millonario señor de
todas las drogas que existen y están por inventar; somos cómplices de su poder
porque la organización ha sido difícil durante el transcurso de estos miles de
años. Siempre han ganado los que más tienen, y disfrutan su victoria sin
aflojar recursos o hacer repartimiento del pastel mientras oprimen cada vez más
a los que perdieron, y a los que debido a su ínfimo tamaño de huevos, tirando
carrilla, o siendo serios, a los que debido a su ínfimo poder político
económico militar ni tuvieron participación en la supuesta guerra que pasa en
mi cerebro mientras teorizo la loquera que traigo en esta fiesta de locos, la
opresión también llega a los pueblos que no lucharon pero que sin embargo
siguieron la guerra a detalle porque creían que ser dominado por uno era mejor
que ser dominado por el otro. Por qué demonios piensan así. Debería haber
unión, repartición, bienestar, pero la utópica paz mundial, lo más probable,
eliminaría el lujo, y al humano le encantan las cosas que brillan y las cosas
que dicen otros humanos que brillan aunque no hayan sido vistas antes, no se
diga ya poseídas por alguno de los que cuentan historias sobre tesoros
escondidos en lugares lejanos. Cuando era más morro y estaba en Guanatos
barrio, decían que había una morrita que vivía en la casa de la esquina, que nunca
había tenido novio a sus dieciséis años. La banda tenía entre catorce, el más morro, que era una
bestia para jugar de lateral o de volante, y que había abandonado a la de gajos
de cuero blanco en nombre de la academia porque creía en el futbol pero no como
profesión a la que entregar todo su tiempo, en cambio la ingeniería industrial
le ofreció la posibilidad de poder hacer más cosas por el mundo en que vive,
pero yo no sé cuál es porque yo sí me hubiera quedado con los leones y pelear
por una chance de debutar en primera, como seguro la tendría a su tiempo,
siempre y cuando se mochara con el promotor y uno de los entrenadores. Y
dieciocho tenía el zurdo, el más veterano de la banda, y quizá el único que
había cogido con más de una mujer, según él, sin embargo eso no importaba ni la
mitad de lo que valía un buen gol o una gran jugada en la canchita de la
unidad. Ahí sí eras un cabrón de verdad si la metías de tres dedos a la esquina;
juan camaney si con cualquier redonda la cascabas por igual; infiel, si dejabas
plantados a los compas, cualquier día de la semana, a las seis de la tarde
empezaban las retas. Tenías que estar ahí, era todo para nosotros. Ella tenía
dieciséis y solo había sido vista una vez mientras ayudaba a su gorda jefa a
bajar las bolsas del mandado de un carro gris algo viejo pero muy bien cuidado
un sábado por la tarde, cuando el zurdo y el cholo iban de camino al terreno de
juego. Ya iban tarde. El zurdo dijo que los dos se pararon a diez metros sin
sentir nada más que deseo a ver cómo metía una bolsa chica en otra más grande
para agilizar el transporte de las santas viandas que se cargaba hasta dentro
de su casa; el cholo dijo que en breve le ofreció una mano a la atareada
señorita para disipar el hermoso cansancio que denotaban sus ojos claros.
Después de varios meses el cholo dijo que lo único que le faltaba a ella,
mientras échabamos el chesco en la esquina, era más rojo en los ojos, y no más
ojo en lo rojo. Luego le pasó el gallo al zurdo, que fue el único que nunca
entendió esas palabras, quizá porque la vio ese día, mientras cargaba cosas y
sus brazos se tensaban, y sentía la mirada de dos y quién sabe cuántos más.
Zurdo dijo que su mamá se dio cuenta que había hombres heridos en las calles y
en breve apresuró a su hija a cerrar la puerta tras de ella. El cholo dijo que
la señora tenía tatuado a cristo en la piel y que había aceptado su perra ayuda
porque no le quedaba de otra, también ladró, porque él mismo decía que cuando
el humo flotaba su lenguaje humano se hacía de perro cholo, y a veces sin
necesidad de, porque esa madre es de natura, que la mamacita en cuestión tenía
la moral muy desviada mas no distraída, ella misma se lo dijo. Ah, y que ese
día no traía calzones. El zurdo dijo que nomás se habían quedado parados como
estatuas, y que esa misma noche, después de terminar el cotorreo futbolero fue
a darse un baño y a comer algo, para después llegar a la casa de la esquina,
pararse enfrente de la fachada y más o menos casi un minuto pensar qué le iba a
decir a ella si le abría la puerta, o qué verbo le tiraría a la madre, quien
seguro abriría, si es que no había un dragón con aliento alcohólico que había que
engañar para llegar a la punta de la torre donde estaba el cuarto con la luz
amarilla. Cholo dijo que ella vivía sola con su madre. El zurdo dijo que el
cholo mentía como siempre, y éste le respondió que no por ser el más ruco
dejaba de ser el más chavo ya que no mentía, sólo que el zurdo no alcanzaba a
entender la verdad que el cholo contaba.
No sé por qué me acordé de eso aquí, en la fiesta a la
orilla del infinito mar. Llego a donde están los baños públicos de plástico que
se usan para este tipo de eventos, ya sabes, esos baños que son más honestos y
verdaderos que las personas porque permiten ver toda la mierda que ha sido
cagada antes que tú entraras bien loco a querer en caliente echar una firma y
darte cuenta que ese baño ya estaba ocupado. Un yonki de clóset con la punta de la llave en el
orificio nasal. Aspira y me voltea a ver. “Qué mierda quieres, aparte de
joder”, y con la mano que sostiene la bolsita hace por cerrar de nuevo la
puerta, pero antes le digo, “Carnal, aquí todos andamos hasta el culo; no
tienes por qué avergonzarte de tus santos vicios. Ahora que si no quieres
compartir la blanca navidad, sin llorar acábatela”, y cuando la puerta golpea
con el marco oigo que intenta decir algo pero está tan trabado que parece que
un perro está ladrando. Entonces yo le sigo el juego y empiezo a ladrar
también: ¡ARG AWRG ARG AR!, y me contesta con unos ladridos cortos y rápidos, y
yo empiezo a aullar ¡awrg arrrrrrr auuuuu!, para que se apure su trincación
extrema y me dé paso a despedazar mierda con mi chorro caliente lleno de
evidencia que la estoy pasando de huevos. El hombre abre la puerta y se toca
los orificios nasales con los dedos mojados y con la otra me extiende la
bolsita y me dice, “tú estás loco”, yo le ladro y saco la llave del señor y la
cargo de nieve en polvo anestésico elevador al zenit de la chaqueta mental del
superhombre. En cortinas llenas de polvo todo se vuelve más real, más humano y
posible de tocar. Este perico tiene buenos amortiguadores. De cerdo herido lamo
la llave y le regreso la coca.
No sé si el universo está conspirando para que hoy me la
pase de huevos o si por el contrario hay algo en el cosmos que me quiere muerto,
o solo es que la gente ha desarrollado una necesidad psicológica de drogarse,
que parece tan física porque la siento como una garra filosa que me acaricia
con una pluma de tucán el sistema nervioso y la piel de gallina cuando el
escalofrío de la tacha me recorre la espalda, pero cuando llego con Lisa, está
acabando de forjar un porro. Mi brazo sobre su hombro y le digo que siempre
llego tarde a mi destino porque me cruzo como perro la calle con banda tan
chida que me quedo a cotorrear y a fumar otro rato. Ya hay otro hombre deseándola
mientras le tira dos tres bromas en inglés. El muy güero hijo de la chingada
trae más ganas de coger que de bailar, y Lisa le dice algo así como que relaje
su raja y se dé unas fumadas para ver si así empieza a aprender a hacer el amor
con algo más fugaz que el ser humano, el sonido de la música en vivo. El broder
la voltea a ver con una cara de what the fuck, pero igual se da unas baizas y
se pone a toser; dice que this is some good shit, y después thank you so much y
se escabulle entre todos los locos a la orilla del mar. La arena se siente
bien. La arena de su piel se siente también rico. “Si hubiera estado más
caliente me lo cojo aquí mismo”, me dice de repente, y me pasa la baiza, como
quien pasa la antorcha, o un libro leído y anotadísimo por una mente loca, o
como quien comparte una idea, o a su esposa. “Quieres decir que andas de
frígida, qué aburrida”, y le doy un caderazo como diciendo hágase p’allá, morra
apretada, y ella se ríe y me intenta pegar en el muslo con la rodilla pero soy lo
suficiente mente veloz para verla a los ojos y esquivar el chingadazo. Me subo
a la baica y le digo “tú lo que buscas es locura, un viaje a muchos lados, al
mismo tiempo, no una rozadura en la entrepierna”. Me pregunta si yo me quedé
con el encendedor mientras revisa dentro de su mochila. Le paso la chispa
adecuada y volteo a ver al dj, que se sigue pasando de rosca de reyes. “Pues
mira, yo lo que busco es alguien que me mantenga”, y adopta una pose de perrita
en celo. El suceso consecuente es obvio. La cagada de risa es una acción que
tiene lugar o existe en el espacio y en el tiempo por unos minutos cuando los
seres descubren un punto de encuentro en el que las cosas se deforman y pierden
el equilibrio de tal manera que también el estado normal del ser humano se
altera y se dobla de en medio mientras abre la boca lo más posible para liberar
toda la energía de su mente por medio de sonidos que vienen volando desde
tiempos muy pasados, y que dada mi extrema pachequez acaban en un ataque de tos
de perro. Le muestro el puño y ella me lo choca, y luego mueve la mano hacia
atrás como si fuera un pulpo nadando y en su boca hay una letra o pequeña mientras todo sucede. Bailamos.
La música está por llegar a su máxima expresión debrayística porque las
distorsiones son demasiado graves o ya estoy muy drogado y no sé qué vaya a
pasar como siempre. Estoy seguro que esta música no la aguanto sobrio, pero en
modo avión me doy la grasa que me toca y con mi cabeza hago círculos hacia la
izquierda mientras las vibraciones se topan con mi cuerpo y se deforman, y
rebotan, y se adhieren a mis sentidos y los sacuden; mis pies no pueden dejar de
moverse en este planeta que un diablo dejará de girar alrededor de la estrella
de fuego. El fuego que nada deja para ver cómo era el transcurrir de los
segundos anteriores a la llama. El fuego que cree eliminar al tiempo porque
quema la historia escrita y los cuerpos de quienes la transmiten. El tiempo,
que camina silencioso y le muestra al fuego en algún punto del camino más largo
que el tiempo puede ser por sí mismo, sin necesidad de tener registro alguno,
pero el fuego no puede ser atemporal. Lisa me grita y abro los ojos: “… hay
veces que no se puede”. Mi cabeza se mueve arribabajo, como afirman en el
rancho. Es como dice el loco de las seis, en el paradise más que en ningún otro
lugar, las cosas son cuestión de tiempo. La luz acelera los procesos, Y las
cosas se maduran más rápido, se abre la piel de la fruta. Me pregunto si en la
nada hay tiempo, o cómo es el tiempo dentro de ella, la que dice ser nada, o si
hay otra cosa que pueda deformar más al tiempo que el calor o la relatividad
del pensamiento humano acerca de la realidad que piensa que vive y por tanto
adapta su acción a la ficción de sus ideas que en algún momento llegan a doler.
El dolor. Cuando lo entiendo a veces lo veo como una escultura de cera que se
empieza a derretir hasta llegar a la parte de la cintura y luego muy lento pero
también muy de pronto se desvanece la imagen porque al rato de verla me aburre;
cuando no lo entiendo, es como una cueva dentro de un cenote que traga toda la
luz del solazo que pega todo el diablo en la frente, en la que puedes entrar o no.
Y ya no sé si estoy tratando de definir al dolor o al miedo. Ella se da un buen
tanque y me da el último tren para largarme adonde yo quiera que vaya el humo.
Es increíble que en
medio de semejante ceremonia orgiástica yo esté pensando en santas estupideces.
La gente vino aquí a perder el control, no a ver cómo trabaja el universo. Eso
que llaman caos solo puede ser algo que se ignora, y nada más. Piezas que
faltan. O el caos es la incertidumbre. O el caos es la lluvia en la selva de
posibilidades para un solo hecho. O el caos es nunca poder saber qué piensa el
otro que tienes a un lado. O el caos somos todos los humanos aquí entregados al
sonido. O el caos son las consecuencias de semejante vida de perro callejero. A
veces pienso que el caos es la repartición de la nieve del señor. O que el
señor se está quedando en la nieve, mientras el tiempo derrite a las personas y
a las ciudades y a los bosques y selvas. Lo único que no se derrite es el
desierto, porque escapa del tiempo hacia delante y vive nuestro presente para
avisarnos las consecuencias, el resultado de los extremos. Los círculos terminan
en desierto.
Me dice que tengo una cara de placer que no puedo con ella y
voltea al escenario desde donde el dj tira la mezcla a diestra siniestra hasta
nuestras paredes cerebrales. Tenemos. Tenemos, le digo, y me doy grasa haciendo
el pasito tun tun. Para que lo baile, para que lo goceeeee. El grado de
infinitud alcanzado por el cotorreo a pesar de la brevedad del tiempo de
contacto directo entre los dos me dice muchas cosas con sus ojos mientras nos
escurre la loquera mezclada con en el sudor. Bailamos extasiados de estar vivos
y cada uno de los cuerpos en movimiento traduce y recrea la música en diferente
viaje. El impacto de la luz artificial ha dejado de ser explosivo pues una
manta húmeda de amanecer me cayó sobre el cuerpo. Se siente la próxima salida
del sol, que a gran escala solo es movimiento giratorio, elíptico, ocasionado
por la gravedad. Siento los pasos dados
en los pies. El cansancio puede doler pero a nadie le importa. Yo necesito
seguir en movimiento, aventar para afuera todo esto que me sobra hoy. Somos
pocos los que llegamos hasta las últimas consecuencias. Solo quedamos los más
locos en la fiesta. Si tirara un cotorreo más de romantic style me diría
mentalmente que hemos transformado la noche más negra y llena de luces en un amanecer
con brisa, pero la verdad es que somos una juventud muy drogadicta y avanzada
en la ciencia como para pensar que influimos en unas cosas tan grandes como los
movimientos de las estrellas. Tampoco compro esas que dizque los astros
influyen en nosotros. O el destino está marcado en los astros o los astros
marcan nuestro destino. Son muchos caminos que se pueden tomar sin mover un solo
dedo, es decir, solo con mi pensamiento. Pero ya me sé las consecuencias de
pensar. Siento que el pensamiento y la reacción a la información que traducen
nuestros sentidos acerca de lo que conocemos como realidad es lo que hace a la
acción, o a la no acción. Somos un conjunto de momentos que a veces se nos
olvidan, o cambiamos en nuestra narración para después contarlos y tratar de
recordar la ficción que creemos haber vivido algún tiempo atrás. Las decisiones
marcan la forma del rostro que vemos en el espejo. A veces me pasa que el
espejo está empañado y volteo a otro lugar a ver si me encuentro aunque sea en
el plato vacío del desayuno; pero también hay veces que mi reflejo tiene la
cara borrosa y no creo ser yo eso que veo; otros días, que son los mayores, el humo
es tanto entre el espejo y el señor que ni me veo, y mis ojos están de un rojo
rosado y seco que mejor busco otro cotorreo que hacer en la vida real para
dejar de pensar en lo que no estoy haciendo ese preciso momento.
Desde hace rato creo que ya se dejaban oír los pájaros pero
estábamos en la fiesta. Las cortinas dejan pasar la luz de modo que la percibo
más loca y más rica. No sé de qué hablas, me dice de pronto. Mi mirada se
vuelve más específica al escuchar sus palabras. Me desconcentro de lo que
estaba pensando en total concentración para concentrarme ahora, mientras lo
repienso y mientras pasa y pasaba en esos momentos, en otra situación, el
presente más inmediato llenó de humo el cuarto. Me quedé pensando en voz alta
como dicen cuando te vale verga la balacera y eres totalmente sincero porque tu
viaje te lleva a hablar con la verdad que ocurre en esos instantes en tu
cerebro. Me acuerdo que viajé mientras estaba en su cuarto en el hostal donde
trabajaba porque el rojo vivo de su cigarro se le apareció a mis ojos, y yo vi
un volcán desde arriba y luego entré y me sumergí en sus lavas y abrí los ojos
ahí dentro y no vi nada, solo rojo y naranja, y un amarillo muy intenso que
casi me hizo entrar en pánico y perder todo el oxígeNOOOOOO!! Era tan brillante
que me cegaba, por lo que decidí cerrar los ojos: qué tal si los volvía a necesitar,
porque en ese momento creí ver todo, y primero grité mentalmente que eso era lo
más bello que había visto y luego pensé que para qué seguía. Para contarlo y
dejar registrada mi loquera. Estaba como aturdido. Sentía que había desnudado
al cosmos y mi cuerpo estaba ardiendo. Si me acercaba más a sus secretos habría
derramamiento. La luz era tanta que desapareció los contornos en la naturaleza.
Cómo era posible que todo se redujera al calor de los cuerpos y a la gravedad
expresada en la caída. La gravedad de creer saber todo por ver todo. O creer
ver todo. Qué tal si solo era un exceso de luz. Sin metáfora ni truco. Energía pura,
que no permitía ver las infinitas distancias. Cómo es posible que el espacio
del universo venza al tiempo de nuestra existencia. No es justo, perra madre, no
poder estar en cualquier lugar alguna vez en la vida. Volteo hacia todos los
lados adonde mi cuello me lo permite. La maldita finitud de nuestros cuerpos
nos resta posibles experiencias. Entre otras cosas, las malditas
circunstancias. Estoy aturdido, o quizá confundido, o tengo la certeza de que
quien no sobreviva al principio y al final de los tiempos en todas las
dimensiones posibles del espacio, no puede saberlo todo, y ni siquiera eso me
asegura nada. Ni siquiera eso. Y por andar pensando cosas en remolino me entra
una comezón que decidí rascar desde hace ya varias lunas. Por mi espalda se
extiende una sensación que necesito erradicar con las uñas, extirparla por mi
bien antes que me llegue al cuello y suba por mi médula espinal y sacuda mi
cerebro y de él se desprendan todas mis ideas, como el agua que salta de un
perro cuando se sacude el agua, y se quede todo vacío. Nada. Sin lenguaje
alguno para expresar esa ausencia. Ni blanco ni negro. Nada. Sin sonido alguno
que haga constar esa caída en verdad inexistente porque en la nada nada cae, ni
se mantiene, porque ni siquiera es. Nada. Nada. Nooo, NOOOOOOOOOOOOH!!!
Me despierto y sigo en el camión. Todavía no llego a mi
destino. Tengo el cuello y el cabello demasiado húmedos por el sudor. Me
empiezo a acordar que hace rato estuve drogado con una loca, los dos desnudos
en su cuarto y como que me cae un sueño que me la pone dura. Me rasco la
espalda. Creo que tengo comezón, no lo sé. Pero por si las dudas. Cambio de
posición y cierro los ojos, aunque sé que ya no podré dormir, al menos no tan
profundo como hace rato. Ha sido una jornada bastante agotadora, y apenas pasan
de las tres.
El final de esta historia creo que todavía no pasa, porque
ella viene en dos o tres meses, supongo que me dijo entresueños con una voz de
flores marchitas. Mientras tanto yo ahí voy a andar echando el danzón, tirando
carrilla y vendiendo la nieve, le dije. Y así, con los ojos cerrados y mi mano
izquierda entre mis piernas, empiezo a imaginar una realidad alternativa, en la
que los medios de transporte son más eficientes y el sexo carece de
consecuencias fatales.
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