lunes, 17 de abril de 2017

IV.



El hostal donde ella trabaja está decorado y construido de una manera que cualquier viajero astral quisiera ser devorado por los mosquitos o pelear con las palmas de las manos en alguno de sus cuartos o en su sala de estar drogado dormir, leer, cotorrear, tirar barra y casi lo que sea por lo que vi ahí, cerca de ese callejón donde se acaba el cemento y empieza la arena. La brisa se sentía bien en los brazos y la cara. Dejamos las maletas en su cuarto y mientras yo me ponía un short Diana armó dos porros que metió en una cajetilla de cigarros, y después quitó sus tenis blancos. Sus pies tallados por la arena. Me pongo a pensar: estar a la orilla cambia su piel que sería otra si en la ciudad caminara sin tratar de dejar espacio a la incertidumbre por la velocidad de los acontecimientos que tragan todos los días por ciudadanos. En cambio, la piel se ve más cerca del insondable mar. Sin llorar. En la costa calurosa las cosas pasan de otra manera porque cuando Diana partió el LSD y me dio la mitad, yo no pensé en lo que tenía que hacer esa noche, ni mañana; sabía que ya iba como diez horas atrás de lo que creía programado, pero solo pensé que si se podía incrementar el placer había que hacerlo, y entonces las primeras cervezas las invité yo.
     Me quité la playera. Pasó a ser trapo mojado que me colgué en el short. Seguíamos bailando las doscientas personas, calculo, que estábamos creando algo con todo el cuerpo y el pensamiento o la pasión desenfrenada del pensamiento asimilado y ansioso de ser donde se planten y se me derritan los pies con el techno. Estaba extasiado con el sonido que me sometía de una manera que me enseñaba un camino que no había que seguir si me gustaba quedarme parado bajo los parámetros establecidos, pero el pensamiento abría la fruta madura. Las vibraciones de las bocinas en mi pecho hacían ecos de adrenalina que subían por la espina dorsal y se iban más allá de mi cabeza en energía que sentía en cada pulsar. Cerrábamos los ojos y nos olvidábamos de nuestro compromiso con la especie, o lo alteramos, quizá, o solo postergamos el suceso porque se atravesó la música. Todo se intensificaba al no ver con los ojos. Aquí era diferente, no venías vestido para los otros y el objetivo no era caerse de borracho o acabar en la cama con alguien o conocer gente nueva. Aquí la gente había venido a bailar. Lo demás eran accidentes por ser tantos locos reunidos en el mismo pensamiento.
     Las luces son rojas y azules y verdes y blancas y sigo bailando, me acuerdo. La señorita de aquí a un lado me choca con su hombro de vez en cuando que se mueve a la izquierda. También le doy sus llegues y me fijo en la arena que pisan y levantan mis pies. La estamos haciendo de pedo, bailamos a la orilla de la oscuridad del mar que revienta unas olas de dos metros. Sacudo la cabeza para ver si puedo asimilar tanto placer. Yo sé que estas piernas no me van a dejar sentado ni chance me darán de estar parado. Yo sé que dicen que está mal no dormir y que si a los treinta y cinco no estoy muerto casi gano una segunda oportunidad de seguir esta vida loca. No alcanzo a distinguir la distancia entre el sonido y las estrellas más allá de nuestro cielo. Veo los pies y las piernas de Diana que se alejan al baño. Traigo un loquerón de esos que si cierro los ojos veo los colores de las vibraciones que emite la bocina y la mente del dj, y más allá ni me pregunto las consecuencias derivadas del avión que se fue con mi lugar pagado y vacío. Dónde estaría y qué estaría haciendo son las preguntas que no importan a la filosofía de mi acción del disfrute mientras uno exista en el tiempo, a pesar de la doble inversión para realizar el viaje, si la música sigue sonando así hasta después de que el reflejo del sol en el mar encandile a los que ven.
     Mi compromiso es con la locura. Terminar loco. Hacer. Crear posibilidades inimaginadas inclusive por mí antes de ser. Seguir bailando y terminar loco, con la energía gastada, con la convicción de saber que las sustancias explotadas alteraron los pensamientos retorcidos que se imponían a los más jóvenes de la raza humana en perdición total por estar sumida en el capitalismo. Por creer que siempre hay otra salida estoy aquí, con la música de machete en mano y regresen lo que se robaron porque lo vamos a trabajar mejor que ustedes, cerdos abusivos de pensamientos flácidos como culos maltratados por sus dueñas, porque a mí no me mientan, esto es más que una orgía. Sin conocernos, tenemos todos la misma convicción final después de la fiesta, resistir lo que se venga, aguantar vara mientras tiramos madrazos, transformar las pulsaciones recibidas durante la noche en sueños diurnos, accesibles para la humanidad digna de seguir poblando el planeta que ya le hace falta una purga de ideas y una quema masiva de contratos y leyes y constituciones por el bien de la vida digna y coherente de un ser que nace sin pedirlo en un terreno que  termina por amar u odiar en seco debido a los accidentes a lo largo de la sucesión de eventos en la experiencia humana conjunta.
     Ella se va a ir al cielo cuando sus ojos ya no transmitan información sobre la realidad a su cerebro y se aleje del tiempo que tarda una planta en marchitar, que llamamos vida, porque cuando retorna del tocador me pasa una botella fría y recién abierta de agua. El cuadro que me comí crea en mi baile entre realidades la sensación de ser Mario Bros cuando se come un hongo verde al yo darle un trago a la botella. Iba caminando y me encontré una vida loca que no dudé desde morro en viajar bien loco, y heme aquí. Siento el agua que bebí esparcirse por todo mi cuerpo y eso me causa una frescura que después de estirarle mi mano con la botella me vuelvo a meter solo en el baile. Hace rato la conocí, me regaló unos dulces que se voltearon en mi sistema nervioso central en el camino para armar el combo perfecto para llevar a cabo cualquier tarea que requiera improvisar y pasarla like a champion, carnal, y en corto me invitó a una fiesta en la que no puedo dejar de bailar hasta que alguien se atreva a cortar la música, y después de eso salir a otra cosa, quizá cambiar de disfrute, algo así como, con el favor de una diosa de este laredo piramidal que se ponía cachorra y le cortaba la cabeza a sus mortales amantes, oler la fiesta en el cuerpo de Lisa, pensaba mientras la energía recibida me impulsaba al baile.
     La sonrisa tenía trabada de pura loquera masiva y una mujer de lentes oscuros quizá me tiraba además de su locura, su mirada de felina hambrienta al acecho mientras la música llegaba a su cuerpo y lo alteraba; ¿apoco sí le va a saltar, morra?, le digo con mis ojos rojos, y ella estira el brazo derecho hacia arriba, por un lado de su cabeza, sigue bailando y parece que me ve, pero qué quiere; qué quiere cuando su cuerpo se mueve así; a qué vino a este lugar; qué demonios piensa son las preguntas que planteo en este viaje debido a la influencia de su mirada imposible de ver para mí. Este es el antiguo juego de pelota, en el que si ganas será un honor ser sacrificado por meterla en el hoyito. Anotar. Todo se conecta. A Lisa la está tratando de seducir con palabras y sonrisas un ser más alto y más gordo que yo. Trae buena vibra el bato de barba oscura. Ella dice no y se ríe, y los dos se ríen, ella dice algo y él se ríe y se toca la barba con la mano izquierda; ella se voltea dándole a babear la espalda de madera tallada con la mirada de lengua y, lo siento, hermano, ella no es para ti, porque ella está casada desde los trece o algo así con el techno, que se la robó de su casa para enseñarle la vida de la calle llena de basura que había que reusar, y que vino a expresar la rebeldía y la revolución en la era de la tecnología y la información, que dicen ahí andamos tirando barra de rigor, con sonidos alimentados por la electricidad: la luz creada por el humano, que luego dicen los jóvenes más chavos necesitamos el sol para existir nomás, no para ver ni para estar calientitos y quitarse la ropa debido a la sensación de que algo escapa por entre la piel, el sudor deseo. Ir más allá de donde te dicen que se puede es el cotorreo de la revolución creativa.
     Con la proximidad de los cuerpos la verdad se vuelve un poco más difícil de ser negada o usada solo como un dato más para la historia de hechos ocurridos en la humanidad, todos ellos vertidos como nubes espesas en la inhabitable pecera de un dios eterno que todo quiere observar, analizar -y se la pasa una eternidad: toda su vida- para comprender cada acto. Sin embargo a veces, cuando está sentado con los ojos de cuevas, de océano rojo oscuro, y la columna o lo que sea no le duele porque su poder magnánimo sobre el cuerpo divino elimina el dolor físico, y los sentidos fijos en el prisma de coincidencias y accidentes diarios un hormigueo le brota en el cerebro incómodo debido a la ira causada por el pasmo que genera la ambigüedad de ese artificio que los seres humanos llaman realidad y veracidad absoluta de las cosas que se repiten una y otra vez hasta convertirse en la intención del orador -que casi siempre es dominar mediante el viaje de las palabras unidas-, siente que va un poco atrasado en lo relativo al entendimiento definitivo del comportamiento de los seres vivos en cada estrella que tuvo las condiciones aptas para generar vida y locura, y por eso trata de pensar más rápido y de manera más organizada y sistemática, para poder ir al corriente con el tiempo. Alcanzarlo. Vivir el presente sabiendo todo. Sin embargo, el dios hace como que ignora, debido al rigor de su trabajo autoimpuesto por la locura sensual divina, que el tiempo es el corredor incansable del cosmos, único absoluto infinito que hace polvo a las personas, estrellas, dioses, lenguajes, símbolos, y animales por igual, y que sus persistentes pasos hacen el cambio, la vida y la muerte, el amor, el sexo sin ropa.
     Me voy a dar un rol por la fiesta sin previo aviso y me empiezo a malviajar. Creo que en estos momentos una redada exterminio es de lo más posible. Las pocas luces que hay me balacean sus colores brillantísimos el cerebro y por un momento creo que es la policía. La policía que viene a ver qué está pasando, la policía que ya sabe qué está pasando porque hicieron negocio con los vendedores, la policía que nomás viene a cagar el palo, la policía que viene a matarnos porque tanto disfrute no está permitido por las leyes de los hombres derechos y honorables capitalistas católicos. Mucha gente rebelde baila. Por qué no llega un convoy de soldados y nos mata a todos y se dejan de problemas, me pregunto, por qué no avientan una bomba y nadie supo jamás nada porque la información sería perdida a propósito para evitar represalias y asesinatos posteriores -si es que la hacen de pedo al gobierno- de los conocidos de la banda que se encuentra invadida de techno en estos momentos tan sombríos. No nos matan porque nos necesitan. Somos los obreros que mañana se van sin haber dormido a trabajar, en vivaldi escuchando cada movimiento de las manecillas del reloj hasta que da la hora en que se acaba el turno para poder largarse a casa y dormir; somos los que consumen los productos de las grandes empresas porque a veces no nos queda de otra y hay que hacer más rico al millonario señor de todas las drogas que existen y están por inventar; somos cómplices de su poder porque la organización ha sido difícil durante el transcurso de estos miles de años. Siempre han ganado los que más tienen, y disfrutan su victoria sin aflojar recursos o hacer repartimiento del pastel mientras oprimen cada vez más a los que perdieron, y a los que debido a su ínfimo tamaño de huevos, tirando carrilla, o siendo serios, a los que debido a su ínfimo poder político económico militar ni tuvieron participación en la supuesta guerra que pasa en mi cerebro mientras teorizo la loquera que traigo en esta fiesta de locos, la opresión también llega a los pueblos que no lucharon pero que sin embargo siguieron la guerra a detalle porque creían que ser dominado por uno era mejor que ser dominado por el otro. Por qué demonios piensan así. Debería haber unión, repartición, bienestar, pero la utópica paz mundial, lo más probable, eliminaría el lujo, y al humano le encantan las cosas que brillan y las cosas que dicen otros humanos que brillan aunque no hayan sido vistas antes, no se diga ya poseídas por alguno de los que cuentan historias sobre tesoros escondidos en lugares lejanos. Cuando era más morro y estaba en Guanatos barrio, decían que había una morrita que vivía en la casa de la esquina, que nunca había tenido novio a sus dieciséis años. La banda tenía  entre catorce, el más morro, que era una bestia para jugar de lateral o de volante, y que había abandonado a la de gajos de cuero blanco en nombre de la academia porque creía en el futbol pero no como profesión a la que entregar todo su tiempo, en cambio la ingeniería industrial le ofreció la posibilidad de poder hacer más cosas por el mundo en que vive, pero yo no sé cuál es porque yo sí me hubiera quedado con los leones y pelear por una chance de debutar en primera, como seguro la tendría a su tiempo, siempre y cuando se mochara con el promotor y uno de los entrenadores. Y dieciocho tenía el zurdo, el más veterano de la banda, y quizá el único que había cogido con más de una mujer, según él, sin embargo eso no importaba ni la mitad de lo que valía un buen gol o una gran jugada en la canchita de la unidad. Ahí sí eras un cabrón de verdad si la metías de tres dedos a la esquina; juan camaney si con cualquier redonda la cascabas por igual; infiel, si dejabas plantados a los compas, cualquier día de la semana, a las seis de la tarde empezaban las retas. Tenías que estar ahí, era todo para nosotros. Ella tenía dieciséis y solo había sido vista una vez mientras ayudaba a su gorda jefa a bajar las bolsas del mandado de un carro gris algo viejo pero muy bien cuidado un sábado por la tarde, cuando el zurdo y el cholo iban de camino al terreno de juego. Ya iban tarde. El zurdo dijo que los dos se pararon a diez metros sin sentir nada más que deseo a ver cómo metía una bolsa chica en otra más grande para agilizar el transporte de las santas viandas que se cargaba hasta dentro de su casa; el cholo dijo que en breve le ofreció una mano a la atareada señorita para disipar el hermoso cansancio que denotaban sus ojos claros. Después de varios meses el cholo dijo que lo único que le faltaba a ella, mientras échabamos el chesco en la esquina, era más rojo en los ojos, y no más ojo en lo rojo. Luego le pasó el gallo al zurdo, que fue el único que nunca entendió esas palabras, quizá porque la vio ese día, mientras cargaba cosas y sus brazos se tensaban, y sentía la mirada de dos y quién sabe cuántos más. Zurdo dijo que su mamá se dio cuenta que había hombres heridos en las calles y en breve apresuró a su hija a cerrar la puerta tras de ella. El cholo dijo que la señora tenía tatuado a cristo en la piel y que había aceptado su perra ayuda porque no le quedaba de otra, también ladró, porque él mismo decía que cuando el humo flotaba su lenguaje humano se hacía de perro cholo, y a veces sin necesidad de, porque esa madre es de natura, que la mamacita en cuestión tenía la moral muy desviada mas no distraída, ella misma se lo dijo. Ah, y que ese día no traía calzones. El zurdo dijo que nomás se habían quedado parados como estatuas, y que esa misma noche, después de terminar el cotorreo futbolero fue a darse un baño y a comer algo, para después llegar a la casa de la esquina, pararse enfrente de la fachada y más o menos casi un minuto pensar qué le iba a decir a ella si le abría la puerta, o qué verbo le tiraría a la madre, quien seguro abriría, si es que no había un dragón con aliento alcohólico que había que engañar para llegar a la punta de la torre donde estaba el cuarto con la luz amarilla. Cholo dijo que ella vivía sola con su madre. El zurdo dijo que el cholo mentía como siempre, y éste le respondió que no por ser el más ruco dejaba de ser el más chavo ya que no mentía, sólo que el zurdo no alcanzaba a entender la verdad que el cholo contaba.
     No sé por qué me acordé de eso aquí, en la fiesta a la orilla del infinito mar. Llego a donde están los baños públicos de plástico que se usan para este tipo de eventos, ya sabes, esos baños que son más honestos y verdaderos que las personas porque permiten ver toda la mierda que ha sido cagada antes que tú entraras bien loco a querer en caliente echar una firma y darte cuenta que ese baño ya estaba ocupado. Un yonki  de clóset con la punta de la llave en el orificio nasal. Aspira y me voltea a ver. “Qué mierda quieres, aparte de joder”, y con la mano que sostiene la bolsita hace por cerrar de nuevo la puerta, pero antes le digo, “Carnal, aquí todos andamos hasta el culo; no tienes por qué avergonzarte de tus santos vicios. Ahora que si no quieres compartir la blanca navidad, sin llorar acábatela”, y cuando la puerta golpea con el marco oigo que intenta decir algo pero está tan trabado que parece que un perro está ladrando. Entonces yo le sigo el juego y empiezo a ladrar también: ¡ARG AWRG ARG AR!, y me contesta con unos ladridos cortos y rápidos, y yo empiezo a aullar ¡awrg arrrrrrr auuuuu!, para que se apure su trincación extrema y me dé paso a despedazar mierda con mi chorro caliente lleno de evidencia que la estoy pasando de huevos. El hombre abre la puerta y se toca los orificios nasales con los dedos mojados y con la otra me extiende la bolsita y me dice, “tú estás loco”, yo le ladro y saco la llave del señor y la cargo de nieve en polvo anestésico elevador al zenit de la chaqueta mental del superhombre. En cortinas llenas de polvo todo se vuelve más real, más humano y posible de tocar. Este perico tiene buenos amortiguadores. De cerdo herido lamo la llave y le regreso la coca.
     No sé si el universo está conspirando para que hoy me la pase de huevos o si por el contrario hay algo en el cosmos que me quiere muerto, o solo es que la gente ha desarrollado una necesidad psicológica de drogarse, que parece tan física porque la siento como una garra filosa que me acaricia con una pluma de tucán el sistema nervioso y la piel de gallina cuando el escalofrío de la tacha me recorre la espalda, pero cuando llego con Lisa, está acabando de forjar un porro. Mi brazo sobre su hombro y le digo que siempre llego tarde a mi destino porque me cruzo como perro la calle con banda tan chida que me quedo a cotorrear y a fumar otro rato. Ya hay otro hombre deseándola mientras le tira dos tres bromas en inglés. El muy güero hijo de la chingada trae más ganas de coger que de bailar, y Lisa le dice algo así como que relaje su raja y se dé unas fumadas para ver si así empieza a aprender a hacer el amor con algo más fugaz que el ser humano, el sonido de la música en vivo. El broder la voltea a ver con una cara de what the fuck, pero igual se da unas baizas y se pone a toser; dice que this is some good shit, y después thank you so much y se escabulle entre todos los locos a la orilla del mar. La arena se siente bien. La arena de su piel se siente también rico. “Si hubiera estado más caliente me lo cojo aquí mismo”, me dice de repente, y me pasa la baiza, como quien pasa la antorcha, o un libro leído y anotadísimo por una mente loca, o como quien comparte una idea, o a su esposa. “Quieres decir que andas de frígida, qué aburrida”, y le doy un caderazo como diciendo hágase p’allá, morra apretada, y ella se ríe y me intenta pegar en el muslo con la rodilla pero soy lo suficiente mente veloz para verla a los ojos y esquivar el chingadazo. Me subo a la baica y le digo “tú lo que buscas es locura, un viaje a muchos lados, al mismo tiempo, no una rozadura en la entrepierna”. Me pregunta si yo me quedé con el encendedor mientras revisa dentro de su mochila. Le paso la chispa adecuada y volteo a ver al dj, que se sigue pasando de rosca de reyes. “Pues mira, yo lo que busco es alguien que me mantenga”, y adopta una pose de perrita en celo. El suceso consecuente es obvio. La cagada de risa es una acción que tiene lugar o existe en el espacio y en el tiempo por unos minutos cuando los seres descubren un punto de encuentro en el que las cosas se deforman y pierden el equilibrio de tal manera que también el estado normal del ser humano se altera y se dobla de en medio mientras abre la boca lo más posible para liberar toda la energía de su mente por medio de sonidos que vienen volando desde tiempos muy pasados, y que dada mi extrema pachequez acaban en un ataque de tos de perro. Le muestro el puño y ella me lo choca, y luego mueve la mano hacia atrás como si fuera un pulpo nadando y en su boca hay una letra o pequeña mientras todo sucede. Bailamos. La música está por llegar a su máxima expresión debrayística porque las distorsiones son demasiado graves o ya estoy muy drogado y no sé qué vaya a pasar como siempre. Estoy seguro que esta música no la aguanto sobrio, pero en modo avión me doy la grasa que me toca y con mi cabeza hago círculos hacia la izquierda mientras las vibraciones se topan con mi cuerpo y se deforman, y rebotan, y se adhieren a mis sentidos y los sacuden; mis pies no pueden dejar de moverse en este planeta que un diablo dejará de girar alrededor de la estrella de fuego. El fuego que nada deja para ver cómo era el transcurrir de los segundos anteriores a la llama. El fuego que cree eliminar al tiempo porque quema la historia escrita y los cuerpos de quienes la transmiten. El tiempo, que camina silencioso y le muestra al fuego en algún punto del camino más largo que el tiempo puede ser por sí mismo, sin necesidad de tener registro alguno, pero el fuego no puede ser atemporal. Lisa me grita y abro los ojos: “… hay veces que no se puede”. Mi cabeza se mueve arribabajo, como afirman en el rancho. Es como dice el loco de las seis, en el paradise más que en ningún otro lugar, las cosas son cuestión de tiempo. La luz acelera los procesos, Y las cosas se maduran más rápido, se abre la piel de la fruta. Me pregunto si en la nada hay tiempo, o cómo es el tiempo dentro de ella, la que dice ser nada, o si hay otra cosa que pueda deformar más al tiempo que el calor o la relatividad del pensamiento humano acerca de la realidad que piensa que vive y por tanto adapta su acción a la ficción de sus ideas que en algún momento llegan a doler. El dolor. Cuando lo entiendo a veces lo veo como una escultura de cera que se empieza a derretir hasta llegar a la parte de la cintura y luego muy lento pero también muy de pronto se desvanece la imagen porque al rato de verla me aburre; cuando no lo entiendo, es como una cueva dentro de un cenote que traga toda la luz del solazo que pega todo el diablo en la frente, en la que puedes entrar o no. Y ya no sé si estoy tratando de definir al dolor o al miedo. Ella se da un buen tanque y me da el último tren para largarme adonde yo quiera que vaya el humo.
      Es increíble que en medio de semejante ceremonia orgiástica yo esté pensando en santas estupideces. La gente vino aquí a perder el control, no a ver cómo trabaja el universo. Eso que llaman caos solo puede ser algo que se ignora, y nada más. Piezas que faltan. O el caos es la incertidumbre. O el caos es la lluvia en la selva de posibilidades para un solo hecho. O el caos es nunca poder saber qué piensa el otro que tienes a un lado. O el caos somos todos los humanos aquí entregados al sonido. O el caos son las consecuencias de semejante vida de perro callejero. A veces pienso que el caos es la repartición de la nieve del señor. O que el señor se está quedando en la nieve, mientras el tiempo derrite a las personas y a las ciudades y a los bosques y selvas. Lo único que no se derrite es el desierto, porque escapa del tiempo hacia delante y vive nuestro presente para avisarnos las consecuencias, el resultado de los extremos. Los círculos terminan en desierto.
     Me dice que tengo una cara de placer que no puedo con ella y voltea al escenario desde donde el dj tira la mezcla a diestra siniestra hasta nuestras paredes cerebrales. Tenemos. Tenemos, le digo, y me doy grasa haciendo el pasito tun tun. Para que lo baile, para que lo goceeeee. El grado de infinitud alcanzado por el cotorreo a pesar de la brevedad del tiempo de contacto directo entre los dos me dice muchas cosas con sus ojos mientras nos escurre la loquera mezclada con en el sudor. Bailamos extasiados de estar vivos y cada uno de los cuerpos en movimiento traduce y recrea la música en diferente viaje. El impacto de la luz artificial ha dejado de ser explosivo pues una manta húmeda de amanecer me cayó sobre el cuerpo. Se siente la próxima salida del sol, que a gran escala solo es movimiento giratorio, elíptico, ocasionado por la gravedad.  Siento los pasos dados en los pies. El cansancio puede doler pero a nadie le importa. Yo necesito seguir en movimiento, aventar para afuera todo esto que me sobra hoy. Somos pocos los que llegamos hasta las últimas consecuencias. Solo quedamos los más locos en la fiesta. Si tirara un cotorreo más de romantic style me diría mentalmente que hemos transformado la noche más negra y llena de luces en un amanecer con brisa, pero la verdad es que somos una juventud muy drogadicta y avanzada en la ciencia como para pensar que influimos en unas cosas tan grandes como los movimientos de las estrellas. Tampoco compro esas que dizque los astros influyen en nosotros. O el destino está marcado en los astros o los astros marcan nuestro destino. Son muchos caminos que se pueden tomar sin mover un solo dedo, es decir, solo con mi pensamiento. Pero ya me sé las consecuencias de pensar. Siento que el pensamiento y la reacción a la información que traducen nuestros sentidos acerca de lo que conocemos como realidad es lo que hace a la acción, o a la no acción. Somos un conjunto de momentos que a veces se nos olvidan, o cambiamos en nuestra narración para después contarlos y tratar de recordar la ficción que creemos haber vivido algún tiempo atrás. Las decisiones marcan la forma del rostro que vemos en el espejo. A veces me pasa que el espejo está empañado y volteo a otro lugar a ver si me encuentro aunque sea en el plato vacío del desayuno; pero también hay veces que mi reflejo tiene la cara borrosa y no creo ser yo eso que veo; otros días, que son los mayores, el humo es tanto entre el espejo y el señor que ni me veo, y mis ojos están de un rojo rosado y seco que mejor busco otro cotorreo que hacer en la vida real para dejar de pensar en lo que no estoy haciendo ese preciso momento.
     Desde hace rato creo que ya se dejaban oír los pájaros pero estábamos en la fiesta. Las cortinas dejan pasar la luz de modo que la percibo más loca y más rica. No sé de qué hablas, me dice de pronto. Mi mirada se vuelve más específica al escuchar sus palabras. Me desconcentro de lo que estaba pensando en total concentración para concentrarme ahora, mientras lo repienso y mientras pasa y pasaba en esos momentos, en otra situación, el presente más inmediato llenó de humo el cuarto. Me quedé pensando en voz alta como dicen cuando te vale verga la balacera y eres totalmente sincero porque tu viaje te lleva a hablar con la verdad que ocurre en esos instantes en tu cerebro. Me acuerdo que viajé mientras estaba en su cuarto en el hostal donde trabajaba porque el rojo vivo de su cigarro se le apareció a mis ojos, y yo vi un volcán desde arriba y luego entré y me sumergí en sus lavas y abrí los ojos ahí dentro y no vi nada, solo rojo y naranja, y un amarillo muy intenso que casi me hizo entrar en pánico y perder todo el oxígeNOOOOOO!! Era tan brillante que me cegaba, por lo que decidí cerrar los ojos: qué tal si los volvía a necesitar, porque en ese momento creí ver todo, y primero grité mentalmente que eso era lo más bello que había visto y luego pensé que para qué seguía. Para contarlo y dejar registrada mi loquera. Estaba como aturdido. Sentía que había desnudado al cosmos y mi cuerpo estaba ardiendo. Si me acercaba más a sus secretos habría derramamiento. La luz era tanta que desapareció los contornos en la naturaleza. Cómo era posible que todo se redujera al calor de los cuerpos y a la gravedad expresada en la caída. La gravedad de creer saber todo por ver todo. O creer ver todo. Qué tal si solo era un exceso de luz. Sin metáfora ni truco. Energía pura, que no permitía ver las infinitas distancias. Cómo es posible que el espacio del universo venza al tiempo de nuestra existencia. No es justo, perra madre, no poder estar en cualquier lugar alguna vez en la vida. Volteo hacia todos los lados adonde mi cuello me lo permite. La maldita finitud de nuestros cuerpos nos resta posibles experiencias. Entre otras cosas, las malditas circunstancias. Estoy aturdido, o quizá confundido, o tengo la certeza de que quien no sobreviva al principio y al final de los tiempos en todas las dimensiones posibles del espacio, no puede saberlo todo, y ni siquiera eso me asegura nada. Ni siquiera eso. Y por andar pensando cosas en remolino me entra una comezón que decidí rascar desde hace ya varias lunas. Por mi espalda se extiende una sensación que necesito erradicar con las uñas, extirparla por mi bien antes que me llegue al cuello y suba por mi médula espinal y sacuda mi cerebro y de él se desprendan todas mis ideas, como el agua que salta de un perro cuando se sacude el agua, y se quede todo vacío. Nada. Sin lenguaje alguno para expresar esa ausencia. Ni blanco ni negro. Nada. Sin sonido alguno que haga constar esa caída en verdad inexistente porque en la nada nada cae, ni se mantiene, porque ni siquiera es. Nada. Nada. Nooo, NOOOOOOOOOOOOH!!!
     Me despierto y sigo en el camión. Todavía no llego a mi destino. Tengo el cuello y el cabello demasiado húmedos por el sudor. Me empiezo a acordar que hace rato estuve drogado con una loca, los dos desnudos en su cuarto y como que me cae un sueño que me la pone dura. Me rasco la espalda. Creo que tengo comezón, no lo sé. Pero por si las dudas. Cambio de posición y cierro los ojos, aunque sé que ya no podré dormir, al menos no tan profundo como hace rato. Ha sido una jornada bastante agotadora, y apenas pasan de las tres.
     El final de esta historia creo que todavía no pasa, porque ella viene en dos o tres meses, supongo que me dijo entresueños con una voz de flores marchitas. Mientras tanto yo ahí voy a andar echando el danzón, tirando carrilla y vendiendo la nieve, le dije. Y así, con los ojos cerrados y mi mano izquierda entre mis piernas, empiezo a imaginar una realidad alternativa, en la que los medios de transporte son más eficientes y el sexo carece de consecuencias fatales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario